jueves, 31 de mayo de 2012

No me canso

lunes, 28 de mayo de 2012

Lunes

-Zapallitos rellenos versión vegeta (en lugar de carne, trigo burgol)
-Lechuga (con semillitas).



Aquí, el debate: ¿debería haber dicho ensalada de lechuga? Cuando hay solamente un ingrediente: ¿califica como ensalada?

Linda por accidente

Hoy estoy vestida muy linda y bastante elegante porque la mitad de mi ropa está húmeda desde el domingo pasado y la otra está sucia.

domingo, 27 de mayo de 2012

Imposible terminar mejor el fin de semana largo

Asado.
Ensalada de espinaca, parmesano y ajo.
Ensalada de papas, huevo y perejil.
De postre, flan.

Todo caserito.


sábado, 26 de mayo de 2012

La vida cotidiana del sábado

Estamos todo el día juntos pero separados.
Juan está arriba. No sé qué hace. De a ratos escucho su música o sus videos.
Yo estoy abajo. En el sillón, con la compu, el mate, un libro y los cigarrillos. Tengo frío pero no se me ocurre cerrar las ventanas. "Cerrá las ventanas" me dice Juan en una de sus bajadas estratégicas a la cocina y yo le digo que no, que prefiero abrigarme o taparme con una frazada antes que cerrar las ventanas. "Prefiero que se ventile". Baja y viene hasta el sillón a ver qué estoy haciendo y eso siempre sucede en el exacto momento en que necesito algo: más agua para el mate, un pedazo de pan, un té, la frazada. Él me pone el agua, o me hace el té o me alcanza la frazada. Paso más de la mitad del día tirada en el sillón, siendo feliz, leyendo de a ratos, durmiendo un poco, pensando, maquinando, elaborando proyectos. Hoy no quiero escuchar música y el silencio me acompaña desde el mediodía. El silencio y el ruido del viento, algunos pajaritos, el chiflo del aflador, que me toca timbre y me saca de la introspección. "No, gracias" le respondo al mismo tiempo que otra vecina le grita "¿Quieeeeennnnnnn?".
Desayunamos casi al mediodía con un budín de mandarinas que hice ayer a la tarde (además del budín hice un pancito con semillas, aprovechando el calor del horno para que levara mejor).
En algún momento subo y nos abrazamos. Le doy opciones de paseo pero ninguna prende del todo: hace frío y el piyama y la frazadita son más tentadores que cualquier salida. Las opciones son: barrio chino, ping pong, local de antigüedades, todo en bicicleta. "Pensalo", le digo, y vuelvo a mi rinconcito de abajo. Al rato me dice que va a ir al super, que va a preparar huevos revueltos con panceta y tostadas francesas. Le digo que tostadas francesas para mi no, todo lo demás sí. Y al rato se me ocurre que puedo hacer un babaganush (una de mis palabras favoritas del mundo, ¿se escribirá así?) medio improvisado para comer con el pan que hice ayer. Todavía no se lo informé: me da fiaca subir. Todavía espero mis huevos revueltos.
Desde el sillón veo la máquina de coser que me llama tímidamente para que termine de una buena vez las cortinas. Pero el solo hecho de pensar que tengo que tirarme en el piso para poder tomar las medidas y poder manejar una tela tan grande me da frío. Tal vez más tarde, por ahora sigo cómoda en el sillón.

Armando el hogar dulce hogar I

En el cuartito de arriba habían quedado, de la familia anterior que vivía acá, unos estantes con la pintura saltada, un hueco en una de las maderas, etcétera. Dijimos que no íbamos a tirarlos (a mi me cuesta mucho tirar cosas que pueden o ser arregladas o ser reutilizadas de otro modo). Un tiempo después, cuando yo ya me había mudado, decidimos que podían ser los estantes que nos faltaban en la cocina, que es chiquita, y para mi gusto está mal pensada: a quién se le ocurre que el único enchufe (aparte del de la heladera) esté encima de la pileta (esto significa, por ejemplo, que cada mañana hay que sacar la cafetera de la alacena, enchufarla, usarla, desenchufarla y guardarla, es muy engorroso). Decía, la cocina es chiquita, las alacenas son pocas, etcétera. Pintamos de rojo (pintó Juan) los estantes y un fin de semana los colgamos. Habíamos decidido ponerlos bien arriba para no tener que agujerear los cerámicos (siempre pienso que si uno quiere agujerear cerámicos va a romperlos) y por suerte esa semana estaba de visita una amiga de Juan que nos salvó de la peor decisión que habíamos tomado: ¿Cómo los van a poner tan arriba si ustedes son petisos? No van a llegar a agarrar nada. Por supuesto que tenía tanta razón que todavía nos reímos cada vez que nos imaginamos los estantes arriba y nosotros trepándonos a varias sillas para agarrar un paquete de arroz.


