lunes, 24 de octubre de 2016

No se puede hacer más lunes

Estudié piano doce años. Un día dejé. Estudié alemán. Dejé. Tuve un período de coser, otro de hacer origamis, otro de tener blogs, otro de querer ser cronista de viajes, otro de querer hacer crítica de cine. Todo lo dejé. Estudié cine porque me gustaba ver películas y porque era un poco canchero. En el primer rodaje dije esto no es para mi. Entonces me encerré en una isla de edición. Terminé la carrera hace diez años y nunca tramité el título. Empecé una segunda carrera que dejé porque no me gustaba la facultad donde se cursaba. Porque me quitaba demasiado tiempo de vida, porque ya estaba grande para pasar noches enteras sin dormir, estudiando. Y porque me había enamorado y el espejismo fue más fuerte que todo lo que estaba detrás: ahora estaba bien, no necesitaba estudiar nada más.

Me lleno de trabajo. Trabajo entre doce y catorce horas por día aunque si le restamos el tiempo que paso procastinando la cantidad de horas debe ser menor. Pero la ilusión es esa: trabajo entre doce y catorce horas por día. Mi trabajo me gusta cada vez menos. Ya me lo sé de memoria. Cada dos meses, seis o un año tengo la misma crisis: quiero cambiar de rumbo. Voy por lo que creo que me gusta: escribir. Escribo. Hago una lista de contactos a los que podría pedir trabajo. Pienso ideas de notas para presentar en revistas. Activar eso me da la sensación de estar haciendo algo, de estar moviéndome. Y caigo siempre en mi propia trampa: después del subidón de la planificación abandono todo. Me amigo con la edición, pienso que no es tan terrible, que hay trabajos peores, que ya me va a tocar algo mejor, que al menos gano bien.

Tengo planes por la mitad. Proyectos que empiezo y nunca termino. Libros de diez cuentos de los que tengo una línea escrita de cada uno. Una novela terminada, abandonada por la desidia que me provocó buscar un editor y no conseguirlo. Otra novela casi terminada que me recuerda a la peor época de mi vida y que no puedo retomar. La idea de una tercera novela, de una cuarta y hasta de una quinta. La idea de dos cortos y tal vez de un largo. La fantasía de que en algún momento se me va a dar. La fantasía de que cuando se me de, voy a ser feliz. La certeza de que no hago nada para obtenerlo. La creencia de que escribir es lo mio. ¿Es lo mio o lo convertí a la fuerza en un refugio?

Cada vez que en terapia resuena la palabra depresión me estremezco del miedo. Y cada vez resuena con más frecuencia: desorientación, falta de deseo, abandono, termino encallada en un sillón. Estoy muy dañada, mucho más de lo que pensaba. Hoy me fui de terapia con una verdad: no sé qué quiero hacer con mi vida.

Me hicieron creer (y yo me lo creí sin problema) que era genial. Que podía hacer lo que quisiera. Que era inteligente. Práctica. Resolutiva y obstinada. Pero no. Yo soy vaga, tengo poca voluntad, si genera esfuerzo no me interesa. Y así estoy, boyando de una isla de edición a seguir editando en mi casa. Sin ganas de hacer lo que hago pero haciéndolo porque lo único que sí soy es responsable, quizás demasiado. Me gustaría en algún momento convertirme en esas personas que tienen una historia que contar. Que tocaron fondo y se salvaron. Se entendieron. Se dieron cuenta de lo que querían y fueron a conserguirlo. Y lo consiguieron. Por ahora soy esto: una estatua hundiéndose en el barro. Cada vez que quiero salir me muevo un poco y con eso es suficiente: saco la cabeza para respirar y puedo seguir un poco más, todavía no me hundí del todo.

viernes, 21 de octubre de 2016

Terapia de bienestar

Que pase el tiempo. Volver al blog. Dormir más de lo necesario. Faltar al trabajo. Leer dos horas seguidas, darse un baño calentito, tirarse a dormir al sol. Todo eso sí, pero lo importante: que pase el tiempo, de cualquier forma y haciendo cualquier cosa. Que los minutos no se vuelvan eternos, que los qué hago qué pienso qué quiero cómo lo resuelvo desaparezcan. Mirar una serie de mierda, de principio a fin, pero que cumpla su fin: que pase el tiempo. Tapar el hueco: de la ausencia, de la ansiedad, del hastío, de la incertidumbre, de la soledad. Ir a lugares sin ganas, estar, participar, volver, que el tiempo haya pasado. Sentarse y esperar que se pasen las ganas de llorar. Contener las lágrimas, tragarlas. Comer chocolate en el desayuno y en todas las comidas que le siguen. Quedarse ciego mirando el sol. Levantar las piernas veinte minutos. Seguir con el dedo un dibujo imaginario sobre la mesa. Que pase el tiempo. Y engañarse: si pasa el tiempo, pasa todo.

jueves, 20 de octubre de 2016

Sueño con una doble cabeza

Soñé que estaba en esa casa, en ese cuarto, en esa cama. En esas sábanas manchadas de sangre. En la oscuridad de la noche. La ventana estaba abierta y yo miraba hacia afuera y tenía frío pero me quedaba inmóvil. Sentía que podía mirar el viento entrar, que podía sentir cómo me cortaba la cara al medio. Era una cuchillada de aire helado. Y pensaba que nunca jamás en la vida había sentido un viento tan helado partirme la cara de esa forma y pensaba que nunca jamás en la vida había estado partida en dos. Y pensaba, por último, cómo iba a hacer a partir de ahora, dividida en dos, para oír bien, para ver bien, para respirar bien. Imaginé la cara abriéndose como una flor macabra, el ruido de los huesos crujiendo primero, rompiéndose después. Una cabeza prolijamente cortada en dos: un ojo, un oído, media boca y media nariz. Una cabeza abierta, todavía enganchada al cuello. No había sangre chorreando, el cerebro de gelatinoso intacto en su lugar. Y la imagen no me asustó. Me vi caminando con media cabeza colgada para el lado de cada hombro, colgando y rebotando mientras yo paseaba por las calles de una ciudad desconocida y una mitad miraba y registraba imágenes y sonidos y la otra mitad registraba algo completamente diferente. Era como tener dos inteligencias diferentes, dos gustos, dos deseos, dos mundos posibles. Dos personalidades adosadas a un mismo cuerpo. Me desperté pensando que no era tan mala idea.

