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domingo, 30 de junio de 2013

16 / Barcelona de nuevo. Día 07: Chau, Barcelona

Finalmente pudimos conocer por dentro la iglesia de Santa María del Mar. Es impresionante pero ya estoy podrida de ver iglesias y cosas católicas (aunque ésta, en particular, tiene algo llamativo en comparación con las otras: es austera, montones de concreto y cemento y casi nada de ornamentación).

En un shopping como cualquier shopping compré algunas cosas en H & M y prácticamente se convirtieron en mis únicas compras en todo el viaje, no porque no quiera comprar sino porque nada me convence del todo: lo que es lindo y original es caro y lo barato es lo mismo que hay en la calle Avellaneda.

Se termina Barcelona y eso significa que todavía tenemos mucho viaje por delante pero también que a partir de ahora ya no escucharemos a nadie hablar en español. Ya sacamos los pasajes para lo que resta del viaje:

-El 13 por la mañana volamos a Bruselas (este ya lo habíamos sacado en Buenos Aires y nos salió menos de 500 pesos a cada uno).
-El 19 vamos en tren a Londres (62 euros cada uno).
-El 24 vamos en tren a París (175 euros cada uno, el pasaje más caro en la historia de todos los pasajes).
-El 26 a la noche vamos en micro a Berlín (80 euros cada uno, DOCE horitas arriba del micro).

Barcelona me encantó, me acostumbró y me abrumó. Los últimos días sentí una cotideaneidad con la ciudad que no sé si llegaré a sentir con las demás ciudades, salvo con Berlín (ojalá suceda con Berlín, es el tramo del viaje que más espero).

Para una primera visita a Barcelona yo recomendaría lo que recomiendan todos: perderse por las callecitas del Gótico y del Raval, comer muchas tapas y tomar mucha cerveza. Caminar y entrar a cualquier barcito, tomar algo, seguir caminando, entrar a otro, tomar otra cosa y así. Barcelona es ideal para conocer con amigos, los días y las noches son interminables y siempre hay algo para hacer en la ciudad y cuando ya quedan pocas cosas siempre se puede ir a mirar el mar. Barcelona está siempre viva, a veces demasiado viva, está siempre llena de gente, a veces demasiado, pero es encantadora, con todo lo que es, con todo lo que tiene para ofrecer.

15 / Barcelona de nuevo. Día 06

La sensación de estar cansándome un poco de la ciudad vuelve a aparecer y por suerte nos vamos a Cadaqués, un pueblo en la frontera con Francia, el punto más oriental de la península, el pueblo donde vivió Salvador Dalí.
Nos levantamos casi al alba y fuimos hasta la agencia donde se retira el auto. Mi única tarea hoy era cebar mates y lo hice a la perfección porque es una de las tareas que más disfruto. En el medio del viaje en el medio de la ruta paramos dos minutos a estirar las piernas y sacarnos unas fotos en un campo de amapolas. Después de las fotos esperaba para cruzar la ruta y subirme al auto para seguir viaje y paró una camioneta de la policía:

Policía: ¿Han sufrido una avería?
Yo: ¡No! Estamos estirando las piernas solamente.
Policía: Pero aquí no pueden detenerse.
Yo: Perdón, no sabíamos.
Policía: No puede ser que no sepa las reglas de tránsito si son iguales en este país y en el suyo, aquí no hay banquina ni nada, podría enfrentarse a una multa de 500 euros.
Yo: Perdón, en serio, no sabíamos.
Policía: …

Esperé dos minutos para cruzar la ruta y fueron los dos minutos más largos de toda mi vida. Después arrancamos y se me pasaron los nervios mientras escuchábamos un programa de radio cuya consigna era: Anécdotas de cocina. La gente llamaba y contaba alguna pavada supuestamente graciosa, los conductores se reían un poco pero no remaban nada, los baches y las superposiciones entre conductores y oyentes hacían todo más confuso, no hubiera pasado la prueba piloto de una radio argentina, que de por sí son malas. 

