domingo, 19 de enero de 2014

Berlín - Trepotwer Park - Spreepark

Pasamos por un puentecito sobre la calle Puschkinallee y lo vimos a nuestra derecha y también a nuestra izquierda: el Treptower Park.



A diferencia de la inmensidad descampada del Tempelhofer que habíamos visto unas horas antes, ahora teníamos enfrente un entramado copioso de árboles que invitaba a entrar. Entonces entramos. Doblamos a la derecha y circulamos por todos los caminitos de tierra, rodeados por árboles y más árboles. El parque no parecía abandonado pero tampoco estaba exageradamente cuidado. El pasto un poco alto, no mucho más. Llegamos a lo que parecía el final, un límite, una pared, una ligustrina (acá la memoria me está jugando una mala pasada y no recuerdo muy bien la imagen) y cuando pasamos ese obstáculo nos encontramos con dos filas de árboles altos y prolijos, un sendero en el medio y cuando terminamos de pasar por el sendero nos encontramos con el monumento -monumental, inmenso- a los soldados soviéticos caídos en la batalla de Berlín en abril/ mayo de 1945. No sé cuánto tiempo nos quedamos en el memorial, rodeándolo, recorriéndolo, unas partes caminando, otras en bici. Paramos en silencio, después hablamos un poco, era el primer espacio tan directamente dedicado a la memoria con el que nos encontramos en Berlín y yo me quedé pensando en algo sobre la memoria y los alemanes que después volví a pensar en el memorial del holocausto. Los alemanes y la memoria o los alemanes y su manera de recordar.







Había un lago. Una señora meando sin disimulo. Una pareja sentada en un banco. Un pedazo de parque con flores muy chiquitas de muchos colores. Me habían dicho que en el Treptower hay un sector nudista. No lo encontré. También me habían dicho que cayendo la noche se llenaba de tipos que iban a inyectarse bajo las copas oscuras de los árboles. No los vi.




Me habían dicho que al fondo del parque había un parque de diversiones abandonado al que uno podía colarse.

Lo encontré.

En el mapa que teníamos no aparecía o por lo menos no aparecía con el nombre del parque de atracciones. Aparecía un nombre similar bien arriba, un poco oculto y un poco inalcanzable. Lo primero que teníamos que hacer era cruzar al otro lado del parque. Cruzamos. Después de cruzar teníamos que lograr no distraernos con ese nuevo parque que se nos aparecía adelante: a orillas de río Spree, gente recién salida del trabajo tomando cerveza, tirados en el pasto, unos botecitos en el río, angosto, tranquilo, parecido a cualquier brazo del Delta. Quisimos quedarnos, teníamos que quedarnos, pero también teníamos que encontrar el parque abandonado. Seguimos. Bordeamos el río, por momentos empezábamos a rendirnos, por momentos yo pensaba que había mirado mal el mapa, por momentos sentía que el parque estaba cada vez más lejos e inalcanzable, por momentos me desconcentraba de la tarea mirando el sol que empezaba a caer sobre el río y teñía todo de amarillo, naranja, rojo. Y en eso estaba, medio distraída y medio de mal humor porque nunca llegábamos, cuando Juan me dice "Mirá" y cuando miro la veo: la vuelta al mundo.

Fuimos rodeando todo el parque pero desde afuera no se veía mucho más que esa vuelta al mundo oxidada. Seguimos el caminito esperando encontrar algún tramo de reja rota para poder meternos. Bajamos de las bicis y caminamos un poco, nos cruzamos con un chico que ya no me acuerdo si nos hablaba en inglés o en castellano, pero nos mostró por dónde había entrado él, nos dijo que nos ayudaba a trepar, que el lugar era alucinante, que había salido para acompañar a su novia que tenía miedo pero que ahora iba a volver a entrar a sacar unas fotos porque, repitió, el lugar era alucinante. Lo seguimos, atamos las bicis, nos trepamos, entramos.

El Spreepark se inauguró en el 1959 con el nombre de Kulturpark Plänterwald y fue el único parque de diversiones activo de Alemania del este. En 1989 cerró y reabrió con el nombre de Spreepark Berlin y siguió abierto hasta el 2001. Norbert Witte, uno de sus dueños a.k.a. "El Rey de los Crruseles", quería convertir el parque en uno de los más grandes del mundo.

Sumó atracciones y se fue transformando en un parque como cualquier otro, como los de Disney, por ejemplo. A partir de 1999 tuvo tantas deudas que en el 2001 el Spreepark cerró. En 2002 uno de sus dueños, Norbet Witte, se vino acá nomás, a Lima, con su familia y seis atracciones del parque berlinés para repararlas en Perú y armar un nuevo parque, el Lunapark. Para el 2003 todavía no había podido, se había llenado de deudas, su mujer se había tomado el palo con cuatro de los cinco hijos y el se quedó con Marcel, el hijo mayor, desesperanzado, e hizo lo que cualquier hombre de familia hace en un momento de desesperación: metió 167 kilos de cocaína en una de las atracciones que se había traído e intentó mandarla de vuelta a Berlín diciendo que ya estaba arreglada. Les dieron 20 años.








Una vez adentro del parque me acordé de todas las películas de terror que había visto en mi vida y me agarró un miedo inhumano. Me temblaban las piernas. Transpiraba. No podía hablar. Sentía que iban a aparecer cosas: un perro enfurecido, un muerto, un zombie, un monstruo, un guardia de seguridad. Cosas. Ver una foto de un lugar abandonado es una cosa pero estar ahí, entre ruinas, óxido, cosas podridas, cables sueltos y silencio, es otra. El abandono de un parque de diversiones es doblemente triste: todas las instalaciones tienen formitas amables y colores felices, algunas hasta tienen carita. Hay vías que no se saben de dónde vienen ni adónde llevan. La vuelta al mundo es altísima y estoy segura que los días de mucho viento chilla un poco. Hay dinosaurios gigantes intervenidos en todo el parque. Las plantas se las ingenian para ir haciéndose lugar en cada lugar. Hay salones vacíos con capas y capas de tierra y por todos lados hay marcas de que todavía ahí va gente. Graffitis. El aire del lugar es triste y melancólico. Quiero decir: es un parque de diversiones abandonado. Cerrado. Sin gente. Sin niños ni música ni colas ni empleados. Un parque de diversiones, un lugar donde uno se olvida de lo hostil que es el mundo y juega sin pensar. Un lugar en el que uno puede caer de 20 metros de altura atado a una silla sabiendo que no se va a morir. En el que uno puede sentir picos de adrenalina controlados. Mareos y vómitos que no significan embarazos, colas que no son burocracia, alegrías pasajeras, descargas emocionales. Un lugar que tiene todo para regalar felicidad y acá esa felicidad está apagada, muerta.