viernes, 25 de mayo de 2012

jueves, 24 de mayo de 2012

El estado de las cosas

Tengo el pelo largo por la cintura.
Una trenza hecha para tapar que está un poco sucio.
Voy a almorzar una milanesa con puré de un lugar donde las porciones son chiquitas y el precio esta infladísimo: es Palermo.
Después voy a comprarme un pantalón porque el que más uso data del 2009 y se está rompiendo.
Pisé mierda en algún momento de la mañana.
Viajé parada en el 34.
Tengo mucho trabajo pero desde que llegué estoy dando vueltas y no avanzo nada.
Estoy linda.

martes, 22 de mayo de 2012

Equivalente


Acabo de volver de un cumpleaños, me cuesta escribir, estoy borracha.


Mañana sigo.
De verdad me cuesta escribir.

lunes, 21 de mayo de 2012

Rebuscadísimo

Cuando me doy cuenta que alguien está dejando de quererme empiezo a buscarle defectos así, para cuando el otro dejó de quererme del todo, yo ya lo odio por completo.

sábado, 19 de mayo de 2012

Los vecinos y los nervios de mis convivientes

Acá al lado los vecinos son músicos.
En este momento uno de ellos está cantando en un idioma inclasificable: puede ser africano, esperanto o inventanto. Hace un rato cantaba una de Bob Marley y el hijo, un chiquito que sólo está los fines de semana, le hacía los coros. Fue desgarrador.
Dos veces por día practican percusión y dos veces por semana tocan saxo.
A veces los escucho charlar cuando estoy en mi terraza y ellos en la suya: la otra vez hablaban de hacer la revolución. Sí, la revolución.
Hasta hace un tiempo no tenían gas y todos los días prendían la parrila.
Todavía no les funciona el timbre, así que cuando Herminda, la administradora, tiene que decirles algo, les patea la puerta hasta que le abren y si no le abren me toca el timbre a mi y me pregunta si sé si los vecinos están o no. Las primeras veces le dije que no sabía y después le dije que no estaban. Pero las últimas veces, cuando escuché que empezaba a patearles la puerta, apagué las luces y corrí en silencio a la planta de arriba hasta que sentí que se había vuelto, derrotada, a su departamento.
Tenemos varios vecinos amantes de la música.
Además de los percusionistas está el que canta Cacho Castaña los domingos por la mañana. Sospechamos que es un violento, aunque tiene un gatito precioso que se trepa por un cerramiento y llega hasta nuestro cuarto. Cuando pasa eso la gatita de Juan se pone muy nerviosa y le grita y se trepa y quiere pelearlo. Se pone muy nerviosa, pobrecita. También ha sucedido que el otro gatito sale por la ventana de nuestro cuarto y después no puede volver. Llora un rato hasta que el violento lo alza y él se mete de nuevo a nuestra casa. Se mete y se va corriendo y se esconde. Se pone muy nervioso, pobrecito.
Hay una vecina sorda. Le habla a los gritos al marido y le canta al perro canciones infantiles. El otro día se quejó porque dice que los porteros nuevos lo suenan lo suficientemente fuerte. Nadie la acompañó en el sentimiento.
La docente que recibe todos los domingos el diario Página 12 toca el piano. Practica largas horas algunas pocas veces durante la semana. Creemos que tiene un bebé pero nunca lo escuchamos así que no sé de dónde sacamos que tiene un bebé.
En el fondo hay una señora rubia teñida, de pelo largo, que vive con un hijo mayorcito y divorciado. El hijo tiene una hija preadolescente que hace algunos meses festejó su cumpleaños en la terraza. Y fue un festejo a todo trapo: había luces de colores y un dj. Se pasaron varias cumbias y un centenar de veces sonó Ai se eu te pego. Los preadolescentes gritaban muchísimo. Juan se puso muy nervioso, pobrecito.

viernes, 18 de mayo de 2012

Composición. Tema: La adaptación a la convivencia

Juan no dobla las toallas de la manera que a mi me gusta que se doblen las toallas.



