sábado, 31 de diciembre de 2011

Repetimos deseo

Por un 2012 con el doble de risas,
¡salú!






Y como pedimos un 2010 con el doble de risas que el 2009 y después un 2011 con el doble de risas que el 2010 y todo se cumplió, podemos afirmar que este año explotaremos el termómetro de felicidad.

domingo, 25 de diciembre de 2011

El invencible

Walter es el borracho del lado de Ramos donde viven mis viejos. Lo conocemos todos y para todos siempre interpretó ese papel específico del barrio. Nunca se le conoció algún trabajo, nunca se le conocieron novias ni familia ni casa. Walter era simplemente parte del paisaje de la plaza donde pasé casi toda mi adolescencia. A veces estaba con un perro medio oloroso, que venía corriendo y se tiraba con nosotras, que tomábamos sol y mate indistintamente; y esperábamos que llegara el grupo de pibes que nos copaba. El perro era cariñoso y Walter no. Walter era inofensivo. A veces venía y charlaba o trataba de charlar y nosotras lo escuchábamos porque la plaza venía con Walter y si no querías a Walter tenías que irte a otra plaza. Walter era un ciruja de esos que nunca jamás pueden hacerte nada malo y que, por el contrario, te dan la seguridad de que nunca nada malo puede pasarte si él está alrededor.

Hoy a la mañana me lo crucé a Walter. Yo estaba con papá en el auto mientras mamá estaba en el super comprando cervezas. Walter estaba en la puerta del super con una botella de quilmes recién abierta. Estaba afeitado y vestía un traje azul marino con una corbata celeste y unos zapatos negros. Estaba todo prolijo pero nada era estéticamente lindo. Porque no importa lo que se ponga, Walter siempre será un pordiosero: a Walter no le combinan los trajes.

En el cuello tenía dos nunchaku, uno de madera y uno de ¿hierro?. Charlaba con un señor que tenía un pantalón celeste cortado por debajo de las rodillas y andaba en una bicicleta rosa con cuadro de mujer. Papá y yo los mirábamos atentos pero ninguno de los dos decía nada. "¿Sabés cómo lucha éste?" dijo papá. Y después se extendió un poco, me contó que a veces no puede pararse de lo borracho que está y a veces está muy bien. Pero que los nunchaku los maneja como si fueran extensiones de sus manos. Y después me dijo "Trabaja acá, está de seguridad".

Walter estaba sentado sobre dos cajones de botellas de cerveza y empinaba la suya y era cantado que en diez minutos no le quedaba más. Clavaba la mirada en el piso y parecía que se estaba quedando dormido pero enseguida levantaba la cabeza y volvía a tomar un trago. Miraba para una esquina y para la otra y después de nuevo al piso y después de nuevo un trago. Vi que tenía un cartelito enganchado del bolsillo del saco. Enfoqué para ver: Walter Bruce Lee, decía.

Walter Bruce Lee.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Maquillaje

Para una navidad, cuando mamá consideró que ya estaba en edad de maquillarme, me regaló una Pupa.
Ese verano, en Villa Gesell, me pinté como una puerta desde el día uno hasta el día quince.
Después se me pasó un poco.
Después se me pasó casi del todo.
Hoy me maquillo una vez por mes, como mucho.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Todas las señoras que atienden la recepción y la administración de la clínica

Mujeronas con tinturas rubias o coloradas con raíces crecidas y puntas florecidas. Mucho maquillaje especialmente en las pestañas y muchas sombras de colores estridentes que no sé si eran por la ocasión especial de "víspera de noche buena" o son una costumbre de todos los días: verdes y celestes brillantes. Los uniformes impolutos y perfectamente planchados: unas blusas de seda blancas con vivos azul marino y un pañuelo en el cuello con un moño muy parecido a los moños que usan en Uruguay los alumnos del colegio primario (moño al que los uruguayos denominan "la moña"). Muchos accesorios: reloj, pulsera, collar, cadenita y varios anillos. Las manos con uñas esculpidas y esmaltes brillantes al que deben llamar pintauñas. Así le dice mi mamá.

Deben ser Gracielas, Estheres, Estelas o Normas.

Sucio

Paternal es uno de los barrios de capital que más me gustan porque me hace acordar mucho al Conurbano.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Tengo el novio más inteligente, divertido y lindo del mundo

Mucha tristeza felicidad tristeza felicidad pero cuando pienso en eso del título se me pasa todo lo malo y tengo una sobredosis de felicidad que me alcanza y sobra para el resto de la vida.

Ansiedad

Quiero que pase muy rápido la navidad porque tengo ganas de subirles fotos y mostrarles los regalitos que hice para toda la gente que quiero mucho muchísimo.

Aclaración: espero que no se ilusionen con regalos de alta gama porque mis manitos no tienen tanta cancha con la máquina de coser.

Así me agarra fin de año

Fin de año me agarra así como dije en el post anterior: feliz triste feliz triste etcétera. A mi toda la época de navidad y año nuevo me ponen tan contenta y feliz que me vuelvo una estúpida que se la pasa mirando lucecitas intermitentes y arbolitos de cualquier color. Nochebuena y navidad es felicidad absoluta por mis sobrinos y tristeza inmensa porque estaré lejos de mi novio. Año nuevo es felicidad inmensa porque ¡es año nuevo! y es tristeza infinita porque estaré lejos de mi hermana.

El desempleo no es algo con lo que me esté llevando del todo bien, pero no por el desempleo en sí sino por la falta de plata. Es acá donde los polos feliz-triste se van alternando tan rápido que me marean y me dejan de cama. Descubrí que podría vivir sin trabajar. Lo dije antes de ayer y lo repetí ayer: levantarme y tener todo el día, todos los días para mi. Jugar a lo que se me cante: leer, mirar películas, salir a andar en bici, cuidar las plantas, cocinar, escribir, coser, mirar el techo y pensar, escuchar música, armar un rompecabezas, salir a correr o a nadar. Las posibilidades son infinitas. Los juegos son infinitos. Si no necesitara el dinero que me da el trabajo, repito, sería la persona más feliz del mundo sin trabajar. Me imagino levantándome y mientras me preparo el desayuno pienso qué tengo ganas de hacer hoy. Y si tengo ganas de hacer origami me siento en la mesa a doblar papelitos hasta que se me vayan las ganas o hasta que se haga de noche o hasta que me agarre hambre o hasta que tenga ganas de hacer otra cosa. Y no estar obligado a terminar nada de nada. Terminarlo porque tenía ganas de terminarlo. Pero mi mundo no funciona así y la plata la necesito igual, así que voy preocupándome de a un rato por día, pensando que nunca más me van a llamar de ningún lado, que voy a tener que trabajar en cosas horribles, que me voy a oscurecer tanto que voy a terminar desapareciendo. En general esos ratos de preocupación se dan a la tarde. Por la mañana soy una felicidad con piernas y un qué-ten-go-ga-nas-de-ha-cer que me vuelve loca de la alegría.

Qué lindo sería no tener la necesidad de trabajar nunca más. Si mis padres leyeran esto les daría una vergüenza bárbara: para ellos viene Dios, la cultura del trabajo y pegada a la cultura del trabajo la dignidad.

Además, estoy feliz porque estoy dejando de fumar de nuevo. Todo empezó después de una extracción de una muela de juicio. Van poquitos días y tuve una recaída de un cigarrillo una noche medio bajón. Pero así como tuve esa recaída, tuve obstáculos muy muy grandes como reuniones con amigos y reuniones con alcohol que no completé con ningún cigarrillo. Extraño una barbaridad el cigarrillo y todos los días pienso que debería volver, pero después huelo mi ropa y huele rico y huelo la comida y huele rica y huelo mi aliento y no es tabaco y se me pasan las ganas de volver a fumar. Tengo ataques de ansiedad y tengo atanques de "me como todo".

Por las noches estoy mordiendo fuerte de nuevo (quisiera decir "estoy bruxando" pero no sé si es correcto) y a la mañana me levanto y siento que tengo la mandíbula corrida de lugar. Es un poco desesperante pero sé que son nervios: la semana que viene tengo que hacerme un estudio con anestesia general. Me digo muchísimas veces que no es nada grave, pero lo cierto es que tengo un miedo de la concha de la lora. Básicamente, pienso que no me voy a despertar nunca más. Pero no es grave. No es grave. No es grave. Esto del médico me tiene tristísima. Yo nunca iba al médico y entonces nunca estaba enferma, pero desde junio estoy yendo de médico en médico no porque esté recontra enferma sino porque estoy con algunas cositas mínimas y además porque me atiendo por la obra social del monotributo que es todo "tengo turno para el mes que viene". Voy al ginecólogo y pum, el estudio con anestesia general. Voy al cardiólogo por el riesgo quirúrgico y pum, algo raro en el electro: "¿Fumás? ¿Tomás? ¿Hacés ejercicio? ¿Tomás cocaína? ¿Segura que no tomás cocaína? Es que tenés algo medio parecido a los que toman, ¿segura que no tomás?".

Tengo más cosas por las que estoy feliz y triste pero ya me agarró fiaca. No tengo más ganas de escribir y hoy, que todavía puedo pensar en qué tengo ganas de hacer (e ir y hacerlo), lo voy a aprovechar.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Capaz más tarde desarrollo

Feliz. Triste. Feliz. Triste. Feliz. Triste. Feliz. Triste. Feliz. Triste. Feliz. Triste. Feliz. Triste. Feliz. Triste. Feliz. Triste. Feliz. Triste. Feliz. Triste. Feliz. Triste. Feliz. Triste. Feliz. Triste. Feliz. Triste. Feliz. Triste. Feliz. Triste. Feliz. Triste. Feliz. Triste. Feliz. Triste. Feliz. Triste. Feliz. Triste. Feliz. Triste. Feliz. Triste. Feliz. Triste. Feliz. Triste. Feliz. Triste. Feliz. Triste. Feliz. Triste. Feliz. Triste.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Ruda macho

1. Para los momentos de nervio extremo, tengo una colección de anécdotas boludas que saco a relucir porque sacar a relucir una anécdota boluda en un momento de nervio extremo es como decir "no es tan grave, pelotuda, relajate".

