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domingo, 27 de mayo de 2012

Imposible terminar mejor el fin de semana largo

Asado.
Ensalada de espinaca, parmesano y ajo.
Ensalada de papas, huevo y perejil.
De postre, flan.

Todo caserito.


sábado, 26 de mayo de 2012

La vida cotidiana del sábado

Estamos todo el día juntos pero separados.
Juan está arriba. No sé qué hace. De a ratos escucho su música o sus videos.
Yo estoy abajo. En el sillón, con la compu, el mate, un libro y los cigarrillos. Tengo frío pero no se me ocurre cerrar las ventanas. "Cerrá las ventanas" me dice Juan en una de sus bajadas estratégicas a la cocina y yo le digo que no, que prefiero abrigarme o taparme con una frazada antes que cerrar las ventanas. "Prefiero que se ventile". Baja y viene hasta el sillón a ver qué estoy haciendo y eso siempre sucede en el exacto momento en que necesito algo: más agua para el mate, un pedazo de pan, un té, la frazada. Él me pone el agua, o me hace el té o me alcanza la frazada. Paso más de la mitad del día tirada en el sillón, siendo feliz, leyendo de a ratos, durmiendo un poco, pensando, maquinando, elaborando proyectos. Hoy no quiero escuchar música y el silencio me acompaña desde el mediodía. El silencio y el ruido del viento, algunos pajaritos, el chiflo del aflador, que me toca timbre y me saca de la introspección. "No, gracias" le respondo al mismo tiempo que otra vecina le grita "¿Quieeeeennnnnnn?".
Desayunamos casi al mediodía con un budín de mandarinas que hice ayer a la tarde (además del budín hice un pancito con semillas, aprovechando el calor del horno para que levara mejor).
En algún momento subo y nos abrazamos. Le doy opciones de paseo pero ninguna prende del todo: hace frío y el piyama y la frazadita son más tentadores que cualquier salida. Las opciones son: barrio chino, ping pong, local de antigüedades, todo en bicicleta. "Pensalo", le digo, y vuelvo a mi rinconcito de abajo. Al rato me dice que va a ir al super, que va a preparar huevos revueltos con panceta y tostadas francesas. Le digo que tostadas francesas para mi no, todo lo demás sí. Y al rato se me ocurre que puedo hacer un babaganush (una de mis palabras favoritas del mundo, ¿se escribirá así?) medio improvisado para comer con el pan que hice ayer. Todavía no se lo informé: me da fiaca subir. Todavía espero mis huevos revueltos.
Desde el sillón veo la máquina de coser que me llama tímidamente para que termine de una buena vez las cortinas. Pero el solo hecho de pensar que tengo que tirarme en el piso para poder tomar las medidas y poder manejar una tela tan grande me da frío. Tal vez más tarde, por ahora sigo cómoda en el sillón.

sábado, 12 de mayo de 2012

Otro sábado

Otra vez pan casero, ésta vez integral. Cada día me salen más ricos.
Para la hora de la merienda, cupcakes de remolacha y chocolate, mate y mucha felicidad.

En la foto, de fondo, el mueble celeste con flores, un poco más adelante un televisor del siglo pasado, sobre el televisor una parte de la biblioteca que en el medio (no se ve en la foto) se está hundiendo por el peso y en cualquier momento se quiebra. Me gustaría estar presente el día del quiebre porque todos los libros cayendo debe ser un espectáculo precioso.




Además: el food styling no es lo mio y todas mis comidas se ven muchísimo más lindas en vivo y en directo. Fui al supermercado sin corpiño, con un buzo deportivo que me queda pésimo y un jean que me hace tremendamente caderona. Me consoló mucho ver una abrumante cantidad de familias feas y changos llenos de paquetes de fideos y salsas preparadas.

miércoles, 11 de abril de 2012

Es plan

Trabajar en algo más o menos copado.
O más copado.
O menos copado.
Ahorrar para irse de viaje un mes por año.