Antes de llegar a Cadaqués hicimos una parada que quedaba más o menos en el camino (terminó siendo “más o menos” porque había que subir una montañita durante media hora) para ir a un monasterio que queda por ahí: Sant Pere de Rodes. No había nadie y caímos justo uno de esos días de admisión gratuita. En cada lugar cerrado se sentía un frío helado y la humedad se podía hasta respirar. Los lugares tan antiguos me dan una sensación muy extraña en el cuerpo, una especie de ansiedad o de incomodidad, como si estuviera pisando un lugar al que no correspondo.

Llegamos a Cadaqués y dejamos el auto, hay señales alrededor del pueblo que piden que se haga eso. Todas las calles (angostas, empinadas, con pedazos de piedra de montaña) eran más o menos peatonales, las casas todas blancas, todo lo que no era blanco era celeste o naranja: los techos de teja, las molduras, las ventanas, las puertas. Un celeste profundo, todo muy mediterráneo. Cada tres casas, una que vendía cerámicas de cualquier tipo: macetas, ensaladeras, tacitas, jarras, platos, adornos. Pensé que iba a haber más rosca con Dalí pero nada que ver. Caminamos por el centro de Cadaqués buscando un lugar donde comer: más callecitas empedradas, todos los negocios apuntando a una especie de de bahía con acantilados en la que se veían escalonadas todas las casas del pueblo, como un juego de encastres, todo blanco y celeste y con rectangulitos oscuros. Rectangulitos oscuros era todo lo que podía verse del interior de las casas. No había ni música ni gritos. Muchos franceses caminando con ropas ligeras, despreocupados, decidiendo si paella o calamares o langosta. Muchos vestidos amplios y blancos, esos que usan los hippies que tienen plata. Los lugares para comer eran todos uno peor que el otro (en todos los centros turísticos hay ofertas gastronómicas disímiles y desubicadas: en esta playa mediterránea vendían pastas, hamburguesas). Terminamos comiendo en uno de los últimos lugares que aparecían, parecía un chiringuito de la playa cualquiera y por momentos pensé que iba a tener que pedir una porción de papas fritas tristes. Nos atendió una peruana que vive en España hace doce años y que hace doce años hace temporada en Cadaqués. Fue una de las mejores vendedoras que conocí en la vida. Con total sinceridad agarró la carta y nos indicó qué pescados eran frescos y qué era congelado. Nos guió cuando le dijimos que queríamos compartir varios platitos y en algún momento hasta decidió si pan con tomate o ensalada para compartir la tortilla. Pedimos esas cosas: una ensalada con varias verduras, pasas de uva, queso feta, frutos secos; tortilla de papa y tortilla de zapallito, espárragos grillados, pan con tomate, calamares, escalivada y algunas cositas más que ahora no recuerdo. La tortilla fue la mejor que probé en todo el viaje: uno de los chicos dijo que la quería “babé” y los demás nos burlamos diciéndole que las tortillas las tienen hechas y las cortan y sirven frías pero no, acá la tortilla estaba recién hecha y bien babé, como se comen las tortillas.

De postre pedimos varios de los que había en la carta: higos en almíbar con queso (era como una ricota perfecta), un yogur con salsa de limón (por primera vez sentí que un yogur podía ser un postre), crema catalana. Tomamos claras algunos (yo no conocía, es cerveza con limón) y cervezas comunes otros. Gastamos muchísima plata, casi 100 euros entre los cuatro, pero lo valió. El resto de la tarde hablamos varias veces de lo perfecto que había sido el almuerzo.

Caminamos un poco y nos tiramos en la playa. Se veían las montañas alrededor, las casitas blancas, algunas personas en el agua helada, barcos anclados, el cielo despejado, una pareja de gigantes vestidos con traje de neoprene a punto de hacer snorkel (y un rato después sus cuerpos flotando en el Mediterráneo, moviéndose lenta pero constantemente). Sin darnos cuenta se nos pasó casi toda la tarde y no habíamos hecho lo que teníamos que hacer: conocer la casa de Dalí.