2. Las entrevistas laborales me parecen la pedorrada más grande del universo. Las odio y sufro por igual y el odio y sufrimiento se combinan generando el nervio extremo del que hablaba en el punto 1, así que siempre, sin importar el puesto para el que me estén entrevistando y sin importar si conozco o no al entrevistador, largo un anécdota boluda para ponerme cómoda.

Ayer llegué a una entrevista y no sé cómo introduje lo que me había pasado en el colectivo: subió una señora de unos cien kilos, con el pelo cortito casi rapado, un poco colorado y otro poco morocho. Llevaba un bolsón gigante con una tonelada de ruda macho que enseguida se puso cómoda -la planta- y desperdigó todo su aroma a curandera. Repito que no sé cómo introduje el tópico ruda macho en la entrevista, pero conté todo esto y agregué que si tenía olor a ruda macho no era mi culpa, que no era que me había perfumado con nada para obtener ninguna buena energía.

Hubo carcajadas.

Después, la entrevista.
A la tarde le mandé un mensaje a Juan diciéndole: "Siempre me parece que lo que me preguntan en las entrevistas son pelotudeces pero tampoco se me ocurre qué me preguntaría a mi misma si tuviera que entrevistarme para un trabajo".

domingo, 11 de diciembre de 2011

Lo único que quiero

Sánguches de milanesa.

Lo primero que pensé

Jueves
"¡Hay que armar el arbolito!". Lo pensé con mucha, muchísima alegría. También con mucha, muchísima ilusión. Es el primer año desde que vivo sola que tengo arbolito. Limpié toda la casa, incluyendo en la limpieza los vidrios de todas las ventanas y después armé el arbolito y después lo fui paseando por todo el departamento para encontrar el espacio perfecto. No sé si lo encontré, pero unos días más tarde mamá entró al departamento y miró para todos lados y preguntó "¿Y el arbolito?". Bueno, el arbolito estaba al lado de ella y ella no lo vio. Tiene bolas rojas y grullas hechas en papel metalizado y un juego de luces de muchos colores que pienso prender todos los días. 

Viernes
"¡Mañana voy a invitar a comer a mis papás así ven el arbolito!". Lo pensé, también, con muchísimo entusiasmo. No sabía si aceptarían porque la última vez que vinieron, hace ya varios meses, mientras terminábamos de almorzar escuchamos que en la vereda rompían un vidrio y después empezó a sonar una alarma y cuando nos asomamos nos dimos cuenta que eran el vidrio y la alarma del auto de mi papá que de un segundo a otro se quedó sin stéreo. Sin embargo aceptaron sin problemas.

Sábado
"No te puedo creer que tengo que ponerme a cocinar la puta madre que lo parió". Ya había prometido milanesas. Sin ilusión ni alegría ni entusiasmo las cociné y lavé el trapo rejilla para que quede reluciente como le gusta a mi madre. Miré la asunción y toda la bola y me emocioné en varias partes. Después de almorzar repitieron el juramento y volví a verlo con mis padres y los tres nos emocionamos en la misma palabra. Juan no. No se emocionó con esa palabra y por dentro debió haber pensado que estaba rodeado de tres pelotudos. No le robaron el stéreo. Las milanesas salieron muy ricas. La torta de frutillas también.

Domingo
"Qué ganas de cocinar". Pensé eso, literal, sin especificaciones de ningún tipo: no sabía si salado dulce en mucha cantidad o un bocadito, pero tenía que cocinar. Con resaca, ojeras y el mismo vestido y zapatos de anoche, hice unas galletitas de avena que resultaron se un furor para mi, para mi novio, para su amiga que está viviendo acá y para los dos muchachos que también están viviendo acá y son actores.

Me parece ideal que ahora, que está terminando este fin de semana tan largo, se largue a llover.

Pitucones

Pasaba mucho tiempo arrodillada y todas las rodillas de mis jeans pasaban del azul oscuro al blancuzco desagradable hasta que terminaban por romperse y mamá le cosía unos pitucones.
Cada vez que mamá me compraba un nuevo par de jeans oscuros me los entregaba con la advertencia "no te arrodilles mucho que se arruinan muy rápido". Y yo, que no gustaba de tener las rodillas blancuzcas o gastadas o rotas o con pitucones, me prometía que esta vez no, que no iba a arrodillarme más de la cuenta, que no iba a dejar que se gastaran y rompieran mis nuevos y flamantes jeans.
Nunca pude cumplirlo.
Nunca tuve jeans con rodillas oscuras.
Todo fue blancuzco, gastado y con pitucones encima.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Mirenla

Por suerte no sucedió

Hace un rato, en la clase de pilates, estuve a una extensión de pierna de que se me acalambre la cola.

¡La cola!

Por suerte no sucedió, hubiera sido más humillante que entré a una pizzaría con una teta al aire.

martes, 15 de noviembre de 2011

Temporada de cerezas

Lo mejor que se puede hacer en estos días es salir a mirar los jacarandás y empezar a comprar cerezas y cerezas y cerezas.

lunes, 14 de noviembre de 2011

No fue tan traumático y asqueroso como suena

Hace algunas semanas, cuando les cociné a mis amigos la cena multicultural, nuestro estómagos estaban tan abarrotados de comida que ya no quedaba espacio para la torta y aunque hicimos el esfuerzo de comerla, no hubo forma: quedaron dos o tres pedacitos que puse en un platito y pensé comer al día siguiente.

Al día siguiente estábamos con Juan en la cama mirando no me acuerdo qué serie y aunque yo seguía llena de la noche anterior y de la cena de un rato antes, tuve la brillante idea de buscar el platito con la torta. Así, a oscuras, caminé hasta la cocina y como a mi cocina la conozco de memoria, también caminé por ella a oscuras, agarré el platito con la torta que estaba en la mesada y volví a la cama. Con la mirada fija en la computadora manoteé un pedazo de torta y le di el mordisco más grande del mundo con mi bocota más grande que un buzón. Sentí un leve sabor alimonado que nada tenía que ver con mi torta de manzanas pero pensé que seguramente se había salpicado con un poquito de jugo de limón en algún momento. No le di importancia porque soy una gorda mental que come sin pensar. Tragué, tranquila, y le di un segundo bocado a la torta y el gusto alimonado seguía ahí y yo soy una descontrolada con la comida pero no para tanto, entonces acerqué el platito con las porciones de torta a la pantalla de la computadora y las vi: decenas de hormiguitas caminaban confundidas y supongo que aterradas porque un gigante les estaba destrozando el banquete y la vida a pura mordida. Iban de un lado para el otro, corrían desesperadas por sus vidas en círculo, chocando unas con otras, agradeciendo la suerte que tenían de no haber ido a parar a mi boca. "Hormigas" grité con la boca llena de torta y hormigas y corrí al inodoro a escupir todo lo que tenía adentro y a enjuagarme la boca varias veces con agua y después dentífrico y después enjuague bucal. Y cada vez que escupía salían algunos cadáveres de hormiguitas con sabor a limón.

Salí del baño.
Tiré lo que quedaba de torta con hormigas dentro de tres bolsas y las sellé herméticamente como si eso pudiera borrar el hecho de que me había comido unas hormigas de postre.
Durante la noche me desperté varias veces.
Todavía quedaban algunas hormigas desorientadas dando vueltas por mi cama.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Límites

No podría noviar con un muchacho que no fuera conciente de esto:

las mujeres no somos lampiñas
naturalmente tenemos pelos

domingo, 6 de noviembre de 2011

Salidores y caseros

El mundo se divide entre la gente que ve uno día como hoy, soleado y agradable, y salen a pasear a cualquier lado y los que vemos un día así y lo único que queremos es quedarnos en casa mirando series y leyendo.

El mundo se divide entre salidores y caseros.
Yo soy de los segundos y me rompe soberanamente las pelotas que cada vez que asome un rayo de sol me llamen para ir al parque.

La primera siempre sale mal

La primera siempre sale mal.
Me repetí eso varias veces al ver que la caída de la tela que elegí para mi primera pollera era una caída que no existía. Quedó toda paradita, nada que ver a como yo la había planeado.
Además corté la tela muy concentrada tomándome las medidas como indicaba el patrón y aún así cuando terminé de coserla me la probé y no pasaba por mis caderas: hice una pollera para alguien que pesa cinco kilos.
Eran las nueve de la noche del sábado y la amargura de la pollera chiquita no iba a dejarme tranquila durante el resto del fin de semana así que decidí arreglara. La descosí (¿descocí? me da fiaca buscar si va con s o con c) y le agregué una tira más de tela con otro color de hilo porque el hilo verde se me había terminado. Ahora sube perfecto pero sigue sin tener la caída soñada.
Pero es mi primera pollera, y las primeras siempre salen mal.
Y aunque no tenga caída siempre voy a quererla.


Soy de las que escuchan y después hacen lo que se les canta el orto

Dos amigas me aconsejaron exactamente lo contrario.
Una me dijo: No, no podés hablar eso. El problema es tuyo, no de él. Por más que te diga exactamente lo que necesitás escuchar, si no solucionás vos tu problema, no sirve para nada.
La otra: Hablalo, pedile que te diga lo que necesitás escuchar. Si te lo guardás es peor.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Cena multicultural para los amigos de mi corazón

-Guacamole.
-Cremita de queso con eneldo (me niego a llamarle "dip").
-Hummus.
-Tabule (¿tabuleh?).
-Papas bravas.

-De postre, un apple crumble no apto para personitas que cuidan su figura. O sí, es apto para todo público. Diría que es irresistible.

No pegaba nada con nada. Pero qué rico me salió todo.