Irse de viaje.
Muy diferente a irse de vacaciones.

sábado, 21 de enero de 2012

Del cinco al veintiuno




Los highlights de este verano son demasiados.
Uno de los mejores fue una ensalada hipercalórica que preparé el otro día, con higos, jamón crudo, queso brie y rúcula. El balance fue raro, mucho jamón y poco queso, estuve toda la noche soñando que tomaba litros y litros de soda de la cantidad de sal que había quedado dando vueltas en el organismo.
Otro fue el traslado de una Santa Rita en la bicicleta, fueron siete cuadras de pura adrenalina, en cada pocito saltaba la bicicleta, saltaba la planta, saltaba yo y saltaban unos pedazos de tierra que serán debidamente repuestos para que la planta no sufra de desabastecimiento. Su nuevo hogar es una terraza, tiene algunos amigos nuevos: un ficus, una glicina, un perejil, una que tiene unas flores muy lindas y no sé cómo se llama. La Santa Rita está muy contenta en su nuevo hogar.
Convivir sin convivir es lo más divertido del mundo. Tener dos lugares felices e ir alternando entre uno con patio y gatos y novio y otro con aire acondicionado y novio es fácil. Trasladar bolsos con ropa de una casa a otra no, no es fácil ni divertido, pero todo no se puede.
Tener trabajo es alienante cuando el trabajo demanda tantas horas y tanta concentración y cuando lo que se edita es un reality show de latinos en Miami que la pasan mal y después la pasan peor. Los veo y me deprimen un poco: tenían sus happy places en sus países amados y largan todo para aventurarse al sueño americano al que llaman insomnio americano. Tres trabajos, deudas, hipotecas, querer llegar a las grandes ligas y no tener tiempo ni para mirar una película. No entiendo por qué eligen lo que eligen.
Tuve dos entrevistas para dos trabajos en dos lugares muy diferentes pero iguales entre sí: feos. Uno en un edificio súper canchero con recepcionista, otro en una casa antigua sin aire acondicionado y con mucho olor a chivo. De las dos entrevistas volví bajoneada: no quería trabajar en esos lugares. Después me tocó éste, que está por terminar, en una casa antigua preciosa con aire acondicionado y gente que fuma todo el tiempo. Volví a fumar con ellos. Trabajo doscientas horas por día y a las once de la noche estoy bostezando y tardo tres noches en ver una película porque siempre me quedo dormida. Y aun así estoy feliz: de todos los lugares donde me tocó trabajar, éste lugar me recuerda a mi primer trabajo, el mejor trabajo que tuve.
Esta semana fui en bicicleta tres días seguidos y al cuarto tuve que abandonar porque las rodillas me hacían crac crac crac. Como las viejas. Crac crac. Pero a pesar del dolor de rodillas la bicicleta es lo más lindo del universo. Cuando todavía vivía en Ramos me manejaba en bicicleta absolutamente para todos lados, después vine a Capital y Capital es un terreno hostil para los ciclistas: los colectiveros siempre tocan bocina porque sí, los peatones cruzan como se les canta el orto y los taxistas siempre están frenando y acelerando cerca de la vereda sin poner balizas. Post aparte merecen los hijos de punta que no ponen la luz de giro.
El otro highlitgh del verano y tal vez del 2012 es la mudanza de Juan. Nunca en mi vida viví una mudanza con tanta alegría y entusiasmo, seguramente porque la mudanza no es mia y ayudar en una mudanza no tiene nada que ver con mudarse uno mismo: le dugiero directivas de organización y él cumple porque sabe que yo soy sinónimo de practicidad. Lo ayudé también a elegir el color de la pared, fue un trabajo muy minucioso y difícil: no hay nada peor que un indeciso. La pared quedó de un rojo un poco oscuro con un poco de rosa que es un fuegor de hermosura. Lo obligué a pintar un mueble de celeste diciéndole que confiara en mis instintos básicos de decoración y, bueno, mis instintos nunca fallan y el mueble es otra locura de hermosor.
Con el tiempo he recolectado datos sobre arreglos de la casa que me salvan a mi y salvan a otros. Recomendar un pintor y que sea un gran pintor es toda una satisfacción. Recomendar alguien que plastifica pisos. Ir a Easy y saber qué hay que comprar y qué no. Saber instalar cosas, arreglar, reparar, darse mañan. Se lo debo a mi papá y a todas nuestras jornadas de trabajadores de taller: él me enseñó a pelar cables, a armar lámparas, a cambiar cueritos y a pintar.
Es un tiempo de felicidad absoluta y mucho cansancio. Me da muchísima pena no tener tiempo para cocinar, coser o armar origamis. Me da mucha pena no poder dormir más de seis horas o tener que estar encerrada todo el día. Me da pena haber vuelto a fumar y tener un montón de deudas y no poder gastar un peso de más porque ese peso de más significa un poco más de deuda. Me da pena no tener tiempo para pintarme las uñas o no tener tiempo para tirarme en la cama a escuchar música. Me da mucha pena no estar viendo a mis amigos y ni siquiera ser capaz de mandarles un mail. Me da pena pero al mismo tiempo tengo que decir que éste fue el mejor enero de toda mi vida.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Lo primero que pensé

