martes, 30 de agosto de 2011

jueves, 25 de agosto de 2011

No me juzguen

Estoy a menos de una semana de los 28 y eso me tiene alteradísima.
Y no es por la edad. Es todo el tema del cumpleaños.
Los cumpleaños.
Qué cosa más rara.

Criticona al pedo

Hoy estoy demasiado criticona.
Desde que me levanté que estoy despotricando contra un montón de cosas chiquitas, estúpidas y que no me incumben. Hacía mucho que no me pasaba. No me gusta la sensación.

Por ejemplo, acabo de huir de la cocina donde está Juan preparando la vinagreta para una ensalada porque era huir o morderme los labios hasta lastimarme para no hablar al pedo o decirle que le está echando demasiada sal o mucha pimienta o poco aceite o algo.

Así, de criticona al pedo.

martes, 23 de agosto de 2011

Prestar atención a lo siguiente

Lo voy a dejar así porque no puedo creerlo. En la entrada anterior, cuando hablo de la chica del negocio que no colaboró con mi estado de desorientación, escribí: Pregunté a la chica del negocio pero me repitió lo que yo ya sabía: "Acá es el 1475".

1 4 7 5, puse. Venía hablando de las numeraciones de la cuadra del cuatro mil trescientos y mandé mil cuatrocientos.

Dislexia

Cuando era chica confundía las palabras "caja" y "cáscara" y la unía en un horrible "cájara" que usaba indistintamente cuando tenía que decir una o la otra. La primera vez que me di cuenta que las confundía fue una tarde en la que papá me pidió que fuera al kiosco a comprarle una caja de fósforos y yo le pedí al chico que atendía (un chico que me intimidaba porque además de ser casi adolescente estaba muy lindo) una "cájara de fósforos". Volví con la caja de fósforos porque el chico entendió lo que yo pedía y porque cuando era chica hablaba más para adentro que para afuera y supongo que no se había dado cuenta del error. Pero volví pensando durante esas dos casas que separaban la nuestra del kiosco, que me había equivocado y repetía mentalmente "cájara" cada vez que pensaba en "caja" y cada vez que pensaba en "cáscara". Después pensé que se me había pasado pero de vez en cuando digo "cájara" en lugar de "caja" y me río y me acuerdo de esa tarde tan calurosa y soleada cuando por primera vez me di cuenta que las confundía.

De todo el tiempo que viajaba en colectivo para ir al trabajo, a la casa de algún novio, a la facultad o a pasear, mi entretenimiento preferido era jugar con los números. Hacía cuentas mentales sumando las cifras del colectivo en el que estaba viajando y también de los que veía pasar. Trataba de encontrar relaciones del tipo: si al 378 le restás x números te queda el colectivo que te lleva a Morón. Si al 96 lo multiplicás por x número el resultado es el que te lleva a Tigre. Si sumás el que te lleva a Ciudad Universitaria con el que te deja a dos cuadras de mi casa, tenés el número del que te lleva a la casa de Pablo. La casa de Pablo tiene como numeración el 1918 y ese 1918 parece más el año de una revolución que la numeración de una casa prefabricada. Me fascinaba y podía pasar horas restando, multiplicando, sumando y dividiendo numeraciones y cifras de colectivos o de casas o de números de teléfono: en una época sabía cuál era el resultado de la suma de todos los números de teléfonos de las casas donde había vivido.

Hoy a la mañana tenía que hacer algunos trámites. Específicamente: un depósito bancario y el pago de la primera cuota del taller, un taller que queda en un barrio que no conozco y siempre que tengo que ir a un barrio que no conozco me pongo muy nerviosa porque pienso que voy a perderme. Y no es para menos: siempre me tomo el colectivo en la vereda equivocada y siempre camino para el lado contrario del que tengo que ir. Anoté en un cuaderno el número de la cuenta bancaria y lo chequeé varias veces y varias veces me equivoqué el cinco con el dos y varias veces alteré el orden de los números y varias veces tuve que tachar y volver a empezar. Por supuesto, llegué al banco y lo único que me respondía la maquinita diabólica era un desesperante "el número ingresado es incorrecto". Hablé con el chico del banco, un goma que se quiso hacer el simpático pero no le salió, aunque le estaré eternamente agradecida porque me pidió un número de documento y me devolvió la solución a mis problemas "Acá. Este debería ser un dos".