Le preguntamos a unos chicos muy Costa Esperanza (bronceados hasta el hartazgo, todos adolescentes lugareños, lindos, frescos, contentos, casi isleños, muy catalanes) cómo llegar y una chica preciosa nos indicó el camino, usando una entonación muy catalana y hasta un poquito portuguesa que después me la pasé imitando durante dos horas.

La casa de Dalí queda en el norte de Cadaqués, en la bahía de Portlligat. Es toda blanca y estaba cerrada, para hacer la visita hay que reservar lugar por la web sí o sí. Caminamos por los alrededores, no había nadie salvo unos pescadores charlando entre ellos y ofreciendo paseos en barcos (uno en el que supuestamente Dalí también paseaba). Un viejito le contó a nuestro a amigo que ayudó a Dalí a hacer un cuadro. Una señora se sentó en la punta de un barquito y se quedó un rato mirando el agua. La pileta del único hotel que hay en la bahía ya estaba cerrada. De la casa de Dalí sólo se veían algunas puertas y los huevos gigantes de yeso blanco que hay en los techos.

miércoles, 26 de junio de 2013

14 / Barcelona de nuevo. Día 05

Un poco empiezo a querer irme de la ciudad. No sé si es que ya repetimos lugares, si me cansé un poco o es solamente la ansiedad de saber que todavía me queda muchísimo viaje por delante. Para dejar de sentir que con Barcelona ya estamos hicimos una lista de pendientes:

-Probar la crema catalana
-Comer tortilla
-Ir al Romesco
-Shopping por Plaza Catalunya
-Palau de la Música

Nos juntamos con amigos a almorzar en el Romesco, un bolichito en el Raval atendido por varios viejos (el último ítem que nos quedaba por tachar en otra lista, la de nuestro amigo, y, como todas las recomendaciones que nos tiró para el viaje, ésta tampoco falló). El lugar es parecido a esos que hay en Avenida Corrientes (Banchero, por ejemplo), sólo que acá venden cosas típicas catalanas: gazpacho, tortilla, pescado, butifarra. Nico, uno de los amigos que estaba comiendo con nosotros y que ya conocía el lugar dijo que había que pedir sí o sí hígado o bacalao así que él y Juan pidieron eso y yo, que no soy fan ni del hígado ni del pescado, comí tortilla de papas y croquetas de algo que no me acuerdo. Todo recién hecho y riquísimo. Tomamos cerveza y fue una de las comidas en las que más gastamos en todo el viaje: 22 euros los dos.

Queda en Sant Pau, 28


Ah: crema catalana. Exquisita. Como un flan o una creme brulée, sé que hay una diferencia en la preparación pero no recuerdo cuál ahora. De nuevo: exquisita.

Yo quería empezar a comprar algunos regalitos así que las chicas del grupo me aconsejaron que fuera a Tiger y mientras me anotaba la dirección dijeron que podíamos ir ya porque estábamos cerca. Es como un bazar no muy grande donde hay de todo un poco y muchas chucherías y pavaditas baratas y lindas para regalar. Todas las cosas que se encuentran ahora o se van a encontrar en seis meses en cualquier tienda de diseño de Buenos Aires pero bastante más baratas. Ni más lindas ni más feas: muchas y baratas.

Como si no hubiera sido suficiente la playa en Mallorca fuimos también a la playa de Barcelona, una horita de tren para caer en un lugar que no tiene nada diferente a Villa Gesell en noviembre: agua fría, no mucha gente, paradores cada cien metros, vendedores ambulantres, música fuerte. Pero queda a una hora del Arco del Triunfo de España y con eso ya dan ganas de ir sí o sí. En la estación de tren mientras esperábamos y los que conocían trataban de decidir dónde nos convenía ir, un viejito medio desarmado se acercó para preguntarnos dónde queríamos ir y cuando le dijeron contestó que no conocía pero que su playa preferida era el lugar donde él vivía: Costa Brava. Me lo anoté mentalmente para conocer la próxima vez que vaya a Barcelona. Nosotros terminamos bajando en Montgard Nord.