Juan caminaba adelante mio enloquecido, sacando fotos, mirando todo, queriendo llegar más lejos, atolondrado. Yo caminaba mirando al piso, adelante, a los costados, arriba y volviendo a empezar. No sé qué pasó. Me distraje con algo. O escuché un ruido. O solamente paré. Y cuando levanté la vista estaba sola. No quería gritar. No podía gritar. Dije "Juan" un par de veces, un grito ahogado. Di unas vueltas en el lugar estirando un poco el cuello pero veía: abandono, abandono, abandono. Lloré. Caminé con los ojos llenos de lágrimas, sentía los mocos cayéndome de la nariz pero no podía hacer nada con eso, no ahora, no en este momento en el que me había quedado sola en una realidad paralela en un lugar abandonado en completa soledad. Juan apareció muy poco después y trató de consolarme aunque no entendía qué me había pasado.







Afuera del parque intenté explicarle el miedo que me había agarrado. El me preguntaba cómo se me ocurría que me iba a dejar ahí sola y yo le decía que el miedo era mucho más irracional que eso. Hace unas noches soñé que toda mi familia se iba a un país que no me acuerdo de un momento a otro, casi sin avisarme, y yo tenía que despedirme de todos sabiendo que nunca jamás iba a volver a verlos. Me desperté y también lloré y estuve angustiada todo el día. Los miedos son así.

Anduvimos en bici por el bosque un rato más. Eran los últimos minutos de luz que quedaban. Nos cruzamos con un pedazo de cemento en el medio del bosque que decía "ghosts of Iraq". Elegimos un tronco, nos sentamos, brindamos con cerveza.


sábado, 18 de enero de 2014

Berlín - Tempelhofer Park

Yo no sé por qué quería conocer Berlín pero quería conocer Berlín.
Ahora que conozco Berlín digo que Berlín es el mejor lugar que pisé en la vida pero todavía no sé dos cosas: si conozco Berlín y si me gusta Berlín porque quería conocerla aunque no sé por qué quería conocerla o si realmente me gusta Berlín. De una u otra forma el diario de viaje quedó interrumpido cuando volví a Buenos Aires. Tengo una libretita que acusa qué hice cada día en Bélgica y qué hice cada día en Berlín y al menos una vez por semana desde mi vuelta me prometí terminar el diario. Pero cuando el tiempo pasa un diario deja de ser un diario y se vuelve imágenes mezcladas, anécdotas cruzadas, paseos inventados. Quedan recortes. Este, por ejemplo, es un recorte del primer día en Berlín.

Llegamos al Tempelhofer Park un poco después del mediodía. Fueron casi cinco kilómetros que hicimos, tranquilos, mirando cada pavada que se nos cruzaba, asombrándonos de todo y pensando, todavía, casi después de un mes de viaje, que no era posible que estuviéramos en Europa. Cosas de pobres.


El Tempelhofer era un aeropuerto que funcionó con interrumpciones, desde el 1923 hasta el 2008, pero hoy es un parque, el parque público más grande de Berlín y creo que el más grande que haya visto en mi vida. A simple vista (al primer vistazo) se presenta como un descampado enorme en el que a simple vista (al primer vistazo) no hay nada: no hay árboles, no hay juegos de plaza, no hay circuitos de circulación, no hay flores, no hay gente. Es cuestión de volver a mirar, de caminar un poco, de meterse más, para descubrir que el Tempelhofer es mucho más que un descampado sin árboles y mucho más que un parque en medio de la ciudad. Tiene mini golf, un templo shaolin, pistas para correr, andar en bicis, rampas de skate, a lo lejos la construcción que era el aeropuerto, pistas de aterrizaje, un festival anual de barriletes y de unos cosos inflables, recitales (por ejemplo, en septiembre de 2013 tocaron Blur, MIA, los Pet Shop Boys, Tomahawk). Es, de verdad y desde donde se lo mire, inmenso.


El parque tiene, por ejemplo, una sección de jardines (Allmende-Kontor, una traducción muy pobre sería "oficina para espacios comunitarios" y es una traducción muy muy pobre porque el proyecto tiene que ver con jardines comunitarios y no con oficinas grises con luces blancas): pequeños espacios en los que la gente arma su parquecito con flores, ingenio y creatividad. En cada lugar libre, un planta. Plantas adentro de botas, sillas en apariencia abandonadas pero en realidad perfectamente planificadas para que uno vaya, mire y disfrute de un verde que en primavera explota y en invierno desaparece casi por completo, una falsa cita de Borges pintada en una madera, un auto de juguete explotado de arbustos y mucha desprolijidad y mi primera y segunda lección sobre los alemanes:
-Son estricta y ordenadamente desprolijos. El paso está un poco alto, no hay "arreglos florales" sino flores, flores, flores, flores.
-No hacen nada porque sí. En este caso, la idea que sobrevuela los jardines comunitarios (estos en Tempelhofer y todos los que me vaya a cruzar en el viaje) es un planteo al problema social urbano, en especial lo relacionado al respeto por la diversidad cultura, social y biológico, la ecología, la educación, la proclamación de una vida saludable, la solidaridad y la inclusión social.






