viernes, 9 de octubre de 2009

Una historia de desamor II

Conocés a un pibe bueno. Realmente bueno. De esos que no matan ni una mosca. Te gusta. Le gustás. Salen. Tienen una ansiada primera cita que se postergó varias veces, en general porque vos cancelaste. Salen a comer. Te lleva a una parrilla, por ejemplo "El 22". Pegan onda. Vos sos un poco cínica y te reís de todas las personas que tenés alrededor, y él se ríe de tus chistes. Paga él, y vos sentís que un poco te gusta eso de la caballerosidad. Te lleva a tu casa. Hasta ahora no te dio un beso, ni te agarró la mano ni te rozó la pierna, pero vos sabés que le gustás. Entonces lo besás vos. Da besos dulces, tranquilos, te acaricia el pelo, y vos, que venías lastimada de una relación en la que te trataban como el orto, te calentás como nunca. Pero él te dice "Hoy no", y volvés a tu casa y, tal vez te tocás un poco y te dormís con una sonrisa inmensa en la cara.

Te llama. Es de los que si dicen "Te llamo", te va a llamar. Vuelven a salir. Te lleva a otro lugar. Vos estás relajada, hablás tranquila, no estás tan cínica como en la cita anterior, porque sabés que no es necesario hacerte la mala e irónica frente a él, que es bueno y no te mata ni una mosca. Ésta vez sí, cogen. O deberías decir que hacen el amor, pero la expresión te parece horrenda. Te quedás con "cogen". Él es suave, cuidadoso, no te pega ni un chirlo, ni te dice "puta", no te rasguña, aunque vos a él sí. Tenés un buen orgasmo, intenso, de esos que no tenés desde... que no tenés desde hace mucho.

Y todo fluye. Él te escucha cuando despotricás contra el mundo, vos lo escuchás cuando te cuenta problemas laborales. Él corre a la farmacia a la madrugada si te duelen los ovarios, y te acaricia el pelo cuando llorás. No es de hablar mucho, porque con una mirada te dice todo lo que necesitás saber. Y vos lo entendés. Empiezan a manejarse con un lenguaje amoroso, es posible que se pongan algún apodo estúpido como "pupi" o "chú". Él es de esos tipos que siempre caen bien. Un tipo macanudo. Cuando le sugerís que no tiene que llamarte todos los días por teléfono él acata, entiende, no se enoja. Si van a un asado o a un cumpleaños, el sonríe, charla, escucha, cuenta anécdotas divertidas. Y vos estás como en un mundo paralelo. Vos, que sos puro cinismo, sentís que él podría ser el padre de tus hijos. Y se lo decís. "Te amo" puede que vaya a contestarte él.

Y sigue fluyendo. Conocen a las familias respectivas, se divierten juntos, duermen bien (esto es, por ejemplo: él te abraza un ratito antes de quedarse dormido, y después se da vuelta, porque a ninguno de los dos les gusta dormir enredados), los sábados a la noche alquilan películas, en general las elegís vos porque las veces que eligió él se comieron tremendos bolazos, y piden delivery, comen chocolate, fuman marihuana, se ríen, se abrazan, digamos que son felices. Tus amigas te envidian, y te lo dicen, tu mamá agradece que al fin hayas encontrado una buena persona, tu papá te pregunta por él cada vez que te llama por teléfono, y vos sonreís. Todo el tiempo sonreís.

Un día ocurre algo inesperado. En tu bandeja de entrada de mail aparece un nombre conocido, un nombre de un masculino, que forma parte de una vida pasada. Pregunta cómo estas, en qué andás, contame cosas. Respondés. Entonces empieza un pequeño histeriqueo vía mail, y vos le contás a una amiga que te dice "es sano, el histeriqueo es sano, permite que el fuego de la pareja siga encendido". Y vos te reís, porque no podés creer que una amiga tuya haya utilizado la metáfora del fuego con respecto a una pareja, más precisamente tu pareja. Con el visto bueno de tu amiga, seguís con el histeriqueo, que poco a poco va subiendo de tono, hasta que un día te encontrás una madrugada teniendo sexo virtual con el masculino, y arreglando que la semana que viene pueden verse, y hacerse todo en vivo y en directo. Se ven. Cogen. Él te pega en la cola, te dice "puta", te rasguña, vos gritás, le pedís más.