Aprovechando que la playa se parecía a Villa Gesell ranchamos como lo haríamos ahí: mantas mezcladas, mate con galletitas, alguno durmiendo, otro tomando sol, otro fumando. Volvimos con el mismo tren y fue la primera vez que yo quería seguir de joda y Juan quería volver al departamento. Gané. Fuimos con todos los mismos amigos a varios bares a tomar cerveza, primero a uno irlandés donde trabaja el novio uruguayo de una de las chicas (tomamos cerveza y comimos unos nachos con queso y guacamole  y mucho picante), caminamos buscando un bar que tenía no sé cuántos tipos de cerveza pero llegamos y había demasiada gente (yo le dije al uruguayo que Barcelona me hacía acordar un poco a Montevideo y me contestó con tono de obviedad “Es igual”), fuimos a otro que se llama La luna, queda cerca de la iglesia Santa María del Mar (el bar es la vieja caballeriza) y ahí, saliendo, el uruguayo nos contó que se dice que Colón citó a un par de paisanos en esa iglesia y les dijo “Hay otro continente” y después la historia es sabida (Wikipedia no lo confirma, pero qué importa). Terminamos la velada en Oviso tomando otra cerveza (ya habíamos ido, queda en la plaza George Orwell) y comiendo un wrap tipo shawarma pero griego (en un localcito chiquito que hay en la misma plaza).

Volvimos al departamento y preparamos todo para el día siguiente: con una pareja amiga alquilamos un auto y nos íbamos a Cadaqués.

viernes, 21 de junio de 2013

13 / Barcelona de nuevo. Día 04

Lo bueno de viajar sin haber averiguado nada, o casi nada, es que te sorprenden las cosas más triviales que te cruces pero también se te aparecen las más monumentales casi sin darte cuenta. Algo así pasó con el Parc Guell. Sabía que lo había diseñado Gaudí (garantía de confianza) pero nada más. No sabía si era una plaza mediana o un parque inabarcable o si era una farsa o el mejor lugar del mundo. Muchos me habían dicho que iba a encantarme.

Llegamos al parque en subte, la estación era la misma a la que habíamos ido el día anterior para recorrer el barrio de Gracia: Lesseps. Caminamos hasta el parque y lo primero que sentí fue rechazo, la calle era tan empinada y yo tan dormida que se me hizo muy cuesta arriba (literalmente).

El parque es inmenso y me encantó si no fuera porque había una cantidad de gente mayor a la que hay en el microcentro cualquier día hábil. En toda la parte más baja están las cosas que hizo Gaudí: mosaicos de todo tipo, galerías perfectas, terrazas con venecitas de todos los colores, detallecitos en cada techo, en cada columna. Empezamos a subir como locos (en general nos pasa que llegamos a un lugar y no paramos de caminar hasta que nos sangran los pies y en el medio a veces nos perdemos varias cosas por la ansiedad de llegar a algún punto final aunque casi nunca tenemos claro cuál es) porque Juan había leído algo sobre un dragón y quería verlo. En cada mapa que nos cruzamos nos pareció que nos estábamos equivocando en el recorrido y dimos varias vueltas en redondo poniéndonos cada vez de peor humor.






Volvimos al principio pensando que habíamos errado en algo para darnos cuenta que sí: el dragón no era algo monumental y está en la entrada, solo que no lo habíamos visto porque estaba tapado de turistas intentando sacarse fotos con él, tocándolo, molestándolo, estorbando, todo junto. Un poco decepcionados pero ya más tranquilos volvimos a caminar el parque, había manteros por todos lados vendiendo souvenires de todo tipo y color. No terminé de chequearlo pero me pareció que no era legal que estuvieran ahí, siempre estaban en rinconcitos más o menos tapados, con un camarada que hacía guardia parado a unos metros y siempre con todo listo para salir corriendo. En otra parte hay tres cruces y la gente gusta mucho de escalarlas para sacarse unas fotos. Yo me subí porque parecía divertido pero me bajé rápido porque me dio vértigo y porque pensé que era una buena idea sacarle una foto a Juan (que se quedó arriba) para jugar después a “¿Dónde está Wally?”, pero quedó trunco porque ni siquiera pude encontrarlo con la vista para sacar la foto.