También hay un proyecto escolar que se llama Gecekondu - Über Nacht Gelandet, un proyecto de construcción hecho por niños inspirado en las casas que se construyen los turcos del campo que van a trabajar a la ciudad y no tienen donde dormir y no tienen plata para una casa propia y contruyen una en terrenos públicos donde no pueden contruirlos y las construyen de noche para que nadie se los impida (de hecho, "Gecekondu" son las "villas" turcas, "über nacht" es durante la noche y "gelandet", aterrizado: villas que aparecen por la noche) . O sea.

La idea es que los niños aprendan la importancia del "do it yourself" además de poner en funcionamiento los mecanismos creativos y prácticos para poder construir una casita y que no se desmorone. Y que además logren linkear ese trabajo práctico con otro teórico: el compromiso con la ciudad de la que uno es parte.

Y entonces aprendo mi tercera lección sobre los alemanes: son desprejuiciados. Pueden jugar a construir una villa sin que eso les plantee mayores problemas morales o si eso les plantea mayores problemas morales pueden enfrentarlos y superarlos y seguir jugando a que construyen una favela y pueden dejarlas en exposición ahí, rodeándose de pastos y con las maderas pudriéndose porque sí, no iba a ser de otra forma, los materiales que usan para sus favelitas son naturales y reciclables.



Lo anduvimos en bici de una punta a la otra, lo rodeamos lo más que pudimos aunque seguramente no lo visitamos enteramente. Terminamos preguntándole a un guardia cómo podíamos volvernos a casa, nos dibujó en las afueras del mapa del parque y nos fuimos como nos dijo pero no llegamos a casa: nos cruzamos con mi primer cementerio de Berlín.



miércoles, 8 de enero de 2014

Me despierto. Ya es de día y lo que me despierta es el silbido del viento más el viento cerrando y abriendo los postigos de mi cuarto, en el tercer piso de esta casona de Becar que cuidamos con Juan. Ya hicimos el chiste de que somos Jack Torrance más veces de las tolerables y aun así no han aparecido ni gemelas ni baños de sangre ni viejas muertas. Me levanto –la cama es cama de ricos: petisa, de madera, minimalista, con sábanas blancas 100% puro algodón, colchones finitos, almohadas blanditas- y camino hasta la ventana. Estoy medio dormida y no sé qué pienso encontrar más que árboles moviéndose. Me quedo parada frente a la ventana, estoy en bombacha y nada más, sé que Juan está dormido atrás mio y pienso que soy lo más fantasmal que hubo en esta casa desde que la estamos cuidando. También pienso que si se despierta y ve mi silueta inmóvil frente a una ventana puedo volverme poesía o terror. Pero no puedo moverme de ahí, creo ver el viento como algo que viene y arrasa y arrastra y lleva y trae. Las copas de los árboles se mueven, los postigos se abren, se cierran, se siente el chiflido, las gotas pesadas que caen, la enredadera de la casa es un murmullo, millones de voces susurrando algo. Me acuesto y al rato me vuelvo a despertar con el mismo silbido y no sé qué espero encontrar frente a la ventana pero repito el ritual y lo repito cuatro o cinco veces más. A la mañana siguiente Juan me pregunta qué me pasaba que me levanté tantas veces durante la noche. “La tormenta”, le digo. “¿Qué tormenta?”

viernes, 20 de diciembre de 2013

Licencia de conducir - I

La municipalidad de Ramos Mejía en realidad no es una municipalidad en sí sino una dependencia supuestamente más linda, arreglada y coqueta (como todo lo que sucede en Ramos Mejía en realción al partido de La Matanza) pero en realidad es igual de gris, aburrida, calurosa y burocrática.

Son las doce del mediodía y entro a la dependencia de la municipalidad porque teniendo 30 años se me ocurrió que era hora de aprender a manejar y después de casi dos meses de clases con Liliana y Silvia –dos hermanas que tienen la academia de manejo más conocida de Ramos- me toca empezar el trámite: hoy el físico, vista y teórico; el lunes, práctico.

Tengo turno a las doce y le aviso a mi mamá que seguramente antes de la una ya esté almorzando en su casa pero cuando llego hay carteles por todos lados que dicen: “El trámite para la licencia de conducir lleva al menos 3 (tres) horas. Sea paciente”. Entonces, soy paciente.

La sala de espera está repleta de sillas con tapizados manchados y mujeres grises que tienen calor y están aburridas: de su trabajo, de la gente, del barrio, la vida, todo. Me llama una rubia y casi sin mirarme me da todos los formularios que tengo que llenar más unos papelitos chiquitos y mal recortados que tienen un par de instrucciones de lo que hay que hacer en cada paso del trámite. Me dice ¨Llenalos y esperá que te llamamos por tu nombre¨. Ok. A la gente en general le cuesta mucho seguir esta instrucción y después de llenar el formulario vuelven al mostrador y le preguntan a la rubia qué hacer ahora y la rubia, siempre, a todos: “Esperá que te llaman por el nombre”.

La única duda que tengo mientras lleno los formularios está en la parte donde dice ¨Familia. Edades:¨. Le pregunto a la chica rubia si tengo que poner si tengo hijos y me contesta ¨Familia. Edades¨. Ok. A un señor también le cuesta entender esa parte y se acerca a otra de las que atienden y le hace la misma pregunta que ella le responde lo mismo que la otra a mi y él ¨¿Pero mi mujer y mis hijos o mis padres y hermanos?”. Y ella “Los que vos consideres tu familia”. Y el “Todos son mi familia” (conurbano). Y ella “Buó, si no sabés a quién considerás más familia…”

Una gorda inmensa –inmensa- se levanta de la silla donde estaba, al lado mio, y va atrás de los mostradores y se apoya en un escritorio de una de las empleadas, o sea, se apoya en el lugar que pertenece a ellos, a los otros, a los empleados públicos, su lugar, su despachito, su escritorio, su mundo munipa. La empleada le pide que se corra y la señora le replica algo que no escucho entonces la empleada llama a las mujeres policías que están ahí (unas chicas divinas, divinas, divinas. Sin ironías) y mientras las policías hablan con la gorda la empleada mira a una gorda muy similar que está sentada a unos metros mios y le dice ¨¿Vos estás con ella? Se siente mal, ¿por qué no la ayudás?” y la gorda desde su asiento le grita a la otra ¨Vení, qué te pasa, sentate acá” y la otra viene con dificultad, transpirada, rezongando, hablando por lo bajo, maldiciendo en varios idiomas. se sienta y le dice “Esta cagona de mierda, le digo que me siento mal y llama a la policía, botona puta”. Y a los pocos segundos agrega, casi gritando “Parece que a las señoritas les molesta que yo esté parada detrás del mostrador, como si fueran las únicas que trabajaran”. Nadie dice nada. Nadie mira nada. Nadie asiente ni discute ni defiende ni a una ni a la otra.