En el lugar donde tenía que pagar un taller había una peluquería y al lado un negocio con ropa canchera y muy moderna comprada en Avellaneda y revendida a dos o tres veces de lo que había salido. En realidad, en ninguno de los dos lugares estaba el taller porque la numeración de uno a otro saltaba de 4375 a 4393 y yo tenía que ir al 4391. Pregunté a la chica del negocio pero me repitió lo que yo ya sabía: "Acá es el 1475". Quise decirle que ya sabía y quise decirle pelotuda pero me contuve porque estaba segura que la pelotuda era yo, y no está bien descargarse con cualquiera por un error que cometió uno mismo. Caminé por la cuadra y encontré el lugar donde dan el taller, la dirección era 4319. La había anotado mal.

domingo, 21 de agosto de 2011

Lo único que quiero

Es ropa con estampados de animalitos.

Igual los muebles se arruinaron

Las imágenes que tenía de las dos inundaciones que habíamos pasado en la primer casa eran las de una pileta inmensa con agua sucia y restos de cosas hundiéndose o saliendo a una superficie que no existía, porque el agua llegaba al techo y el techo no conformaba ninguna superficie donde se pudiera respirar. Había muebles rotos, pedazos de madera de una silla, una frazada mojada que flotaba. Nadaba, mejor dicho. Nosotros no estábamos, quiero decir que no nos veíamos o yo no los veía ni tampoco me veía a mi misma, como si ese fuera un territorio solitario, el fondo de un mar tercermundista donde sólo había basura, y las maderas, y la frazada. Nosotros estábamos pero nosotros no nos veíamos. Las imágenes que tenía de las dos inundaciones eran apocalítpicas, y sin embargo nunca me preguntaba cómo habíamos sobrevidido a semejante tragedia. Creo que para esa época tragedia, sobrevivir o apocalipsis eran cosas -conceptos- que desconocía. Después crecí. Me di cuenta que todos los muebles tenían una marca, una línea que los recorría: las patas de mesas y sillas, el sillón del living, el modular. Un quiebre, una línea divisoria que transformaba los uniformes muebles en muebles bicolores: las patas tenían un tono más claro que el respaldo de la silla y el sillón tenía una franja más oscura, casi negra, sobre su base. Sería, no sé, ¿a treinta centímetros del piso?

miércoles, 17 de agosto de 2011

Eso también es un cliché

Es, por supuesto, un cliché: dejé de creer en Dios el día que, sentada en el escritorio de mi viejo cuarto, le pedí que por favor no le haya pasado a mi hermana, y al final a mi hermana sí le había pasado. O sea: no es que le había pasado una cosita, le había pasado la muerte. Tremenda traición divina es irreparable. Ese día dejé de creer a pesar de haber seguido diciendo que creía y a pesar de haber rezado después de la muerte para que todo esté bien con el resto de mi familia y a pesar de haberme sentado a rezarle a la virgen durante varios días después del entierro para pedir que el alma de mi hermana descansara en paz. Lo miro retrospectivamente, ahora que asumí que aquel día dejé de creer, y veo que la obra de teatro en la que estaba metida era casi inverosímil, pero qué bien actuaba en ese momento.

Que en un entierro alguien llore a los gritos y otros miren al cielo y otros permanezcan quietos, que el sol raje la tierra a pesar de ser casi invierno y que todos te digan que seguramente está en un lugar hermoso, o que está preparando todo el cielo para nuestra llegada, o que decenas de chicos estén parados con una flor en la mano despidiendo a quien hasta la semana anterior había sido su profesora. Todo eso también es un cliché.

Saber que hoy no va a haber torta de cumpleaños porque desde el 2004 mi hermana no cumple más años o que no va a haber sorpresas ni desayunos en la cama ni regalos ni deseos ni velitas apagadas ni que los cumplas feliz. Desearle feliz cumpleaños donde quiera que estés, eso también es un cliché.

Que el día esté así, tan gris y oscuro, con una lluvia que amenaza pero nunca se desata, y que yo esté así, tan gris y oscura, con mi tormenta que también amenaza pero se queda ahí, contenida, bueno, eso también es un cliché.

Lo que sucede es lo siguiente: qué carajo haríamos si no tuviéramos todas estas mierdas de cliché.

martes, 9 de agosto de 2011

Siento que voy a enloquecer

¿Viste cuando hay un ruidito de fondo del que sos conciente pero no te molesta hasta que de un momento a otro pasa a ser lo más insoportable del universo y sentís que vas a enloquecer?

