martes, 17 de junio de 2014

Viaje al centro del monstruo rumano

por Juan Maisonnave



Esa forma domesticada y pedagógica de voayeurismo que son las visitas guiadas ofrece para el turista ocasional en Bucarest una experiencia interesante: el Parlamento, la Casa del Pueblo o Casa Poporului.

Por un lado, este coloso inabarcable de concreto despierta interés desde el mero disparate de cantidades: con una superficie de trescientos cuarenta mil metros cuadrados, sólo es superado en tamaño por el Pentágono; posee un millón de metros cúbicos de mármol blanco y rosa traído de Transilvania, tres mil quinientas toneladas de cristal para las arañas; setecientas mil toneladas de acero y bronce, unas cuarenta salas (la mayor parte de ellas hoy acumulan polvo y vacío) distribuidas en doce plantas; además –así como hay un dark tourism también hay estadísticas negras que se repiten sin cesar-, para implantarlo en el paisaje se barrieron tres distritos históricos del centro de Bucarest, junto con 27 iglesias y sinagogas; cuarenta mil personas fueron forzadas a abandonar sus casas y posesiones con avisos de dos días; se utilizaron veinte mil trabajadores las veinticuatro horas del día y, como en los tiempos de las pirámides egipcias, las muertes eran comunes en la construcción. El antojo de Ceausescu coincidió, en una muestra de espantoso timing político, con el devastador terremoto de 1977, que se sumaba al desabastecimiento cotidiano de alimentos básicos. Para usar una comparación a puro color local, era –es- como si un gitano que vive en una casa rodante con su familia se hiciese la dentadura completa en implantes de oro de 24 kilates (algo no tan improbable, después de todo).

Por otra parte, el tour vale la pena para experimentar en carne propia cómo tratan los rumanos al turismo, mezcla de indiferencia y arreo, una fabulosa desorganización que juntos –el extranjero y el local- sacarán adelante con un sistema más o menos coordinado de señas, gritos, inglés básico y movimientos de cejas pintadas (es la moda de la chicas acá, y casi todo el personal abocado a la vueltita por el Parlamento está compuesto por señoritas medianamente atractivas). 




Luego de un engorroso trámite inicial en el que colisionan filas y nadie entiende bien qué es lo que debe hacer una vez que le retienen el pasaporte, nuestra guía se presenta -Juana, de unos veintiséis años, bella y dada a sonreír, nos tratará menos como maestra ciruela que como una distante secretaria ejecutiva que en nuestro primer día de trabajo nos muestra las instalaciones obligada por el jefe-, y pienso en otro motivo por el cual estar acá, uno un poco secreto y personal, que me sedujo hace un tiempo atrás, cuando leí sobre ella y vi una foto en la que posaba orgullosa y opaca adentro de este delirante palacio de fachada soviética que estoy a punto de conocer: Anca Petrescu.
 
 
 
El trayecto guiado comienza por una pequeña sala de teatro privada, con sus butacas aterciopeladas, una araña palaciega y un escenario modesto al que, por error, olvidaron agregar detrás de escena: a lo largo del recorrido, a través de nimiedades y detalles curiosos, Juana hará un punteo risueño de torpezas y grotescos del régimen, como si fuera lo que este grupo variopinto y obediente espera, caminando ya dentro de un grotesco absoluto, insuperable: un país menor y campesino del sureste de Europa que alguna vez se le ocurrió jugar a los emperadores romanos. Un indio es quien más interrumpe el discurso estudiado de la guía: pregunta obviedades, utiliza el contexto para comentarios que son tan graciosos como una misa en latín y, demasiadas veces, ante un nuevo salón o corredor alfombrado, exclamará mamma mía con expresión boquiabierta. Un chico rubio y alto con acento sueco o nórdico va en compañía de una rumana que parece israelita y, vencida en la batalla de la belleza, el carisma, el encanto y la picardía con su compatriota, intenta superarla en el terreno intelectual aportando cada tanto conocimientos precisos que no están grabados en el casete de Juana. Me pregunto si ella oyó hablar de Anca Petrescu.
 
La guía, previsiblemente, recurre una y otra vez las cifras más insólitas: más de setecientos arquitectos fueron necesarios para levantar esta mole. Pero no dice que la arquitecta Anca Petrescu en el año del terremoto tenía 27, era asistente junior en el estado y, al enterarse del proyecto, se postuló para diseñarlo junto con otros colegas, pero fue rechazada. En lugar de desistir, renunció a su puesto en el estado, durante tres meses trabajó obsesivamente en un modelo a escala puntilloso, con mucho ornamento dorado, el embrión del delirio faraónico que debía llegar, sea como fuera, a ojos del Presidente. Así que empezó a enviarle cartas, y de nuevo fue ignorada, pero ella, una vez más, insistió: escribió más cartas diciéndole a Ceausescu que tenía que presentarle el modelo terminado, y con esa voluntad incansable logró que el suyo entrara en la selección de los finalistas.
 