Los señores que van a renovar la licencia no tienen ni paciencia ni desodorante. El olor del lugar es asfixiante, la gente se pone de mal humor, los tapizados de las sillas geden y largan aire caliente cada vez que alguien se sienta. Hay una nena que es la hija de un grandote que está en pantalón de jogging acomodando cosas y como todavía no debe haber empezado ninguna colonia lleva a la nena al trabajo y ella chocha trabaja a la par de las empleadas de la oficina, sale del detrás de esos paneles grisáceos que dividen el mundo de las chicas del mundo munipa del resto de los y grita nombres, pregunta cosas, llama a una y a otra, se traslada de una punta a otra con una pila de papeles y tiene nueve o diez años. Y está fascinada. Hay un bebé que llora. Un señor que no entiende dónde tiene que sacar el número. Una empleada que no entiende a un viejo que le pregunta cosas.

Me llaman después de media hora y después de haber visto a unas cincuenta personas quejándose porque el tiempo el calor la humedad el tiempo el calor la humedad el tiempo el calor la humedad. La chica que me saca la foto es una rollinga old school, me dice ¨Vieji poneme el pulgar acá, vieji mirame a la cámara, vieji saliste joya¨. El examen de vista lo paso raspando y sé que lo paso raspando porque apoyo la frente y la médica no me ve pero yo achino los ojos y hago una fuerza bruta y miro varias veces la línea que tengo que leer para terminar leyéndola muy rápido cuestión de que si me equivoco la minita no se de cuenta.

El exámen psicológico son dos ejercicios de lo más boludos y me siento muy capa mundial porque los entiendo de una y los termino antes que todos. Un chico de dieciocho le entrga la hoja a la psicóloga con el trabajo terminado y ella le dice “No, hiciste todo mal, hacelo de nuevo, dale, sentate, yo tiro esto y vos empezá de nuevo, dale, andá”. El chico le agradece y sonríe y yo pienso “Qué tramposo”.

La nena de nueva me llama por mi nombre de pila para que entre a dar el teórico, me resulta muy raro tener que responder delante de ella pero me parece tan pilla que le sigo el juego. Tengo que apretar las respuestas en una pantalla con la uña y sólo con la uña porque con el dedo no funciona. Son veinte preguntas y tengo quince minutos pero en menos de diez termino. En varias dudo y en algunas estoy casi segura de que respondí mal pero cuando llego a la última y me da la posibilidad de revisar el examen le digo que no. Tengo calor, hambre, estoy cansada, si no calculé mal tengo que haber aprobado. 85%. Aprobado.



martes, 23 de julio de 2013

17 / Bélgica. Día 01

El avión Barcelona - Bruselas costó poco más de 100 euros, salió con diez minutos de atraso y hubo quejas. Cuando aterrizó hubo que esperar otros diez minutos porque no había nadie que pusiera la manga. Más quejas. Mi primera aproximación a estos nuevos europeos: no les gusta esperar, son impacientes.

Busqué con la mirada el cartel que tenía que decir mi nombre y aunque sólo había un cartel y decía mi nombre a mí no me convencía: supuestamente quien tenía que buscarme era Jürgen, el marido de mi tía Rosi, pero ese hombre con ese cartel no era Jürgen y yo lo sabía porque había visto muchas fotos suyas. A Juan le interesaba mucho fotografiar el momento de alguien esperándome con una especie de pancarta con mi nombre y yo abracé a un desconocido porque estaba contenta y porque sentirse así de diva no sucede muy seguido. Me preguntó varias cosas en francés y me confundió porque supuse que me hablaría en flamenco o alemán liso y llano, y como no le entendí un pomo le sonreí. Después resultó que el tipo era Denis, un amigo de Juergen suizo y resultó también que Juergen estaba ahí a unos metros chequeando a qué hora llegaba el vuelo. También abracé a Juergen y le correspondí los tres besos que me dio. Para ser fríos son bastante besuqueiros los belgas.

En el camino de Bruselas a De Klinge tratamos de comunicarnos con Juergen un poco en inglés y otro en español (mi tía es paraguaya así que Juergen está acostumbrado y se maneja bastante bien). Le preguntamos cómo se prounciaba el nombre del pueblo y cuando le dijimos que habíamos buscado info en internet contestó "¿Y, hay algo?". Y hay: De Klinge es un pequeño pueblo cerca de la frontera entre Bélgica y Holanda, tiene tres mil habitantes y un área total de 3 kilómetros.

Mi tía me abrazó, me preguntó cosas, me dio la bienvenida, me dijo que estaba contenta de que la visitáramos. Almorzamos unos fideos que estaban muy picantes pero que no resultaron tan graves porque los acompañamos con cerveza: en ese momento no lo supe pero a partir de ahí y hasta el día de la partida a Londres, lo que más haríamos en Bélgica sería comer alimentos ricos en grasas y tomar mucha cerveza.


El pueblo es tan chiquito que con un paseo lo recorrimos entero, incluso llegamos a esa parte donde de repente se termina  y empiezan hectáreas de campo sembrado con otras cosas que no son soja. Las casas son todas con ladrillos a la vista y en cada ventana se puede ver una orquídea. En la casa de mi tía las orquídeas son muchas y están todas al cuidado de Jürgen, que les dedica tiempo, cariño y un lugar de privilegio en un jardín techado. Jürgen también colecciona autos. Nos damos cuenta cuando nos hacen pasar a la que será nuestra habitación y hay estanterías (muchas) llenas de autitos de colección en sus cajas, impecables, impolutos, nuevos, sin estrenar.