Bueno, eso, desde hace un ratito, con unos martillazos que están sonando desde las ocho y media pero que recién ahora se volvieron mucho más que irritantes.

Tampoco la pavada

Todo el mambito soberbio se me va cada vez que me acuerdo que en un mes empiezo un taller y me agarra esta sensación tan desagradable: todos van a ser mucho más grossos que yo y se van a burlar de todo lo que escriba.

Estoy feliz y soberbia y un poquito insoportable

Es casi mi cumpleaños y todos los años, cuando es casi mi cumpleaños, se me da por hacer balances mentales pero no de los que son cosas positivas y cosas negativas que me hayan sucedido en los últimos doce meses sino quién era hace doce meses y quién soy ahora. Cambié. O volví a ser lo que era, no sé. Hace doce meses gritaba más y decía más groserías. Hace doce meses hablaba horas por teléfono con amigas y me emborrachaba bastante más seguido, aunque sea en la soledad de mi casa. Volví a ser lo que era, es eso. Yo nunca hablé mucho y jamás grité, ni siquiera en medio de una pelea, a mi en las peleas se me da por la tristeza y la tara mental y no por la violencia verbal y menos que menos por la física.

Hace no mucho conocí a tres personas que conocía virtualmente, siempre son raros esos encuentros porque por más positivo, ameno o divertido que sea (o que sean, ellas) uno siempre tenía un preconcepto de lo que iba a encontrarse (preconcepto no es lo mismo que prejuicio, ¿no?). Y la realidad es otra, en general se aleja de lo que habíamos imaginado y eso, repito, no es ni mejor ni peor: es diferente. Algunos días más tarde o al día siguiente, una de las chicas dijo, entre otras cosas, que yo era una persona dulce y buena. Sí, soy buena. No, no soy dulce. Me pregunto qué habré hecho para dar la impresión de dulzura que mi madre siempre me reclama: qué poco demostrativa, qué poco que hablás, nunca contás nada. Sí, soy buena. O no, eso no lo sé. Creo que es más bien indiferencia: a veces puede confundirse indiferencia con bondad. Parece un disparate pero que, por ejemplo, yo no hable pestes de alguien, no significa que sea buena o que la quiera o que la aprecie o que lo que sea: me es indiferente, me chupa un huevo, no tengo opinión porque formar una opinión sobre eso me parece una pérdida total de tiempo. No es bondad. Es indiferencia.

En los últimos tiempos, esto es como una vuelta a la adolescencia, una adolescencia que, me parece, fue una adultez temprana (después, en la adultez propiamente dicha, tuve una regresión, como una adolescencia tardía, con todo lo que eso acarrea y que por suerte estoy superando), todo me es indiferente. No me interesa nada de lo que haga nadie mientras a mi no me rompan las pelotas. En serio. Es un período de lo más tranquilo: como no me importa lo que hagan o dejen de hacer los demás, me limito a acompañarlos en el sentimiento. Esto es: si te hace feliz, buenísimo, si te enoja, cambialo. El fin de la etapa del prejuicio (esto se relaciona con lo del párrafo anterior: no es bondad de lo que estoy hablando). En general, y esto tal vez sí sea negativo, todos los problemas que me cuentan (incluso, dos o tres veces por semana, los que me auto-cuento) me parecen pelotudeces. Como si la indiferencia por todo llegara a un nivel superior en el que todo absolutamente todo me parece una boludez. Y esto, por supuesto, esta empatía del "si te hace feliz, buenísimo", peca por momentos de una soberbia rara: YO te entiendo. YO estuve ahí. YO puedo estar feliz porque sé por lo que estás pasando. YO estoy de vuelta. VOS me chupás un huevo.

Esto feliz, pero es una felicidad tan apacible y tranquila que me recuerda, y esto lo digo de verdad, a cuando tenía dieciocho años y me quedaba mirando películas toda la noche, sola, en el sillón de mis viejos. Me recuerda a ese tiempo adolescente de edad y adulto de cabeza, ese momento en el que no me hacía problemas por tipos boludos (cuando hablé antes de la adolecencia tardía, por ejemplo, estoy hablando de tener problemas de quince a los veintidós). Estoy feliz y soberbia y un poco insoportable.

domingo, 7 de agosto de 2011

En el mundo hay cosas difíciles e imposibles de digerir.
Ninguna como saber que mañana tengo que levantarme a las seis y media de la mañana para ir a trabajar.

martes, 2 de agosto de 2011

Rutina

Es todo risas hasta que uno de los dos dice esta conversación se está volviendo un poco rutinaria. Una explosión de sinceridad que no se esperaba y que el otro toma como cualquier cosa que no se espera: etapa sorpresa, etapa enojo, etapa tristeza, etapa solución.