 
Un largo corredor con implacables columnas de mármol pulido y bustos: este prócer está acá y ganó una sola batalla, dice Juana adelantando una sonrisa ladina, como para que den ganas de rendirse a ella. El chiste repercute en el grupo, de buen ánimo y atención dispersa: cortinas de hilos de oro trenzado, alfombras extensísimas y pesadas, enormes puertas de roble tallado con pulso de hierro y terminación exquisita, una araña de nueve metros de diámetro, cinco toneladas, mil focos.
 
Todos los materiales son de nacionalidad rumana, se apura a destacar la guía: además de los mármoles, de Transilvania vino el oro y el roble, y madera de cerezo y tejidos de Timișoara. Las alfombras son obra de las monjas de los conventos (por algún motivo no menciona que fueron obligadas a tejer para la causa). Todas las recámaras y salones llevan nombres de políticos rumanos, pero ninguno de los veinticinco integrantes de este contingente con cadenitas al cuello y placas de acreditación colgantes va a acordarse de uno sólo de ellos, porque Juana los pronuncia lo más cerrado posible, levanta las cejas y entorna los ojos, una mueca de desdén y sorna a tono con sus comentarios irónicos, como si reforzara el pacto que de entrada tiene con su auditorio: les cobramos unos quince dólares –entre 35 a 45 lei rumanos- para que se paseen a sus anchas por las fastuosas entrañas de la farsa, riéndose un poco con nosotros de este pasado tan improbable pero que de a poco fue tomando forma, rindiendo sus frutos: además de las visitas guiadas, aquí sesionan diputados y senadores; se alquilan espacios para meetings, reuniones empresariales o políticas, incluso para grabaciones de películas; en un anexo se adosó el Museo de Arte Contemporáneo, y siempre, pero siempre, los rumanos podrán afirmar que tienen el segundo edificio más grande del mundo, después de Estados Unidos. El indio pregunta a cuánto alquilan los salones.
 
 
Los rumores y chismes de baja estofa que integran el más bien aburrido parloteo de la guía no son otra cosa que la misma leña del árbol caído con que se terminó de delinear – de manera desproporcionada o no, cómo saberlo- la figura del dictador en los años posteriores a su fusilamiento. Por ejemplo, algunos dicen que Ceausescu quedó deslumbrado por el portento de la maqueta que a la postre resultaría la triunfante; otros, que lo que provocó aquel embelesamiento fueron los encantos de su creadora, la joven Anca Petrescu. La fotografía con la que contamos nos inclinaría a pensar lo contrario, pero quizá no le hace justicia: Anca contaba con sólo 32 años cuando en febrero de 1982 ganó el concurso y fue nombrada arquitecta jefa del proyecto. "Un edificio grandioso que refleje los tiempos que vivimos”, es la supuesta frase con que Nicolae selló el destino de la arquitecta y de la obra. Mientras tanto, Juana nos cuenta que la única excepción a la nacionalidad de los materiales son unas puertas de caoba, hubo que importarla de Italia, dice. Vemos todavía más salones alfombrados de los que cuelgan miles de caireles de cristal, un centelleo facetado y embriagador que con el avance de la visita no pareciera perder su efecto en el indio (mamma mía): aquí se reunieron Yassir Arafat y Shimon Peres, dice Juana, y después nos invita amablemente a un recreo de diez minutos en la terraza del edificio. Subimos en tandas de siete u ocho personas en un ascensor de paredes de acero inoxidable y espejo: la ascensorista juega al Candy Crush con una tablet.
 