viernes, 14 de octubre de 2016

Sueño que me pegan un tiro

Salgo corriendo y mientras escucho los tiros que pega el tipo que llegó hasta donde estábamos aunque no sé dónde estábamos ni con quién. No puedo creer haber zafado, pienso, pero enseguida percibo algo en la cabeza, cerca de la nuca. Llevo el pelo suelto, largo y muy rubio y el chorro de sangre empieza a teñirlo de un bordó oscurísimo, casi negro. Me toco la herida y me arde pero sigo corriendo y pienso me pegaron un tiro en la cabeza, me voy a morir. Cuando llego al lago me tiro al agua -o me caigo- y dejo que el agua me lleve. La corriente es suave. Veo el cielo limpio, casi turquesa, las copas de los árboles se mueven lentas, las hojas verde fosforescente se chocan y parecen un cascabel suave. Y vuelvo a pensar me voy a morir. Ya está. Esto fue todo. Hago la plancha. No lo veo pero sé que la sangre que sale de mi cabeza está dejando una estela que marca mi recorrido, una ruta sangrienta que es la huella de mi final pero que va a disiparse en unos minutos. No hay flashes de mi vida, no sé ni siquiera cuál es mi vida. El agua no está fría y por primera vez no tengo miedo a lo que pueda estar ahí: ni los bichos ni las algas ni la basura del lago puede asustarme. A los costados, en tierra firme, todo parece haberse detenido y los ojos se me cierran solos. Abro los brazos, inspiro y hago fuerza para volver a abrirlos y ese cielo limpio y esos árboles y ese agua transportándome me dan algo que podría llamarse paz. Alivio. Es un microsegundo. Recuerdo que alguien me dijo si te quedás así, te hundís y te morís. Tenés que darte vuelta y nadar. No sé en qué circunstancias alguien me habrá dicho esa pista de supervivencia pero es ese microsegundo en el que me digo: no me quiero morir. Me doy vuelta. Estoy pesada y sin energía, ya soy casi un cuerpo muerto. En unas piedras ahí nomás están mis amigas. Llamen a una ambulancia, les suplico con un hilo de voz, mientras uso la poca energía que me queda en seguir nadando. Cuando llego me arrodillo en la piedra junto a ellas, que no saben qué decirme y que no llamaron a ninguna ambulancia. La cabeza se me cae, siento los ojos inyectados en sangre. El pelo húmedo sigue empapándose con la sangre que sigue saliendo del agujero de mi cabeza. Llamen a una ambulancia, vuelvo a pedir, pero ellas me miran impávidas, soy un zombie. Espero arrodillada y sigo sin querer morirme pero la boca me queda abierta en una mueca estúpida y se me cae una baba rojiza que aterriza sobre mis piernas y luego pasa a la piedra, formando un charco a los pies de mis amigas. Mi campo visual se reduce a eso: una línea horizontal, que abarca el charco de baba sangrienta y un poco de mis piernas. Los brazos ya no me responden, están bobos al costado de mi cuerpo, ya ni siquiera puedo mover el cuello. Llega la policía y debo estar cerca de mi último aliento, aprovecho para usar lo que me queda de vida para repetir llamen a una ambulancia. Cuando abro los ojos me están terminando de subir a una camilla. Una señora me pone shampoo seco en la cabeza, especialmente en la herida. Otras dos se acercan y hablan muchísimo, no sé de qué pero hablan tanto que empiezo a prestarles más atención. Hay que hacerme masajes. Hay que ponerme crema. Hay que abrigarme un poco. Hay que dejarme ahí quieta hasta que se pase todo. Terminan de hablar y estoy más animada. Cuando me despierto me quedo inmóvil. Tardo varios minutos en terminar de salir del sueño, en dejar de pensar que estoy en una camilla. Todavía me parece sentir el ardor en la herida de la cabeza y no quiero tocar, no quiero saber cuán profundo es el agujero. Pero cuando termino de contextualizarme estoy en otro lado. En un cuarto cualquiera. Miro para el lado de la ventana y no siento nada raro en el cuerpo. Por las dudas me chequeo el pelo. Está seco.

sábado, 23 de julio de 2016

Para vos, que pensás que soy luminosa

Son tres versiones casi iguales y en las tres versiones hago lo mismo: nada.

Me acuesto en la cama, es de madrugada, estoy un poco mareada. Ya me despinté, me encremé, me miré al espejo esa arruga que empezó a salirme en la entreceja. Voy a parecer enojada desde ahora que tengo treinta y dos hasta que me muera. Qué desgracia. Me acuesto boca arriba, en esa posición en la que nadie duerme, ni siquiera yo, ni siquiera sé por qué me acuesto así. Cuando cierro los ojos el colchón se hunde justo donde estoy yo, en la mitad. Se hunde, me hundo con él, me atrapa y yo me dejo atrapar. Me envuelve hasta hacerme desaparecer. Podría abrir los ojos pero estoy bien así.

Tengo un buzo negro con cierre. Empiezo a subirlo despacio. Cuando llego al cuello no paro, sigo subiendo hasta que el cierre pasa por delante de mi boca y empiezo a sentir mi propio aliento, mi respiración caliente. El paisaje empieza a achicarse: un fundido a negro. Antes de llegar a los ojos, paro. Miro por última vez y no lo dudo más de un segundo: cierro hasta taparme la cabeza por completo.

Estoy en una camilla. Alrededor no hay nada ni nadie o no registro qué hay o prefiero no recordarlo. Me muevo y escucho un plástico y no necesito más para saber dónde estoy. En breve estaré encerrada en esta bolsa negra y aquí no ha pasado nada.

jueves, 19 de junio de 2014

En Bucarest conocí la tumba de Ceausescu

Todavía no entiendo el papel que juega hoy entre los rumanos la figura de Ceausescu y voy hasta su tumba para encontrar alguna respuesta.