Y ese es todo el cliché que voy a permitirme.
Al menos por el momento.

domingo, 13 de mayo de 2012

Fue una grandísima noche

Anoche fuimos a Notorious y a mi me picó la concha.
Al lado nuestro se sentaron dos brasileñas muy operadas que volvieron loco al mozo porque no entendían el menú y el mozo, un morochón muy Cristian U, no sabía cómo explicarles que la promoción venía con una gaseosa y una copa de vino. La confusión era absolutamente lógica: ¿por qué habría una promoción con una gaseosa y una copa de vino? Finalmente se tomaron un vino chiquito entre las dos. Hablaron muy fuerte y su mesa estaba muy pegada a la nuestra. Por momentos me puso de pésimo humor, después del segundo gintonic pensé en conversar con ellas, promediando el tercero les quise patear la cabeza.
Pedimos una tabla de quesos y fiambres que era de una tristeza descomunal: en el centro del plato una hoja de lechuga y dos tomatitos cherry. Sobre la hoja de lechuga tres papitas al horno duras, crudas, arenosas, feas. Alrededor de todos esos vegetales: un pedacito de brie frío (parecía queso fresco), dos fetas de queso de máquina, unos salames y unos jamones crudos. Lo dicho: una tristeza descomunal.
El público estaba entre los setenta y setenta y cinco años con excepción de nuestra mesa, la mesa de la divorciada progre con sus dos hijos que prestaban más atención al celular que a la banda y la mesa de las familia feliz que sale un sábado por la noche a escuchar a Malosetti padre.
Me empezó a picar después de la primera tanda de la banda. Después de haber salido a fumar. Después de haber tenido frío en la calle. Después de haber comido la tablita tristecita de jamoncitos, quesitos y lechuguita.
El contrabajista, un cuarentón medio canoso exactamente igual a Pablo Massey, presentaba los temas con un desgano nunca visto. Pronunciaba mal el nombre de los temas en inglés y hacía chistes que o no entendíamos o no eran graciosos. Fumar en el intermedio me produjo un bajón bárbaro que palié comiéndole la panera a la pareja que se sentó con nosotros y que yo no conocía. Y ellos no conocían a Malosetti. Ni al padre ni al hijo. Habían caído ahí no sé por qué: ella era una modelito de las más lindas que haya visto y él era un jugador de rugby.
Malosetti no habló. No hubo nada espectacular: ni luces ni un sonido que te volara la peluca y aún así, toda la situación era medio vuela-peluca. Malosetti no habló y solamente dijo gracias, se señaló el corazón y después hizo una reverencia indicando que nos regalaba su corazón. O que todo eso era para nosotros. O por nosotros. O algo así. Fue cuando el contrabajista lo presentó como el líder del cuarteto.
Hubo una larga discusión en la mesa cuando el saxofonista dejó el saxo y agarró otro instrumento y no podíamos decir si era un clarinete o un saxo alto. Qué nivel de discusión, tan snobs nosotros, con nuestros gintonics y nuestra pose intelectualoide, debatiendo si existían o no los clarinetes de bronce. Yo votaba que era un saxo alto. Pero al final no era ni un alto ni un clarinete: era un saxo soprano. Eso es confuso de verdad.
Pensé que cuánta humildad Malosetti padre, que no hablaba y apenas sonreía, pero después me di cuenta que todos los demás (el contrabajista, el guitarrista y el saxofonista) tenían camisas blancas y él, camisa negra. Tocaban como si estuvieran en el living de tu casa, la diferencia era que no era el living de tu casa y vos no podías estar en patas y sin corpiño. Tocaban sin esfuerzo, tan natural todo. Tan dado. Ya estaba terminando cuando empezó a picarme la concha. Me moví sobre el asiento tratando de hacer fricción y pensé, en el siguiente orden: estoy sucia, tengo hongos, tengo cáncer, me voy a morir. Las fricciones no colaboraron y a mi me agarró un ataque de risa porque me picaba la concha mientras tocaba Malosetti y discutíamos lo del clarinete y las brasileñas hablaban con un tono carnavalesco y una pareja muy menemista, sentada en el fondo, se peleaba porque a él le sonaba el celular cada cinco minutos y ella se enojaba y le decía podés apagar eso de una vez, y yo no veía lo que él le contestaba pero ella bufaba y suspiraba fuerte y yo me dije a mi misma: ojalá nunca lleguemos a eso. La picazón pasó del mismo modo que había venido: sin que yo hiciera nada.
