viernes, 30 de abril de 2010

Como buena minita, me voy tres días a la playa y me llevo tres cuartos del placard.

martes, 27 de abril de 2010

Next!

El: Tomá, por si querés guardarla (me da la entrada del cine)
M: ¡Buenísimo! Voy a pegarla en la agenda (sonrío exagerada y pongo tonito burlón)
El: Bueno, podés hacer lo que quieras. ¿Tenés agenda? (pregunta serio)
M: Era un ironía (digo con tono de obviedad)
El: ... (levanta las cejas)
M: Claro, como las quinceañeras, que pegan todo en la agenda (trato de explicar el chiste)
El: ... (levanta los hombros)
M: Nada, dejá (saco la baderita blanca)

lunes, 26 de abril de 2010

Ojota

No es lo mismo cerrado que clausurado.

El acolchado inmaculado

Mamá Culpa, luego de escucharme casi sin voz y moqueando como una condenada, resolvió regalarme un acolchado. Resulta que ahora mi cama es una prolongación del cielo. Tengo una nube gigante y suavecita, toda blanca y rellena de plumas chiquitas. Además, papá me dio un ramo de veinticinco rosas rojas: supongo que le pareció divertido jugar con el paralelismo edad/ cantidad de rosas, aunque le haya errado (casi) por dos. Yo nunca elijo rosas rojas, no me gustan demasiado. Pero el ramo que trajo papá es hermoso. Las puse en un estante, arrriba de mi cama. Son casi el único toque de color en ese rincón de ropero blanco, computadora blanca, acolchado en forma de nube. Planeo convertir ese rincón. Me cansé del blanco inmaculado. Sale conjunto blanco, celeste y rojo. Vamos a hacer convivir al cielo y al infierno. Porque no sé ustedes, pero para mi, el cielo y el infierno son lo mismo.

PS: Hoy me desperté con olor a rosas clavado en la nariz. Casi les doy un tarascón, de lo rico que se sentían.

viernes, 23 de abril de 2010

"Hoy estás medio nasal" dijo cuando me saludó, y sonrió con una bocota de dientes torcidos y amarillentos.

Yo creo que en realidad quiso decirme "Hablás como gangosa, parecés medio boluda, y me voy a reir de vos todo el día".

Eso es lo que hubiera pensado yo, si la enferma hubiera sido ella.
Como que nunca se te quita lo boluda.

jueves, 22 de abril de 2010

Yo le decía "Te amo", él preguntaba "¿De veras?" y yo respondía "De veritas de veritas". El estar enamorados nos había convertido en dos seres detestables.

Fea

El colectivero tuvo que repetirme varias veces "¿Cuánto?" porque yo estaba completamente petrificada, examinando su pulsera, un mamotreto símil plata con una inscripción gigantesca que decía "FEA".

Playa

Algunas mañanas, Almagro huele a Costa Atlántica. Incluso me cruzo con varios pares de jubilados enchancletados haciendo sus caminatas diarias, otros caminando con el diario bajo el brazo, algunos llevando reposeras.

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Como todos los días de mi vida, hoy estaba renegando, metida en la cama, porque no quería levantarme. Empeoraba la situación haber dormido mal, tener la nariz tapada, una tos inmunda y la voz gangosa. Saqué la manita por un recoveco y agarré el control del equipo de música. Apunté por encima de la cama, y prendí la radio: Aspen. Hacía mucho que no me despertaba escuchando Aspen. Cuando empezó a sonar el tema, me levanté de un salto, y puse un buzo re canchero que nunca nadie va a ver porque no llega siquiera a ropa de domingo, y me fui bailando a la cocina a preparar el desayuno.

Mientras bailaba, pensé:
-Qué mal bailo, dios mio. Le pongo garra pero no hay manera.
-Cómo es que no me despierto con esta radio todos los días.
-La semana que viene no, pero la otra, me anoto en el gimnasio.


miércoles, 21 de abril de 2010

Carreras de caballo

Me reconforta seguir siendo medio campesina. Todavía descubro ciertas costumbres citadinas que me alegran el día y me hacen sentir en un permanente turismo aventura.