En el colectivo siento que empezamos a salir de la ciudad cuando los edificios se van espaciando y la luz es cada vez más clara. Todavía hay mugre pero es la mugre del despojo, la que está saliendo de cualquier ciudad. Veo a una vieja con un ramo de flores y le digo a Juan que seguramente ella va al cementerio: como no sabemos dónde bajarnos vamos a seguirla aunque finalmente no es necesario, el cementerio es tan grande como el de Chacarita (esto no es un dato empírico, solamente una sensación) así que lo vemos fácilmente. Queda al oeste de Bucarest y es lo único que vamos a conocer de esa zona.




Hay un regadero de cruces blancas. Casi no veo mausoleos. Todo es modesto y desprolijo. Hay plantas y flores en su punto máximo de floración pero ninguna tumba parece el arreglo floral de una mesa de fiesta de quince. Camino entre las tumbas extasiada sacando fotos y buscando epitafios aunque no los encuentro. Solamente los nombres y las fechas, a veces tantos nombres en una misma cruz que me pregunto cómo es que están todos enterrados juntos y por qué. Lo que estoy buscando es la tumba de Nicolae y Elena. Están acá desde que los fusilaron en la navidad de 1989, poniendo punto final a un período socialista de más de veinte años. Hace algunos días vi un video con algunos fragmentos del último discurso que dio Ceausescu el día que lo derrocaron, cuando lo enjuiciaron, cuando lo estaban llevando junto a su mujer para fusilarlos y cuando los fusilaron. No sé qué respuesta espero encontrar en esa tumba pero me intriga saber cómo está. ¿Abandonada? ¿Con flores? ¿Cuidada o descuidada? ¿Profanada?

Camino leyendo los nombres y muchos se me confunden y varias veces pienso que la encontré pero no. Me cruzo con dos pibes cavando un pozo. Están transpirados, hoy la temperatura es de más de treinta grados, y en cada gota de sudor hay tierra. Me miran mientras paso y yo les devuelvo una mirada tímida, no sé si sonreirles o salir corriendo. Hay un nenito en cueros entre las tumbas.

Uno de los cuidadores viene hablando por teléfono. Es un rumano morocho y enorme que solamente dice “Ceasescu” y hace una seña. Lo sigo. Que hable por teléfono elimina cualquier silencio incómodo. Después de caminar un largo minuto señala con la cabeza y la veo. Es un rectángulo de mármol rojo, a los costados tiene dos floreros con banderas rumanas y flores recién puestas, está impecable, no tiene cruz.



“No tiene cruz” le digo a Juan sorprendida, pensando que ahí está la respuesta a mi pregunta inicial: en un país con tantos creyentes y en un cementerio plagado de grandes cruces, la de Nicolae y Elena no tiene cruz. Unos minutos más tarde descubriré una pequeña crucecita en la parte trasera y retrocederé en el camino de entender qué es hoy Ceasescu para los rumanos. Miro un rato la tumba. No sé qué miro tanto pero la miro. Leo los nombres y las fechas una y otra vez tratando de encontrar alguna cosa nueva pero no: la tumba es prolija (mucho más de las que están alrededor), está cuidada, impecable, inmaculada.
 
***

Atravesamos la ciudad de oeste a este para ir al Carol Park. El recorrido sigue teniendo paisajes inhóspitos: corralones, terrenos abandonados, edificios hechos escombros, mansiones, monoblocks.

El mayor atractivo del parque es un mausoleo donde hasta 1991 estaban los líderes del movimiento comunista que fueron trasladados a otros cementerios y se reemplazaron por los restos de los soldados caídos en la primera guerra mundial. Alrededor hay un lago donde la gente se baña, árboles, juegos de plaza, chicos en bicicleta.



Mientras estábamos tirados en el pasto leyendo llegaron dos pibes con sus perros con correas. Me impresionó que uno de los perros tironeaba de su dueño, un chabón enorme que tenía que hacer mucho esfuerzo para no soltar al animal. El perro tironeaba para el lado del lago donde estaban los patos y Juan me dijo “Se quiere comer uno”.

Cuando llegaron a la orilla el pibe soltó al perro y el perro salió corriendo y no lo vimos más. Después de unos segundos escuchamos gritos. Una señora melodrámatica le decía cosas al dueño del perro, que volvía con el perro atado hacia donde estábamos nosotros, y se adivinaba por el tono de la mujer que ella lo estaba persiguiendo y que a él no le importaba. Ese desinterés del pibe hizo que los gritos mermaran y cuando se callaron del todo el pibe se arrodilló al lado de su perro, y mientras le mordía la oreja y el perro lloraba, le decía algo entre dientes y cuando terminaba una oración le daba una piña en la cabeza y el animal seguía llorando. Juan miraba fijamente y yo de reojo porque me parecía que si el pibe nos veía tan atentos podía venir a mordernos a nosotros. Después de algunas piñas más y llantos del perro, se fueron. Nosotros también.

***

Terminamos la tarde en Gradina Verona, un bar que queda en el otro extremo (de la ciudad y de la mentalidad) del parque. Atrás de una librería, cerca del Ateneo Rumano, está el barcito con telas blancas en los techos, enredaderas, jazmines del aire y mucha gente cool. Fue la primera vez que vi hipsters y cancheros en cantidad en esta ciudad. Tomamos lo que suele servirse en ese tipo de lugares y a esa clase de público que demasiado fácilmente comparamos con palermitanos: limonadas con mango y con jengibre. Leímos un rato ahí, tranquilos, mientras caía la noche.


El tenis de Bucarest

Es sábado y Simona Halep juega contra Sharapova.
El partido se ve en cada bar de Bucarest sea cual sea su estilo.
La gente lo mira expectante.
Fuman, toman cerveza, están en grupos.
Gritan de alegría cuando algo sale bien.
Se hunden en profundos silencios cuando se está por definir un punto, un set, el partido.