Es notable que al principio me niegue a escribir "dip"
después me despache como si nada "apple crumble".


miércoles, 2 de noviembre de 2011

Los ojos de Julia

Empecé a verla y cada vez que me agarra miedo la apago y me pongo a hacer otra cosa hasta olvidarme.
Estoy dándole play y pausa desde ayer a las 17 hs.

Por las dudas estoy mal

No estoy pasando buenos días. Siempre me pasa cuando me sobreenamoro. Pareciera que tengo un límite de bienestar que está directamente vinculado con la cantidad de amor que siento por otra persona. Y cuando ese amor se desborda y cruza el límite, empiezo a sentirme como el orto. Es miedo, inseguridad y tristeza por las dudas. Nada está mal pero yo siento que hay algo que podría estar mal. Por momentos me pregunto qué haría si no tuviera más este amor y me desgarro de la tristeza. Me pego unos viajes depreso-insoportables que no sé bien cómo parar. Lloro un montón y empiezo a desconfiar de cualquier cosa porque es tanto el amor que algo malo tiene que pasar. Es tanta la perfección que algo oculto debe haber. Que mi novio se aparezca de sorpresa en Uruguay a visitarme no puede ser gratuito, alguna tormenta se está acercando. Que además de aparecer de sorpresa me traiga de regalo unas botas de lluvia confirma lo anterior: se viene una tormenta. Todo lo lindo se me tiñe de fealdad o lo tiño de fealdad o no se tiñe un carajo pero yo me hago problemas igual. Cuando estoy así me alejo. Me refugio en casa. Cuando estoy así soy un silencio tan oscuro que me asusto de mi misma. Cuando estoy así soy el cuco. Ordeno y sobreordeno las alacenas y la biblioteca y limpio muchísimo porque la limpieza es terapéutica. Cuando estoy así me siento fea y me siento a mirar pasar la vida por la ventana. Cuando estoy así hago mil millones de cosas pero las hago por inercia, como si no pudiera disfrutar nada porque algo podría estar mal y yo podría no estar dándome cuenta. Hoy a la mañana venía Juan a desayunar y me levanté temprano y me puse a cocinar unos muffins de limón y frutillas. Mientras espiaba si se estaban cocinando bien pensé que estoy teniendo demasiada suerte y no estoy acostumbrada a tener tanta suerte: tener tiempo para hornear algo para el desayuno un día miércoles no es algo que le pase a mucha gente. Conocer gente virtual y que esa gente virtual se convierta en amigos incondicionales tampoco es algo que le pase a muchos. Tener un novio que caiga de sorpresa a otro país para visitarte tampoco es algo usual. Tener una casa linda, una procesadora nueva, papelitos para origami, ganas de hacer cosas, ganas de aprender a hacer cosas. Tener una linda vida. Debe ser que no estoy acostumbrada a tener una linda vida durante un período tan largo. Tanta felicidad es abrumadora, tan abrumadora que todo el tiempo genera dudas. Y entonces cuando llegó mi novio, lo abracé y me largué a llorar. No sabía por qué lloraba, pero lloraba. Supongo que era por las dudas.

martes, 1 de noviembre de 2011

Los problemas de la gente sin problemas

Volví el sábado después de un poco más de dos semanas afuera de mi casa.
Hoy, martes, empiezan una obra en el departamento de abajo.
Obra con todo.
Nada de dos golpecitos o una lija o unos gritos o un taladro un ratito.

No.

Golpes.
Golpes.
Golpes.
Golpes.

Desde las ocho de la mañana.

Golpes.

Acá se sienten los vidrios vibrar.
Se sienten los pisos vibrar.
Se siente mi cabeza a punto de explotar.

Y yo, ingenua, tontita, lo único que quería era volver a la paz de mi hogar.

lunes, 31 de octubre de 2011

Tengo una musculosa recontra cache con la cara de Kate Moss, enorme, en la parte delantera.
No sé en qué carajo estaba pensando el día que me la compré.

miércoles, 26 de octubre de 2011

El balance del viaje a días de volverme

-Volví a fumar.
-Engordé.

Negativísimo.
Un día capaz que empezás a sentir que no podés contar siempre con alguien.
Que nadie es incondicional.
Y te entristecés un pedazo ASI de grande.

lunes, 24 de octubre de 2011

Con una mano en el corazón

¿Han stalkeado a las/os ex de sus actuales?
¿Mucho, poquito, nada?
¿No y nada serían la respuestas ideales?
¿Sólo lo hacemos las mujeres o es algo del género humano todo?
¿Todas pensamos que la conchudísima de la ex es un millón de veces más linda, inteligente, copada, graciosa, divertida, ocurrente, etcétera, etcétera, etcétera que una?

jueves, 13 de octubre de 2011

De: Maru
Para: Juan
Asunto: Ya no estoy más en el barquito

Ah.
Pará.
Me olvidé de contarte: me crucé con Ruben Rada.

***

De: Juan
Para: Maru
Asunto: Re: Ya no estoy más en el barquito

¿Dónde? Es como viajar a Chile y ver a Isabel Allende o a Cuba y cruzarse con Fidel.

Una de las cosas que más me gusta de Montevideo es su entrada: veredas anchas como calles.

lunes, 10 de octubre de 2011

Solo se aceptarán ingredientes caros

En mi cuaderno de recetas voy a armar un apartado titulado: "Recetas para principio de mes".
Se me ocurrió recién y me parece una idea increíble.

Con qué poco me conformo, qué boludita.

Instantáneas del pensamiento de feriado

Cuánto que duermen los gatitos, che.
Estoy con dos desde la mañana y lo único que hicieron fue dormir.

Estoy de feriado desde la semana pasada

Sé que es lunes y es feriado pero podría ser martes y no serlo. Estoy en feriado desde la semana pasada, aunque no recuerdo si mi último día laboral fue lunes o martes. Creo que fue el lunes, después hay una nebulosa de acciones e inacciones que saltan temporalmente al día de hoy: el cumpleaños de Juan, la lectura, la costura y las películas. En el medio de todas esas cosas, una propuesta que no me esperaba: "Te animás a venir a editar a Montevideo?"

Dije que sí, inconciente, justo yo, que soy pura conciencia y planificación. Me voy el miércoles, vuelvo el 31. Voy a trabajar cerca de la playa y planeo tomarme varios recreos por día para tirarme a mirar el agua mientras tomo mate y me contagio de eso un poco depresivo que tiene la ciudad. Hace algunos días una conocida puso en twitter que tenía ganas de visitar esas ciudades que son medio fabriles y ... (dijo algunas cosas más pero no las recuerdo y no quiero hacer como que la cito y mentir tan descaradamente). Me quedé pensando en eso que dijo, a mi también me gustan las ciudades que están como abandonadas aunque estén llenas de gente. Creo que la palabra "abandono" no es la correcta. Podría ser melancólica o nostálgica. No me sale describir lo que me pasa con Montevideo, es alegría con lágrimas, o media sonrisas o tranquilidad y termos todo el día. Mi ultimate plan es imponer en Buenos Aires la posesión de termo indiscriminada: termos para todos, mate todo el día.

Cuestión que me voy y estoy bastante arrepentida de mi decisión aunque por momentos esté contenta y ansiosa. Le escribí a una ¿amiga? ¿conocida? (no sé el término exacto que representa nuestro vínculo pero voy a trabajar para que algún día sea "amiga") contándole que no podía verla como habíamos quedado (digamos que si voy en el camino de la amistad, con el plantón debo haber retrocedido algunos casilleros) y le conté, además, que estaba nerviosa y llena de miedos por el viaje. Me contestó que primero pensó en hablarme de la aventura y de lo divertido que puede ser, de las oportunidades y de blablabla pero que se identifica mucho más con el cagazo y la desazón del viajar sola. Qué alegría inmensa me produjo esa respuesta. Ya me estaba cansando de no poder quejarme en paz del viaje porque se supone que viajar por trabajo es casi una bendición.

Yo tengo miedo. Y tengo dudas. Y por momentos pienso que no debería viajar un carajo porque aunque sean tres semanas, son tres semanas. Tres semanas, dependiendo del lugar desde donde lo veas, es un montón o es poquísimo. A mi, ahora, me parece un montón. Y yo, en este momento, no tengo nada de ganas de viajar. Capaz mañana se me pasa.

O espero que se me pase.

De lo contrario van a ser las peores tres semanas de mi vida.

domingo, 9 de octubre de 2011

Cuando se está sin trabajo

-Se lee mucho.
-Se miran muchas películas.
-Se tiene la casa siempre ordenada.
-Se cocina.
-Se cose.
-Se descose porque salió mal.
-Se vuelve a coser.
-Se admira aunque de nuevo haya quedado mal.







sábado, 8 de octubre de 2011

Mentiría si dijera que hace 16 días que no fumo

(un día fumé dos cigarrillos y me bajó toda la presión. Toda)

-¿El fin de semana cómo lo pasaste? ¿Aguantaste sin fumar?
-Sí, ¿por?
-Los fines de semana son la parte más difícil, porque salís, te juntás con gente, todos fuman...
-Ah, no, pero yo no me junto con gente. Y tampoco salgo demasiado.

Sueños inmobiliarios

-Una casa en los suburbios.
-Una casa en una calle con empedrado.
-Una casa en una calle sin salida.
-Una casa con jardín y un millón de plantas que cuidar.
-Una casa.

jueves, 6 de octubre de 2011

Seres de luz


Objetivamente, yo era linda.

Objetivamente significa: tenía una altura normal, un peso que no era ni mosca ni ballena, buen pelo, lacio, largo, rubio, sin teñir. Tenía medidas importantes pero armoniosas. Pero tenía: mala onda, mal humor crónico, un cansancio que no se iba con nada, timidez y un sentido del humor que me causaba gracia solamente a mi.