Mi ataque de risa pasó a ser la constante de la noche, todo me causaba gracia, incluso el señor que me miraba de lejos y me hacía un gesto despectivo con la manito porque oíme, chiquita, está tocando el señor, tené un poquito de respeto.
El tema de los aplausos me llamó mucho la atención: había que aplaudir todo el puto tiempo. Después de la presentación del tema, después de cada estrofa, después de cada solo, después de algo espectacular, después de un malogrado chiste y después de que terminara el tema. Era agotador. Había un señor sentado en diagonal a nuestra mesa que era el que generalmente empezaba con las palmas y todos teníamos que seguirlo. Después otro quiso ser el protagonista, el yo también puedo empezar un aplauso y fracasó y aplaudió solito.
El anteúltimo tema fue un swing de los años ´40 y sonaba como si lo estuviera tocando una super big band pero eran ellos nomás, tres monitos de camisa blanca y papá mono de camisa negra, todos con ese talento y esa pasión que alguna vez yo quisiera tener por algo. El último tema, un bis que todos pedimos con palmas fue presentado así: este tema no voy a presentarlo porque lo conocen todos. Y tocaron una versión de All of me y todos quisimos bailar pero nadie se movió.
Cuando terminó el tema fui al baño y cuando salí crucé una mirada con el contrabajista, quise decirle que me había encantado y que lo felicitaba pero la onda groupie no van conmigo y con mi timidez.
Malosetti padre se fue y nosotros volvimos a salir a fumar. En la puerta había un taxi que lo esperaba y él estaba sentado del lado de adentro, esperando que la mujer que lo acompañaba terminara de envolver su guitarra con unos pañuelos, una tela negra y unos nuditos; y después de envolver la guitarra tuvo que esperar que la misma mujer contara un fajo de billetes sentada en esa mesa. Nosotros veíamos todo eso de afuera y lo veíamos a Malosetti padre, sentado, con sus ochenta años encima, con la boca temblorosa y comentamos lo cruel que es la vejez con todos y recordamos lo que había dicho Juan en medio de un tema: Toda esta gente de acá, que tiene ochenta años, viene acá y disfruta pero no sabe si mañana se levanta. No fueron exactamente esas las palabras pero sí la idea. Odiamos la vejez.
Salió viejito y con frío y se subió al taxi y se fue.
Cuando entramos, otra banda se preparaba: Sinagra. Es como Sinatra, pero con una metra cambiada, nos explicó el mozo. En el momento entendí que la banda se llamaba así porque era un homenaje, pero acabo de buscar "sinagra jazz" y al parecer el tipo que canta y toca la trompeta se llama Miguel Sinagra. ¿Será un nombre artístico o desde el día que nació estuvo destinado a cantar jazz? De cualquier manera no importa tanto. El primer tema explotó. La bajista era una petisita a la que el bajo le quedaba inmenso y el guitarrista era un gordo gigante al que la guitarra le quedaba etcétera. Al pobre Miguel Sinagra se le rompió la trompeta en el primer tema, ese que estaba explotando, y desde ese momento su humor decayó al subsuelo de los malos humores y estaba insoportable. Talentoso, sí. Carismático, recontra. Apuesto, un poco. Insoportable, se me rompió el termómetro de tan alto que picó. Lo escuchamos cantar y cantaba hermoso, tenía un tic con la corbata, la acomodaba, la desacomodaba, la acomodaba y así. Las partes de trompeta las hacía con la boca como un Bobby McFerrin del subdesarrollo y yo le dije a Juan que lo único que le faltaba era ser negro. Hubo risas.
Cuando terminó y nos estábamos por ir, aposté que ahora, que empezaban las jam sessions, iban a subirse todos los que estaban sentados en la mesa de atrás nuestro y que iban a romperla. Se subieron pero no la rompieron tanto, aunque el baterista era un señor de sesenta con unos anteojos redondos de marco grueso, tan alto que para sentarse en la batería tenía que hacer contorsionismo. Ese señor sí que la rompe, pensé, y me dieron ganas de hacer un documental de la movida de jazz porteño. Otro de los proyectos que pienso y nunca concreto. Escuchamos uno o dos temas o uno solamente y nos fuimos a un bar dark que hay en Avenida de Mayo donde nos tomamos una cerveza que nos salió carísima y nos fuimos a casa.
Antes de dormir, vimos un capítulo de Will and Grace.
Fue una grandísima noche.