Camino a través de esos bares envidiando una vez más la pasión que tiene la gente por el deporte. Busco un bar que me recomendaron. Está cerrado (y para siempre). Sigo y salgo un poco del centro. Me encuentro con un edificio circular con un nombre que me hace un poco de gracia: Tehnoimport. A unas cuadras del edificio, entre gitanos que se gritan y rumanos coquetos que están por entrar a un casamiento en alguna iglesia ortodoxa, una feria. Es un edificio antiquísimo, las arañas están reformadas y ahora tienen tubos fluorescentes y venden desde dulces hasta cuadros pintados ahí mismo, por unas grises estudiantes de arte que se sienten bohemias y se mueven como tales. Hay cositas viejas y comerciantes que parecieran no estar interesados en vender, están sentados en el fondo de su puesto, se miran las uñas sucias, charlan entre ellos, se ríen, entrecierran los ojos. Pero nunca preguntan si uno necesita algo. Está bueno.





Termino fumando narghile –nunca lo había hecho- en una galería techada en la que se ofrece eso y algunas tortas y nada más. Me siento y dejo que pase el tiempo mientras tomo una coca y siento cómo se mezcla con el sabor del coco (que más que coco es un simpático gusto que no puede identificarse con “algo” en particular).




Vuelvo caminando a casa metiéndome en todas las cuadras que puedo. Encuentro bares escondidos, rumanos durmiendo en la calle, la casa de Mircea Elliade, un concierto de ese jazz edulcorado que hace versiones de temas populares, canto y bailo “Será porque te amo”, perros callejeros que lejos de reforzar la teoría de los locos y asesinos perros rumanos son simplemente unos bichos lastimosos y mayormente enfermos, que se paran al lado de uno para recibir un cariño aunque con la piel casi podrida son muy pocos los que se atreven. También me cruzo con otro recital que está terminando. Canta una chica y lo que hace me recuerda al final de Only lovers left alive de Jarmusch y me emociono un poco: Bucarest se me hace cuesta arriba pero tiene estos momentos.

Me cruzo con la plaza de la revolución y su “papa”, un obelisco que tiene clavado en la punta un algo que se parece a una papa y de ahí el sobrenombre. Ahí Ceasescu dio su último discurso minutos antes de ser derrocado cerca de la navidad de 1989. Me cruzo también con la estatua de un emperador con un lobo con una quinta pata o una segunda cola y pienso que los rumanos están de la cabeza y me caen bárbaro. Me cruzo, por último, con un monolito de Bucarest Km 0 y con un memorial a un cantante que más tarde buscaré en Internet y veré que cantaba espantoso: Cristian Paturca.





Llegando a casa pasamos por un bar. Los rumanos están en silencio. Tragan grandes bocanadas de humo y toman largos tragos de cerveza. Simona Halep perdió.

martes, 17 de junio de 2014

Viaje al centro del monstruo rumano

por Juan Maisonnave



Esa forma domesticada y pedagógica de voayeurismo que son las visitas guiadas ofrece para el turista ocasional en Bucarest una experiencia interesante: el Parlamento, la Casa del Pueblo o Casa Poporului.

Por un lado, este coloso inabarcable de concreto despierta interés desde el mero disparate de cantidades: con una superficie de trescientos cuarenta mil metros cuadrados, sólo es superado en tamaño por el Pentágono; posee un millón de metros cúbicos de mármol blanco y rosa traído de Transilvania, tres mil quinientas toneladas de cristal para las arañas; setecientas mil toneladas de acero y bronce, unas cuarenta salas (la mayor parte de ellas hoy acumulan polvo y vacío) distribuidas en doce plantas; además –así como hay un dark tourism también hay estadísticas negras que se repiten sin cesar-, para implantarlo en el paisaje se barrieron tres distritos históricos del centro de Bucarest, junto con 27 iglesias y sinagogas; cuarenta mil personas fueron forzadas a abandonar sus casas y posesiones con avisos de dos días; se utilizaron veinte mil trabajadores las veinticuatro horas del día y, como en los tiempos de las pirámides egipcias, las muertes eran comunes en la construcción. El antojo de Ceausescu coincidió, en una muestra de espantoso timing político, con el devastador terremoto de 1977, que se sumaba al desabastecimiento cotidiano de alimentos básicos. Para usar una comparación a puro color local, era –es- como si un gitano que vive en una casa rodante con su familia se hiciese la dentadura completa en implantes de oro de 24 kilates (algo no tan improbable, después de todo).

Por otra parte, el tour vale la pena para experimentar en carne propia cómo tratan los rumanos al turismo, mezcla de indiferencia y arreo, una fabulosa desorganización que juntos –el extranjero y el local- sacarán adelante con un sistema más o menos coordinado de señas, gritos, inglés básico y movimientos de cejas pintadas (es la moda de la chicas acá, y casi todo el personal abocado a la vueltita por el Parlamento está compuesto por señoritas medianamente atractivas). 




Luego de un engorroso trámite inicial en el que colisionan filas y nadie entiende bien qué es lo que debe hacer una vez que le retienen el pasaporte, nuestra guía se presenta -Juana, de unos veintiséis años, bella y dada a sonreír, nos tratará menos como maestra ciruela que como una distante secretaria ejecutiva que en nuestro primer día de trabajo nos muestra las instalaciones obligada por el jefe-, y pienso en otro motivo por el cual estar acá, uno un poco secreto y personal, que me sedujo hace un tiempo atrás, cuando leí sobre ella y vi una foto en la que posaba orgullosa y opaca adentro de este delirante palacio de fachada soviética que estoy a punto de conocer: Anca Petrescu.
 
 
 
El trayecto guiado comienza por una pequeña sala de teatro privada, con sus butacas aterciopeladas, una araña palaciega y un escenario modesto al que, por error, olvidaron agregar detrás de escena: a lo largo del recorrido, a través de nimiedades y detalles curiosos, Juana hará un punteo risueño de torpezas y grotescos del régimen, como si fuera lo que este grupo variopinto y obediente espera, caminando ya dentro de un grotesco absoluto, insuperable: un país menor y campesino del sureste de Europa que alguna vez se le ocurrió jugar a los emperadores romanos. Un indio es quien más interrumpe el discurso estudiado de la guía: pregunta obviedades, utiliza el contexto para comentarios que son tan graciosos como una misa en latín y, demasiadas veces, ante un nuevo salón o corredor alfombrado, exclamará mamma mía con expresión boquiabierta. Un chico rubio y alto con acento sueco o nórdico va en compañía de una rumana que parece israelita y, vencida en la batalla de la belleza, el carisma, el encanto y la picardía con su compatriota, intenta superarla en el terreno intelectual aportando cada tanto conocimientos precisos que no están grabados en el casete de Juana. Me pregunto si ella oyó hablar de Anca Petrescu.
 