Son seis cuadras y medias las que separan la parada del colectivo de la entrada de mi casa. Camino por Corrientes, y a veces desearía tener a mano una bolsa de alimento para ir dándole a los especímenes que se presentan ante mis ojos, inverosímiles, salidos de películas de hace veinte años, caminando impunes en un tiempo que no les pertenece.

Los de hoy no caminaban. Miraban, expectantes, un televisor. Estaban dentro de un local, sentados en hileras de sillas de oficina con tapizados grises por naturaleza, amarronados por el paso de los pantalones sucios. El televisor colgaba de un soporte, en una esquina, y todos los hombres tenían la cabeza apuntando casi al techo, y girada hacia la izquierda. Supuse que lo que ganaban, deberían gastarlo en masajistas. O barritas de azufre, si seguimos la línea temporal en la que se manejan. La mayoría tenía sweters escote en v de bremer, en colores: verde oscuro, marrón chocolate y beige. Jeans clásicos, y en los pies una cruza de zapatilla y mocasín acordonado. Muchos gordos. Bastantes canosos. No aparentaban ser hombres muy golpeados por la vida, mas bien mantenían cierta compostura frente a los vaivenes emocionales: la mayoría permanecía de brazos cruzados y apenas movían la cabeza hacia abajo ante la derrota, hacia el cielo con ojos cerrados (supongo que en señal de agradecimiento) frente al triunfo. Los mas osados manifestaban sus nervios simplemente con bailecitos casi imperceptibles de pies o apretujones de manos seguramente transpiradas.

Los miré un largo rato, detrás de la vidriera, como si estuviera frente a un acuario, mientras trataba de disimular paneando la mirada hacia las tiras de papeles coloridos que colgaban del local. Los miré y pensé en cada uno de ellos, y en todos ellos al mismo tiempo: parecían una masa uniforme que se conocía hacía años y siempre frecuentaba el mismo local. Se miraban de reojo y cruzaban poquísimas palabras. Los pensé en otro contexto, y no me fue posible: esos hombres, esa masa uniforme de sweters de bremer con cuellos contracturados sólo podía existir ahí, en esas sillas grises, en ese local con tubos fluorescentes, en ese instante mágico previo a la largada, en ese polvo que cubre la pantalla del televisor casi al mismo tiempo que suena el timbrazo, en ese galope desenfrenado, en esa miradas esperanzadoras de volverse millonarios en cuestión de segundos.

Tristeza

La temporada otoño invierno arranca con un candado gigante en la puerta de la casa tomada.

Todo, absolutamente todo lo que se me ocurrió escribir estos últimos días, tiene un tonito melancólico y medio emo que no lo podés creer.

Entonces, hasta la tarde (momento en el que se me va a terminar la melancolía, porque así lo determiné) me quedo callada y después vuelvo con todo.

martes, 20 de abril de 2010

viernes, 16 de abril de 2010

¡Perversos!

Ustedes, perversos, quieren hundirme. Se imaginaron truculentas historias con ex, papelones en la vía pública o algún encuentro con innombrable. Nada mas alejado, malditos morbosos. Yo simplemente quería contar que anoche había hablado con mi almohada, le había dicho "qué bueno, qué bueno que vos siempre vas a estar conmigo" y la había abrazado fuerte antes de cerrar los ojos.

(acá iba a contar algo recontra humillante que borré porque me dio demasiada vergüenza)

jueves, 15 de abril de 2010

Infelicidad

Le dije "mirá, qué triste, la chica esa" y mientras ella se daba vuelta para mirarla me corregí: "no, no es tristeza, es infelicidad. Tiene cara de infelicidad".

Hundida en un sillón, la chica de jean ni claro ni oscuro y campera de abrigo, miraba atenta el negocio que estaba frente a ella: un lugar que no sé qué nombre recibe pero se dedica a vender muñecos para tortas. Casi inmóvil, miró todos y cada uno de los muñequitos desde su asiento. Y cuando terminó de examinarlos, se levantó y caminó hacia la escalera mecánica. Recién ahí, pudimos ver que llevaba una riñonera.