Yo, por ejemplo, soy una dualidad con piernas: mi mayor temor es la rutina y soy la persona más rutinaria que conozco. Yo tengo rutinas para bañarme, para cambiarme, para cocinar y para ordenar o limpiar. Tengo rutinas para trabajar (o las tenía, qué sé yo, ahora estoy con toda la cabeza laboral dada vuelta) y tengo rutinas para el ocio. Me gusta la rutina y al mismo tiempo me aburre lo previsible de mis rutinas, yo sé que mañana voy a desayunar un café con leche, dos tostadas con queso y un jugo de naranja. Sé que voy a preparar todo eso y me voy a sentar a chequear mails o boludear un rato y que después voy a empezar a trabajar y que cuatro horas más tarde voy a tomarme un recreo para lavar platos, ordenar ropa y armar la cama. Y después voy a seguir trabajando pero voy a parar para elegir una película o serie para ver a la noche y voy a dejarla cargándose o bajándose. Y puedo seguir. Puedo detallar exactamente en qué orden voy a guardar la ropa, cómo voy a armar la cama o a qué hora voy a cerrar las ventanas porque ya está todo ventilado y tengo frío. Y lo sé hoy, a veinticuatro horas de que todo suceda, y lo sé porque soy así: pura rutina. Por eso, y porque trabajo en silencio y sola y encerrada y nunca cruzo palabras ni tengo compañeros de trabajo, me considero una persona aburrida. No, me corrijo: soy divertidísima pero en mi vida no existe la anécdota del día o el episodio que solamente sucedió hoy y nunca más. Soy costumbre. Si me preguntan qué tal tu día, no puedo decir demasiado. No me gusta hablar.

Es difícil convivir conmigo misma en medio de las rutinas que me impongo y que me aburren tanto. Pero de vuelta: las necesito. Necesito los mecanismos y necesito los procesos casi mecanizados. Si no están me desesperan. Pero me aburren. Pero son mis rutinas y me las banco. Nadie tiene que soportarlas. Soy yo con mi necesidad del orden. Yo con mi necesidad del método. Soy yo.

Cuando alguien dice qué rutinaria esta conversación, lo que escucho es qué aburrido es estar con vos. Es como cuando una amiga que querés mucho está enamorada de un pelotudo con el que se pelean y se amigan dos veces por semana y cada vez que se pelean y se amigan ella corre a contártelo y vos la escuchás seis meses y al séptimo le decís siempre lo mismo con ustedes. Primero, tu amiga se sorprende porque le parece imposible que su amiga del alma y el corazón la esté cortando tan en seco cuando lo único que tiene que hacer es escuchar la misma canción aunque ya se la sepa de memoria. Al toque, no pasan minutos entre una cosa y la otra, tu amiga se enoja con vos, te dice qué guacha, yo vengo a contarte cosas importantes y vos me decís ésto. Esta etapa del enojo puede durar horas, días, semanas o meses, vas a seguir viéndola pero ella no va a contarte nada y en las conversaciones va a haber un remanente de enojo, casi imperceptible, esa incomodidad que se genera entre lo dicho y lo no dicho, lo que cuenta cada una y lo que calla porque las dos sabemos que, en el fondo, algo se quebró. Acompañando esta sensación de quiebre, viene la tristeza de las cosas nunca van a ser como antes, vos extrañás la novela de tu amiga y tu amiga tiene dieciocho capítulos que todavía no te contó. Ahí hay perdones, abrazos, mails, cenas o algo que reoriente todo a la amistad que tenían antes. Eventualmente, con las amigas, todo se soluciona.

En una pareja, en cambio, no sé si hay una vuelta atrás. La palabra rutina es como un monstruo invisible que se va apoderando de los dos y cuando se hace explícita se convierte en el peor enemigo que pueda imaginarme. Yo no sé si se puede volver de la palabra rutina en una pareja, se puede cortar con la rutina por un rato, se pueden implementar placebos, engaños, pero la rutina siempre va a estar ahí, en forma de conversación repetida, convivencia frustrada o respuestas automáticas hasta que uno de los dos, casi sin darse cuenta, vuelve a decir qué rutinario todo esto.