Sentís culpa. Te sentís la peor persona del mundo. Sabés que no deberías estar haciéndole esto a la persona mas buena que hayas conocido en tu vida, sabés que lo estás lastimando, aunque él no tenga ni idea. Entonces le contás. Te sacás la culpa de encima contándole, mientras llorás, pedís perdón, jurás que fue esa única vez, que no lo querés perder, que es el amor de tu vida, que no podrías vivir sin él. Y él, por supuesto, te perdona.

Andás un tiempo con cautela. Le demostrás que te importa, le decís que lo amás, lo mimás, lo escuchás, lo hacés reir. Hasta que aparece otro. Pero esta vez no le decís nada, preferís cargar con la culpa antes que volver a lastimarlo. Y el siempre bueno, siempre comprensivo, siempre ciego frente a todas las mentiras que le decís. "Salgo con las chicas". "Trabajo hasta tarde". "No tenía señal en el celular". Y apareece otro. Otro. Otro. De uno te gusta el humor, de otro te gusta que sea fotógrafo, de otro que baila el tango. Algunas noches, aunque duermas con él, pensás por qué no existirá uno que reúna todas las cualidades que te gustan de todos esos, casuales y olvidables masculinos.

Con el tiempo ya te acostumbraste. Sos una experta en meter los cuernos, sabés qué decir y qué no, sabés mentir hasta con la mirada, manejás tu cuerpo, conocés las trampas, los secretos. Te has vuelto una profesional. Y ahí, en ese momento, cuando estás tan segura de estar haciendo todo bien, ya no sentís mas culpa. Entonces lo dejás. Él no entiende, te pregunta, llora, cuestiona, te echa en cara que te perdonó una infidelidad y que se hizo el boludo con todas las demás, porque te quiere, te ama, te necesita. Y vos, que te creías la dueña del universo, te sentís mas miserable que una cucaracha. Pero no cedés. Entonces todo se termina.

Algunos años mas tarde te vas a reencontrar con él en algún lugar extraño, puede ser la cola del supermercado, puede ser un recital. Y él te va a contar que está casado, que tiene un hijo, que es feliz. Y vos vas a volver a sonreir, aunque esta vez de envidia.

(Próximas entregas: "Conocés a un ideal" y "Conocés a un cínico")

8 comentarios:

Florencia dijo...

No se como llegué aca, pero esto hay que comentarlo!
No hay nada mas real!

Anónimo dijo...

Che flaca...sos lo mas...me siento re identificada con muchas de tus anegdotas....no tanto con la de meter cuernos, pues nunca lo he hecho...pero de haber perdido a un flaco bueno por boluda....eso si...y sentir envidia hoy de su nueva vida....ni que hablar....jajaja
Saludos
Manu

-Pablo- dijo...

Es terrible todo lo que nos hacen... y nosotros siempre las seguimos buscando, invitando, perdonando, dándolo todo sólo a cambio de su compañía, para que luego nos dejen por algún negro rudo que la tenía unos centímetros más grande o que bailaba mejor (?)! Qué mundo loco, eh!

Y no siempre el "chico bueno" termina con una vida envidiable... por ahí se sume en una depresión horible hasta que encuentra otra "minita" que le vuelve a hacer lo mismo.

Pero somos así, no vamos a aprender nunca!

mariana dijo...

La escena de la parrilla, me hizo acordar a tu amiga, la que dijo RRPP en una de sus citas jajaja.

En otras partes del relato, te ví a vos. "despotricas del mundo que te rodea", "delivery", "películas"...no se...

Tenés la facilidad de emocionar y hacer reir. Escribis muy bien, deveritas.

Bueno, basta de halagos. Empalaga...jajaja ;D

Abrazo.

-Pablo- dijo...

Releo mi comentario anterior y la verdad que está re mala onda! :( Pasa que la historia que contás me toca de cerca y me dejó medio alterado en mis pensamientos!

Pero la verdad que como literatura de ficción está muy bien escrito, como ya nos tenés acostumbrados en tu blog! También da para tomárselo con humor y reirnos un poco de cómo somos!

Bueno, te sigo leyendo!

Saludos,
-Pablo-

la secretaria dijo...

uah M, tremendo relato pordios, te felicito MUCHO

Eric Mescher dijo...

Muy buen relato!

Giselle dijo...

Espero ansiosamente el "Conocés a un cínico". Festín masoquista! Wiiii!