El día que empezás a chusmear en la panadería

Yo te advierto: la mutación de joven exitosa, trabajadora, bonita y divertida a vieja gorda en batón y ruleros no avisa, no toca el timbre ni pide permiso. Pasa directo. La mutación es atolondrada y repentina. Se lleva todo por delante y te deja culo pa´l norte. Te olvidaste de la belleza y la jovialidad y entraron en tu rutina cotidiana el té de boldo y las tres o cuatro almohadas para mirar televisión y el dolor de cintura a la mañana, oh, qué dolor, debo haber dormido toda doblada.

Asi es como un día, te ves a vos misma pero ya no sos la misma. Estás en la panadería, pidiendo criollos (o libritos, diría mi madre) y mientras con la boca decís "dame esos, y esos, los blanquitos" y preguntás si los hicieron hoy, con los oídos estás tratando de escuchar lo que cuenta la cajera de la panadería. Lo que cuenta involucra un policía, una señora de campera amarilla (la cajera se acerca a la puerta y señala la vereda de enfrente y hay una señora de campera amarilla y dice "esa es, la de campera amarilla", después vuelve a la caja), un policía que escuchó los gritos, un "raterito" que salió corriendo. No entendés bien si estamos hablando de ahora o de hace un rato. Si el robo se concretó o fue un amague. Escuchás que hablan de los chicos que siempre se sientan a tomar unos drinks en la casa de al lado, uno de ellos tiene muleta y nunca, jamás, te dijeron algo desubicado. Pero al parecer, por lo que escuchás, pero no entendés del todo, son cómplices. Entonces hay: panadería, intento de robo, policía, señora de campera amarilla, cómplices, "ratero". No entendés la historia. Y como no entendés y te morís por entender, agarrás tu bolsita con el cuarto de criollos, caminás a la caja y ahí sí, aceptando que todo lo jovial que fuiste alguna vez va a desaparecer, te acodás en el mostrador y preguntás, como quien no quiere la cosa, mientras buscás cambio en la billetera: "¿Qué pasó?".

lunes, 12 de abril de 2010

De la comedia romántica a la historia de amor II. El punto final

Desde hace un tiempo me sucede algo extraño: tengo un pequeño delay a la hora de reaccionar. Escucho noticias que deberían ser devastadoras, y me acostumbro a ellas como si siempre hubieran estado ahí: las naturalizo. Y cuando las considero parte de mi, cuano creo haberlas entendido, viene la tormenta. Esta vez no fue diferente. Escuché la noticia, naturalicé, entendí, y lloré.

Casi como un presagio, algunas semanas atrás escribí lo difícil que resulta aceptar que la comedia romántica que estábamos escribiendo en nuestra cabeza era en realidad una historia de amor que tendría, inevitablemente, un final que jamás se asemejaría al "happily ever after". Es difícil escucharlo, es difícil aceptarlo, y a veces resulta casi imposible poner el punto final.

Yo ayer coloqué el punto final. Desde el sábado que estaba con la escena en la cabeza, y la naturalización que había hecho no me permitía cerrar el guión. Necesité un domingo. Un domingo como el de ayer, que olía a verano. Un domingo pesado y solitario. Una cama desarreglada. Un paquete de cigarrillos. No poder concentrarme en leer y no entender por qué. Caminar de la cama a la cocina y de la cocina a la cama. Escuchar canciones sin prestar atención. Hacer un zapping escandaloso frenando en un canal de noticias que se instalaría como parte del sonido ambiente. Y en ese momento, sin nada espectacular alrededor, entender.

La escena final ya estaba escrita. No había vuelta atrás. No había punto de giro que modificara nada. Sólo faltaba el final, el punto final. Y mi punto final fueron cuatro horas de llanto. Cuatro horas de estar tirada en la cama, mojando la almohada, con los ojos pesados y colorados. Cuatro horas me costó entender que ya no tendría en quién pensar. O, peor, que tendría que pensar en mi. Cuatro horas de asimilación de lo que nunca fue, de lo que nunca será. Cuatro horas. Y punto final.

