miércoles, 16 de septiembre de 2009

Florecillas

Mientras volvía a casa me miraba en todas las vidrieras y espejos por los que pasaba. Ya lo había dicho ayer: desde la mañana me sentía diosa, y llegada la tarde aun mas. No pasa seguido, entonces aproveché. Salí a pasear, me miré en los espejos, me probé trapitos que no puedo comprar. Es como si hubiera aprovechado al máximo ese momento de pleno amor propio.

En esas ocho cuadras pasé por, mínimo, seis florerías. Todas estaban llenas de colores (no sé si es cierto o sólo mi percepción por estar en un día de amor propio). Me detuve en cada una de las florerías, y relojeé todas todas las flores que había por ahí. Con algunos naringuetazos, me robé varios aromas.

Me acordé de los dos ramos de flores que me regalaron los masculinos novios de mi vida. El primero fue un ramo de rosas rojas que sí, muy lindas, pero las rosas me resultan retro, como muy de fiesta de quince. Aparte tenían un papel celofán y una tarjeta que tenía dibujadas unas florecillas silvestres y una letra enrulada rezaba alguna cosa similar a un poema. En el momento me pareció todo. Hoy, a la distancia, ya no lo veo tan asi, en especial por un detalle: cuando ese masculino novio compró el ramo para mi, también compró uno para su madre. Edipo total.

El segundo fue hace casi dos años, el masculino novio fue el señor que vivía conmigo. Estábamos en crisis, como la mayoría del tiempo que estuvimos juntos, yo llegué a casa una noche, él no estaba, en la mesa de la cocina me había dejado un ramo inmenso con liliums, margaritas, fresias, y muchos colores. Todo acompañado de una tarjeta que decía "Te quiero". Creo que ese día, o al siguiente, decidimos que nos separaríamos por un tiempo.

Terminé por comprarme un ramito de fresias. Amarillas y fucsias. Con mucho olorcito rico. Caminé a casa tranquila, con el ramito en la mano que no sabía si apuntarlo para el cielo onda paraguas abierto o para la tierra onda paraguas cerrado. Cada cuatro o cinco pasos lo olí. Si alguien me miraba preguntando con la mirada "Quién te lo regaló", yo le contestaba con los ojos cerrados "Nadie, boludo". Y resaltaba el boludo, porque me parecía divertido.

Cuando llegué a casa lo acomodé en un florero, y lo paseé por la casa para que me hiciera compañia. Mientras estuve en la cocina quedó en la mesa. Me acompañó a la isla a trabajar un rato, se quedó mirando cómo tomaba mates en el patio y después paró en la mesita de luz.

Hoy a la mañana, me desperté con olor a fresias en la nariz. Ñam.

5 comentarios:

laurita dijo...

qué placer

Juanita dijo...

Qué lindo.
La próxima vez que vea jazmines, hago como vos y me los compro.

la secretaria dijo...

oooooooh, sos re minita!!! jajajaja, ME ENCANTA ESTA FACETA, ya lo dije y lo vuelvo a decir, este perfil tuyo es más que precioso

Toro dijo...

Bipolar.

Igual, te sienta casi tan bien el rol de minita como el de ramera.

Comprar flores en una crisis es un craso error.

Luleau.- dijo...

Ocho septiembres atrás, yo te regalaba una flor ramera.