jueves, 19 de febrero de 2009

Bendita memoria I

Los fines de semana papá y mamá ponían algunas cosas en un bolso chiquito y emprendíamos viaje hacia la casa donde vivíamos antes de vivir en Ramos. Quedaba lejos, para el lado de Lomas, en Transradio.

El sábado por la noche en la tele pasaban repeticiones de No toca botón. Y yo me sentía grande. Porque armaba el sofá cama que estaba en el living y me acostaba a mirar la tele ahí. No había algo en el mundo que perteneciera tanto al mundo adulto como la posibilidad de mirar la tele desde la cama. Me acostaba ahí y miraba en un televisor de catorce pulgadas todos los sketches que me hacían reír, aunque no tanto porque no los terminaba de entender del todo (no comprendía, por ejemplo, qué era lo que hacían el Manosanta y la chica cuando salían de escena).

Al rato terminaba el programa y la televisión se llenaba de un ruido que no tenía nada de atractivo. Era la hora de dormir. Y ahí volvía a ser una nena indefensa, porque cuando apagaba la luz y el aparato, un miedo empezaba a recorrerme todo el cuerpo y tardaba minutos, que parecían eternos, en quedarme dormida.

Desde donde apoyaba la cabeza veía la puerta de entrada a la casa, que tenía en la parte superior una especie de vitreaux con un dibujo que no recuerdo claramente: puede haber sido un árbol, o un barco, o una forma indefinida. Lo mismo da qué forma tenía, porque al fin y al cabo el miedo estaba igual. Era una odisea terrible a la que me exponía porque, después de haber visto a Olmedo, tenía que seguir comportándome como una persona grande y no podía (bajo ninguna circunstancia) salir corriendo a la habitación de mamá y papá.

Entonces miraba fijo al vitreaux y lo desafiaba con la mirada, sin saber (porque era chiquita y la palabra "desafío" no estaba en mi vocabulario) que la estaba desafiando. Me quedaba unos minutos mirándola, inspeccionando cuáles eran las sombras que se repetían y cuáles podían ser inusuales. Mientras miraba el dibujo afinaba el oído y trataba de escuchar más allá de lo de siempre. Identificaba perros vecinos, grillos cantantes e incansables, y el sonido lejano de los autos que pasaban a toda velocidad por la ruta.

Así me quedaba un largo rato, registrando los ruidos del silencio nocturno y viendo en las luces del vitreaux las formas que luego poblarían mis sueños. En algún momento, terminaba por cerrar los ojos. Cuando los abría, los ruidos eran matutinos (para nada silenciosos) y las formas del vitreaux, aburridas, insulsas y para nada atemorizantes.

3 comentarios:

Natalia Alabel dijo...

Es asombroso recordar aquellos objetos que nos atemorizaban de pequeños. Me pregunto qué cosas de mi casa asustarán a mis hijos, el día que los tenga.

antonio dijo...

EsCRIBES BIEN GRACIAS
BESO

Anónimo dijo...

Muy tierno.