martes, 17 de junio de 2014

Llegar al Parlamento de Bucarest

La sorpresa más grande me la llevo cuando llego al río porque siempre que hay río hay europeos tomando sol y cerveza pero acá no. La costanera del río -modesto y angosto- de Bucarest, no llega nunca a ser un paseo: es un recorrido que hay que hacer para llegar a otro lado. El otro lado al que queremos llegar es el Parlamento rumano. Para hacerlo tenemos que atravesar diagonalmente el Parcul Cismigiu, una tarea que se pone difícil con las distracciones: en el lago unos chicos juegan adentro de unas burbujas de plástico, en un corredor unos pibes cantan “Don´t worry be happy” y tres mujeres turistas bailan con poca gracia moviendo la cola al ritmo de la canción y todos aplauden.

Más obstáculos que nos distraen: una vez atravesado el parque nos encontramos con un memorial a los judíos muertos en el holocausto, austero y oxidado, un cubo con hendijas por donde pasa la luz iluminando los nombres de los homenajeados. Después están los palacios de Bucarest, esas casas antiguas que no paran de aparecer y son como zombies a los que nunca se les va a acabar la batería del todo y por eso siempre sigue viviendo gente en ellos. Y después el río, magro y desganado, nos roba un tiempito: tenemos que comentar la imagen pálida que da frente a otros ríos europeos.








Llegamos al parque Izvor, otro de los obstáculos para llegar al parlamento aunque éste es el más difícil de superar: hay un festival organizado por Red Bull, canta una adolescente que adivino como el equivalente de nuestra Violetta. Algunos chicos cantan pero la mayoría solamente está sufriendo el calor, y nuestra atención ya está en otra parte: en esa mole que es el parlamento, el segundo edificio más grande del mundo.




Lo rodeamos caminando por la vereda, no hay nadie con nosotros, apenas unas casillas de seguridad con unos guardias escuchando la radio o jugando en el celular, aburridos y con esa expresión que tienen los que están muy aburridos de su trabajo, tanto que uno termina mandándonos a un lugar equivocado cuando le preguntamos dónde es la entrada, todavía no entiendo si lo hizo a propósito y fuimos el plato fuerte del día, la única anécdota memorable, los turistas a los que mandó a cualquier lado, o si simplemente se equivocó. No me molesta ninguna de las dos porque atrás del parlamento está el Museo de Arte Contemporáneo de Rumania, donde entramos y vimos dos exposiciones: una primera de arte multimedial, que según Juan era para niños pero para mí sólo era participativa y todas las obras participativas tienen ese elemento lúdico que las hace parecer infantiles. Había una superficie con luces de colores y sonidos, las luces cambiaban de colores a medida que uno las pisaba. En otra habitación había paredes acolchonadas con cuadrados que, al presionarlos, cada uno hacía un ruidito diferente, se podía ir probando y combinando sonidos. Había un cuarto oscuro y silencioso que debía ser transitado a ciegas y en silencio siguiendo a una guía que no hablaba y ni siquiera sé si existía. En el piso y alrededor de uno se percibían ciertas presencias, cosas en el piso, o cuerpos, o cosas colgando. Eso no puede ser para niños.

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La segunda exposición era una exposición llamada “Recorded memories. Europe. South East” que juntaba a varios artistas que presentaban algo relacionado con la memoria. Como en todas las exposiciones corales había cierto nivel desparejo pero en general era bastante interesante ver el trabajo de gente de mi generación sobre su infancia en los años ´80 y ´90, en la Rumania socialista o en la ex Yugoslavia. Una instalación con un coro grabado cantando un tema folklórico bastante conocido, unas fotos de la sede del partido comunista de Bulgaria (creo que ahí decidimos viajar sí o sí a Sofía), unos inviernos nevados en Rumania. Las fotos de un bosque donde iban a fusilar traidores.

Y después de ese falso viaje por el mundo desconocido de la memoria comunista, sí, el Parlamento.

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