La guía, previsiblemente, recurre una y otra vez las cifras más insólitas: más de setecientos arquitectos fueron necesarios para levantar esta mole. Pero no dice que la arquitecta Anca Petrescu en el año del terremoto tenía 27, era asistente junior en el estado y, al enterarse del proyecto, se postuló para diseñarlo junto con otros colegas, pero fue rechazada. En lugar de desistir, renunció a su puesto en el estado, durante tres meses trabajó obsesivamente en un modelo a escala puntilloso, con mucho ornamento dorado, el embrión del delirio faraónico que debía llegar, sea como fuera, a ojos del Presidente. Así que empezó a enviarle cartas, y de nuevo fue ignorada, pero ella, una vez más, insistió: escribió más cartas diciéndole a Ceausescu que tenía que presentarle el modelo terminado, y con esa voluntad incansable logró que el suyo entrara en la selección de los finalistas.
 
 
Un largo corredor con implacables columnas de mármol pulido y bustos: este prócer está acá y ganó una sola batalla, dice Juana adelantando una sonrisa ladina, como para que den ganas de rendirse a ella. El chiste repercute en el grupo, de buen ánimo y atención dispersa: cortinas de hilos de oro trenzado, alfombras extensísimas y pesadas, enormes puertas de roble tallado con pulso de hierro y terminación exquisita, una araña de nueve metros de diámetro, cinco toneladas, mil focos.
 
Todos los materiales son de nacionalidad rumana, se apura a destacar la guía: además de los mármoles, de Transilvania vino el oro y el roble, y madera de cerezo y tejidos de Timișoara. Las alfombras son obra de las monjas de los conventos (por algún motivo no menciona que fueron obligadas a tejer para la causa). Todas las recámaras y salones llevan nombres de políticos rumanos, pero ninguno de los veinticinco integrantes de este contingente con cadenitas al cuello y placas de acreditación colgantes va a acordarse de uno sólo de ellos, porque Juana los pronuncia lo más cerrado posible, levanta las cejas y entorna los ojos, una mueca de desdén y sorna a tono con sus comentarios irónicos, como si reforzara el pacto que de entrada tiene con su auditorio: les cobramos unos quince dólares –entre 35 a 45 lei rumanos- para que se paseen a sus anchas por las fastuosas entrañas de la farsa, riéndose un poco con nosotros de este pasado tan improbable pero que de a poco fue tomando forma, rindiendo sus frutos: además de las visitas guiadas, aquí sesionan diputados y senadores; se alquilan espacios para meetings, reuniones empresariales o políticas, incluso para grabaciones de películas; en un anexo se adosó el Museo de Arte Contemporáneo, y siempre, pero siempre, los rumanos podrán afirmar que tienen el segundo edificio más grande del mundo, después de Estados Unidos. El indio pregunta a cuánto alquilan los salones.
 
 
Los rumores y chismes de baja estofa que integran el más bien aburrido parloteo de la guía no son otra cosa que la misma leña del árbol caído con que se terminó de delinear – de manera desproporcionada o no, cómo saberlo- la figura del dictador en los años posteriores a su fusilamiento. Por ejemplo, algunos dicen que Ceausescu quedó deslumbrado por el portento de la maqueta que a la postre resultaría la triunfante; otros, que lo que provocó aquel embelesamiento fueron los encantos de su creadora, la joven Anca Petrescu. La fotografía con la que contamos nos inclinaría a pensar lo contrario, pero quizá no le hace justicia: Anca contaba con sólo 32 años cuando en febrero de 1982 ganó el concurso y fue nombrada arquitecta jefa del proyecto. "Un edificio grandioso que refleje los tiempos que vivimos”, es la supuesta frase con que Nicolae selló el destino de la arquitecta y de la obra. Mientras tanto, Juana nos cuenta que la única excepción a la nacionalidad de los materiales son unas puertas de caoba, hubo que importarla de Italia, dice. Vemos todavía más salones alfombrados de los que cuelgan miles de caireles de cristal, un centelleo facetado y embriagador que con el avance de la visita no pareciera perder su efecto en el indio (mamma mía): aquí se reunieron Yassir Arafat y Shimon Peres, dice Juana, y después nos invita amablemente a un recreo de diez minutos en la terraza del edificio. Subimos en tandas de siete u ocho personas en un ascensor de paredes de acero inoxidable y espejo: la ascensorista juega al Candy Crush con una tablet.
 
“Sabía escuchar, era un hombre muy paciente, ¡no era un vampiro!”. Son palabras de Anca Petrescu, muchos años después de la revolución, dedicadas al líder rumano que se mantuvo más de dos décadas en el poder. En ellas pareciera sobrevolar cierta picardía y candidez reconocibles también en las de Juana, nuestra bella guía de frases medidas e inglés correcto esta tarde soleada de junio, como si ambas hablaran de las locas peripecias de un personaje menos temido y sórdido que remoto. Sin embargo, es la arquitecta quien quizás haya vivido las mejores anécdotas en este palacio desaforado. Ceausescu, contó ella en una oportunidad, comenzó a obsesionarse con la obra, a cambiar de parecer sobre tal o cual cosa, preferir uno u otro estilo arquitectónico, y sus apariciones intempestivas aterraban a los obreros. En una de ellas, notó una diferencia de tamaños en las flores esculpidas en los capiteles de dos columnas. Por lo bajo todos aseguraban que eran iguales, incluso la misma jefa de arquitectos. Pero él ordenó que alguien subiera a medir y una flor resultó ser un centímetro más chica que las otras: las columnas fueron derribadas inmediatamente. Me pregunto si Juana sabrá esto, podría enriquecer su colección de trivias y patetismos: ahora nos cuenta que entre Ceausescu y su mujer, Elena, había competencia de egos. En la sala más grande y portentosa de la Casa del Pueblo iban a colgar sus cuadros en paredes enfrentadas, pero a último momento el líder rechazó esa posibilidad, y hay quienes dicen, apunta Juana, advirtiéndonos que acá viene algo jugoso -como quien pide redoblantes-, que en lugar del retrato de Elena, Ceausescu quería instalar un espejo frente al suyo que duplicara la imagen.
 
