domingo, 1 de noviembre de 2009

Piano


Yo tenía seis años. Estábamos de vacaciones en Posadas, y en Encarnación me habían comprado un órgano Casio chiquito, colorado. Yo pasaba horas boludeando con él, hasta que empecé a tocar una melodía: El Golpe. La tocaba una y otra vez, la repetía, cansaba los oídos de mi familia. Mamá se hartó. Me preguntó si, al volver, quería que averiguáramos alguna escuela de música por el barrio. Contenta, dije que sí.

Empecé ese mismo marzo, y no falté ni una clase hasta que cumplí los dieciocho y creí que mi carrera musical debía terminar ahí mismo. Todavía me arrepiento.

Por la tarde estuve ordenando papeles y cosas que tenía sueltas en casa, y encontré todos mis libros de piano y mis partituras. Las ordené, las miré, y sentí por algunos minutos que quería volver a tocar. En algunos de los libros encontré algunas anotaciones que hacía con mi amiga Andy cuando todavía estábamos en el secundario. La más frecuente: mi supuesta firma de casada.

En mi primer concierto, una de las alumnas mas avanzadas tocó la Marcha Turca, y yo sentí que necesitaba aprender eso, que el día que supiera tocar eso podía morirme en paz. Diez años mas tarde me senté frente a un público expectante, tenía puesta una pollera que me llegaba a las rodillas y unas sandalias franciscanas que mejor no recordar. Toqué algunas teclas porque era un piano en el que nunca me había sentado, miré a mi profesora y le dije que estaba lista. El silencio inundó el salón, y yo empecé a tocar. Varias veces le pifié al pedal, pero seguí como si nada. Cuando terminé, todos aplaudieron, y yo sentí que todavía no estaba lista para morir.

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