Después de ese punto final todo fue claridad: la nuestra no había sido una comedia romántica, ni una historia de amor. Y el final feliz existió. El final feliz es éste: yo queriéndote tal vez mas que nunca. Hoy todo estaba igual que siempre. La gente caminaba a la parada de colectivo con ojeras y cara de lunes, los porteros baldeaban las veredas y una señora me robaba el asiento del colectivo. Pero para mi hoy no fue igual, hoy salí a la calle con anteojos negros que tapaban mis ojos todavía hinchados, y sentí el sol de la mañana en la cara, y supe que había hecho las cosas bien. Que había sido valiente. Y sonreí por eso.

Agradezco, entonces, haberme cansado. Haberme cansado de probar con la puntita del pie si el agua estaba fría o no: haberme tirado a la pileta. Agradezco haber tenido alguien que me dijo "dale, mandalo" desde el otro lado del teléfono. Y me quedo con eso. Me quedo con este final feliz. Me quedo con los pocos que sabían de la historia y se enteraron del desenlace casi en simultáneo. Me quedo con el "llamame a la hora que quieras". Me quedo con la compañía eterna vía chat de una amiga incondicional. Me quedo con el respeto de los que leyeron mi "hoy no tengo ganas de hablar". Me quedo con las palabras de un amigo, que leyó mi zambullida, y me dijo "sos una DIOSA". Así, en mayúsculas. Con eso me quedo.

Y brindo por el comienzo de otra historia. Brindo por haberme hecho cargo de lo que me pasaba. Brindo porque no me lastimaste. Brindo por mi valentía. Brindo por tu sinceridad. Brindo por nuestro final feliz.

Las minitas también somos fuertes y podemos superar cualquier obstáculo que se nos presenta.

Son pocas las veces (poquísimas, diría) que vale la pena correr el colectivo.

Usaba un anillo grandote en el dedo meñique.

viernes, 9 de abril de 2010

El chico que estaba sentado al lado mio en el 65 usaba One de Calvin Klein y yo sentí que tenía de nuevo quince años.

Mantra de viernes

Vos te lo perdés
Vos te lo perdés
Vos te lo perdés
Vos te lo perdés
Vos te lo perdés

Repetida

No, dale: no me digas esas cosas con ese tonito porque me desarmo.

Ayer

Mi ego y yo estábamos despedazados.
Hoy no tanto.
Mañana, nada.
Pasado, vemos.

jueves, 8 de abril de 2010

Recién, en la calle

Yo muerta de frío, y la jovencita esa muy de musculosa.

SPM

Acción: ver un perro haciéndole fiesta a su dueño.
Reacción: llorar.

Enemiga

Ella, mi archi enemiga. Archi enemiga fabricada por mi. Porque él la miraba demasiado. Porque en una fiesta estaba mas con ella que conmigo. Porque se notaba en sus ojos que la quería desnudar. Mis celos. Inventados o no, existían. Y esos celos la convirtieron en mi archi enemiga. Hoy me saludó. Mi archi enemiga. Pasó por mi oficina, entró, y me saludó. Y lejos de verla como archi enemiga, lejos de sentir celos y querer arrancarle las chuzas, sonreí. Le pregunté cómo estás, en qué andás, estás trabajando. Y le dije estás mas flaca, te queda lindo, estás linda. Está igual, en realidad. No está mas flaca, ni está mas linda. Está como siempre, linda y flaca como siempre. La diferencia es que ya no es mi enemiga, ya no siento celos de ella, ya no estoy enamorada de él.

Hereje

En medio de una caída llena de lágrimas y chocolates, puse El Gourmet (mi remedio preferido para los días horribles) y me encontré, de un segundo al otro, gritándole "hereje" al señor que en lugar de hacer un asado con ensalada, estaba haciendo unos vegetales a la parrilla para acompañar un carpaccio de lomo.

