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jueves, 15 de diciembre de 2011

Ruda macho

1. Para los momentos de nervio extremo, tengo una colección de anécdotas boludas que saco a relucir porque sacar a relucir una anécdota boluda en un momento de nervio extremo es como decir "no es tan grave, pelotuda, relajate".

2. Las entrevistas laborales me parecen la pedorrada más grande del universo. Las odio y sufro por igual y el odio y sufrimiento se combinan generando el nervio extremo del que hablaba en el punto 1, así que siempre, sin importar el puesto para el que me estén entrevistando y sin importar si conozco o no al entrevistador, largo un anécdota boluda para ponerme cómoda.

Ayer llegué a una entrevista y no sé cómo introduje lo que me había pasado en el colectivo: subió una señora de unos cien kilos, con el pelo cortito casi rapado, un poco colorado y otro poco morocho. Llevaba un bolsón gigante con una tonelada de ruda macho que enseguida se puso cómoda -la planta- y desperdigó todo su aroma a curandera. Repito que no sé cómo introduje el tópico ruda macho en la entrevista, pero conté todo esto y agregué que si tenía olor a ruda macho no era mi culpa, que no era que me había perfumado con nada para obtener ninguna buena energía.

Hubo carcajadas.

Después, la entrevista.
A la tarde le mandé un mensaje a Juan diciéndole: "Siempre me parece que lo que me preguntan en las entrevistas son pelotudeces pero tampoco se me ocurre qué me preguntaría a mi misma si tuviera que entrevistarme para un trabajo".

martes, 8 de noviembre de 2011

viernes, 3 de junio de 2011

El tiempo libre

No estoy acostumbrada a tanta cantidad de tiempo libre. Tiempo para mi, para hacer lo que tenga ganas de hacer o para no hacer nada. Tiempo para mirar películas todo el día, leer todo el día, escuchar música todo el día, dormir todo el día o limpiar todo el día. No entiende, mi cabecita de oficina, tener esta cantidad de tiempo y se atolondra con tantas cosas por hacer que algunos días termina por hacer nada. Estas mini vacaciones en un invierno que se está poniendo demasiado denso para mis pies que siempre están fríos, me gustan tanto que no quiero que se terminen. Me puse al día con cosas familiares y pude escuchar, sin dormirme, todas las tristezas que tiene mamá y también todas sus alegrías: acá no conté que mamá ganó dos medallas por dos primeros puestos en carreras de natación. Tampoco conté que mi papá lloró cuando ella se subió al podio para recibir las medallas. Tampoco conté que yo no estuve y eso me estruja el corazón. Tengo muchos filtros, acá, y cada vez que vengo a postear y escribo, borro, escribo, borro, se hacen evidentes.

Estaba con lo del tiempo libre y mi cabeza que no se acostumbra a este ritmo desparejo de levantarme un día temprano y al siguiente quedarme en la cama hasta el mediodía. Me lleno de posibilidades que raras veces se concretan: ir a Once lo tengo pendiente desde el mes pasado y todos los días encuentro una excusa perfecta para no salir de acá. No tener obligaciones es, para una persona rutinaria, como si te depositaran en un laberinto que no tiene salida: por un lado es entretenido y desafiante, pero al rato cansa y desespera. Tengo que acostumbrarme a no tener obligaciones y tengo que obligarme a no quedarme en la cama todo el día, porque después ando con dolores de cabeza interminables, que aturden, que golpean, y no es porque no duermo sino porque duermo demasiado y demasiado caliente. Tengo esa teoría rarísima y para nada comprobada de que dormir muy calentito abomba la cabeza y por eso después estos dolores. Seguro que nada que ver.

viernes, 20 de mayo de 2011

Salpicré de viernes

Hay una cosa que me tiene contenta y es que de repente, en casa, tengo máquina de coser. Me pone contenta especialmente por dos motivos: tengo una estupidez nueva con qué entretenerme y es un objeto lindo. Es una máquina de coser chiquita, antiquísima, negra, con letras doradas que dicen "Singer". Viene con un maletín que parece de Mary Poppins y con el que, cuando yo era chica, jugaba (precisamente) a Mary. Hay otra cosa que me tiene contenta: esta semana fui dos veces al cine y las dos veces la recontra pegué con las películas, las dos argentinas, las dos con grandísimos guiones y actuaciones preciosas y cuánto me reí con una, y cuánto me reí con la otra.

Hay una cosa que no me tiene contenta porque pone en evidencia cierta incapacidad mía para cortar con las cosas. Sigo diciéndole jefa a mi ex jefa, que me llama y me habla como jefa y yo respondo como empleada aunque sea ex empleada. No tenemos nada que nos ate y sin embargo yo no puedo terminar de cortar la soga de la relación. Como si la tuviera atada con cierto margen, como que puedo caminar tranquila, puedo alejarme, pero ante el primer tironcito vuelvo ahí, como un perro. Como un perro. El otro día me llamó y casi discutimos. Yo tengo paciencia pero tampoco tanta, y justificar por qué hago una cosa o por qué hago la otra me pareció algo que nada que ver. Me hizo pensar en la cantidad de veces que me encontré explicando cosas a gente que no merecía mis explicaciones, que no las necesitaba o, simplemente, que no tenían por qué interesarle. Soy demasiado dependiente de la aprobación del otro (en estos días estuve pensando si mi vuelta a la facultad no fue otro intento más por llenarme de devoluciones de, digamos, gente que sabe más y que sus palabras "está bien lo que decís" me inflen el pecho de orgullo).