A cada paso pensaba cómo se habían construido esas galerías (parecían cavernas, como si fueran ruinas antiguas, había hasta una especie de trono tallado en la piedra donde se podía jugar a ser el rey), por dónde se habría empezado a construir, cuánta gente habría trabajado, si el proyecto se finalizó o quedó inconcluso, y en cada pregunta me prometí investigar un poco más y claro que no lo cumplí.

En todos los recovecos había un músico o una banda dando un espectáculo. Uno tocando la cítara, unos pibes tocando unas cumbias medio latinoamericanas, uno con guitarra, un hombre orquesta. Los turistas se enganchaban con cada uno de los músicos y aplaudían y la pasaban bien, Juan se quejaba porque quería un poco de silencio y yo me debatía entre las dos posiciones, un rato en cada una.

Ibamos caminando por uno de los corredores y empezamos a escuchar una señora cantar desafinado. Cantar un poco y gritar otro poco, algo entre confuso y desordenado. Perseguimos la voz hasta que encontramos la fuente: en una casa vecina, con banderas de varios lugares del mundo, estaba en su terraza sentada en una mesa y cantando algunas canciones medio patrióticas. Cuando le saqué una foto me gritó “Respeteume, respeteume, respeteume”. Tenía razón.

Una vez vistas todas las partes arquitectónicas, lo que queda -o lo que aconsejo- es caminar el parque y perderse un poco. hay caminos entre los bosquecitos y todos están bastante delimitados como para que ningún citadino sienta que ha perdido control total del recorrido que está haciendo. Hay unos cuantos miradores desde donde mirar toda la ciudad y son especialmente interesantes si no conocés Monjuic o el Tibidabo. Buscamos entre los bosquecitos un lugar donde acampar para comer un poco pero no encontramos: más que lugares para quedarse hay lugares para recorrer, para pasar caminando. Terminamos comiendo en uno de los miradores y seguimos caminando. Sin querer salimos del parque por un lateral y lo rodeamos por fuera viendo unas casas y un barrio en la montaña más que lindo.

Volvimos a entrar al parque justo cuando se largaba a llover y todos los manteros que hasta hace diez minutos tenían souvenires de repente ofrecían paraguas y pilotos descartables y la gente compraba: el turista debe ser uno de los públicos más fáciles de todos. Terminamos de comer sentados en una de las galerías donde había otro montón de gente haciendo lo mismo así que nos fuimos, suficientes turistas para un solo día.

Repetimos San Felipe Neri, habíamos ido una sóla vez y nos había agarrado un evento que había contaminado de muchedumbre y ruido esa pequeña plaza tan bonita. Nos sentamos un rato en silencio y después caminamos hacia un bar que nos había recomendado el amigo que nos recomendó casi todo lo que conocimos en Barcelona: en la plaza George Orwell está Oviso, ideal para comer alguna cosita a la tarde/noche. Cuando le dijimos a nuestra amiga de Buenos Aires que estábamos yendo para allá dijo con mucha naturalidad “¡Ah! ¡La plaza del tripi!”. En el momento no entendimos pero después googleamos: la plaza al principio no tenía un nombre oficial y se la conocía como “la del tripi” por el monumento que tiene, y porque ahí se juntaban a trapichear. Más tarde “la del tripi” terminó haciendo referencia a la época en la que muchos, muchísimos, iban a drogarse a la plaza. De hecho, esta plaza fue la primera en la que se instalaron cámaras de video para controlar la ciudad.




Nos comimos un sanguchito en Oviso y tomamos unos cafés con leche. Después fuimos a hacer un poco de shopping. Los negocios de ropa cierran el domingo. Un fiasco.