Algunas veces dijeron de mi justamente eso: que estaba buena pero siempre decía que estaba cansada. Que estaba buena pero siempre de mal humor. Que estaba buena pero era demasiado tímida. Demasiado callada. Demasiado oscura. Una vez, incluso, un profesor me dijo, delante de toda la clase: “Vos por ejemplo, sos linda, pero siempre estás sentada en posición de indio y con la espalda encorvada, se nota que tu autoestima está por el piso”. Fue uno de los momentos más vergonzosos de mi carrera universitaria.

Yo sabía que, objetivamente, era linda. El problema era que yo ni me creía linda, ni me veía linda, y hacía todo lo que estaba a mi alcance para que nadie pudiera verme linda.

Siempre pensé que el problema era de actitud. Yo tenía todo para ser linda pero me esforzaba en afearme. Hace poco me pasaron un estudio de Dove en el que se habla de la luz propia. Que la belleza es tener luz propia. Y que la luz propia no es andar con un reflector en la cabeza sino tener, además de actitud, ganas, voluntad, alegría. Es tener chispa y ser ocurrente, no tener miedo al qué dirán, no callarse para evitar el ridículo. Es tener energía. Contagiar la energía a los demás. Ser independiente. Sentirse bien para que te vean bien. Es irradiar luz. Ser luminosa.


Yo estoy aprendiendo. Ya no tengo tanto mal humor (o al menos puedo controlarlo para no joderle la vida a los demás) y las horas que duermo me alcanzan para decir que “estoy bien” en lugar de “estoy cansada”. Me acostumbré a sentarme derecha y a hablar en voz alta y decir lo que quiera decir sin que me importe demasiado si al otro le parece una estupidez. Y todo esto, aunque parezca un discurso motivacional, me ayudó, principalmente, a quererme mucho más. Y a darme cuenta que todo, absolutamente todo, parte de quererme a mi.

martes, 4 de octubre de 2011

Reconozco que está mal pero no puedo evitarlo

A veces me pone de pésimo humor que las cosas no se hagan como yo quiero que se hagan o como yo las haría o como a mi me parece que deben hacerse.

Era obvio que iba a pasar

Anoche
-¿A qué hora te levantás?
-A las siete.
-Bueno, me levanto y te hago el desayuno y sigo durmiendo.

Hoy a la mañana
-No te voy a hacer el desayuno, mejor me quedo durmiendo.

Un sueño horrible

Soñé que Juan me decía que tomaba merca. No que había probado o que ocasionalmente había consumido sino que lo hacía regularmente, que no podía controlarlo. Y yo, además de preguntarme cómo carajo no me había dado cuenta, de tanto tanto que me angustiaba volvía a fumar.

Hacía mucho que no soñaba algo tan feo.

martes, 27 de septiembre de 2011

El algodón

Una mañana le dije a mi mamá "creo que me vino la menstruación".
El "creo" implicaba justamente la duda, sabía que estaba pasando algo pero no estaba segura si esa cosa marrón que me había salido era sangre, o sea menstruación, o cualquier otra cosa, una lastimadura, un pis medio extraño.
Mamá me dio un pedazo de algodón y me enseñó sobre la disposición y me dio un pedazo extra, envuelto en una bolsita, para que me lo cambiara en el colegio.
Cambiarme el algodón en el colegio, esa vez y todas las veces que siguieron, era la situación más patética de mi preadolescencia: esa primera vez era verano y yo andaba en short y remera y no tenía bolsillos por ningún lado, así que cerraba el puño bien fuerte, con el algodón enrollado bien chiquito, levantaba la otra mano y pedía permiso para ir al baño, salía y seguía con el puño apretado y cuando llegaba al baño estaba segura que todos se habían dado cuenta y estaban burlándose de mi. Todas las veces que siguieron, en especial las veces en invierno, ya no fueron tan traumáticas como las primeras del verano pero eran igual de incómodas y vergonzosas. Yo no podía permitirme que alguien se diera cuenta de que en la mano llevaba un algodón que serviría de apósito porque yo menstruaba como las mujeres grandes.

El fin de semana después del "creo que me vino la menstruación", fuimos con mi familia a un cumpleaños y en el cumpleaños mi papá se acercó y me dijo que mi mamá le había contado que yo me había hecho señorita y que por eso quería felicitarme. Yo no tengo un recuerdo muy lúcido sobre esa primera menstruación (más allá de lo del algodón y la novedad, quiero decir) y no sé si estaba ofuscada, contenta, triste, nerviosa o con miedo a quedar embarazada porque aunque era virgen y lo sería por bastante tiempo más, ahora ya podía quedar embarazada. Existía la posibilidad, y era algo que no puede negarse y era algo inevitable y no había vuelta atrás. Si me violaban, podía quedar embarazada. Si venía el Angel Gabriel, también. No me acuerdo si le agradecí a mi papá esa felicitación o si me puse colorada o si me fui corriendo al baño. De lo que sí estoy segura es de que esa felicitación no fue una iniciativa de mi papá sino de mi mamá, que le debe haber dicho "es un día importante, es un momento importante, andá y felicitala" y estoy segura, además, que el momento de la felicitación fue uno de los momentos más tensos en la relación con mi papá (de todas las situaciones incómodas que mamá le hizo pasar a papá conmigo, ésta de la felicitación por hacerse señorita y la otra, la del día que me dijo "así que estás de novia" pelean cabeza a cabeza por el puesto número uno).

Lo que más me molestaba, y fue una molestia que creció con el tiempo (o sea: a medida que mis amigas empezaron a menstruar), era el uso del algodón. Yo no entendía por qué estábamos usando algodón (cuando digo "estábamos" me refiero a mi, mamá y mi hermana) y no unas regias toallitas femeninas que no eran muy caras y además eran más lindas y, seguro, más higiénicas. A mi no me daban plata, y en esa época ni siquiera salía así que no tenía vueltos para guardarme y por eso, comprarme toallitas o tampones estaba fuera de mi alcance. Creo que alguna vez le dije a mamá que quería toallitas y mamá me dijo que era lo mismo y que no jodiera. O tal vez no se lo dije nunca por temor a escuchar esa respuesta que acabo de escribir. Una vez le dije a mi hermana que quería toallitas y mi hermana me dijo "Paraaaa qué te hacés". Algunas veces prefería menstruar en casa de mis amigas porque todas mis amigas tenían madres cancheras que les daban toallitas e incluso había algunas, las más osadas, que inculcaban y alentaban el uso del tampón.

Usar algodón era algo que ni siquiera le contaba a mis amigas, ese era el tipo de vergüenza extrema que yo sentía por tener un hábito tan atemporal. Con el tiempo empecé a salir, me quedaron vueltos, me compré toallitas que escondí para que mi mamá no vea. Después mi mamá las debe haber descubierto, porque de una menstruación a otra empezó a comprarme unas toallitas Lina que eran grandísimas y mucho más difíciles de esconder que un pedazo de algodón. Y además tenían el problema del desborde, del pantalón manchado, del "mirame y decime si estoy limpia". Yo con el algodón ya tenía una relación sólida, sabía cómo usarlo y cuánto usar para que no haya nunca un problema y además las toallitas Lina te irritaban la ingle y molestaba porque tenían una parte medio plástica. Y después vino la golden age del tampón que duró poco porque no puedo estar tranquila con un tampón, y a veces extraño la sencillez y único modelo del algodón y pienso que, al final, toda esa época no estuvo tan mal.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Cuesta, y mucho

El viernes a las dos de la tarde dije en voz alta, hablando conmigo misma: "Qué paja salir a comprar cigarrilos, podría aprovechar y dejar de fumar".

Viene siendo la primera vez en la vida que tanta vagancia sirve para algo.

martes, 20 de septiembre de 2011

Había cosas de las que no hablábamos

No hablábamos de los padres divorciados ni de los padres que se habían borrado o de los que habían muerto. No hablábamos de tragedias ni sabíamos qué se sentía que te criara una tía o una abuela o cómo estabas ahora que tu vieja se había muerto por un cáncer. Jugábamos a las familias perfectas que nunca un problema y cuando había un problema nos decían que no dijéramos nada, que mejor que nadie se enterara. Y así andábamos, todos felices, en ese viaje de egresados que se extiende desde primer hasta quinto año, siendo parte de familias perfectas, hijos de padres perfectos, obedientes hijos perfectos.

Llorar por las dudas

Amor extremo es pensar que un día puede terminarse todo y largarse a llorar.

viernes, 16 de septiembre de 2011

La última y me voy a comer más relleno de empanadas

La mayoría de las cosas que tengo las tengo de épocas en las que me costaba mucho comprar algo, y eran épocas en las que costaba comprar porque no había plata para nada. Cada cosa que tengo (bueno, no voy a pecar de exagerada, aunque está en mi naturaleza: la mayoría de las cosas que tengo) tienen una historia detrás y puedo contar cómo llegué a juntar la plata para cada una de ellas y cuándo las compré y quién me acompañó y puedo relatar historias fantásticas que pasé mientras usaba la remera fucsia con un gato plateado o todo lo que bicicleteé con la bici roja que me compré después de ahorrar durante todo un año, todos los días, un peso.

Un minuto más tarde

Le tomo muchísimo cariño a las cosas. Me cuesta desprenderme de ellas y sufro cada vez que me toca hacer limpieza general porque nunca quiero tirar nada. Me gusta tener cosas, cuido mis cosas, mis cosas son especiales, y supongo que por eso no ando necesitando todo el tiempo cosas nuevas: las mias son tan lindas y las quiero tanto que nunca encuentro motivo suficiente para deshacerme de ellas y cambiarlas por otras nuevas.

Estoy escribiendo para no comer el relleno de las empanadas

Algo que me da mucha paja es gastar dinero en cosas que no me resultan indispensables aunque no estaría mal tenerlas. Podría parecer avaricia, pero yo sé que no lo es:  me arreglo con poco. Necesito poco.