A la hora de la siesta, De Klinge es como cualquier pueblo del interior de nuestro país pero con el cielo gris y la lluvia siempre a punto de caer. No hay gente en la calle y pareciera que tampoco hay gente en las casas. Pasan uno o dos colectivos por la avenida principal pero pasan cada veinte o treinta minutos, así que lo que se escucha por las calles es un silencio profundo. De vez en cuando pasa algún viejito en bicicleta. Hay: una iglesia, un negocio de ropa, un negocio de cervezas, el consultorio de una parapsicóloga. Los jardines de las casas son todos perfectos y más tarde mi tía nos va a contar que una vez al año hay una semana en la que compiten por el mejor jardín. No es una competencia así nomás: en esa semana la gente abre las puertas de su casa para que los demás entren, miren, juzguen.



Me despierto de la siesta escuchando unos ruidos que vienen de la planta de abajo: yo sé que hoy a la noche hay un asado festejando mi llegada así que no me queda otra que levantarme. Cuando bajo, me agarra Jazmín y me dice que le diga a Juan que también tiene que bajar porque esto está organizado para nosotros. Con los días, la presencia de Jazmín se me va a hacer cada vez más extraña: se abraza todo el tiempo con Denis, se dan besos en cualquier momento (en una comida, en el medio de una charla, piquitos, piquitos), se dan de comer el uno al otro, se dicen mon chérie, se dicen je t´aime, se bañan juntos, hacen chistes sobre la cantidad de sexo que tienen, ella habla como bebé y dice que él es fotógrafo y cocinero profesional y después nos sientan para ver las cuatrocientas cincuenta fotos que sacó Denis en tres días en Belgica.

En el asado estamos: mi tía Rosi y Jürgen, Denis y Jazmín, Rosana y Etienne, Noelia y su marido belga y su hijo medio belga que entiende perfecto castellano aunque no lo habla le da vergüenza. Somos mitad latinos, mitad belgas y un suizo, hablamos un poco en inglés un poco en castellano. Etienne habla en francés con Denis, que no puede hablar con casi nadie pero igual intenta participar. En la mesa hay sopa paraguaya y yo pienso: "Estoy en el final de Bélgica, en un pueblito de muy poquitos habitantes, comiendo sopa paraguaya y escuchando música ídem". El asado son en realidad unas brochettes de varias especies: pollo, chorizo, salchicha, bacon. Bajamos toda esa carne primero con champagne, después con vino y después con cerveza.



Unas horas antes mi tía me había abierto una heladera con todos los tipos de cerveza que hay en Bélgica y me había dicho: agarren la que quieran, cuando quieran. Y Jürgen me había llevado a la alacena y había abierto una puerta donde había todas las clases de vasos para todas las clases de cervezas de la heladera y había dicho: Cuando agarren una cerveza fíjense el nombre y vengan acá a buscar el vaso correspondiente para tomarla.

Yo le pregunto a cada una de las mujeres hace cuánto están viviendo ahí y si les gusta. Recibo respuestas bastante similares: a todas les gusta vivir en Europa pero no les gusta que los belgas sean tan fríos. Y todas agregan: pero mi marido está aprendiendo. Yo miro a los maridos y ninguno me parece demasiado frío; por el contrario, me parecen simpáticos, serviciales, divertidos. No sé qué concepto de frialdad tienen mis tías y primas paraguayas. Después de la comida, que fue a las siete de la tarde en punto, hay una picada con cerveza. Sí, después de la comida hay una picada con cerveza: palitos, papitas, queso, cerveza. Sí. Después de la comida, la picada.

Juan juega al pool con los hombres y yo charlo con las mujeres: me preguntan por mi mamá, por el accidente de mi hermana, por mi hermano y mis sobrinos, por mi papá. De vez en cuando Etienne (que es el marido de Rosana que es la sobrina de Rosi pero además es el padre de Jürgen que es el marido de Rosi) viene y se divierte en varios idiomas y ofrece algo más para tomar, me invita a su casa de la playa, recuerda cuando mi papá lo llevó a pasear en Buenos Aires a un lugar con agua, después se va a seguir jugando con el hijo de Noelia, que a esta altura ya no entiendo si es su nieto, sobrino o amiguito y nada más.

A las once de la noche estamos todos medio borrachos y la joda se termina porque al día siguiente todos tienen que trabajar. Nos despedimos elaborando planes para los próximos días. Con Juan nos acostamos rodeados de cochecitos de colección y charlamos de que al final esta visita a Bélgica va a ser mejor de lo que pensábamos.

Instantáneas del viaje en micro más largo de la historia


-->14 horas de París a Berlín

Una paloma caga en el medio de dos chicas que estaban haciendo la cola del colectivo. Una se mancha un poco el pelo. Se ríen.

Los choferes del micro están adentro sentados, fumando. Uno le muestra al otro una camisa que se compró. El otro le señala a una mina de la cola que tiene un sombrero gracioso. Se rién.

Cuando hay que despachar las valijas, uno de los choferes explica el procedimiento en alemán. Casi nadie entiende mucho pero hay uno que entiende menos: dice que va a Germany y no sabe a qué parada. El chofer le grita.

En el micro todos tenemos comidas de distintos tipos. Hay olor.

Hay una chica igual a mi amiga @fenomenoide y me da un poco de impresión y no puedo parar de mirarla.

Alguien del micro se saca las zapatillas y tiene olor a pata.

La chica que está atrás mio me pide que enderece el asiento porque no puedo estirar las piernas. Lo hago y quedo doblada como un acordeón el resto del viaje.

Un gordo enorme con bigote finito toma un vino chiquito del pico.

Son las diez y media de la noche y todavía hay claridad.

Tengo ganas de hacer pis pero alguien me advirtió que los baños de estos micros tienen todo lo que no puede haber en ningún baño del mundo.

Una chica dice que los belgas reinventaron la papa.

Son las once y media de la noche y siento que estoy en esto micro desde que nací. Llueve.