Jueves
"¡Hay que armar el arbolito!". Lo pensé con mucha, muchísima alegría. También con mucha, muchísima ilusión. Es el primer año desde que vivo sola que tengo arbolito. Limpié toda la casa, incluyendo en la limpieza los vidrios de todas las ventanas y después armé el arbolito y después lo fui paseando por todo el departamento para encontrar el espacio perfecto. No sé si lo encontré, pero unos días más tarde mamá entró al departamento y miró para todos lados y preguntó "¿Y el arbolito?". Bueno, el arbolito estaba al lado de ella y ella no lo vio. Tiene bolas rojas y grullas hechas en papel metalizado y un juego de luces de muchos colores que pienso prender todos los días. 

Viernes
"¡Mañana voy a invitar a comer a mis papás así ven el arbolito!". Lo pensé, también, con muchísimo entusiasmo. No sabía si aceptarían porque la última vez que vinieron, hace ya varios meses, mientras terminábamos de almorzar escuchamos que en la vereda rompían un vidrio y después empezó a sonar una alarma y cuando nos asomamos nos dimos cuenta que eran el vidrio y la alarma del auto de mi papá que de un segundo a otro se quedó sin stéreo. Sin embargo aceptaron sin problemas.

Sábado
"No te puedo creer que tengo que ponerme a cocinar la puta madre que lo parió". Ya había prometido milanesas. Sin ilusión ni alegría ni entusiasmo las cociné y lavé el trapo rejilla para que quede reluciente como le gusta a mi madre. Miré la asunción y toda la bola y me emocioné en varias partes. Después de almorzar repitieron el juramento y volví a verlo con mis padres y los tres nos emocionamos en la misma palabra. Juan no. No se emocionó con esa palabra y por dentro debió haber pensado que estaba rodeado de tres pelotudos. No le robaron el stéreo. Las milanesas salieron muy ricas. La torta de frutillas también.

Domingo
"Qué ganas de cocinar". Pensé eso, literal, sin especificaciones de ningún tipo: no sabía si salado dulce en mucha cantidad o un bocadito, pero tenía que cocinar. Con resaca, ojeras y el mismo vestido y zapatos de anoche, hice unas galletitas de avena que resultaron se un furor para mi, para mi novio, para su amiga que está viviendo acá y para los dos muchachos que también están viviendo acá y son actores.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Papá Noel


martes, 15 de noviembre de 2011

Temporada de cerezas

Lo mejor que se puede hacer en estos días es salir a mirar los jacarandás y empezar a comprar cerezas y cerezas y cerezas.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Cena multicultural para los amigos de mi corazón

-Guacamole.
-Cremita de queso con eneldo (me niego a llamarle "dip").
-Hummus.
-Tabule (¿tabuleh?).
-Papas bravas.

-De postre, un apple crumble no apto para personitas que cuidan su figura. O sí, es apto para todo público. Diría que es irresistible.

No pegaba nada con nada. Pero qué rico me salió todo.

Es notable que al principio me niegue a escribir "dip"
después me despache como si nada "apple crumble".


viernes, 16 de septiembre de 2011

Cosas que hago aunque no debería

-Comer el relleno de las empanadas mientras espero que se enfríe.
-Bajar películas de minitas y obligar a mi novio a que las vea conmigo.
-(viene del ítem anterior): Tener el tupé de preguntarle por qué no le gustó la película que acabamos de ver si es toda tierna y recontra chuchi.
-Comer crema y brócoli, dos alimentos que me encantan con todo el alma pero me hacen daño.