Un tono casi solemne y muy serio para cosas que son demasiado comunes

El 166 que me tomé en Vélez estaba semivacío así que me senté rápido, todavía con un pico de adrenalina feroz: mientras esperaba el colectivo en la primera parada del Metrobús, la gente se agolpaba en los alrededores de Vélez y se apuraba para entrar al club para salir después de cinco minutos en los micros que iban a La Boca. Estaban emocionados, borrachos y gritones. Excitados. Un poco me habían contagiado.

Me senté, decía, todavía con un poco de excitación. Agarré el libro que estoy leyendo y casi terminando: Diario de una princesa montonera. Ya me había pasado a la ida: me conmueve profundamente, un poco me duele, otro poco me da miedo, lo disfruto muchísimo. No quiero que termine y al mismo tiempo no puedo parar de leerlo y sé que pronto (hoy, en realidad) se va a terminar. Eso, un detalle.

Me daba el solcito en la cara y me calentaba y me apoyé todo lo que pude en la ventanilla. Había olor a vómito pero al ratito ya no había más y me despreocupé. Seguí leyendo y miré el vidrio en una pausa entre un título y otro o entre un párrafo y otro y vi que la ventanilla estaba vomitada. Y vi que mi campera tenía vómito ajeno. Y sin escandalizarme mucho me levanté y me cambié de lugar.

Me acordé de la vez que en el Parque de la Costa (o en otro parque), en ese juego que es como un trompo humano (base circular y humanos alrededor, parados, con unos cinturones, no sé si se entiende. En este punto me pareció apropiado googlear Rotor porque no sé de dónde saqué que se llamaba así y bueno, tenía razón) un chico que estaba dos o tres espacios después que yo, vomitó en el juego y el vómito hizo un movimiento singular y terminó sobre una zapatilla mia celeste hermosa que después apestó toda la tarde: lo mismo o algo parecido pasaba en los Simpsons pero creo que ahí eran Lisa y Bart que se escupían y por los movimientos rápidos del Rotor las escupidas terminaban todas sobre Milhouse.

sábado, 12 de mayo de 2012

Otro sábado

Otra vez pan casero, ésta vez integral. Cada día me salen más ricos.
Para la hora de la merienda, cupcakes de remolacha y chocolate, mate y mucha felicidad.

En la foto, de fondo, el mueble celeste con flores, un poco más adelante un televisor del siglo pasado, sobre el televisor una parte de la biblioteca que en el medio (no se ve en la foto) se está hundiendo por el peso y en cualquier momento se quiebra. Me gustaría estar presente el día del quiebre porque todos los libros cayendo debe ser un espectáculo precioso.




Además: el food styling no es lo mio y todas mis comidas se ven muchísimo más lindas en vivo y en directo. Fui al supermercado sin corpiño, con un buzo deportivo que me queda pésimo y un jean que me hace tremendamente caderona. Me consoló mucho ver una abrumante cantidad de familias feas y changos llenos de paquetes de fideos y salsas preparadas.

miércoles, 9 de mayo de 2012

No me gustan

-Los que se autodenominan. No importa si es: intelectual, hippie, loco, bizarro o inteligente. Nadie que sea "algo" debería tener la necesidad de explicitarlo.

-Los que todo el tiempo hacen amigos nuevos. El otro día pensaba si era que no confiaba en ellos o si les tenía envidia. Lo pienso desde hace varios años y siempre llego a lo mismo: no confío en alguien que todo el tiempo tiene nuevos amigos. Tampoco me gusta la camaradería secundaria en minas de treinta años.

-Los que no escurren el trapo de la cocina y los que lo tienen muy sucio o con olor a vómito (hay un punto en que varias cosas: un trapo rejilla, un libro viejo o una olla, toman un olor a vómito rarísimo y muy asqueroso).

-Zoey Deschanel, Miranda July.

-El tomate como verdura por default de los argentinos.

-Los que esperan que la peli tenga un mensaje. Los que quieren descifrar qué quiso decir el director. Los que no disfrutan de las pelis de Hollywood porque son menores.
 

domingo, 6 de mayo de 2012

Sábado de angustia, pan casero y depilación.
Domingo de películas, papas fritas y polenta.