En Bruselas hubo un recambio de pasajeros. Hay uno que tiene mucho pero mucho olor a alcohol y una pareja que está armando un lío bárbaro porque el asiento de ella no se reclina.

Un rubio enorme grita PASPORT marcando mucho la s y la r. Lo repite varias veces para que todos los que estábamos dormidos nos despertemos y le demos, como amablemente pide, el pasaporte. Recorre el micro con un compañero y chequean uno por uno los documentos de todos los que estamos ahí, con ojos achinados, mal aliento y frío. Afuera llueve.

Otro rubio enorme grita lo mismo en plena madrugada. Revisan los pasaportes y se detienen con una negra a la que torturan de manera muy sutil y silenciosa, averiguando antecedentes por un handy, comparando la foto del documento con su cara, haciéndola esperar, llevándose su documento. Hasta último momento la miran detenidamente para ver si es o no es quien dice ser.

30 / París. Día 03

El último día en París es un bofe.
Yo estoy negativa con la ciudad porque me tiene cansada el olor y la cantidad de gente y que ayer quisimos hacer varias cosas y fallamos. Subimos a la terraza del Pompidou y vemos otra vista desde arriba de la ciudad, lo más interesante es encontrar allá, lejos, el Sagrado Corazón donde estuvimos la noche anterior.
París me tiene de mal humor pero se rescata casi a último momento porque pone ante mis ojos un vestido hermoso y barato que casi no dudo en comprar aunque tengo que hacer media hora de cola para pagarlo.
En un cafecito tomo un café y como un tostado y ese es el pico del día.

Visitamos a Florencia casi antes de irnos a tomar el micro hacia Berlín. Le cuento mis impresiones de París y le pregunto si París es eso que yo vi y mucho no me entusiasmó o si me faltó descubrir EL lugar de París. Me dice que no, que París es eso y por momentos la escucho hastiada de la ciudad a ella también. Debe zafar porque su barrio no tiene nada, pero nada que ver con lo poco que vi de la ciudad: no recuerdo cómo se llama pero es un barrio tipo Avenida Avellaneda, con locales de ropa uno al lado de otro y lleno de orientales.

Florencia nos acompaña hasta la estación de ómnibus. Nos esperan catorce horas de viaje.

Catorce.

viernes, 19 de julio de 2013

29 / París. Día 02

Mi fórmula de la felicidad es bastante sencilla: desayunar harinas con tranquilidad y en piyama. Hoy hice eso después de varios días de levantarme corriendo y salir con apenas la cara lavada. La diferencia fue absoluta. Juan compró un pan con chocolate y unas mini bolitas de fraile (puaj) en la panadería y tomamos mates comiendo y con las compus, en nuestro departamento parisino que da a un patio inmenso donde una mujer le canta el arrorró en francés a un chiquito. Un lujazo.

Programamos un poco el día porque teníamos pocas horas y mucho por hacer. Armé el itinerario de acuerdo a las distancias y la lista definitiva quedó más o menos así:

-Biblioteca Nacional de Francia + pileta en el río + Parc de Bercy
-Instituto del mundo árabe
-Shakespeare & Co
-Les Halles + Pompidou
-Montparnasse

Terminamos cumpliendo a medias todos los ítems. En la biblioteca queríamos conocer una sala en especial y unos jardines pero había que pagar 8 euros, la pileta del río es una curiosidad en la que uno no emplea más de diez minutos: es un barco-pileta medio empotrado en el río, vas cruzando el puente Simone de Beauvoir y ves a la gente en traje de baño hacer unos largos. El Parc de Bercy es precioso y chiquito y muy arreglado, como todos los parquecitos de París. Tiene espacios diseñados por determinados paisajistas, algunos más minimalistas, otros llenos de flores, rosales inmensos, escaleras interminables, galerías con parras, un rincón llamado “El rincón romántico” o ago así. Lo caminamos todo y vimos muchos grupos de franceses haciendo diferentes tipos de picnics: chicos de colegio antes de la hora de gimnasia, oficinistas en traje o taco aguja, hippies tocando la guitarra, un grupo jugando al bádminton, otro grupo guitarreando, todos comiendo cosas que mi panza envidiaba profundamente. Estuvimos un rato viendo a unos pibes hacer skate y rollers de manera magistral, como si no les costara. Quisimos entrar a un museo de cine que había ahí cerca (ya ni me acuerdo cómo se llamaba) pero estaba cerrado.



  
Del instituto del mundo árabe no puedo decir nada porque ni lo vi. Me quedé sentadita en una escalinata mientras Juan recorría un poco porque se me cerraban los ojos y me dolían los pies y eso que recién habíamos arrancado con la travesía. Pasamos por un parque que supuestamente tenía muchas esculturas al aire libre pero al lado de lo que vimos en Mannheim (en Amberes) no era nada: era pequeño, tenía unas pocas esculturas rodeadas por rejas que ni siquiera permitían ver de quién era cada obra.

Los parisinos no hablan inglés y no se preocupan demasiado en hacerse entender. El cliché más importante que se cumplió en la ciudad es el del olor: los parisinos tienen olor a chivo, los subtes tienen olor. Seguramente no son todos pero los clichés y las generalizaciones no comprenden la excepción: lo primero que se siente al entrar a un vagón de subte es olor a chivo y nadie tiene expresión de asco. Las mujeres parisinas no tienen el glamour que yo esperaba (salvo en ciertas zonas comerciales) y muchas están vestidas de jean y zapatillas. Las calles están sucias, hay un tránsito pesado, pocas bicicletas, unos semáforos que no funcionan del todo bien. Es muy parecido a Buenos Aires, por momentos demasiado. Hasta ahora París no me ofreció nada inolvidable ni perfecto; o tal vez es que yo llegué pensando que no tendría que haber venido y lo único que busco son excusas y motivos que confirmen que tenía razón.

Comí un sanguchito de brie y lechuga sentada en una plaza (me salió 3 euros) y buscamos la famosa librería Shakespeare & Co. No nos costó mucho encontrarla. En la planta de abajo estaba lleno de gente pero en la de arriba había una biblioteca en la que uno podía  leer lo que quisiera con la única condición de devolver el libro al exacto lugar del que se lo sacó. Yo hojeé un par de pavadas, entre ellos un relato de James Franco, Killing animals, que empezaba como si fuera la voz en off de una película deprimente sobre la deprimente vida de un deprimente americano promedio.

