domingo, 6 de agosto de 2017

Sobre mi relación con las stories de instagram

Mi relación más intensa en los últimos tiempos es con las stories de instagram. Tienen ese aparente encanto del recorte instantáneo, poco preparado, sin edición. Esa urgencia de compartir algo: es ahora, rápido, lo digo, lo grabo, le saco una foto, le pongo un filtro, una etiqueta. Se imprime. Total, en un rato desaparece.

Estoy obsesionada. Miro stories de toda la gente que conozco pero también de gente de twitter que no conozco en la vida real, de famosos que me caen bien y de los que me caen pésimo y de todas los que me sugiere instagram. A la noche, con la luz apagada, justo antes de dormir, son mi canción de cuna. Mi aspiracional, pero también eso que nunca quisiera ser. El compendio de mis sueños y pesadillas y lo que más me gusta hacer en el mundo: chusmear vidas ajenas. Mi paco.

Ya sé que es mentira, ya sé que es un recorte, ya sé que es algo que no existe. Quiero decir: trabajo de editar imágenes y de reordenarlas para darles el sentido que se me cante a mi, al guionista o al productor a cargo. Y sin embargo las creo. Aunque sean inverosímiles, aunque se note la actuación, aunque se vea el paréntesis. Son una ilusión perfecta porque, además de todo, desaparecen a las veinticuatro horas. No quedan rastros, y al no quedar rastros generan una falta de vergüenza que es asombrosa. Me fascina ver a mis amigas con una corona de espinas, mirando a cámara con los ojos un poco desorbitados. Me fascina ver a mis amigos caminando y contando hacia dónde están yendo. Me fascinan el antifaz con ojitos dormidos, las orejitas de perro, los filtros de GOT. Me encanta que no les importe y que se diviertan. Me da envidia no poder hacerlo.

Hace un tiempo, cuando todavía no habían explotado las stories de instagram, muchos usaban snapchat. Me moría por estar. Por participar. Por convertir mis ojos en ojos de animé, por vomitar un arcoiris, por poner mi cara y transformarla en un animal, en un rey, en un zombie. Mis amigas me insistían: te vas a cagar de la risa, te vas a enganchar, bajatela. Y yo que no, ya sé que no, ya sé que podría divertirme pero la verdad es que no estoy ta segura de mi misma como para ponerme un filtro de abejita y cantar una canción y dejar que los demás se diviertan. No sé reirme de mi de esa forma, me da una vergüenza bárbara que quede instalado el sí, la conozco, la sigo en snapchat, es una pelotuda. Como si eso importara demasiado.

Viajé a NY unos días y mi amiga Rocío, con quien fui, me convenció: empecé a hacer mis propias stories de Instagram. Lo cierto es que soy vieja. Soy lenta, no entiendo bien cómo funcionan, siempre llego un poco tarde, me olvido. Ni siquiera saco tantas fotos. Y, para peor, no me gusta aparecer en cámara. Tengo un sólo ángulo de selfie que me permito en la vida y fuera de ese pienso que en absolutamente todas las fotos y videos del mundo salgo sencillamente mal.

Mis stories del viaje fueron desparejas: algunos días dos fotos, otros días ocho fotos de algo muy parecido. Replicaban el entusiasmo que tengo por todo: por la mañana arrancaba siendo detallista y minuciosa y con el correr del día me iba olvidando de postear o posteaba todo con el mismo filtro. Para la noche ya me había olvidado por completo. Cuando volví del viaje no volví a hacer ni una story de instagram hasta hoy.

El domingo pasado me levanté y sentí una felicidad que hacía mucho no sentía. No había pasado nada en particular. Simplemente me había levantado sola en mi casa, estaba tomando mate y miraba una serie que terminé hace unos días y me encantó (¡es esta, mírenla!). Nada del otro mundo y sin embargo tenía un subidón de alegría que me resultó extraño. Unas horas más tarde estaba enroscada: había perdido todo el domingo tirada en un sillón mirando una serie y tomando mate. Lo hablé en terapia: cómo podía ser que esa felicidad se hubiera convertido tan fácil en amargura. Cómo lo mismo que me hizo sonreir sola en mi casa de repente era un yunque que me había hundido. Todavía estoy trabajando en una respuesta posible.

Hoy me levanté y lo mismo: hice mate y abrí un libro y en la primera oración me di cuenta de que me iba a encantar (¡es este, leanlo!). Entonces decidí registrarlo. En mi story de hoy aparece la primera página del libro, después aparece un mate perfecto, después aparece esto que estoy escribiendo acá. 

Sobre mi story de hoy descansa la esperanza de no olvidarme que hoy me levanté muy feliz y que hice cosas que me hacen feliz y que sostuve esa felicidad hasta que llegó la tarde y me puse a sufrir porque sí. Pero fue lindo mientras duró.

3 comentarios:

JLO dijo...

Muy de mujer... Me encanta!! Ja... Siempre son mas interesantes que nosotros... Si, sabemos hacer mejor el ridículo pero somos sólo eso 😒...

Tengo que leer, quiero leer más. .. Saludos 🙋

Juan Manuel FG dijo...

Es un vicio voyeurista! Muy bueno el blog, ojalá lo retomes y publiques un poquito más seguido.

Saludos desde el interespacio.

pasivo-agresiva dijo...

"Me da envidia no poder hacerlo."

Obvio