domingo, 24 de julio de 2011

¿Cómo? Así

No es que esté mal, pero hay algo que no está del todo bien. Básicamente estoy aburrida. Todo me parece mínimo: los momentos de alegría, las satisfacciones, los problemas (mios y ajenos). Al mismo tiempo, estoy bastante productiva y el tiempo de procastinación virtual se redujo casi a lo imperceptible. No posteo en los blogs, no paso tiempo en twitter, casi no abro facebook. No miro televisión, casi nada, y ésta es una de las cosas que más me sorprenden: el temor que tenía de que el trabajo en casa sea incompatible con el aparato a metros mios era una ilusión fundada en lo que era hace algunos años. Hay un cierto contraste entre las cosas buenas que estoy contando y eso que siento de que hay algo que no está del todo bien. Estoy más abandónica que nunca y no es por algo en particular y ni siquiera es por el invierno. Quiero decir: no hay ningún motivo identificable por el que pase tanto tiempo sola y supongo que esa incomprensión es la que no me deja determinar si estoy bien o estoy mal. Digamos que estoy y punto. Algunas cosas que no están bien y me sacan de las casillas: no logro levantarme a la mañana. Envidio profundamente a las personas que siendo las diez ya hicieron dos o tres cosas o al menos una (acá se me ocurre que hacer una cosa antes de las diez puede ser: desayunar, con eso ya estaría satisfecha) y los envidio tanto que les deseo una vida de larguísimas siestas y llegadas tardes. No logro salir de la cama hasta pasadas las once. Y no está bien. Y todas las mañanas casi mediodías, cuando logro destaparme y levantarme lo primero que me sucede es que me baña un mar de mal humor que dura algunas horas y a veces más. Pongo el depsertador lejos y hago todas las cosas para poder levantarme pero me lanzo al absimo de los cinco minutos más y los cinco minutos más siempre se transforman en cincuenta.

Trabajar en casa es tan satisfactorio como raro. El otro día hablaba con un amigo que también edita en su casa y comparábamos métodos y rutinas porque el no tener la obligación de cumplir un horario te desacomoda toda la rutina laboral. Me levanto cerca del mediodía y mientras desayuno abro el proyecto que esté editando y el proyecto queda abierto todo el día y a veces son las once de la noche y yo sigo ahí sentada pero nunca termino de entender si trabajé mucho o poco: es difícil contabilizar cuántas horas estuve realmente trabajando, cuántos recreos me tomé o cuántas veces bajé al super o a la verdulería o a sacar la basura. En general me da la sensación de que me pasé el día editando y está claro que nunca me paso el día editando. Pero al mismo tiempo, trabajar en casa es lo más lindo que me pasó desde que trabajo. Controlar mis tiempos todavía no me sale, pero sí me sale trabajar bien y contenta y poder parar cuando sé que estoy editando por inercia o cuando los ojos no me dan más o cuando necesito despejarme un poco porque ya no se me ocurre qué hacer. Y si bien es cierto que en cualquier trabajo uno tiene derechos a pausas, las pausas en casa son diferentes: el otro día, por ejemplo, paré un rato de editar y me puse una linda música y amasé pizzas y después me lavé las manos y seguí trabajando. Vale la pena no entender si trabajo mucho o poco porque esos momentos de estar en casa haciendo lo que se me canta son invalorables. Por ésto, los que trabajan fuera de sus casas, pueden envidiarme con muchísimo ahínco.

Lo que sí pasa cuando uno trabaja en casa solo tanto tiempo es que el nivel de soledad llega a un límite de saturación que es difícil de manejar y creo que esa costumbre de no hablar con nadie en todo el día me está llevando a esto de estar más solitaria y callada que nunca, aunque algunas veces sí se torna insoportable y sí necesito estar con alguien y charlar pavadas y todas esas cosas sociales que me cuestan muchísimo pero me traen muchas alegrías. Breves, las alegrías, como decía al principio: invito alguien a casa y después quiero que desaparezca porque ya está, ya nos vimos, ya interactuamos, ahora andate. Estoy odiosa.