Llegamos a Les Halles buscando un shopping que antes había sido un mercado gigante (yo esperaba algo como el Abasto)  pero lo estaban reformando y no se podía ver. Esto es algo que se viene repitiendo a lo largo de varias ciudades: están poniendo todo a punto para la llegada de la temporada alta y nos dejan a los pobres del final de la temporada baja con las cosas a medio ver. Vi un ratito ropa pero no me convenció nada. Juan se compró un saco azul marino  y apenas se lo puso un tipo pasó por al lado y le dijo  “Ohlalá”.

Caminamos al Pompidou por una calle que se llama Rivoli y está llena de negocios, todas las liquidaciones empezaban al día siguiente de nuestro paseo así que un poco me lamenté y otro no tanto porque estaba con poquísima paciencia para las compras.

El Pompidou no era lo que yo esperaba. Como alguien me había dicho que podía ir ahí en lugar de ir al Louvre pensé que era un lugar similar y de repente se me apareció una mole gigante y modernosa, con unos tubos alrededor, un patio gigante sin una florcita y vidrios, muchos vidrios: impresionante y sorpresivamente hermoso. Lo único que queríamos era subir al piso seis para ver una panorámica de París pero cuando llegamos a la puerta vimos que estaba cerrado. Así que lo entendimos: los martes los museos cierran.

Pasamos sin querer por un lugar especializado en todo lo que necesita el chef de cualquier especie: desde una simple cucharita hasta una prensa pasando por todos los tipos de mangas y picos, moldes, ollas, sartenes de bronce, palos de amasar. Yo no sabía para qué servían la mitad de las cosas y sin embargo pensé que podría quedarme a vivir ahí charlando con los serios señores de guardapolvo que atendían el polvoriento local (parecían los empleados de una ferretería y de hecho todo el lugar parecía una gran ferretería, con olor a hierro, paredes forradas de cajones con utensilios y tierra, mucha tierra).

Para ir a los jardines de Luxemburgo fuimos a una patisserie (hay dos millones así que nos manejamos por instinto) y compramos unas exquisiteces que quisimos disfrutar sentados en el pasto y que lo logramos un poco hasta que un policía nos gritó algo y nos dimos cuenta que estaba prohibido sentarse en el paso. Me pareció una picardía inmensa. Terminamos comiendo sentados en unos bancos mirando unos partidos de petanque, que es algo muy parecido a las bochas pero cool.



Ya habíamos fallado en la biblioteca a la mañana, en el museo del cine al mediodía y en el Pompidou a la tarde, necesitábamos algo que levantara tantos fracasos y pensamos que recibir la noche parisina en Montparnasse era nuestro as en la manga. Pero no.

En Montparnasse hay muchos restoranes y cafés que apelan a la nostalgia más primitiva del turista adinerado: podés comer un entrecót bien crudo sentado en la mesa donde se sentaba Edith Piaf o podés pedir foie gras en el restorán donde iba Serge Gainsbourg con Jane Birkin a desayunar. La única condición es que tengas plata porque acá o pagás o te vas. La bohemia de hace cincuenta años o más hoy cotiza muchísimo y todos los lugares están llenos, repletos, desbordantes de comensales que después van a repetir las anécdotas que les contó el mozo que le contó su anterior jefe que una vez atendió a Sartre.

Salimos corriendo aunque si hubiéramos tenido dinero todavía estábamos ahí disfrutando de todos esos manjares.

En este punto nos pusimos un poco de mal humor: no sabíamos dónde podíamos ir y no queríamos irnos a dormir porque la idea del día había sido ver París de noche. Terminamos decidiendo por Montmartre. Pensamos que si el otro día nos había gustado tanto podríamos seguir aprovechando. Subimos hasta las escalinatas del Sagrado Corazón y nos dimos cuenta que ahí se pone la cosa: tipo nueve de la noche, cuando está empezando a anochecer, todos los jóvenes van con sus amigos a pavear, tomar cerveza, charlar, cantar, estar ahí, arriba de todo París. Cuando cae la noche desaparecen dejando mucho olor a meo en todas las esquinas de la iglesia y en todas las escaleras.

De a poco se fue iluminando toda la ciudad y nos quedamos ahí, aprovechando lo que nos ofrecía París, toda esa ciudad iluminada, una luna casi llena, gente feliz.

Dimos vueltas para encontrar un lugar donde comer y terminamos comprando unas papas fritas y un croque monsieur en un lugar que estaba muy vacío aunque todos eran tan copados y la comida tan rica que debería haber estado lleno. Comimos sentados en el escaloncito de una casa mientras envidiábamos profundamente al que vivía ahí, en ese lugar tan único.

Bajamos corriendo y corriendo pasamos por la pseudo zona roja del lugar y corriendo nos subimos al último subte.

jueves, 11 de julio de 2013

28 / París. Día 01

A Florencia la vi por última vez hace 19 años. Éramos super amiguitas inseparables hasta quinto grado pero ella y su familia se fueron de Ramos y ya no nos vimos más. Con Florencia conocí por primera vez Capital Federal: una vez fui a visitarla (cuando ellos recién se mudaron y nuestras madres intentaron mantener nuestra amistad a pesar de la distancia) y su mamá nos dejó ir a pasear por el barrio. Caminamos por galerías de la Avenida Santa Fe, cruzamos calles que yo no conocía ni teóricamente. De Florencia tengo el mejor recuerdo que se puede tener de un amigo de la infancia: era la amiguita con la que más me reía de todas. Hacíamos programas de radio y nos grabábamos y teníamos que regrabar y hacer miles de retomas de las tentaciones de risa que nos agarraban. Dejé de verla pero siempre me acordé de ella y siempre pensaba qué habrá sido de su vida hasta que apareció Facebook y nos reencontramos un poquito. Y digo un poquito porque más allá de agregarnos nunca hablamos ni nos comentamos algo ni nada. Hace unas semanas yo puse que estaba en Barcelona o que estaba en Mallorca o en Bélgica y ella me comentó “Si venís a París, avisame” así que yo le avisé. Nos consiguió alojamiento barato y nos fue a buscar a la estación de tren y nos recibió como si nos hubiéramos visto antes de ayer.