 
La historia es bien conocida: Nicolae Ceausescu no pudo ver la monumental obra finalizada porque su régimen se desplomó con el rugido de los manifestantes en la que hoy se conoce como Plaza de la Revolución. Él y su mujer fueron fusilados a 80 kilómetros al noroeste de Bucarest, donde ahora funciona un museo: los cuerpos de los muertos en tiza, la pared agujereada, las celdas. Las cámaras tomaron en vivo cada momento: esta revolución sí fue televisada. Las consecuencias lógicas de esto, en lo que respecta a Anca Petrescu, eran esperables. En 1990, un grupo de arquitectos organizó una campaña para llevarla a juicio por genocidio, pero ella negó todos los cargos y la iniciativa no prosperó. De todas formas, las amenazas de muerte eran constantes, y nadie más contrató sus servicios. Su casa fue incendiada. Ese mismo año se fue a Paris –según ella, por invitación de Miterrand-, donde ganó un concurso para construir hoteles del Club Med.
 
En algún momento del recorrido, la rumana con cara de israelita proporciona, ante la consulta infaltable del indio y el titubeo por parte de la guía, la fecha exacta en que ocurrió la muerte del dictador, sin esconder cierto orgullo propio que no hace más que resaltar la sensualidad y la apatía monocorde de la otra. Pero a continuación hay un momento distendido, aprovechando las capacidades acústicas de un gigantesco rectángulo de columnas y techo encristalado: ¡aplaudan, aplaudan!, nos incentiva Juana, y todos, en mayor o menor medida, como monos dóciles, lo hacemos. Cuando abandonamos ese recinto de iguales aspiraciones monárquicas que el resto, a nuestro lado pasa un nutrido grupo de orientales que, de inmediato y al unísono, se pone a aplaudir sin alegría ni emoción o ademanes particulares, y el despliegue a en cascada del eco los sorprende cada vez.
 
 
¿Pero qué pasó con Anca Petrescu, el nombre que de alguna manera secreta invocaba para mí este lugar mucho antes de venir? Cicatrizadas las heridas que dejó la caída de la cortina de hierro a la rumana, fue citada por el gobierno, en 2002, para diseñar una cúpula de vidrio a imitación del Reichstag alemán. Se postuló para alcaldesa de Bucarest, pero apenas arañó un 4% de los votos. Un periodista occidental le preguntó acerca del sufrimiento del pueblo rumano, a causa o como aspecto lateral y necesario de su trabajo, y ella respondió que esa pregunta sólo podía provenir de alguien que creía que el rédito económico era la única motivación de los sistemas políticos. Hace muy poco, en agosto de 2013, cuando Bucarest surgía como una indudable ciudad a visitar en nuestro viaje a Europa del Este, Ana Pertrescu entró en coma después de un accidente de auto del que no logró recuperarse. Murió en un hospital de emergencia de la capital rumana.
 
 
Como era de prever, Juana se despide rápido, sin demasiadas solemnidades. Nos devuelven los pasaportes, el grupo finalmente se disgrega. Bajamos por la explanada principal después de una hora de tour guiado. La maleza que rodea el edificio es la de un jardín al que prestan poca atención. Por la noche, sobre el bulevar Splaiul Independenței, desde el otro lado del río que cruza la ciudad, vamos a observar el Parlamento sin más luces que unos débiles reflectores en la periferia, su molicie calma y blanca y extraordinaria como la de un esqueleto de tiranosaurio: se lo llega a ver desde muy lejos, entero o de a retazos, siempre arcaico, incólume, mal iluminado.
 

Llegar al Parlamento de Bucarest

La sorpresa más grande me la llevo cuando llego al río porque siempre que hay río hay europeos tomando sol y cerveza pero acá no. La costanera del río -modesto y angosto- de Bucarest, no llega nunca a ser un paseo: es un recorrido que hay que hacer para llegar a otro lado. El otro lado al que queremos llegar es el Parlamento rumano. Para hacerlo tenemos que atravesar diagonalmente el Parcul Cismigiu, una tarea que se pone difícil con las distracciones: en el lago unos chicos juegan adentro de unas burbujas de plástico, en un corredor unos pibes cantan “Don´t worry be happy” y tres mujeres turistas bailan con poca gracia moviendo la cola al ritmo de la canción y todos aplauden.

Más obstáculos que nos distraen: una vez atravesado el parque nos encontramos con un memorial a los judíos muertos en el holocausto, austero y oxidado, un cubo con hendijas por donde pasa la luz iluminando los nombres de los homenajeados. Después están los palacios de Bucarest, esas casas antiguas que no paran de aparecer y son como zombies a los que nunca se les va a acabar la batería del todo y por eso siempre sigue viviendo gente en ellos. Y después el río, magro y desganado, nos roba un tiempito: tenemos que comentar la imagen pálida que da frente a otros ríos europeos.








Llegamos al parque Izvor, otro de los obstáculos para llegar al parlamento aunque éste es el más difícil de superar: hay un festival organizado por Red Bull, canta una adolescente que adivino como el equivalente de nuestra Violetta. Algunos chicos cantan pero la mayoría solamente está sufriendo el calor, y nuestra atención ya está en otra parte: en esa mole que es el parlamento, el segundo edificio más grande del mundo.