“Sabía escuchar, era un hombre muy paciente, ¡no era un vampiro!”. Son palabras de Anca Petrescu, muchos años después de la revolución, dedicadas al líder rumano que se mantuvo más de dos décadas en el poder. En ellas pareciera sobrevolar cierta picardía y candidez reconocibles también en las de Juana, nuestra bella guía de frases medidas e inglés correcto esta tarde soleada de junio, como si ambas hablaran de las locas peripecias de un personaje menos temido y sórdido que remoto. Sin embargo, es la arquitecta quien quizás haya vivido las mejores anécdotas en este palacio desaforado. Ceausescu, contó ella en una oportunidad, comenzó a obsesionarse con la obra, a cambiar de parecer sobre tal o cual cosa, preferir uno u otro estilo arquitectónico, y sus apariciones intempestivas aterraban a los obreros. En una de ellas, notó una diferencia de tamaños en las flores esculpidas en los capiteles de dos columnas. Por lo bajo todos aseguraban que eran iguales, incluso la misma jefa de arquitectos. Pero él ordenó que alguien subiera a medir y una flor resultó ser un centímetro más chica que las otras: las columnas fueron derribadas inmediatamente. Me pregunto si Juana sabrá esto, podría enriquecer su colección de trivias y patetismos: ahora nos cuenta que entre Ceausescu y su mujer, Elena, había competencia de egos. En la sala más grande y portentosa de la Casa del Pueblo iban a colgar sus cuadros en paredes enfrentadas, pero a último momento el líder rechazó esa posibilidad, y hay quienes dicen, apunta Juana, advirtiéndonos que acá viene algo jugoso -como quien pide redoblantes-, que en lugar del retrato de Elena, Ceausescu quería instalar un espejo frente al suyo que duplicara la imagen.
 
 
La historia es bien conocida: Nicolae Ceausescu no pudo ver la monumental obra finalizada porque su régimen se desplomó con el rugido de los manifestantes en la que hoy se conoce como Plaza de la Revolución. Él y su mujer fueron fusilados a 80 kilómetros al noroeste de Bucarest, donde ahora funciona un museo: los cuerpos de los muertos en tiza, la pared agujereada, las celdas. Las cámaras tomaron en vivo cada momento: esta revolución sí fue televisada. Las consecuencias lógicas de esto, en lo que respecta a Anca Petrescu, eran esperables. En 1990, un grupo de arquitectos organizó una campaña para llevarla a juicio por genocidio, pero ella negó todos los cargos y la iniciativa no prosperó. De todas formas, las amenazas de muerte eran constantes, y nadie más contrató sus servicios. Su casa fue incendiada. Ese mismo año se fue a Paris –según ella, por invitación de Miterrand-, donde ganó un concurso para construir hoteles del Club Med.
 
En algún momento del recorrido, la rumana con cara de israelita proporciona, ante la consulta infaltable del indio y el titubeo por parte de la guía, la fecha exacta en que ocurrió la muerte del dictador, sin esconder cierto orgullo propio que no hace más que resaltar la sensualidad y la apatía monocorde de la otra. Pero a continuación hay un momento distendido, aprovechando las capacidades acústicas de un gigantesco rectángulo de columnas y techo encristalado: ¡aplaudan, aplaudan!, nos incentiva Juana, y todos, en mayor o menor medida, como monos dóciles, lo hacemos. Cuando abandonamos ese recinto de iguales aspiraciones monárquicas que el resto, a nuestro lado pasa un nutrido grupo de orientales que, de inmediato y al unísono, se pone a aplaudir sin alegría ni emoción o ademanes particulares, y el despliegue a en cascada del eco los sorprende cada vez.
 
 
¿Pero qué pasó con Anca Petrescu, el nombre que de alguna manera secreta invocaba para mí este lugar mucho antes de venir? Cicatrizadas las heridas que dejó la caída de la cortina de hierro a la rumana, fue citada por el gobierno, en 2002, para diseñar una cúpula de vidrio a imitación del Reichstag alemán. Se postuló para alcaldesa de Bucarest, pero apenas arañó un 4% de los votos. Un periodista occidental le preguntó acerca del sufrimiento del pueblo rumano, a causa o como aspecto lateral y necesario de su trabajo, y ella respondió que esa pregunta sólo podía provenir de alguien que creía que el rédito económico era la única motivación de los sistemas políticos. Hace muy poco, en agosto de 2013, cuando Bucarest surgía como una indudable ciudad a visitar en nuestro viaje a Europa del Este, Ana Pertrescu entró en coma después de un accidente de auto del que no logró recuperarse. Murió en un hospital de emergencia de la capital rumana.
 
 
Como era de prever, Juana se despide rápido, sin demasiadas solemnidades. Nos devuelven los pasaportes, el grupo finalmente se disgrega. Bajamos por la explanada principal después de una hora de tour guiado. La maleza que rodea el edificio es la de un jardín al que prestan poca atención. Por la noche, sobre el bulevar Splaiul Independenței, desde el otro lado del río que cruza la ciudad, vamos a observar el Parlamento sin más luces que unos débiles reflectores en la periferia, su molicie calma y blanca y extraordinaria como la de un esqueleto de tiranosaurio: se lo llega a ver desde muy lejos, entero o de a retazos, siempre arcaico, incólume, mal iluminado.
 

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