Ahora que trabajo en casa sufro bastante de los dolores de espalda producidos por una silla recontra pedorra y por una postura que deja muchísimo que desear. Hace algunos meses decidí comprarme una silla para la computadora, de esas todas acolchonadas, con apoyabrazos y apoyacabezas y, fundamental, que pudiera subir y bajar para jugar, horas, a subir y bajar como una pelotudita de cuatro años y, otra vez fundamental, que fuera giratoria, para jugar horas, etc. Cuando finalmente tuve la plata disponible me puse a buscar la silla perfecta y me di cuenta que todas las sillas para computadora parecen sillas de oficina y mi casa es demasiado linda como para arruinarla con una de esas. Y además, porque mientras buscaba, me puse a pensar si realmente quería comprar una silla de computadora y decidí que no. Y no por la plata o por el modelo. No la compré porque me di cuenta de que, en realidad, no necesito ninguna silla, que con la mia está bien y que lo de la postura lo iremos viendo con el correr del tiempo.

Tengo una sartén. La hizo mi papá cuando era jovencito y está curtidísima y todas, pero todas las comidas, me salen exquisitas. Hace algunos meses la sartén sufrió un accidente y se quedó sin mango. Tiene un pequeñito fierro que le sobresale y me las ingenié para acomodar el trapo rejilla de manera tal de agarrarla con fuerza y no quemarme en el intento. Pensé en comprarme una nueva, pero no, no la necesito, con ésta estoy bárbara y mis comidas siguen saliendo igual de deliciosas. Aparte cada vez cocino menos porque mi novio es de esos que cocinan y cocinan y cocinan.

Y así con todo. No compro no porque no tenga la plata sino porque siento que no necesito cosas. Cuando compro, compro con una alegría inmensa porque sé que lo que estoy comprando es lo que realmente quiero y necesito. No compro al pedo. No me gusta la gente que compra cosas al pedo. No tengo caprichitos consumistas. Y me encanta no tenerlos.

Cosas que hago aunque no debería

-Comer el relleno de las empanadas mientras espero que se enfríe.
-Bajar películas de minitas y obligar a mi novio a que las vea conmigo.
-(viene del ítem anterior): Tener el tupé de preguntarle por qué no le gustó la película que acabamos de ver si es toda tierna y recontra chuchi.
-Comer crema y brócoli, dos alimentos que me encantan con todo el alma pero me hacen daño.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Soñadora

Paso larguísimas horas de mi vida mirando casas que no puedo comprarme y viajes que no puedo pagar.
De soñadora, nomás.

La barrera de las diez

Me sucede algo entre raro y estúpido con las diez de la mañana. Los días que tengo que ir a la productora, donde entro a las ocho de la madrugada, no tengo problema en levantarme siete menos cuarto y llegar puntual y solitaria a trabajar antes que los pajaritos empiecen a cantar. Si tengo que levantarme a las nueve porque tengo que ir a algún lugar o porque tengo que terminar algo en casa puedo hacerlo perfectamente (aunque "perfectamente" es una manera de decir, porque el mal humor y las ganas de seguir durmiendo permanecen intactos). Ahora, si me das un mínimo de libertad se va todo al mismísimo ocote. Por ejemplo, si simplemente tengo que trabajar en casa sin horarios fijos, las diez de la mañana aparecen como una barrera que separa el dormir unas regias siete horas con el dormir unas descaradas doce. Y son las diez de la mañana. Si pongo el despertador a las nueve y media pero me quedo remoloneando y se hacen las diez, vuelvo a dormirme y me levanto a la una. Si pongo el despertador a las nueve y media y no me quedo remoloneando nada, me levanto perfecto. Ni siquiera puedo explicar bien qué pasa con las diez de la mañana que me afectan tanto, es como si las diez de la mañana fueran el momento exacto en el que tengo que levantarme o sufrir todo el día porque dormí como una morsa y perdí la mitad del día. Las diez de la mañana son mi karma, mi momento cumbre, el límite entre ser una persona responsable y ser una vaga de mierda.

Hoy puse el despertador a las nueve y estuve apagándolo cada diez minutos y cada vez que lo apagaba me repetía "la barrera de las diez, no puedo pasar de las diez porque voy a estar en la cama hasta la una". Y a las diez menos cinco, antes de que sonara el despertador una vez más, salté de la cama, llena de mal humor y con el pelo sucio, porque sabía que si me quedaba cinco minutos más, esos cinco minutos se iban a transformar en tres horas.

martes, 13 de septiembre de 2011

Hay que bailar más

Ser vieja

Tener varios diarios abiertos a la vez e ir actualizándolos en los minutos libres de trabajo.
Tener cuenta de banco después de veintiocho años de vida.
Tener veintiocho años.
Confundir histerectomía con histeroscopia.

jueves, 25 de agosto de 2011

No me juzguen

Estoy a menos de una semana de los 28 y eso me tiene alteradísima.
Y no es por la edad. Es todo el tema del cumpleaños.
Los cumpleaños.
Qué cosa más rara.

Criticona al pedo

Hoy estoy demasiado criticona.
Desde que me levanté que estoy despotricando contra un montón de cosas chiquitas, estúpidas y que no me incumben. Hacía mucho que no me pasaba. No me gusta la sensación.

Por ejemplo, acabo de huir de la cocina donde está Juan preparando la vinagreta para una ensalada porque era huir o morderme los labios hasta lastimarme para no hablar al pedo o decirle que le está echando demasiada sal o mucha pimienta o poco aceite o algo.

Así, de criticona al pedo.

martes, 23 de agosto de 2011

Prestar atención a lo siguiente

Lo voy a dejar así porque no puedo creerlo. En la entrada anterior, cuando hablo de la chica del negocio que no colaboró con mi estado de desorientación, escribí: Pregunté a la chica del negocio pero me repitió lo que yo ya sabía: "Acá es el 1475".

1 4 7 5, puse. Venía hablando de las numeraciones de la cuadra del cuatro mil trescientos y mandé mil cuatrocientos.

Dislexia

Cuando era chica confundía las palabras "caja" y "cáscara" y la unía en un horrible "cájara" que usaba indistintamente cuando tenía que decir una o la otra. La primera vez que me di cuenta que las confundía fue una tarde en la que papá me pidió que fuera al kiosco a comprarle una caja de fósforos y yo le pedí al chico que atendía (un chico que me intimidaba porque además de ser casi adolescente estaba muy lindo) una "cájara de fósforos". Volví con la caja de fósforos porque el chico entendió lo que yo pedía y porque cuando era chica hablaba más para adentro que para afuera y supongo que no se había dado cuenta del error. Pero volví pensando durante esas dos casas que separaban la nuestra del kiosco, que me había equivocado y repetía mentalmente "cájara" cada vez que pensaba en "caja" y cada vez que pensaba en "cáscara". Después pensé que se me había pasado pero de vez en cuando digo "cájara" en lugar de "caja" y me río y me acuerdo de esa tarde tan calurosa y soleada cuando por primera vez me di cuenta que las confundía.

De todo el tiempo que viajaba en colectivo para ir al trabajo, a la casa de algún novio, a la facultad o a pasear, mi entretenimiento preferido era jugar con los números. Hacía cuentas mentales sumando las cifras del colectivo en el que estaba viajando y también de los que veía pasar. Trataba de encontrar relaciones del tipo: si al 378 le restás x números te queda el colectivo que te lleva a Morón. Si al 96 lo multiplicás por x número el resultado es el que te lleva a Tigre. Si sumás el que te lleva a Ciudad Universitaria con el que te deja a dos cuadras de mi casa, tenés el número del que te lleva a la casa de Pablo. La casa de Pablo tiene como numeración el 1918 y ese 1918 parece más el año de una revolución que la numeración de una casa prefabricada. Me fascinaba y podía pasar horas restando, multiplicando, sumando y dividiendo numeraciones y cifras de colectivos o de casas o de números de teléfono: en una época sabía cuál era el resultado de la suma de todos los números de teléfonos de las casas donde había vivido.

Hoy a la mañana tenía que hacer algunos trámites. Específicamente: un depósito bancario y el pago de la primera cuota del taller, un taller que queda en un barrio que no conozco y siempre que tengo que ir a un barrio que no conozco me pongo muy nerviosa porque pienso que voy a perderme. Y no es para menos: siempre me tomo el colectivo en la vereda equivocada y siempre camino para el lado contrario del que tengo que ir. Anoté en un cuaderno el número de la cuenta bancaria y lo chequeé varias veces y varias veces me equivoqué el cinco con el dos y varias veces alteré el orden de los números y varias veces tuve que tachar y volver a empezar. Por supuesto, llegué al banco y lo único que me respondía la maquinita diabólica era un desesperante "el número ingresado es incorrecto". Hablé con el chico del banco, un goma que se quiso hacer el simpático pero no le salió, aunque le estaré eternamente agradecida porque me pidió un número de documento y me devolvió la solución a mis problemas "Acá. Este debería ser un dos".

En el lugar donde tenía que pagar un taller había una peluquería y al lado un negocio con ropa canchera y muy moderna comprada en Avellaneda y revendida a dos o tres veces de lo que había salido. En realidad, en ninguno de los dos lugares estaba el taller porque la numeración de uno a otro saltaba de 4375 a 4393 y yo tenía que ir al 4391. Pregunté a la chica del negocio pero me repitió lo que yo ya sabía: "Acá es el 1475". Quise decirle que ya sabía y quise decirle pelotuda pero me contuve porque estaba segura que la pelotuda era yo, y no está bien descargarse con cualquiera por un error que cometió uno mismo. Caminé por la cuadra y encontré el lugar donde dan el taller, la dirección era 4319. La había anotado mal.

domingo, 21 de agosto de 2011

Lo único que quiero

Es ropa con estampados de animalitos.