Se nos hizo de noche mientras decidíamos si íbamos a dormir o a comer o a bailar o a tomar cerveza o a seguir caminando o etcétera. Para terminar de completar todo lo que nuestro amigo nos había recomendado para Barcelona elegimos ir a Andú, un pequeño lugar para comer y tomar algo (en Palermo seguramente le llamarían “bistró”). Tardamos en encontrarlo porque estaba en el Gótico pero el Gótico es imposible salvo que hayas pasado mucho tiempo ahí o seas oriundo de Parque Chas y sepas de cortadas y calles que desaparecen y vuelven a aparecer. Llegamos a Andú preguntando al mozo de un bodegón al que prometimos volver pero al que ya no llegamos. En Andú abandonamos la cerveza y nos tomamos unos tragos, comimos quesos, guacamole, humus, todo perfecto, recién preparado, fresco, los quesos divinos. Un poco caro (fue la comida más cara que pagamos hasta el momento, salió 25 euros).

Volvimos caminando y hablando de lo lindo que era todo y de lo inagotable pero a la vez apabullante de Barcelona. Porque siempre se puede seguir hablando de Barcelona.

12 / Barcelona de nuevo. Día 03

Fuimos a pasar la resaca de la noche anterior al Mercado de la Boquería que queda en el Raval (habíamos prometido volver con hambre). Juan se comió unas vieiras y yo un huevo relleno con atún. Tranqui. En la barra del lugar donde comimos había una parejita madrileña que se había venido a pasar el fin de semana acá para ver a Muse. Eran muy simpáticos, estaban viviendo en Toulouse pero su idea es mudarse a Buenos Aires el año que viene. Sí, a Buenos Aires.



Paseamos por todo todo el mercado y compramos una sal de naranja, unos jugos naturales, unas fruta que nunca habíamos probado (y que no tenía sabor a nada), y una cajita con moras que fue lo mejor que me pasó en la mañana.



El día que conté que había ido a Gracia y había estado en la Manzana de la Discordia, una comentarista me corrigió diciendo que estaba confundiendo el Paseo de Gracia (donde está la manzana de la discordia) y el barrio de Gracia. Primero, como corresponde, lo negué, insistí que había conocido Gracia y que era muy bonito pero demasiado cheto. Pero después, buscando, me di cuenta que era cierto: no había conocido el barrio de Gracia. Hicimos, entonces, como hacemos la mayoría de las cosas del viaje: nos fijamos más o menos y partimos.

Nos bajamos en Vallcarca porque nos pareció que a partir de ahí empezaba el barrio pero resultó que era mejor bajarse en Lesseps y después caminar. Equivocándose uno aprende. Caminamos sin saber muy bien a dónde íbamos, llegamos a una placita en la que había un señor que le tiraba una pelota a sus dos perros gemelos, uno de ellos corría a buscarla  el otro solamente levantaba un poco la cabeza y le parecía un sinsentido hacer el esfuerzo de correr. Fue una de las pocas placitas pequeñas con pasto que vi en Barcelona y si tuviera que ir de nuevo no sé para dónde arrancar.



Después sí llegamos a la parte más canchera de Gracia. Había muchos negocitos de diseño y ropas, muchos modernos dando vueltas, muy pocos turistas comparando con el Gótico o el Raval. Me metí en todos los negocitos de ropa que pude pero todo me pareció o repetido o lindo y caro y nada me convenció. Lo que sí me pasaba era que habiendo comido solamente el huevito con atún del mediodía sentía un hambre que todo lo que veía lo quería devorar, pero somos tan indecisos que para comprar comida en un lugar damos vueltas y vueltas hasta casi desmayarnos del cansancio y del hambre.


Cuando llegábamos a la Plaza del Sol vimos una parejita comiendo una especie de pita muy finita con algo adentro y como los escuchamos hablando en catalán pensamos que había que seguir los pasos de los locales. Juan les preguntó dónde lo habían comprado y resultaron ser unas piadinas, algo típicamente italiano. Cada una nos salió 4 euros, una caprese y la otra con panceta, cebolla y queso, las dos exquisitas. Nos sentamos a comer en una escalinata de la plaza mirando a la gente hasta que en un momento lo miré a Juan y estaba pálido. Le pregunté si se sentía bien y me dijo que no: se había intoxicado con las vieiras del mediodía.