El viernes trabajé fuera de casa y se me hizo imposible, no por el trabajo en sí sino porque eran las diez de la noche y yo seguía trabajando y la jornada no había sido de las mejorcitas y estaba sola en una productora y cuando cerré todo para finalmente irme, se me trabó una llave en la cerradura, la rompí, no sé, y me agarró una crisis nerviosa que estuvo a punto del llanto mocoso pero se quedó ahí. Me fui y me tomé un taxi para ir a la casa de Juan y le expliqué al taxista cómo ir y venía pensando en algunas pavadas, la mayoría de ellas relacionadas con: cómo puedo ser tan pelotuda de meter una llave en una cerradura y romperla y ni estaba pensando en el recorrido y evidentemente el taxista tampoco estaba pensando en el recorrido y se olvidó de doblar en una avenida y nos desviamos un montón y yo me taré y no sabía cómo salir del berenjenal donde estábamos metidos, estaba perdidísima y creo que el taxista también, pero el forro en lugar de parar y preguntar inventaba circuitos por la ciudad de lo más laberínticos y me agarró un miedo feroz que sólo me hacía pensar que el tipo me estaba mareando a propósito para llevarme a un descampado y violarme y matarme. Y en lugar de agarrar el teléfono y llamar a Juan o algo, me quedé como petrificada hasta que me di cuenta que el pelotudo del taxista se había tarado mucho más que yo y estaba por doblar de nuevo como el orto y si doblaba como el orto de nuevo empezábamos a bordear el cementerio de la Chacarita y ahí te quiero ver, qué hacés, te bajás y corrés, te metés entre las tumbas, te tirás abajo del tren. Todas las calles que agarraba me resultaban desconocidas y eran todas calles angostas y oscuras y bajarme ahí, en el medio de la nada (para mi, Capital Federal puede convertirse en la nada) y, de nuevo, en vez de llamar a alguien por teléfono aunque sea para decirle dónde estaba, me quedé helada hasta que leí Cucha Cucha y todo mi gps mental empezó a acomodarse de nuevo y cuando llegamos a Avenida San Martín supe que ahí sí podía bajarme o que ahí sí podía ubicarme o que ahí no, no me iba a violar ni matar ese taxista tan boludo. Le pagué al taxista y me bajé casi corriendo de su auto y cuando toqué el timbre el taxista arrancó y a mi se me salía el corazón de la desesperación y apenas lo vi a Juan lo abracé y me largué a llorar como una nena, le decía que el taxista me había asustado y Juan, no sé, esas cosas que hacemos por impulso, salió a la vereda pero ya ni se veían las lucecitas del auto. Lloré y lloré y él me abrazó y era la cerradura que rompí y la jornada de trabajo que estuvo rara y que no logro levantarme antes de las once y que tengo a mis amigas abandonadas y que mi mamá me pregunta cada vez que me ve cuándo voy a tener un hijo. Y lloré hasta que me tranquilicé y me di cuenta que las cosas no salen como uno se las imagina y que todo es mucho más difícil de lo que pensamos y que el taxista no era malo sino medio boludo y que yo no puedo congelarme tanto como para tener tanto miedo por algo y no hacer nada al respecto.

lunes, 18 de julio de 2011

Freelance

Lunes, 15:40
Sigo en piyama.

Antes que hijos, mil sobrinos

Hace algunas semanas le pregunté a Juan por qué pensaba que la gente tenía hijos y me contestó: "Porque quiere". Y después agregó: "O porque sale algo mal". Sus respuestas, además de causarme un poco de gracia, me hicieron dar cuenta que estaba expresándome mal. Lo que me gustaría saber, entonces, es por qué la gente quiere tener hijos. Parece una pregunta un poco soberbia pero no lo es: me encanta que la gente tenga hijos y disfruto de sus hijos pero no termino de entender el deseo de tener hijos. Digo ésto y me da un poco de dolor porque estuve pensando que yo soy demasiado egoísta para tener hijos y el tipo de egoísmo del que hablo viene por partida doble: por un lado me gusta demasiado mi vida así, en soledad; y por otro lado, si tuviera un hijo, no podría compartirlo con nadie: no lo toques, es mi hijo. No lo abraces, es mio. No lo malcríes, para eso estoy yo. No me gustás como novia ni como novio y no quiero compartir mi cría con nadie. Si yo tuviera un hijo lo guardaría toda la vida. Sería un desastre. Yo hoy digo que no quiero tener hijos, no quiero hoy ni quiero mañana ni quiero pasado. Y por eso, porque sé que hoy no quiero tener hijos, debe ser que no termino de entender por qué hay gente que sí.

