martes, 27 de septiembre de 2011

El algodón

Una mañana le dije a mi mamá "creo que me vino la menstruación".
El "creo" implicaba justamente la duda, sabía que estaba pasando algo pero no estaba segura si esa cosa marrón que me había salido era sangre, o sea menstruación, o cualquier otra cosa, una lastimadura, un pis medio extraño.
Mamá me dio un pedazo de algodón y me enseñó sobre la disposición y me dio un pedazo extra, envuelto en una bolsita, para que me lo cambiara en el colegio.
Cambiarme el algodón en el colegio, esa vez y todas las veces que siguieron, era la situación más patética de mi preadolescencia: esa primera vez era verano y yo andaba en short y remera y no tenía bolsillos por ningún lado, así que cerraba el puño bien fuerte, con el algodón enrollado bien chiquito, levantaba la otra mano y pedía permiso para ir al baño, salía y seguía con el puño apretado y cuando llegaba al baño estaba segura que todos se habían dado cuenta y estaban burlándose de mi. Todas las veces que siguieron, en especial las veces en invierno, ya no fueron tan traumáticas como las primeras del verano pero eran igual de incómodas y vergonzosas. Yo no podía permitirme que alguien se diera cuenta de que en la mano llevaba un algodón que serviría de apósito porque yo menstruaba como las mujeres grandes.

El fin de semana después del "creo que me vino la menstruación", fuimos con mi familia a un cumpleaños y en el cumpleaños mi papá se acercó y me dijo que mi mamá le había contado que yo me había hecho señorita y que por eso quería felicitarme. Yo no tengo un recuerdo muy lúcido sobre esa primera menstruación (más allá de lo del algodón y la novedad, quiero decir) y no sé si estaba ofuscada, contenta, triste, nerviosa o con miedo a quedar embarazada porque aunque era virgen y lo sería por bastante tiempo más, ahora ya podía quedar embarazada. Existía la posibilidad, y era algo que no puede negarse y era algo inevitable y no había vuelta atrás. Si me violaban, podía quedar embarazada. Si venía el Angel Gabriel, también. No me acuerdo si le agradecí a mi papá esa felicitación o si me puse colorada o si me fui corriendo al baño. De lo que sí estoy segura es de que esa felicitación no fue una iniciativa de mi papá sino de mi mamá, que le debe haber dicho "es un día importante, es un momento importante, andá y felicitala" y estoy segura, además, que el momento de la felicitación fue uno de los momentos más tensos en la relación con mi papá (de todas las situaciones incómodas que mamá le hizo pasar a papá conmigo, ésta de la felicitación por hacerse señorita y la otra, la del día que me dijo "así que estás de novia" pelean cabeza a cabeza por el puesto número uno).

Lo que más me molestaba, y fue una molestia que creció con el tiempo (o sea: a medida que mis amigas empezaron a menstruar), era el uso del algodón. Yo no entendía por qué estábamos usando algodón (cuando digo "estábamos" me refiero a mi, mamá y mi hermana) y no unas regias toallitas femeninas que no eran muy caras y además eran más lindas y, seguro, más higiénicas. A mi no me daban plata, y en esa época ni siquiera salía así que no tenía vueltos para guardarme y por eso, comprarme toallitas o tampones estaba fuera de mi alcance. Creo que alguna vez le dije a mamá que quería toallitas y mamá me dijo que era lo mismo y que no jodiera. O tal vez no se lo dije nunca por temor a escuchar esa respuesta que acabo de escribir. Una vez le dije a mi hermana que quería toallitas y mi hermana me dijo "Paraaaa qué te hacés". Algunas veces prefería menstruar en casa de mis amigas porque todas mis amigas tenían madres cancheras que les daban toallitas e incluso había algunas, las más osadas, que inculcaban y alentaban el uso del tampón.