A veces me da bronca

Ser buena y que terminen cayéndome mas que bien todas las minas que me cagaron pibes.
Ser buena y dar pasos al costado mientras mi corazón queda todo roto.
Ser buena y escuchar cosas que no debería escuchar.
Ser buena y resignarme.
Ser buena.

miércoles, 7 de abril de 2010

Carlos, volvé

Cada uno en una silla, en la última reunión social con bloggers, todos nos preguntamos quién eras. Nos preguntamos de dónde habías salido y cómo habías llegado a nuestros blogs. Nos preguntamos, también, por qué nunca usabas signos de puntuación. Algunos se rieron. Otros te defendieron. Algunos, como yo, recordamos comentarios maravillosos: "sos el sol del amanecer", "tal vez sea un político" y "las conversaciones son privadas". Esos fueron los hits.
Nunca lo confesé, pero con una amiga nos escribimos al estilo Carlos. Hacemos una oración que no tiene comienzo ni final y siempre tiene que leerse sin respirar porque no hay comas ni punto ni enter ni nada y termina en general con un besos eme que nos parece maravilloso. El Comando Carloncho te reclama. ¿El Comando Carloncho sos vos?
Hubo conjeturas sobre tu existencia: ¿existe Carlos? ¿Hay alguien que firma haciéndose pasar por Carlos pero en realidad es otra persona? Algunos me miraron. Me dijeron "pensé que vos eras Carlos". No. Lamento informarles que no soy Carlos.
Desde el día que te nombramos durante mas de media hora, desapareciste. Te esfumaste. De la misma manera que un día empezaste a comentar, ahora no estás. ¿Estás ahí Carlos? ¿Quién sos? ¿Te llamaste al silencio? ¿Dónde estás? ¿Se te cortó la luz y te quedaste sin internet? Nos estás preocupando Carlos, eso no se hace.
Un gran amigo me mandó un mail con un link a una noticia. En la noticia se revelaba el nombre del amante del queridísimo Ricky Martin: Carlos. ¿Sos el mismo Carlos? ¿Ahora que podés franelear en libertad con Ricky dejaste de comentarnos?

Volvé Carlos. Te extrañamos.

lunes, 5 de abril de 2010

Sobredosis de TV

Qué fuerte me resultó escuchar a Nicole Neumann decir "colitis".

Soy mi vieja II

En el primer cajón, además de los cubiertos y las bolsitas chiquitas para la yerba, guardo los alambrecitos del pan lactal (y afines), por las dudas.

Promesa

Había prometido que si me aumentaban el sueldo me anotaba en el gimnasio.

Me aumentaron el sueldo

Me quiero matar.
Hoy, mi compañera de trabajo, viste una elegante campera con corderito.

Mínima y pelotuda

¿Ya entraste a la nueva boludez que me va a entretener durante esta semana?

domingo, 4 de abril de 2010

Dice mi madre, sobre el torero

"Mirá cómo me torea ese mosquito,
apoyándose en la pared recién pintada".

Resurrección

En corcondancia con la fecha que estamos transitando y acorde a todo lo que fumé y tomé en estos días, mañana yo debería resucitar a la vida normal, al menos, con forma de Adriana Varela.

sábado, 3 de abril de 2010

Sos vieja cuando tus salidas no pueden definirse exactamente como fiestas, sino mas bien como reuniones sociales en las que todos tienen silla.

También podés pensar que el final feliz existió: que el no avanzar con una comedia romántica que no iba a ser real, es verdaderamente el final feliz. No era para vos. Aceptar eso, es querer tener un final feliz, para uno mismo.

viernes, 2 de abril de 2010

En las reuniones familiares de mi infancia, amenizábamos el momento y movíamos el cuerpito al ritmo de Malagata.

jueves, 1 de abril de 2010

Si yo me leyera, a veces también pensaría que soy infeliz.
Pero no. Nada pero nada que ver.
Solamente soy minita.
Y eso es demasiado, te juro.

En el colectivo me miraba un viejito.
Me miraba y sonreía.