domingo, 5 de junio de 2011

Felicidad

Me aterrorizan muchas cosas, algunas bobas como las cucarachas y la oscuridad o la muerte y la soledad, pero lo que más me aterroriza es ser infeliz. No sé si es una cuestión que uno pueda controlar demasiado, algunas cosas son dadas y no hay manera de evitarlas (algún trabajo feo, algún dolor que te deje tirada en la cama) pero hablo en otro nivel, ese nivel en el que no quiero que la infelicidad sea mi modo de vida. Vine pensando ésto durante toda la semana porque algunos conflictos familiares hicieron que mi cabeza explotara y que, a pesar de las condiciones preciosas en las que me encuentro ahora, yo anduviera medio cabizbaja o triste o introvertida o un poco de todo. Dormí unas siestas monumentales y cuando duermo ese tipo de siestas sé que hay algo que no está del todo bien y a veces puedo identificarlo y a veces no. Lo que decía de la infelicidad no tiene que ver con el pesimismo, soy pesimista y me gusta ser pesimista porque hay pesimistas oscuros y pesimistas radiantes y yo creo que ahora, a los veintisiete, me ubico en el segundo grupo. Por ejemplo hace dos años (y antes también) yo estaba en el primer grupo, el de los pesimistas oscuros que piensan que todo está mal y que todo va a estar peor, o que el amor no existe, o que la vida es una mierda. Ahora soy pesimista radiante y casi (enfatizo el casi) todo lo negativo de mi vida me da risa. Me quejo por cosas chiquitas como que mi casa está sucia o me quejo por cosas grandes como que no estoy en condiciones para bancarme los conflictos familiares y ponérmelos al hombro porque son demasiado pesados y yo estoy muy flaquita pero después me río porque los conflictos familiares son pasajeros algunos e inevitables los otros. ¿Y qué hacer con lo inevitable o inmutable o imposible de eliminar? Nada, no se puede hacer nada, y tampoco puedo dejar que ese pesimismo familiar me parta la felicidad que tanto me cuesta conseguir. No tengo bien en claro qué es la felicidad, no puedo dar una definición exacta porque la felicidad no está dada por una fórmula básica o por un listado al que le tildás todos los ítems y, listo, sos feliz. Sí puedo decir que hace unos años dejé de oscurecerme todo el tiempo, dejé de hacerme cargo de cosas que no me correspondían y dejé de acercarme a gente que me hacía mal (acá hay algo clave: hace un año me enamoré de un chico que es, además de la persona más graciosa e inteligente que conocí en mi vida, también el más bueno; o sea: dejé de enamorarme de boludos egocéntricos y eso me dio vuelta la cabeza). Me encantaría decir, también, que dejé de sentirme afectada por la mirada de los otros pero eso no, tampoco existen los milagros y si existen no sé si aplican a la personalidad de la gente y no creo que haya algo que de repente haga que mi autoestima suba. Hoy soy feliz y me gusta ser feliz y me gusta que ésta felicidad la haya logrado sola, con mucho trabajo introspectivo y con mucho esfuerzo, porque no es fácil identificar los defectos e intentar cambiarlos y siempre hay recaídas y momentos de mierda. Hoy soy feliz a pesar de las cosas que podrían hacerme infeliz, hoy puedo reírme de lo mucho que lloré ayer y puedo decir sin ningún problema que tuve una relación enfermiza que duró cuatro años y puedo no echarle toda la culpa a él porque hoy en día puedo identificar, también, todo lo que yo hice de mal (ser hinchapelotas y celosa en una primera instancia y, en una segunda, esperar milagrosamente que el otro cambiara). Puedo decirlo porque ya no me da miedo ni vergüenza decir que me equivoqué, y porque me di cuenta que puedo ser feliz sin tener la necesidad de alcanzar una perfección imposible, sin tener que satisfacer todo el tiempo al otro (ser buena hija, ser buena estudiante, ser buena trabajadora, ser buena y nada más), porque me di cuenta que la felicidad es posible y que si yo, con todas las cosas buenas que me pasan en la vida, no soy capaz de ser feliz, entonces estaría completamente jodida.

viernes, 3 de junio de 2011

El tiempo libre

No estoy acostumbrada a tanta cantidad de tiempo libre. Tiempo para mi, para hacer lo que tenga ganas de hacer o para no hacer nada. Tiempo para mirar películas todo el día, leer todo el día, escuchar música todo el día, dormir todo el día o limpiar todo el día. No entiende, mi cabecita de oficina, tener esta cantidad de tiempo y se atolondra con tantas cosas por hacer que algunos días termina por hacer nada. Estas mini vacaciones en un invierno que se está poniendo demasiado denso para mis pies que siempre están fríos, me gustan tanto que no quiero que se terminen. Me puse al día con cosas familiares y pude escuchar, sin dormirme, todas las tristezas que tiene mamá y también todas sus alegrías: acá no conté que mamá ganó dos medallas por dos primeros puestos en carreras de natación. Tampoco conté que mi papá lloró cuando ella se subió al podio para recibir las medallas. Tampoco conté que yo no estuve y eso me estruja el corazón. Tengo muchos filtros, acá, y cada vez que vengo a postear y escribo, borro, escribo, borro, se hacen evidentes.