Una de las ventanitas de atrás era la nuestra
En las grandes ciudades de Europa existe el free tour que, como indica fácilmente su nombre, son unos tours gratuitos, en Internet se puede encontrar más info, pero básicamente es un grupo de gente que se junta, un guía que los lleva por diferentes lugares mostrando y contando y al final se le da una colaboración. Hay tours en varios idiomas y en varias ciudades. A mi los tours no me gustan nada pero confieso que si tenés dos o tres días para conocer una ciudad, usar tres horas y conocer algunos puntos obligados no está nada mal.

Cuando llegamos a la estación donde empezaba el free tour nos dimos cuenta que no teníamos tantas ganas de hacerlo así que nos mandamos solos a caminar por Montmartre. Lo primero que vimos fue el Moulin Rouge (nada que no se vea en una foto) y de ahí caminamos por el Boulevard de Clichy que está lleno de negocios de lencería erótica, de gadgets porno, cines xxx, lugares mediopelo para comer, un supermercado. Subimos para el lado del Sagrado Corazón porque en Europa uno nunca deja de conocer iglesias y desde ahí vimos París desde las altura y un poco me enamoré de la ciudad (después la verdad es que me desenamoré bastante pero bueno, eso ya es otro mambo). Nos subimos a la cúpula de la iglesia (salía 6 euros), había que pasar por una escalera caracol interminable, con olor a humedad, asfixiante y cerrada, no apto para claustrofóbicos; para terminar llegando a un balcón que rodea la cúpula y desde donde se ve la ciudad muy muy chiquitita y la torre Eiffel muy pero muy petisa.




Cuando bajamos paseamos un poco por Montmartre y las calles en subida y en bajada, los adoquines, los edificios típicamente franceses, la tranquilidad, los paisajes. Todo nos pareció encantador. Nos hubiéramos quedado dando vueltas por ahí pero teníamos solamente tres días para conocer París y demasiado en la lista de pendientes. Fuimos al cementerio de Montmartre, a mi me encanta visitar cementerios y en este viaje habían quedado medio al margen así que cuando vi que estábamos cerca de uno no lo dudé ni un segundo.


Todo el cementerio era muy coqueto, mucho mármol, mucha escultura, había flores frescas por todos lados. En la tumba de Truffaut había una velita encendida y varios besos marcados en el mármol. Había algunas tumbas rotas y descuidadas, otras maltratadas por el tiempo y el olvido. Algunas, las más extrañas, habían quedado postradas bajo un puente que, supongo, se construyó después: era como caminar por debajo de cualquier autopista de Buenos Aires pero con tumbas alrededor. Todo era sobrevolado por cuervos y el sonido ambiente era el graznido terrorífico de esos bichos horrendos. De a ratos se armaban barullos que duraban largos segundos, o el viento movía los árboles y por el ruido parecía que se largaba a llover. Dejamos las elegantes tumbas francesas porque teníamos que seguir el recorrido pero yo me hubiera quedado caminando ahí hasta que me echaran.

Llegamos a la catedral de Notre Dame y entramos al pedacito que dejaban entrar. Adentro una señora cantaba algo muy extraño y bastante diferente a las canciones de iglesia misioneras que conocemos todos los que fuimos a colegios católicos (“Dulce doncella, tu eres mi estrella, te alcanzaré yo sé que sí” etc, por ejemplo). Caminamos hasta el Louvre, que ya estaba cerrado pero igual nos impactó su tamaño cuando nos paramos en el centro del patio. Pensé que  se podría venir una semana todos los días a recorrerlo y aún así no se llegaría a ver bien cada cosa. En las pirámides nos sacamos unas fotos, en los jardines de Toullería nos comimos una croissant y tomamos un café. Antes ya nos habíamos morfado una baguette en el subte y yo me había cruzado con una ratita en la escalera del andén. En fin, estábamos siguiendo al pie de la letra el manual del turista convencional que visita París.


Le dije a Juan que me gustaban algunas ignorancias respecto de los lugares que íbamos conociendo. Si uno sabe lo que tiene que mirar va y lo mira y seguramente haga alguna apreciación genéricamente positiva sobre lo que se está viendo aunque no se sepa bien de qué se trata. En cambio, caminar en la ignorancia significa cruzarse con cosas que realmente llamen la atención o realmente sorprendan, gratifiquen. ¿Hasta qué punto lo que a uno le dicen que tiene que ver en una ciudad es necesariamente lo que a uno va a gustarle de esa ciudad?


Caminamos por Champs Elyseés, primero rodeados de árboles y después rodeados de los negocios más lujosos que hay y rodeados de gente que gasta muchísima plata en comida y vestidos. Pasamos por Ladurée, quisimos comprar algo pero yo estoy en contra de las colas así que nos fuimos. Antes de irnos un argentino le preguntó en inglés a Juan qué pasaba que había tanta gente y Juan le contestó en inglés porque después del encuentro en el hostel de Londres con León está intentando que ningún argentino se de cuenta que es argentino.


Llegamos hasta el Arco del Triunfo, más fotos, más expresiones básicas sobre la inmensidad y de ahí a la torre Eiffel. En la torre (llegamos a través del Trocadero y fue una vista magnífica) los mismos comentarios, las mismas fotos, nada especial. Nos llamó mucho la atención que absolutamente todos se sacan la foto o empujando la torre o tocando la punta o haciendo que los está por pisar. No los culpo, a mi me dieron un poco de ganas de hacer esas boludeces.


Volvimos al departamento tipo diez de la noche y en el barrio no había casi nada abierto. Compramos comida china en el único lugar que encontramos, un pollo con cebollas y salsa agridulce y un salteado de arroz. Dormimos como angelitos y nos propusimos no arrancar tan temprano al día siguiente.