De la comedia romántica a la historia de amor

Aquella no sería la primera ni la última vez que confundo mi vida con una comedia romántica: tengo la incontrolable costumbre de hacerlo. Me baso en introducciones, elaboro nudos complicados y llenos de enredos que desembocan, siempre, en grandilocuentes e imposibles finales felices. Hay un momento, aquel en que uno se sienta a escribir el guión de esa comedia romántica, en el que inconcientemente transforma la realidad, escuchando palabras que nunca fueron dichas o soñando escenas que nunca sucedieron y nunca sucederán. Y por esos mismo, la escritura (invención) de una comedia romántica (based on a true story,) termina por convertirse en un arma de doble filo: mientras en la realidad hay palabras sin segundas intenciones y miradas sin ningún tipo de complicidad, en la fantasía se convierten en escenas con besos y miradas con ojos vidriosos. Aun asi, sabiendo que las comedias románticas son una película que jamás es based on a true story, aun sabiendo que la comedia romántica no es mas que un placebo para una vida que no conoce mucho de finales felices, no puedo dejar de escribirlas.

Con él escribí un guión precioso. En la fantasía, después del segundo punto de giro, hubo un beso en una cocina, un domingo mirando películas dobladas al castellano, una tarde de silencios, otra llena de palabras y nunca una despedida. Hubo un final feliz, una canción que después sería nuestra canción, un fundido a negro y un "happily ever after".

En la realidad, en cambio, no llegaron ni el segundo punto de giro ni el climax. O, al menos, no como yo esperaba. Porque el segundo punto de giro fue frío y determinante. Fue el punto final de un guión que luego, con dolor, tuvo que cambiar. Mutó. No fue mas una comedia romántica, se convirtió en una película de amor.

Esa tarde, él lo dijo en voz alta, con la frialdad y el tono del que lee la lista del supermercado: "Nunca me enamoraría de alguien como vos". Y aunque esas no fueron sus palabras, ese era el mensaje. Y aunque no estaban destinadas a mi, esas palabras fueron las que cambiaron mi guión. Y yo, que quería susurrarle "take me down to the paradise city", tuve que agarrar unos violines y arrancar una melodía triste y melancólica que declara el final de lo que nunca se vivió. Yo quería una comedia romántica, quería enredos graciosos, palabras con doble sentido. Y tal vez lo mas doloroso fue darme cuenta que no hay manera de encontrar un final feliz. Por primera vez en mi vida sentía que había elegido bien, que no estaba frente al prototipo que me gusta: no era un hijo de puta carilindo e histérico que me dejaría con el corazón partido en mil pedazos. Era diferente. Estaba convirtiendo en protagonista de mi comedia al que en cualquier otra de mis historias hubiera sido el personaje secundario. Estaba haciendo las cosas bien, ésta vez estaba segura de estar escribiendo todo para un final feliz.

Cuando lo dijo en voz alta, lo sentí casi como una puñalada y los ojos se me llenaron de lágrimas, tuve que pedir permiso y salir del lugar, tuve que tragarme las lágrimas, hacer como que aquí no ha pasado nada, y sonreir, como siempre, hacer los mismos chistes de siempre, los mismos comentarios estúpidos de ex rubia que de inteligente tiene poco, tuve que seguir siendo como era hasta ahora, sólo que el final de mi guión se había transformado. Asumí con tristeza que había cambiado. Y supe desde ese momento que sería complicado reescribir todo. Que sería difícil no derramar lágrimas por una comedia que yo sola inventé, por una estructura narrativa que estaba basada en una simple fantasía. No fue fácil, no es fácil, asumir ese punto de giro. Y el climax serán lágrimas, el climax serán distancias, resignaciones, separaciones o muertes. El final tendrá un fundido a negro, y los créditos aparecerán en letras blancas, con una música que se irá apagando de a poco. El "happily ever after" nunca aparecerá.

Cuando escuché y sentí sus manos en mi teclado escribiendo "The end", recordé que existe una cuestión de género que siempre paso por encima, que niego por aburrida: las comedias románticas tienen finales felices, las historias de amor no. Y a pesar de que uno siempre busca la comedia romántica, la realidad está llena de historias de amor. Y en el momento en que tu comedia romántica se transforma en una historia de amor, no hay nada mas por hacer. El final está escrito. Y ese final, repito, por una cuestión de género, nunca es feliz.