Estaba con lo del tiempo libre y mi cabeza que no se acostumbra a este ritmo desparejo de levantarme un día temprano y al siguiente quedarme en la cama hasta el mediodía. Me lleno de posibilidades que raras veces se concretan: ir a Once lo tengo pendiente desde el mes pasado y todos los días encuentro una excusa perfecta para no salir de acá. No tener obligaciones es, para una persona rutinaria, como si te depositaran en un laberinto que no tiene salida: por un lado es entretenido y desafiante, pero al rato cansa y desespera. Tengo que acostumbrarme a no tener obligaciones y tengo que obligarme a no quedarme en la cama todo el día, porque después ando con dolores de cabeza interminables, que aturden, que golpean, y no es porque no duermo sino porque duermo demasiado y demasiado caliente. Tengo esa teoría rarísima y para nada comprobada de que dormir muy calentito abomba la cabeza y por eso después estos dolores. Seguro que nada que ver.

jueves, 2 de junio de 2011

Hace dos años era una persona muy triste

"Me enamoro de una casa que no tengo, de unos estantes que veo por ahí, del sol que entra por una ventana que no es la mía, de unas flores en un florero que no tengo, de un color de pared que jamás se me hubiera ocurrido. Me enamoro de una escena que tengo en la cabeza, la luz tenue, rico olor, un disco de Belle and Sebastian, un libro que nunca leí y una manta que no conozco. Una mesa ratona grande donde apoyo los pies. Me encanto con comidas que nunca probé y que nunca voy a cocinar. Me enamoro de mi viendo películas de equis director. Pienso en un perro que me hace fiesta cuando llego a mi casa o un gato que me abriga la panza en invierno, mientras yo duermo la siesta. Y mientras me enamoro de todas esas posibilidades, me lleno de trabajo y trato de no estar sólo conmigo porque si hay algo de lo que no me enamoro, soy yo." (Junio de 2009)

Ahora, no sé, me amo así como estoy.
Así como soy.

martes, 5 de abril de 2011

Los lindos días

Estoy con mucho trabajo. Me vino bárbaro porque mi única compañera de trabajo se fue de la productora y el viernes estuve sola desde que llegué hasta que me fui. Durísimo. Tengo tarea para la facultad (¡tarea!, como los nenes de primaria), mucho sueño y el pelo sucio. Estos días son lindos. Está fresquito pero no mucho, en los colectivos ya dejó de respirarse olor a chivo y el sol mañanero pega de una manera que no lo podés creer. Algunos días me quedaría en el colectivo de las nueve y media de la mañana, viajando de una punta a la otra, con los ojos cerrados y el calorcito en la cara.

martes, 15 de marzo de 2011

Lo único que tengo claro es que, posiblemente, los pies sean lo mas feo del cuerpo humano

Ayer llegué a casa y medité algo asi como cinco minutos si iba o no iba al gimnasio. Apagué el celular, agarré mis cosas y bajé a la panadería. Adquirí una mini cremona y volví a casa a tomar mate en pantuflas y pensar en cosas mas interesantes que el odioso "y ocho mas" de las profes de gimnasio.

Extraño mucho escribir acá con poco filtro y contarles detallecitos mínimos de mi vida que por momentos es desdichada y por momentos envidiable. No sé qué me pasa que últimamente no les cuento cosas. Porque antes les contaba eso, "cosas", así, a secas. Les contaba qué había cenado y la película que había visto. Les contaba cuál era el mantra del día y por qué el otoño me apagaba. Ayer volví, un ratito, y les conté de mi personaje antisocial. Y pienso que tal vez estas cosas que me pasan, con el blog, con el gimnasio, con la vida, sean parte de esa transformación a una persona mas encerrada en sí misma. Y tal vez debería hablar del retorno a esa persona, a esa que siempre fui: encerrada, callada, introspectiva.