Lo rodeamos caminando por la vereda, no hay nadie con nosotros, apenas unas casillas de seguridad con unos guardias escuchando la radio o jugando en el celular, aburridos y con esa expresión que tienen los que están muy aburridos de su trabajo, tanto que uno termina mandándonos a un lugar equivocado cuando le preguntamos dónde es la entrada, todavía no entiendo si lo hizo a propósito y fuimos el plato fuerte del día, la única anécdota memorable, los turistas a los que mandó a cualquier lado, o si simplemente se equivocó. No me molesta ninguna de las dos porque atrás del parlamento está el Museo de Arte Contemporáneo de Rumania, donde entramos y vimos dos exposiciones: una primera de arte multimedial, que según Juan era para niños pero para mí sólo era participativa y todas las obras participativas tienen ese elemento lúdico que las hace parecer infantiles. Había una superficie con luces de colores y sonidos, las luces cambiaban de colores a medida que uno las pisaba. En otra habitación había paredes acolchonadas con cuadrados que, al presionarlos, cada uno hacía un ruidito diferente, se podía ir probando y combinando sonidos. Había un cuarto oscuro y silencioso que debía ser transitado a ciegas y en silencio siguiendo a una guía que no hablaba y ni siquiera sé si existía. En el piso y alrededor de uno se percibían ciertas presencias, cosas en el piso, o cuerpos, o cosas colgando. Eso no puede ser para niños.

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La segunda exposición era una exposición llamada “Recorded memories. Europe. South East” que juntaba a varios artistas que presentaban algo relacionado con la memoria. Como en todas las exposiciones corales había cierto nivel desparejo pero en general era bastante interesante ver el trabajo de gente de mi generación sobre su infancia en los años ´80 y ´90, en la Rumania socialista o en la ex Yugoslavia. Una instalación con un coro grabado cantando un tema folklórico bastante conocido, unas fotos de la sede del partido comunista de Bulgaria (creo que ahí decidimos viajar sí o sí a Sofía), unos inviernos nevados en Rumania. Las fotos de un bosque donde iban a fusilar traidores.

Y después de ese falso viaje por el mundo desconocido de la memoria comunista, sí, el Parlamento.

jueves, 12 de junio de 2014

Llegar a Bucarest

Bucarest es como la resaca de un viejo al que durante la borrachera golpearon duramente: se ve fea pero es débil. Oscura e inofensiva, enquilombada y serena a la vez.
Llegamos a las dos de la tarde después de dieciséis horas de viaje y el primer panorama fueron vendedores ambulantes, gente con bolsones, putas tristes ofreciéndose en una vereda cualquiera. La ciudad, por lo que veo desde el auto del dueño del departamento que fue a buscarnos a la estación, es caótica, populosa y sucia. Me gusta pero no la entiendo y no voy a entenderla nunca.

Hay iglesias. Muchas. Y adentro de las iglesias hay gente. Demasiada.
Las iglesias, ortodoxas, son pequeños reductos sin bancos ni estatuas (sólo pinturas). Entramos a varias en los dos primeros días que estamos en la ciudad y con eso es suficiente: si entráramos a todas perderíamos demasiado tiempo. Están en todas partes: en el centro rodeadas de falsos bares irlandeses o bares con música electrónica o night clubs; en los barrios rodeadas de edificios (los edificios forman una U y en el medio está la iglesia); cerca de monumentos históricos y en medio de los parques. La gente es creyente. Pasa por la puerta de la iglesia y se persigna con dedicación. Los que entran, además de la persignación, hacen algunas reverencias y besan la pintura de un santo. Los que no entran están a los costados prendiendo velas en unos hornos. Cuando no hay iglesias ortodoxas hay negocios que venden trajes para obispos, copones y libros religiosos. Para entrar a la iglesia las mujeres se cubren y todos se quedan de pie o de rodillas participando de los rituales.
Presenciamos algo (una celebración, misa, ritual, recordatorio, no sé) después de varias cervezas en Caru Cu Bere, una cervecería de finales del S XIX donde las mozas visten típicos trajes rumanos y los mozos pantalón de vestir y tiradores y que queda a media cuadra de la iglesia Stravopoleos. Llegamos por el ruido de las campanadas y nos quedamos por el poder hipnótico del lugar: una perfecta coreografía entre varios obispos que recitan y cantan en latín alternado con unas monjas completamente cubiertas cantando algo monótono que por momentos me gustaría entender. Parece una puesta en escena: el obispo sale, se queda parado de espaldas a los fieles y recita. Vuelve a salir de escena por una puerta que podría ser la puerta al detrás del escenario y ahí cantan las monjas. Vuelve el obispo, prende una vela, recita otra cosa y sale y así, y es casi imposible moverse de ahí. Las voces profundas de los hombres retumban en todas las paredes del lugar y los cantos de las monjas son como mantras. Nos vamos para no quedarnos para siempre.
La ciudad no está preparada para turistas: no hay manera de conseguir un mapa, los carteles están en rumano y nadie habla inglés y eso es lo más encantador que tiene Bucarest: los turistas no les interesamos. Todo está sucio, hay olor a pis, las fachadas se caen a pedazos y a nadie le importa. Bucarest es pura contradicción: algunos murciélagos sobrevuelan los viejos y oscuros edificios cuando todavía es de día, las mansiones destruidas están convertidas en bares, hasta los edificios más nuevos tienen una improvisada maraña de cables que les da electricidad. Caminar por Bucarest significa perderse, las calles no tienen forma de cuadrícula y siempre se divisa algo a lo lejos que llama la atención y a lo que hay que llegar. Es interminable y laberíntica. Viva y muerta al mismo tiempo.
Los rumanos gritan. Están en la calle y se hablan a los gritos, son pasionales, lloran y se reclaman cosas frente a cualquiera, piden plata con bebé colgado en brazos pero no la piden ni con vergüenza ni con desparpajo: lo hacen con desinterés, tanto que, si uno no los mira, ni se ofenden ellos ni uno siente culpa. Los pobres y locos, que son muchos y están por todos lados, son inofensivos pero parecen de temer, y ahí otra contradicción de Bucarest: si uno quiere puede o tener miedo o sentirse completamente seguro. En todas las cuadras hay un par ranchando. Los chiquitos siempre están medio en bolas jugando con alguna cañería rota y las madres siempre tienen bolsas con contenidos indefinidos como tienen las señoras de conurbano como mi mamá o mi abuela. Los locos hablan solos y se ríen o están cerca de la universidad vistiendo un traje antiguo y mirando al piso o están bailando en un concierto callejero o queriendo vender unas marionetas en la esquina de una panadería. Están en un balcón con un gatito mirando qué pasa en la vereda cuando todo el cielo se tapa por unas nubes pesadas y se larga una tormenta con rayos que parecen caer acá a la vuelta. Están.
El día de la tormenta habíamos salido a caminar con un sol que rajaba la tierra. Era nuestro primer día en Bucarest y no sabíamos para dónde disparar porque todo nos parecía inmenso, las posibilidades infinitas, no había tiempo que perder. Fuimos al parque que queda cerca de nuestro departamento, el Parcul Cișmigiu, un lugar repleto de niños con padres y de preadolescentes medio de levante. En el lago, unas chicas muy maquilladas gritaban porque el chico con el que estaban en el botecito se movía para un lado y para otro haciendo como que las iba a tirar. Desde el puente algunos mirábamos el espectáculo como viejos voyeurs, las chicas se dieron cuenta, les gustó y lo reforzaron. Gritaron más, se rieron, se salpicaron, revolearon uno de los remos y cayeron torpemente al agua.
Unos días más tarde iremos de nuevo al parque, ésta vez de noche. Habrá algunos guardias dando vueltas con linternas y controlando que nada se salga de la norma, algunas parejas chapando en el corredor de enredaderas, algunos grupos de amigos sentados en alguno de los innumerables bancos de madera, otros paseando a sus perros, y del lago saldrá una sinfonía de ruiditos animales que nunca sabré si son los sapos, los patos o alguna criatura de tres ojos y tentáculos.
Esperamos que pase la tormenta que se desató cuando mirábamos al gordo y su gatito debajo del techo de una parada de colectivo. Con nosotros espera una gitana jovencita con un bebé en brazos que nos mira con unos ojos celestes que atraviesan todo. Otra gitana la viene a buscar y desaparecen corriendo por alguna diagonal. Volvemos corriendo y mojándonos y saltando los charcos que se forman en las veredas que están todas rotas. Sabemos que estamos cerca pero no sabemos dónde estamos y cuando llegamos a casa nos encerramos sintiendo algo parecido a entrar a una zona de confort: un edificio rodeado de markets non stop atendidos por turcos, kioscos y tacheros.