Igual los muebles se arruinaron

Las imágenes que tenía de las dos inundaciones que habíamos pasado en la primer casa eran las de una pileta inmensa con agua sucia y restos de cosas hundiéndose o saliendo a una superficie que no existía, porque el agua llegaba al techo y el techo no conformaba ninguna superficie donde se pudiera respirar. Había muebles rotos, pedazos de madera de una silla, una frazada mojada que flotaba. Nadaba, mejor dicho. Nosotros no estábamos, quiero decir que no nos veíamos o yo no los veía ni tampoco me veía a mi misma, como si ese fuera un territorio solitario, el fondo de un mar tercermundista donde sólo había basura, y las maderas, y la frazada. Nosotros estábamos pero nosotros no nos veíamos. Las imágenes que tenía de las dos inundaciones eran apocalítpicas, y sin embargo nunca me preguntaba cómo habíamos sobrevidido a semejante tragedia. Creo que para esa época tragedia, sobrevivir o apocalipsis eran cosas -conceptos- que desconocía. Después crecí. Me di cuenta que todos los muebles tenían una marca, una línea que los recorría: las patas de mesas y sillas, el sillón del living, el modular. Un quiebre, una línea divisoria que transformaba los uniformes muebles en muebles bicolores: las patas tenían un tono más claro que el respaldo de la silla y el sillón tenía una franja más oscura, casi negra, sobre su base. Sería, no sé, ¿a treinta centímetros del piso?

miércoles, 17 de agosto de 2011

Eso también es un cliché

Es, por supuesto, un cliché: dejé de creer en Dios el día que, sentada en el escritorio de mi viejo cuarto, le pedí que por favor no le haya pasado a mi hermana, y al final a mi hermana sí le había pasado. O sea: no es que le había pasado una cosita, le había pasado la muerte. Tremenda traición divina es irreparable. Ese día dejé de creer a pesar de haber seguido diciendo que creía y a pesar de haber rezado después de la muerte para que todo esté bien con el resto de mi familia y a pesar de haberme sentado a rezarle a la virgen durante varios días después del entierro para pedir que el alma de mi hermana descansara en paz. Lo miro retrospectivamente, ahora que asumí que aquel día dejé de creer, y veo que la obra de teatro en la que estaba metida era casi inverosímil, pero qué bien actuaba en ese momento.

Que en un entierro alguien llore a los gritos y otros miren al cielo y otros permanezcan quietos, que el sol raje la tierra a pesar de ser casi invierno y que todos te digan que seguramente está en un lugar hermoso, o que está preparando todo el cielo para nuestra llegada, o que decenas de chicos estén parados con una flor en la mano despidiendo a quien hasta la semana anterior había sido su profesora. Todo eso también es un cliché.

Saber que hoy no va a haber torta de cumpleaños porque desde el 2004 mi hermana no cumple más años o que no va a haber sorpresas ni desayunos en la cama ni regalos ni deseos ni velitas apagadas ni que los cumplas feliz. Desearle feliz cumpleaños donde quiera que estés, eso también es un cliché.

Que el día esté así, tan gris y oscuro, con una lluvia que amenaza pero nunca se desata, y que yo esté así, tan gris y oscura, con mi tormenta que también amenaza pero se queda ahí, contenida, bueno, eso también es un cliché.

Lo que sucede es lo siguiente: qué carajo haríamos si no tuviéramos todas estas mierdas de cliché.

martes, 9 de agosto de 2011

Siento que voy a enloquecer

¿Viste cuando hay un ruidito de fondo del que sos conciente pero no te molesta hasta que de un momento a otro pasa a ser lo más insoportable del universo y sentís que vas a enloquecer?

Bueno, eso, desde hace un ratito, con unos martillazos que están sonando desde las ocho y media pero que recién ahora se volvieron mucho más que irritantes.

Tampoco la pavada

Todo el mambito soberbio se me va cada vez que me acuerdo que en un mes empiezo un taller y me agarra esta sensación tan desagradable: todos van a ser mucho más grossos que yo y se van a burlar de todo lo que escriba.

Estoy feliz y soberbia y un poquito insoportable

Es casi mi cumpleaños y todos los años, cuando es casi mi cumpleaños, se me da por hacer balances mentales pero no de los que son cosas positivas y cosas negativas que me hayan sucedido en los últimos doce meses sino quién era hace doce meses y quién soy ahora. Cambié. O volví a ser lo que era, no sé. Hace doce meses gritaba más y decía más groserías. Hace doce meses hablaba horas por teléfono con amigas y me emborrachaba bastante más seguido, aunque sea en la soledad de mi casa. Volví a ser lo que era, es eso. Yo nunca hablé mucho y jamás grité, ni siquiera en medio de una pelea, a mi en las peleas se me da por la tristeza y la tara mental y no por la violencia verbal y menos que menos por la física.

Hace no mucho conocí a tres personas que conocía virtualmente, siempre son raros esos encuentros porque por más positivo, ameno o divertido que sea (o que sean, ellas) uno siempre tenía un preconcepto de lo que iba a encontrarse (preconcepto no es lo mismo que prejuicio, ¿no?). Y la realidad es otra, en general se aleja de lo que habíamos imaginado y eso, repito, no es ni mejor ni peor: es diferente. Algunos días más tarde o al día siguiente, una de las chicas dijo, entre otras cosas, que yo era una persona dulce y buena. Sí, soy buena. No, no soy dulce. Me pregunto qué habré hecho para dar la impresión de dulzura que mi madre siempre me reclama: qué poco demostrativa, qué poco que hablás, nunca contás nada. Sí, soy buena. O no, eso no lo sé. Creo que es más bien indiferencia: a veces puede confundirse indiferencia con bondad. Parece un disparate pero que, por ejemplo, yo no hable pestes de alguien, no significa que sea buena o que la quiera o que la aprecie o que lo que sea: me es indiferente, me chupa un huevo, no tengo opinión porque formar una opinión sobre eso me parece una pérdida total de tiempo. No es bondad. Es indiferencia.

En los últimos tiempos, esto es como una vuelta a la adolescencia, una adolescencia que, me parece, fue una adultez temprana (después, en la adultez propiamente dicha, tuve una regresión, como una adolescencia tardía, con todo lo que eso acarrea y que por suerte estoy superando), todo me es indiferente. No me interesa nada de lo que haga nadie mientras a mi no me rompan las pelotas. En serio. Es un período de lo más tranquilo: como no me importa lo que hagan o dejen de hacer los demás, me limito a acompañarlos en el sentimiento. Esto es: si te hace feliz, buenísimo, si te enoja, cambialo. El fin de la etapa del prejuicio (esto se relaciona con lo del párrafo anterior: no es bondad de lo que estoy hablando). En general, y esto tal vez sí sea negativo, todos los problemas que me cuentan (incluso, dos o tres veces por semana, los que me auto-cuento) me parecen pelotudeces. Como si la indiferencia por todo llegara a un nivel superior en el que todo absolutamente todo me parece una boludez. Y esto, por supuesto, esta empatía del "si te hace feliz, buenísimo", peca por momentos de una soberbia rara: YO te entiendo. YO estuve ahí. YO puedo estar feliz porque sé por lo que estás pasando. YO estoy de vuelta. VOS me chupás un huevo.

Esto feliz, pero es una felicidad tan apacible y tranquila que me recuerda, y esto lo digo de verdad, a cuando tenía dieciocho años y me quedaba mirando películas toda la noche, sola, en el sillón de mis viejos. Me recuerda a ese tiempo adolescente de edad y adulto de cabeza, ese momento en el que no me hacía problemas por tipos boludos (cuando hablé antes de la adolecencia tardía, por ejemplo, estoy hablando de tener problemas de quince a los veintidós). Estoy feliz y soberbia y un poco insoportable.

domingo, 7 de agosto de 2011

En el mundo hay cosas difíciles e imposibles de digerir.
Ninguna como saber que mañana tengo que levantarme a las seis y media de la mañana para ir a trabajar.

martes, 2 de agosto de 2011

Rutina

Es todo risas hasta que uno de los dos dice esta conversación se está volviendo un poco rutinaria. Una explosión de sinceridad que no se esperaba y que el otro toma como cualquier cosa que no se espera: etapa sorpresa, etapa enojo, etapa tristeza, etapa solución.

Yo, por ejemplo, soy una dualidad con piernas: mi mayor temor es la rutina y soy la persona más rutinaria que conozco. Yo tengo rutinas para bañarme, para cambiarme, para cocinar y para ordenar o limpiar. Tengo rutinas para trabajar (o las tenía, qué sé yo, ahora estoy con toda la cabeza laboral dada vuelta) y tengo rutinas para el ocio. Me gusta la rutina y al mismo tiempo me aburre lo previsible de mis rutinas, yo sé que mañana voy a desayunar un café con leche, dos tostadas con queso y un jugo de naranja. Sé que voy a preparar todo eso y me voy a sentar a chequear mails o boludear un rato y que después voy a empezar a trabajar y que cuatro horas más tarde voy a tomarme un recreo para lavar platos, ordenar ropa y armar la cama. Y después voy a seguir trabajando pero voy a parar para elegir una película o serie para ver a la noche y voy a dejarla cargándose o bajándose. Y puedo seguir. Puedo detallar exactamente en qué orden voy a guardar la ropa, cómo voy a armar la cama o a qué hora voy a cerrar las ventanas porque ya está todo ventilado y tengo frío. Y lo sé hoy, a veinticuatro horas de que todo suceda, y lo sé porque soy así: pura rutina. Por eso, y porque trabajo en silencio y sola y encerrada y nunca cruzo palabras ni tengo compañeros de trabajo, me considero una persona aburrida. No, me corrijo: soy divertidísima pero en mi vida no existe la anécdota del día o el episodio que solamente sucedió hoy y nunca más. Soy costumbre. Si me preguntan qué tal tu día, no puedo decir demasiado. No me gusta hablar.

