Me pregunta si estoy enojada y le digo que no, por qué habría de estarlo. Al rato le pregunto "¿por qué pensaste que estaba enojada?" y no sabe qué decirme. Me contesto y le contesto: "si pensaste que estaba enojada debe ser porque me hiciste algo malo". "No, si yo soy un santo". Se llama cola de paja, eso de preguntarle a alguien -porque sí- si está enojado con uno.
Nos entendemos y nos queremos a nuestra manera. Funcionamos porque tenemos las cosas claras. Me pide consejos. Le doy consejos. A veces siento que los que piden consejos no están, en realidad, pidiendo consejos, sino buscando la confirmación de que lo que eligieron (previamente) está bien. Están buscando un tilde, una aprobación. A veces me equivoco. Le digo "No lo hagas, no seas boludo, vas a quedar como un pelotudo y encima te va a salir mal. Es obvio que te va a salir mal. Esas cosas siempre salen mal". Dice que no puede prometer nada. Y está bien, me parece absolutamente sincero decirme "no puedo prometerte que no voy a hacerlo". Busco argumentos. Le explico y me río en su cara y le digo: "No seas minita despechada". Sigue sin poder prometerme nada.
"Por eso te quiero tanto" me dice cuando yo niego con la cabeza preguntándome para qué abrí la boca contándole del muchacho que me dijo que no. Y luego, continúa: "Porque no te podés guardar nada". Lo hago reir. Escucha las cosas que le cuento: el pibe que dejó a su mujer porque (guarda con esto) tenía los huevos hinchados y le dolían tanto que necesitaba acabar y por eso se cogía a cuanta mina apareciera por ahí. Me gusta hacerlo reir. Me gusta porque encontré tristeza en sus ojitos, y no me gusta que mis amigos estén tristes. No me gusta que sufran ni que estén perdidos. Ni que actúen como minitas despechadas. Lo escucho y le digo "sí, bueno, conchudísima, pero vos no podés hacer nada para cambiar eso". Después me quedo sin argumentos, por momentos hasta me hace dudar, pero no se lo digo, mantengo mi: "No-lo-ha-gas". Porque el "no lo hagas" es, justamente, lo que tiene que hacer.
Nos entendemos y nos queremos a nuestra manera. Le cuento secretos y cosas que hice y me avergüenzan. Me cuenta secretos y cosas que hizo y lo avergüenzan. Sabe que cuando lo trato mal lo hago para demostrarle cariño, sé que cuando me pide un consejo realmente me está escuchando. Sé que en el fondo es débil. Sabe de movida que soy débil. Sabe levantarme el ego y decirme
"no puede ser que te haya dicho que no, mirá lo que sos", sé bajarlo de un hondazo y decirle
"estás actuando como un pendejo de quince".
Hace un tiempo me dijeron:
"por amor propio no deberías dejar que te cuente esas cosas". Me sentí juzgada. Trato de no juzgar a nadie, no soy quién para decir ésto está bien y ésto está mal. Hago lo que puedo. Los demás hacen lo que pueden. Cuando me siento juzgada me enojo, ahí sí me enojo. Cuando me dijeron eso me enfurecí. Y me callé la boca, me alejé, hice silencio. Si hubiera pasado hoy, si hoy me hubieran dicho
"por amor propio no deberías dejar que te cuente esas cosas" no hubiera hecho silencio, hubiera dicho que justamente se trata de amor, propio y ajeno. Se trata, simplemente, de un amigo, que necesita a una amiga, que quiere hablar, que necesita que lo escuchen, que quiere escuchar palabras lindas, que necesita ser querido, que está pidiendo un poquito de amor.
Y justo yo estoy ahí, que soy buena amiga y además sé dar amor.
Nada más che. No es complicado.