Usar algodón era algo que ni siquiera le contaba a mis amigas, ese era el tipo de vergüenza extrema que yo sentía por tener un hábito tan atemporal. Con el tiempo empecé a salir, me quedaron vueltos, me compré toallitas que escondí para que mi mamá no vea. Después mi mamá las debe haber descubierto, porque de una menstruación a otra empezó a comprarme unas toallitas Lina que eran grandísimas y mucho más difíciles de esconder que un pedazo de algodón. Y además tenían el problema del desborde, del pantalón manchado, del "mirame y decime si estoy limpia". Yo con el algodón ya tenía una relación sólida, sabía cómo usarlo y cuánto usar para que no haya nunca un problema y además las toallitas Lina te irritaban la ingle y molestaba porque tenían una parte medio plástica. Y después vino la golden age del tampón que duró poco porque no puedo estar tranquila con un tampón, y a veces extraño la sencillez y único modelo del algodón y pienso que, al final, toda esa época no estuvo tan mal.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Cuesta, y mucho

El viernes a las dos de la tarde dije en voz alta, hablando conmigo misma: "Qué paja salir a comprar cigarrilos, podría aprovechar y dejar de fumar".

Viene siendo la primera vez en la vida que tanta vagancia sirve para algo.

martes, 20 de septiembre de 2011

Había cosas de las que no hablábamos

No hablábamos de los padres divorciados ni de los padres que se habían borrado o de los que habían muerto. No hablábamos de tragedias ni sabíamos qué se sentía que te criara una tía o una abuela o cómo estabas ahora que tu vieja se había muerto por un cáncer. Jugábamos a las familias perfectas que nunca un problema y cuando había un problema nos decían que no dijéramos nada, que mejor que nadie se enterara. Y así andábamos, todos felices, en ese viaje de egresados que se extiende desde primer hasta quinto año, siendo parte de familias perfectas, hijos de padres perfectos, obedientes hijos perfectos.

Llorar por las dudas

Amor extremo es pensar que un día puede terminarse todo y largarse a llorar.

viernes, 16 de septiembre de 2011

La última y me voy a comer más relleno de empanadas

La mayoría de las cosas que tengo las tengo de épocas en las que me costaba mucho comprar algo, y eran épocas en las que costaba comprar porque no había plata para nada. Cada cosa que tengo (bueno, no voy a pecar de exagerada, aunque está en mi naturaleza: la mayoría de las cosas que tengo) tienen una historia detrás y puedo contar cómo llegué a juntar la plata para cada una de ellas y cuándo las compré y quién me acompañó y puedo relatar historias fantásticas que pasé mientras usaba la remera fucsia con un gato plateado o todo lo que bicicleteé con la bici roja que me compré después de ahorrar durante todo un año, todos los días, un peso.

Un minuto más tarde

Le tomo muchísimo cariño a las cosas. Me cuesta desprenderme de ellas y sufro cada vez que me toca hacer limpieza general porque nunca quiero tirar nada. Me gusta tener cosas, cuido mis cosas, mis cosas son especiales, y supongo que por eso no ando necesitando todo el tiempo cosas nuevas: las mias son tan lindas y las quiero tanto que nunca encuentro motivo suficiente para deshacerme de ellas y cambiarlas por otras nuevas.

Estoy escribiendo para no comer el relleno de las empanadas

Algo que me da mucha paja es gastar dinero en cosas que no me resultan indispensables aunque no estaría mal tenerlas. Podría parecer avaricia, pero yo sé que no lo es:  me arreglo con poco. Necesito poco.

Ahora que trabajo en casa sufro bastante de los dolores de espalda producidos por una silla recontra pedorra y por una postura que deja muchísimo que desear. Hace algunos meses decidí comprarme una silla para la computadora, de esas todas acolchonadas, con apoyabrazos y apoyacabezas y, fundamental, que pudiera subir y bajar para jugar, horas, a subir y bajar como una pelotudita de cuatro años y, otra vez fundamental, que fuera giratoria, para jugar horas, etc. Cuando finalmente tuve la plata disponible me puse a buscar la silla perfecta y me di cuenta que todas las sillas para computadora parecen sillas de oficina y mi casa es demasiado linda como para arruinarla con una de esas. Y además, porque mientras buscaba, me puse a pensar si realmente quería comprar una silla de computadora y decidí que no. Y no por la plata o por el modelo. No la compré porque me di cuenta de que, en realidad, no necesito ninguna silla, que con la mia está bien y que lo de la postura lo iremos viendo con el correr del tiempo.