Es difícil convivir conmigo misma en medio de las rutinas que me impongo y que me aburren tanto. Pero de vuelta: las necesito. Necesito los mecanismos y necesito los procesos casi mecanizados. Si no están me desesperan. Pero me aburren. Pero son mis rutinas y me las banco. Nadie tiene que soportarlas. Soy yo con mi necesidad del orden. Yo con mi necesidad del método. Soy yo.

Cuando alguien dice qué rutinaria esta conversación, lo que escucho es qué aburrido es estar con vos. Es como cuando una amiga que querés mucho está enamorada de un pelotudo con el que se pelean y se amigan dos veces por semana y cada vez que se pelean y se amigan ella corre a contártelo y vos la escuchás seis meses y al séptimo le decís siempre lo mismo con ustedes. Primero, tu amiga se sorprende porque le parece imposible que su amiga del alma y el corazón la esté cortando tan en seco cuando lo único que tiene que hacer es escuchar la misma canción aunque ya se la sepa de memoria. Al toque, no pasan minutos entre una cosa y la otra, tu amiga se enoja con vos, te dice qué guacha, yo vengo a contarte cosas importantes y vos me decís ésto. Esta etapa del enojo puede durar horas, días, semanas o meses, vas a seguir viéndola pero ella no va a contarte nada y en las conversaciones va a haber un remanente de enojo, casi imperceptible, esa incomodidad que se genera entre lo dicho y lo no dicho, lo que cuenta cada una y lo que calla porque las dos sabemos que, en el fondo, algo se quebró. Acompañando esta sensación de quiebre, viene la tristeza de las cosas nunca van a ser como antes, vos extrañás la novela de tu amiga y tu amiga tiene dieciocho capítulos que todavía no te contó. Ahí hay perdones, abrazos, mails, cenas o algo que reoriente todo a la amistad que tenían antes. Eventualmente, con las amigas, todo se soluciona.

En una pareja, en cambio, no sé si hay una vuelta atrás. La palabra rutina es como un monstruo invisible que se va apoderando de los dos y cuando se hace explícita se convierte en el peor enemigo que pueda imaginarme. Yo no sé si se puede volver de la palabra rutina en una pareja, se puede cortar con la rutina por un rato, se pueden implementar placebos, engaños, pero la rutina siempre va a estar ahí, en forma de conversación repetida, convivencia frustrada o respuestas automáticas hasta que uno de los dos, casi sin darse cuenta, vuelve a decir qué rutinario todo esto.

domingo, 31 de julio de 2011

Evolución

Hace algunos años, el planteo sobre el odio hubiera sido el siguiente: las odio a ellas porque están calientes con él y lo odio a él porque les debe sacar la calentura una o dos veces por semana.

Las odio

Por ejemplo: a Naty la odio. No sé bien quién es, pero la odio igual. No sé si tiene cincuenta años o si es enemiga del desodorante o si tiene mal aliento o si mide uno setenta y cinco y tiene las tetas por el cuello. No sé nada de ella, ni siquiera a qué se dedica, y sin embargo la odio. También odio a Clari, a Sole y a Mica. Pueden ser compañeras de trabajo o de facultad o amigas de la infancia o un montón de posibilidades más. Las odio a todas por igual porque escucho sus nombres y nada más que sus nombres y mi cabeza fantasiosa les inventa un cuerpazo y una personalidad increíble y estoy segura que todas, absolutamente todas, están calientes o enamoradas o calientes y enamoradas de mi novio.

domingo, 24 de julio de 2011

¿Cómo? Así

No es que esté mal, pero hay algo que no está del todo bien. Básicamente estoy aburrida. Todo me parece mínimo: los momentos de alegría, las satisfacciones, los problemas (mios y ajenos). Al mismo tiempo, estoy bastante productiva y el tiempo de procastinación virtual se redujo casi a lo imperceptible. No posteo en los blogs, no paso tiempo en twitter, casi no abro facebook. No miro televisión, casi nada, y ésta es una de las cosas que más me sorprenden: el temor que tenía de que el trabajo en casa sea incompatible con el aparato a metros mios era una ilusión fundada en lo que era hace algunos años. Hay un cierto contraste entre las cosas buenas que estoy contando y eso que siento de que hay algo que no está del todo bien. Estoy más abandónica que nunca y no es por algo en particular y ni siquiera es por el invierno. Quiero decir: no hay ningún motivo identificable por el que pase tanto tiempo sola y supongo que esa incomprensión es la que no me deja determinar si estoy bien o estoy mal. Digamos que estoy y punto. Algunas cosas que no están bien y me sacan de las casillas: no logro levantarme a la mañana. Envidio profundamente a las personas que siendo las diez ya hicieron dos o tres cosas o al menos una (acá se me ocurre que hacer una cosa antes de las diez puede ser: desayunar, con eso ya estaría satisfecha) y los envidio tanto que les deseo una vida de larguísimas siestas y llegadas tardes. No logro salir de la cama hasta pasadas las once. Y no está bien. Y todas las mañanas casi mediodías, cuando logro destaparme y levantarme lo primero que me sucede es que me baña un mar de mal humor que dura algunas horas y a veces más. Pongo el depsertador lejos y hago todas las cosas para poder levantarme pero me lanzo al absimo de los cinco minutos más y los cinco minutos más siempre se transforman en cincuenta.

Trabajar en casa es tan satisfactorio como raro. El otro día hablaba con un amigo que también edita en su casa y comparábamos métodos y rutinas porque el no tener la obligación de cumplir un horario te desacomoda toda la rutina laboral. Me levanto cerca del mediodía y mientras desayuno abro el proyecto que esté editando y el proyecto queda abierto todo el día y a veces son las once de la noche y yo sigo ahí sentada pero nunca termino de entender si trabajé mucho o poco: es difícil contabilizar cuántas horas estuve realmente trabajando, cuántos recreos me tomé o cuántas veces bajé al super o a la verdulería o a sacar la basura. En general me da la sensación de que me pasé el día editando y está claro que nunca me paso el día editando. Pero al mismo tiempo, trabajar en casa es lo más lindo que me pasó desde que trabajo. Controlar mis tiempos todavía no me sale, pero sí me sale trabajar bien y contenta y poder parar cuando sé que estoy editando por inercia o cuando los ojos no me dan más o cuando necesito despejarme un poco porque ya no se me ocurre qué hacer. Y si bien es cierto que en cualquier trabajo uno tiene derechos a pausas, las pausas en casa son diferentes: el otro día, por ejemplo, paré un rato de editar y me puse una linda música y amasé pizzas y después me lavé las manos y seguí trabajando. Vale la pena no entender si trabajo mucho o poco porque esos momentos de estar en casa haciendo lo que se me canta son invalorables. Por ésto, los que trabajan fuera de sus casas, pueden envidiarme con muchísimo ahínco.

Lo que sí pasa cuando uno trabaja en casa solo tanto tiempo es que el nivel de soledad llega a un límite de saturación que es difícil de manejar y creo que esa costumbre de no hablar con nadie en todo el día me está llevando a esto de estar más solitaria y callada que nunca, aunque algunas veces sí se torna insoportable y sí necesito estar con alguien y charlar pavadas y todas esas cosas sociales que me cuestan muchísimo pero me traen muchas alegrías. Breves, las alegrías, como decía al principio: invito alguien a casa y después quiero que desaparezca porque ya está, ya nos vimos, ya interactuamos, ahora andate. Estoy odiosa.

El viernes trabajé fuera de casa y se me hizo imposible, no por el trabajo en sí sino porque eran las diez de la noche y yo seguía trabajando y la jornada no había sido de las mejorcitas y estaba sola en una productora y cuando cerré todo para finalmente irme, se me trabó una llave en la cerradura, la rompí, no sé, y me agarró una crisis nerviosa que estuvo a punto del llanto mocoso pero se quedó ahí. Me fui y me tomé un taxi para ir a la casa de Juan y le expliqué al taxista cómo ir y venía pensando en algunas pavadas, la mayoría de ellas relacionadas con: cómo puedo ser tan pelotuda de meter una llave en una cerradura y romperla y ni estaba pensando en el recorrido y evidentemente el taxista tampoco estaba pensando en el recorrido y se olvidó de doblar en una avenida y nos desviamos un montón y yo me taré y no sabía cómo salir del berenjenal donde estábamos metidos, estaba perdidísima y creo que el taxista también, pero el forro en lugar de parar y preguntar inventaba circuitos por la ciudad de lo más laberínticos y me agarró un miedo feroz que sólo me hacía pensar que el tipo me estaba mareando a propósito para llevarme a un descampado y violarme y matarme. Y en lugar de agarrar el teléfono y llamar a Juan o algo, me quedé como petrificada hasta que me di cuenta que el pelotudo del taxista se había tarado mucho más que yo y estaba por doblar de nuevo como el orto y si doblaba como el orto de nuevo empezábamos a bordear el cementerio de la Chacarita y ahí te quiero ver, qué hacés, te bajás y corrés, te metés entre las tumbas, te tirás abajo del tren. Todas las calles que agarraba me resultaban desconocidas y eran todas calles angostas y oscuras y bajarme ahí, en el medio de la nada (para mi, Capital Federal puede convertirse en la nada) y, de nuevo, en vez de llamar a alguien por teléfono aunque sea para decirle dónde estaba, me quedé helada hasta que leí Cucha Cucha y todo mi gps mental empezó a acomodarse de nuevo y cuando llegamos a Avenida San Martín supe que ahí sí podía bajarme o que ahí sí podía ubicarme o que ahí no, no me iba a violar ni matar ese taxista tan boludo. Le pagué al taxista y me bajé casi corriendo de su auto y cuando toqué el timbre el taxista arrancó y a mi se me salía el corazón de la desesperación y apenas lo vi a Juan lo abracé y me largué a llorar como una nena, le decía que el taxista me había asustado y Juan, no sé, esas cosas que hacemos por impulso, salió a la vereda pero ya ni se veían las lucecitas del auto. Lloré y lloré y él me abrazó y era la cerradura que rompí y la jornada de trabajo que estuvo rara y que no logro levantarme antes de las once y que tengo a mis amigas abandonadas y que mi mamá me pregunta cada vez que me ve cuándo voy a tener un hijo. Y lloré hasta que me tranquilicé y me di cuenta que las cosas no salen como uno se las imagina y que todo es mucho más difícil de lo que pensamos y que el taxista no era malo sino medio boludo y que yo no puedo congelarme tanto como para tener tanto miedo por algo y no hacer nada al respecto.

lunes, 18 de julio de 2011

Freelance II

Mucho piyama pero no cobré aguinaldo.