Queda inconcluso, el post.
Tengo que ponerme a trabajar y pensar en esas cosas que no están bien conmigo no me copa.

Que estoy contenta por la máquina de coser.
Que también estoy contenta por las películas que vi.
Que lo demás, otro día.

Ayer confundí buena onda con confianza extrema y le dije al productor del programa donde trabajo que estaba editando lento porque no tenía ganas de trabajar. Que no tenía ganas, le dije. Y el me contestó: "¿Que estás cansada?" (supongo que fue como si me extendiera la mano para que yo no me hundiera en arenas movedizas, si yo le decía "eso, estoy cansada" se terminaba la conversación) y yo le contesté (porque cuando me hundo, ojo, que me ato una piedra al tobillo y fue) "No, cansada no, no tengo ganas de trabajar". Creo que no correspondía.

viernes, 6 de mayo de 2011

Por estos días

Creo que lo que mas me molestó del desempleo fue que durara tan poco. Tener trabajo (o medio trabajo, si se quiere) después de un fin de semana de búsqueda es algo que definitivamente no esperaba. Tenía plata para bancarme unos meses (esto es raro: de alguna manera el inconsciente me jugó a favor una vez en la vida y hace unos meses empecé a guardar plata por si me quedaba sin trabajo). En esos meses sin trabajo y gastando todo lo ahorrado había planeado visitas a amigos que no veo hace mucho, visitas a Once, limpieza general de la cocina un día, del baño otro, de la biblioteca otro. Y mientras tanto ir buscando trabajo. Tenía una lista de contactos y no llegué a mandarle mail a la mitad de ellos que de repente el lunes a las tres de la tarde estaba trabajando en algo. El terror era no poder pagar el alquiler, no poder pagar el monotributo, no poder no mantenerme después de tantos años de mantenerme. De tener que pedir prestado a mis papás, a mi novio o a mis amigos. Un terror medianamente boludo, esa dependencia monetaria que tantas veces me ha frenado a la hora de darme algún gusto (un gusto que, por su parte, también es boludo: una remera, una campera, un par de zapatillas). Yo sé aceptar préstamos, y sé pedirlos cuando es necesario, lo que no sé es quedarme tranquila sabiendo que le debo algo a alguien.

De cualquier manera el control monetario está a la orden del día. Mi nuevo trabajo (medio trabajo) me alcanza justo para pagar las cuentas y después veremos qué hacemos. Por lo pronto hoy me encontré en la cocina lavando verduras y escuchando atentamente al camioncito de la otra verdulería, esa a la que nunca voy, que vociferaba sus ofertas y yo memorizaba cuánto el kilo de berenjenas y cuánto el de mandarina para comparar con mi verdulería de siempre. Camino mucho y ni se me cruza por la cabeza tomarme un taxi, y recorro la ciudad en colectivo con la mochila de mochilera llena de ropa sucia porque ni loca voy al lavadero. Como muchas verduras de estación y vivo a mate. Trato de gastar lo justo y necesario y miro las vidrieras imaginando cómo me quedaría eso y cómo me quedaría lo otro, pero sabiendo que hoy en día no puedo comprar nada.

Estoy más contenta que la semana pasada, y que la anterior, y que el mes pasado y que el año pasado. Por momentos no puedo creer haberme quedado en ese lugar tanto tiempo, teniendo la posibilidad de patear el tablero (¡patear el tablero!) mucho tiempo antes. Hace unos días volví a mi oficina, ésta vez para trabajar freelance, ésta vez facturando por hora, y sentí tanto frío y hastío en tres horas que no supe cómo hacía para estar ocho horas, sola, ahí adentro. En el baño se formaron tres hormigueros gigantes, la empleada que venía a limpiar la empresa me dijo, el día que le conté que me iba: "Cuando llegan hormigas a un lugar significa que la gente está por irse". Y así fue. Ni los gatos quedaron.

lunes, 2 de mayo de 2011

Mi departamento a las once de la mañana se roba toda la luz de la ciudad

Hoy, podríamos decir, es mi primer día como desempleada oficial.
Me lo tomo con calma.
Amanecí a las diez, lavé ropa, ordené un poco, tomé mates con el piyama todavía puesto.
Escribí para el blog colectivo, salí a hacer unas compras, recibí un amigo en casa: me pasó un trabajo chiquito y por lo cual, desde que se fue mi amigo, estoy trabajando.

Tranquila.

Me ofrecieron otro trabajo y de nuevo lo rechacé: está bien que esté desocupada y con ganas de trabajar pero tampoco estoy desesperada, como para trabajar mil horas por una miseria en negro. Todo tiene sus límites.

Por momentos sigo asustadísima, pero son sólo momentos: la alegría de haberme ido de la productora es cada vez más grande. El fin de semana estuve con la cabeza laburando a mil por hora, pensando contactos y armando proyectos. Estuve editando mi reel, hacía varios meses que no editaba algo que me copara y editando me di cuenta que me encanta lo que hago. Me encanta sentarme y probar cosas, buscar música, armar la estructura, mirarlo una y otra vez hasta decir sí, listo, quedó perfecto.