Tengo una sartén. La hizo mi papá cuando era jovencito y está curtidísima y todas, pero todas las comidas, me salen exquisitas. Hace algunos meses la sartén sufrió un accidente y se quedó sin mango. Tiene un pequeñito fierro que le sobresale y me las ingenié para acomodar el trapo rejilla de manera tal de agarrarla con fuerza y no quemarme en el intento. Pensé en comprarme una nueva, pero no, no la necesito, con ésta estoy bárbara y mis comidas siguen saliendo igual de deliciosas. Aparte cada vez cocino menos porque mi novio es de esos que cocinan y cocinan y cocinan.

Y así con todo. No compro no porque no tenga la plata sino porque siento que no necesito cosas. Cuando compro, compro con una alegría inmensa porque sé que lo que estoy comprando es lo que realmente quiero y necesito. No compro al pedo. No me gusta la gente que compra cosas al pedo. No tengo caprichitos consumistas. Y me encanta no tenerlos.

Cosas que hago aunque no debería

-Comer el relleno de las empanadas mientras espero que se enfríe.
-Bajar películas de minitas y obligar a mi novio a que las vea conmigo.
-(viene del ítem anterior): Tener el tupé de preguntarle por qué no le gustó la película que acabamos de ver si es toda tierna y recontra chuchi.
-Comer crema y brócoli, dos alimentos que me encantan con todo el alma pero me hacen daño.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Soñadora

Paso larguísimas horas de mi vida mirando casas que no puedo comprarme y viajes que no puedo pagar.
De soñadora, nomás.

La barrera de las diez

Me sucede algo entre raro y estúpido con las diez de la mañana. Los días que tengo que ir a la productora, donde entro a las ocho de la madrugada, no tengo problema en levantarme siete menos cuarto y llegar puntual y solitaria a trabajar antes que los pajaritos empiecen a cantar. Si tengo que levantarme a las nueve porque tengo que ir a algún lugar o porque tengo que terminar algo en casa puedo hacerlo perfectamente (aunque "perfectamente" es una manera de decir, porque el mal humor y las ganas de seguir durmiendo permanecen intactos). Ahora, si me das un mínimo de libertad se va todo al mismísimo ocote. Por ejemplo, si simplemente tengo que trabajar en casa sin horarios fijos, las diez de la mañana aparecen como una barrera que separa el dormir unas regias siete horas con el dormir unas descaradas doce. Y son las diez de la mañana. Si pongo el despertador a las nueve y media pero me quedo remoloneando y se hacen las diez, vuelvo a dormirme y me levanto a la una. Si pongo el despertador a las nueve y media y no me quedo remoloneando nada, me levanto perfecto. Ni siquiera puedo explicar bien qué pasa con las diez de la mañana que me afectan tanto, es como si las diez de la mañana fueran el momento exacto en el que tengo que levantarme o sufrir todo el día porque dormí como una morsa y perdí la mitad del día. Las diez de la mañana son mi karma, mi momento cumbre, el límite entre ser una persona responsable y ser una vaga de mierda.

Hoy puse el despertador a las nueve y estuve apagándolo cada diez minutos y cada vez que lo apagaba me repetía "la barrera de las diez, no puedo pasar de las diez porque voy a estar en la cama hasta la una". Y a las diez menos cinco, antes de que sonara el despertador una vez más, salté de la cama, llena de mal humor y con el pelo sucio, porque sabía que si me quedaba cinco minutos más, esos cinco minutos se iban a transformar en tres horas.

martes, 13 de septiembre de 2011

Hay que bailar más

Ser vieja

Tener varios diarios abiertos a la vez e ir actualizándolos en los minutos libres de trabajo.
Tener cuenta de banco después de veintiocho años de vida.
Tener veintiocho años.
Confundir histerectomía con histeroscopia.