Freelance

Lunes, 15:40
Sigo en piyama.

Antes que hijos, mil sobrinos

Hace algunas semanas le pregunté a Juan por qué pensaba que la gente tenía hijos y me contestó: "Porque quiere". Y después agregó: "O porque sale algo mal". Sus respuestas, además de causarme un poco de gracia, me hicieron dar cuenta que estaba expresándome mal. Lo que me gustaría saber, entonces, es por qué la gente quiere tener hijos. Parece una pregunta un poco soberbia pero no lo es: me encanta que la gente tenga hijos y disfruto de sus hijos pero no termino de entender el deseo de tener hijos. Digo ésto y me da un poco de dolor porque estuve pensando que yo soy demasiado egoísta para tener hijos y el tipo de egoísmo del que hablo viene por partida doble: por un lado me gusta demasiado mi vida así, en soledad; y por otro lado, si tuviera un hijo, no podría compartirlo con nadie: no lo toques, es mi hijo. No lo abraces, es mio. No lo malcríes, para eso estoy yo. No me gustás como novia ni como novio y no quiero compartir mi cría con nadie. Si yo tuviera un hijo lo guardaría toda la vida. Sería un desastre. Yo hoy digo que no quiero tener hijos, no quiero hoy ni quiero mañana ni quiero pasado. Y por eso, porque sé que hoy no quiero tener hijos, debe ser que no termino de entender por qué hay gente que sí.

martes, 12 de julio de 2011

lunes, 11 de julio de 2011

Momentos feos (IV). Edición: EL ASCO

-Estornudar y quedarse con mocos en la mano.
-Arañazos en el inodoro.
-Papá juntando saliva y escupiéndola por la ventanilla del auto.
-El vómito de un gato.

domingo, 10 de julio de 2011

Una familia muy normal

Cuando era chica no me daba cuenta de algunas cosas que pasaban en mi familia, algunas cosas horribles que para mi eran simpáticas. O alegres. O simpáticas y divertidas. O algo similar. Así, rapidito y sin pensar tanto, se me vienen tres a la cabeza.

Una vez mi hermano se fue con unos amigos un fin de semana largo a Mar del Plata y, por supuesto, cuando llegó a la ciudad feliz llamó por teléfono a mamá, le avisó que había llegado bien y le contó en qué hotel estaban parando y le dejó un teléfono por cualquier emergencia. Claro que en esa época no había celulares y no existía internet y si existía nosotros no estábamos enterados. Cuestión que ese mismo día sucedió algo completamente fuera de lo normal en mi casa: se decidió que los que habíamos quedado acá nos íbamos a pasar el fin de semana a Mar del Plata. En casa nunca pasaban estas cosas, las vacaciones eran quince días en enero y era el único momento del año en que se viajaba (bueno, miento, algunas vacaciones de inviero yo me iba con mamá a Posadas). Armamos unos bolsitos y emprendimos viaje y al llegar a la ciudad feliz buscamos el hotel donde estaba parando mi hermano con sus amigos y reservamos una habitación no sólo en el mismo piso sino al lado, exactamente al lado, de la habitación de ellos. Para mi era como una sorpresa genial, caerle a mi hermano y sus amigos y sorprenderlos de esa manera, supuse que era lo más feliz que podía pasarles.

Otra vez, mi hermana había terminado el tortuoso curso de guardavidas y estaba haciendo las prácticas en Ostende o Pinamar o uno de esos que queda por ahí. Justo uno de los fines de semana que ella estaba allá, a mi papá le entregaron un auto nuevo y se decidió que para ablandarlo iríamos los que estábamos acá, a visitar a mi hermana. Así que preparamos los bolsitos y le caímos a la playa donde ella tenía que nadar por la mañana y cuidar a los turistas por la tarde. Para mi, de nuevo, esa debía ser la mejor sorpresa y el mejor regalo que podíamos darle a mi hermana, pero lo cierto es que cuando nos vio se puso muy seria y a los diez minutos de estar con nosotros dijo que tenía que hacer cosas. Ese mismo día nos volvimos a Buenos Aires.

Una noche llegamos a casa con mis papás y yo grité el nombre de mi hermana porque sabía que mi hermana tenía que estar en mi casa. Escuché su respuesta y cuando subí la escalera para saludarla, me di cuenta que se había quedado encerrada en la habitación. Rápidamente mi papá y mi mamá hicieron todos los arreglos correspondientes para sacarla de ese estado de desesperación, y cuando se abrió la puerta nos dimos cuenta que se había quedado encerrada con el novio que tenía por ese tiempo. Para mi, de nuevo, fue una situación tan cómica que no paraba de reírme y de hacer chistes al respecto. No recuerdo qué hicieron o dijeron mis papás, porque durante mucho tiempo para mi fue una anécdota graciosa. Ahora,que lo pienso, ahora, que me doy cuenta de la gravedad que implica para mi familia que una de sus hijas esté encerrada en una habitación con un novio, no quiero ni imaginarme la cantidad de puteadas y castigos que debe haber recibido mi hermana.

sábado, 9 de julio de 2011

Vieja mechera

Debo haber sido la presa más fácil que se haya cruzado en toda su vida. La cola para pagar las cuentas, esa cola larguísima que me estaba consumiendo una hora de mi preciada mañana, sumado al relajo que tenía post pilates, me había convertido en un ente que pensaba en cualquier cosa (especialmente en el desayuno que estaba demorando, en el jugo de naranjas y el café calentito y las tostadas un poco quemadas). Yo sé que estaba colgada de una palmera, mirando todos los artículos de las góndolas de esas farmacias que parecen un parque de diversiones para adultos. Sé que estaba concentrada en comparar los precios de veinticinco jabones diferentes, que estaba haciendo cuentas mentales mirando al techo de la farmacia y pensando que por primera vez estaba haciendo la cola para pagar las cuentas sin tener ninguna cuenta a punto de vencer. Y sé que debo haber sido la presa má fácil de todas porque usted, señora, hizo contacto visual conmigo y me charló del día precioso que hacía afuera y del poco frío que hacía a comparación de la semana anterior. Debo haber parecido la personita más estúpida de toda la cola, con mi cuadernito Rivadavia y la billetera sobre él, personita tan fácil de distraer, niña inocente que jamás pensaría que una señora chiquita como usted podría llevarse toda mi plata y todos mis documentos sin que yo me diera cuenta. Qué fácil fui. Qué suerte tuvo.

Me pareció brutal, ésto tengo que confesarlo, la manera en que decidió gastar todo el dinero que tenía la billetera que le robó a su facilísima presa. Un camión de embutidos, unos buenos frascos de conserva, unos ricos panes caseros, un salamín picado fino o un pedazo de salchichón. Señora, que usted se haya llevado mi billetera me partió al medio la economía mensual y al mismo tiempo puso en funcionamiento una cadena de bondad que atravesó Almagro, llegó a Ramos Mejía y regresó a Almagro donde finalmente recuperé todos mis documentos y los papelitos tontos que guardo desde que tengo veinte años y uso esa billetera que es tan gastada, tan fea, tan vergonzosa. Usted salió de la farmacia y me empujó un poco y ni siquiera se paró a pedirme perdón. Y en el momento me resultó raro porque estaba llegando su lugar para pagar y usted se iba, y yo no entendía, pero la rareza de su comportamiento me resultó así por unos segundos, después seguí concentrada en el precio de los jabones.

Cuando llegué a mi casa, me parece fundamental que sepa esto, lloré como una nena de dos años y grité por el departamento que no puedo ser tan idiota, tan colgada, tan confiada, que no puedo andar por la vida pensando que todas las personas son buenas y que nadie en el mundo haría algo para dañar al otro. Y quiero que sepa que esa sensación me duró toda la tarde y un poco de la noche, hasta que me llamó mi cuñada con la voz ronca por una gripe que la está matando y me dijo que una señora de una fiambrería, la fiambrería que está al lado de la farmacia, había encontrado mi billetera con los documentos, y que había revisado para saber cómo podía contactarme y que lo único que había encontrado era el carnet de un video club de Ramos al que no voy desde el 2003, y se había arriesgado a llamar rogando que quien la atendiera se copara y le pasara algún dato mio, algún teléfono donde encontrarme, y que el hippie del video club había llamado a mi mamá y atendió mi cuñada y mi cuñada me llamó a mi y la cadena de la bondad se cerró a la perfección y por eso yo caminé dos cuadras y me reecontré con mis cosas.

Le repito, señora, que mientras caminaba a la fiambrería lo único que pensé fue que usted, en ese preciso instante, se estaba organizando la picada de su vida, que había invitado a la familia, a los amigos y los vecinos, que iban a disfrutar de los mejores embutidos y los mejores panes las mejores conservas. Y ojalá, esto se lo digo con el corazón, haya disfrutado ese momento como el mejor momento de su vida. Que todo mi mal humor y mis malabares para llegar a fin de mes se hayan convertido en el mejor banquete de su triste y lastimosa vida.

jueves, 7 de julio de 2011

A veces me da muchísima tristeza ver a amigas sufriendo por tipitos que no valen ni diez centavos.

domingo, 3 de julio de 2011

Siestas que cualquiera

-La que me tomo a veces cuando vuelvo de pilates, tipo once y media de la mañana, y dura hasta la una y media o dos.

-La de la noche de los fines de semana. Esa que arranca tipo ocho y dura hasta las diez.