Estoy con un proyecto nuevo. Un proyecto conjunto, con dos personas que quiero muchísimo, con dos personas el triple de inteligentes que yo ("el triple" es tirar una cantidad, pero creo que es mucho mas que el triple). Nos juntamos, tomamos fernet, pensamos ideas y después nos quedamos callados media hora, casi sin mirarnos. En esas medias horas de silencio yo pienso en lo bueno que va a estar el proyecto. No sé qué pensarán ellos. El proyecto me divierte y me va a consumir tiempo y energía. Pero me divierte. Tanto me divierte que ayer estuve desde las siete hasta las once escuchando cumbia, no solamente porque me gusta sino porque la cumbia es parte del nuevo proyecto (cumbia rules!). Hacía mucho que no tenía algo en que pensar durante todo el día y que todo ese pensar resultara divertido y estimulante. El proyecto nuevo, que ya tiene nombre y en dos semanitas lo van a conocer, sumado al trabajo que se cayó antes de empezar, retrasaron mi renuncia por tiempo indeterminado. No renuncio no porque no quiero, tampoco porque no hayan cambiado mis condiciones laborales: no renuncio porque este trabajo me da la posibilidad de tener muchísimas horas libres para dedicarlas, adiviná, a mi proyecto nuevo. Y el proyecto nuevo es lo que mas me divierte.

Sigo antisocial, sin ganas de salir y con pocas ganas de hablar. Mañana voy a ver a mi amiga embarazada un poco porque tengo que acariciarle la panza, otro poco porque se viene la fecha en la que el crío sale al mundo exterior; pero qué difícil: querer ir y no querer ir. Tener ganas pero no tantas. El sábado tengo una fiesta y ya prometí que iba y me torra grosso pensar en estar en un lugar con mucha gente y música fuertísima. Después voy y la paso bien, pero si me preguntás hoy: no, no tengo nada de ganas. Estoy un poco de mal humor también, un poco irritable. Por eso también es que estoy hablando poco. Son como mil cosas al mismo tiempo, se me mezcla todo y ya no sé si estoy de mal humor y por eso no hablo o si no hablo porque estoy cansada, si salgo de mi casa porque está sucia o si me quedo porque tengo mil series para ver. Se me confunden las causas y las consecuencias y la verdad es que no, no sé si vino primero el huevo o la gallina.

Las prioridades van cambiando. Lo que hasta el año pasado me desvelaba este año me torra inmensamente. Tengo ganas de viajar, y de viajar mucho, y de repente leo el relato de un parto y quiero ser mamá. Estoy como las criaturas: mierda veo mierda quiero. Y las cosas se me van pasando y los días y las horas van desapareciendo y yo sigo haciendo listas de pendientes (tareas pendientes, lugares pendientes, compras pendientes) y no tacho ninguna y cuando reviso la lista para ver qué puedo tachar me doy cuenta que de todo eso, me interesa la mitad. Tengo pocas cosas claras y las que están claras son un poco lejanas y por momentos imposibles de cumplir ("me quiero comprar una casa"). Supongo que son momentos de incertidumbre y ansiedad, pero no de desesperación. Lo dije ayer y lo repito: estoy tranquila, estoy caminando despacio, sin tropezarme ni caerme. En algún momento, cuando esté preparada, empezaré a trotar.

Pero hay tiempo para eso.

lunes, 14 de marzo de 2011

Estoy rozando el personaje antisocial

Estoy rozando el personaje antisocial de una manera que nunca antes. Y lo disfruto muchísimo. Por ejemplo, el fin de semana estuve encerrada todo el sábado y casi todo el domingo (hubo, el domingo, una escena en el exterior que no duró mas de diez minutos). Ya conté que el otoño me pone medio introspectiva, y este año como que se adelantó todo. No veo a casi nadie y odio los días que tengo que tratar con clientes. No atiendo el teléfono de mi casa y me la paso haciendo maratones de series o películas. Tomo mate, ando en piyama lo mas que puedo. No estoy triste ni bajoneada: disfruto mucho de estar sola aunque en el cuarto de al lado haya alguien. Estoy tranquila, camino sin agitarme y el olor del otoño me hace sonreir. Casi no estoy viendo a mis amigas, y practicamente no chateamos ni hablamos por teléfono. Las pienso muchísimo, hablo de ellas bastante, me las acuerdo cuando veo algo y quiero contárselos. Pero estoy en días silenciosos y solitarios, hablando pausado, con listas de tareas pendientes que me preocupan pero tampoco para tanto. No tengo ganas de hablar con nadie y menos ganas tengo de hablar y contar mis novedades: no tengo novedades. Mi departamento, las mañanas de otoño, es lo mas lindo del mundo, y si pudiera no saldría ni a hacer las compras. Estoy rozando el personaje antisocial de una manera que nunca. Y lo disfruto muchísimo.