Intermedio. El tren Budapest - Bucarest

Estoy en un tren eterno que va de Budapest a Bucarest.
 
Los boletos salieron carísimos pero arriba del tren no hay ningún servicio salvo un enchufe que se activa y se desactiva vaya a saber uno de acuerdo a qué.
 
Las butacas no se reclinan.

Las luces no se apagan.
 
Pero no me molesta: estoy tan cansada que en una hora voy a caer rendida y voy a tratar de acomodarme de alguna manera. Al menos pude sacarme las botas.
 
Estoy rodeada de rumanos.
Son ruidosos y beben mucho.
Beben de una petaca, de una botella de plástico con un contenido marrón, de una lata de cerveza.
Se pasean de uno a otro asiento con la bebida que tengan en la mano y algunos vasitos y ofrecen a los otros rumanos un vasito y la bebida. Brindan. Fondo blanco.
 
Hay un viejito de noventa años al que el pantalón marrón le queda grande y la camisa amarilla también. Camina de su asiento a todos los demás, está medio borracho y se ríe de todo. Mira y se ríe: de sus amigos, de los que lo entienden y le contestan pero también de nosotros, los blanquitos inexpertos que sólo trajeron algo de pan y queso para un viaje de dieciséis horas.
 
En diagonal a mi hay un señor con una cara muy colorada que no para de transpirar. Ni él ni su cara. Usa un mismo papel higiénico desde que nos subimos para secarse el sudor, para dejar de chorrear.
 
Hay otros viejos, uno con una camisa con motivos falsos Versace, short de fútbol, medias de vestir y mocasines. Otro pelado, con bigote canoso. Otro que renguea. También están sus mujeres, unas señoras que no hacen mucho más que reírse de lo que dicen sus hombres mientras los miran beber y les ofrecen alguna otra cosa para comer.
 
El viejito del pantalón marrón le muestra a otros su documento. Enfoco con fuerza –cada vez me cuesta más ver de lejos- y descubro que en la foto está vestido de uniforme. Se lo digo a Juan y me dice: “Este tipo vio todo. Desde que terminó el imperio hasta que derrocaron a Cecescu”. El viejito vuelve a su asiento y empieza a comer: con una mano agarra un pedazo de cerdo y con la otra un cuchillo, corta y come del cuchillo, se chupa los dedos y termina pasándose las manos por el pantalón.

lunes, 9 de junio de 2014

Budapest. Páprika

En Budapest decidimos no gastar en comida.

Nos la pasamos a papas fritas, sanguchitos en la plaza, pizza en la calle (una porción enorme y baratísima que nos salvó más de una vez y que es la pizza más rica que comí en mucho tiempo), falafel, döner, queso. Lo de siempre.

Pero reservamos para ir a comer la última noche en un lugar que nos recomendó el dueño del alojamiento porque nos dijo que si queríamos comida tradicional, Páprika era nuestro lugar.

Más tarde nos dimos cuenta que el mail que nos confirmó la reserva lleva el apellido del buzón de correo de nuestro departamento y dudamos que no sea el mismo Peter el que esté detrás de las hornallas de Páprika.

Comimos sopa de goulash, goulash con lomo y lomo de cerdo a la gitana con papas. La sopa y los dos platos eran enormes y riquísimos. Comidas de invierno nada pesadas y a la vez súper sabrosas. La sopa tenía la cantidad justa de grasa y mi lomo de cerdo tenía un poco de gustito a ajo y a ahumado que se te hacía agua la boca con cada bocado.

Esta última noche volvimos del restorán (que queda cerca del Parque de la Ciudad) caminando, pensando en el viaje que estamos haciendo, en todo lo que ya hicimos y lo que nos queda por delante, en lo mucho que nos gustó Budapest y en cuándo podremos volver.

¿Podremos volver?