Volvimos al departamento.

miércoles, 12 de junio de 2013

11 / Barcelona de nuevo. Día 02

La noche anterior volvimos de la fiesta de la playa y cuando quisimos abrir la puerta del departamento no pudimos. Probamos varias veces y no hubo forma así que mientras tocaba el timbre estaba rogando que la otra chica que vive acá estuviera y pudiera abrirnos. Tuvimos suerte. Dormimos casi hasta el mediodía y hablamos con Nadia que nos dijo que fuéramos hasta su trabajo a buscar otro juego de llaves así que nos subimos a subte, a otro subte y a un tranvía y llegamos al Hospital San Juan Despí donde conseguimos la llave del departamento que sí funcionaba.

Le preguntamos a Nadia y su compañera de oficina cómo ir a la champañería Can Paixano y la compañera de Nadia dijo que le sangraban los oídos de escucharnos, y como nadie entendió, explicó que acá en Barcelona se le dice "cava" porque champagne es la denominación francesa y medio que hay competencia o algo. Cosas de españoles. Ya no recuerdo cómo llegamos a la champañería pero cuando llegamos no entendimos nada: detrás de una puerta se apelotonaban decenas de turistas gritones y borrachos. Ni bien entré hubo dos o tres que me hablaron o me quisieron hablar o me quisieron vomitar. Cada copita de cava salía entre 1 euro y 2,5 y había de varios tipos. Y atentos con esto: sí o sí hay que pedir algo para comer con cada copa. Debe ser que los muchachos de la cava ya han tenido suficientes problemas y decidieron poner esa regla que vale mucho la pena: la comida está buenísima. Nosotros gastamos 20 euros en total y bebimos 5 copas de diferentes cositas, más un sanguchito de bacon, cebolla caramelizada y brie (mi preferido), otro de jamón y camembert (mi segundo preferido), unas salchichitas, queso manchego y una butifarra con cebollas (espantosa). Salimos medio en pedo y riéndonos de cualquier estupidez y quedamos de la panza el resto del día.
Cava Can Paixano, Carrer de la Reina Cristina, 7

Caminamos hasta el barrio del Born y terminó siendo uno de mis lugares preferidos en Barcelona. Había muchas familias jóvenes y modernas y cool, muchos localcitos de diseño, una dietética donde compramos chocolate con canela, té, sidral; fuimos hasta el Mercado del Born pero estaba cerrado porque está en plenas refacciones (le preguntamos a un señor si ese era el mercado y nos dijo que "sí, pero ahora está cerrado, vayan por la puerta a ver si hay alguien") así que nos caminamos todo el barrio, tomamos unos jugos porque tanta grasa en la champañería nos dejó sedientos y de repente llegamos a una plaza multicultural (más aún que todo el resto de Barcelona) donde había una huerta comunitaria, unos baños públicos llenos de caca, muchos niños jugando al fútbol, mujeres cubiertas con sus hijos chiquitos en los juegos de plaza. Seguimos caminando y terminamos saliendo por casualidad en el Arco del Triunfo, lo miramos y dijimos "muy lindo todo pero lo interesante está allá" y estábamos señalando un pastor de alguna religión que había organizado un evento y contaba un cuento fantástico sobre diablos y traiciones y corazones rotos, infiernos y salvación.

Le rompí los lentes a Juan
Mercado del Born, cerrado
Sidral, es como lo de adentro de los Fizz, vicio.
Cuadritos kitsch en algún lugarcito del Born
Pavadas de todo tipo para la bicicleta

Un favor
Volviendo a casa (o intentando volver) nos cruzamos con la iglesia Santa María del Mar, alguien nos la había recomendado y nos pareció tan grande que quisimos verla por dentro pero estaba cerrada. Nos sentamos en la plaza a la que da uno de sus laterales y miramos un rato largo un monumento minimalista que hay ahí y que, en contraste con la fachada de la pared de la iglesia, se volvía más atractivo. Pasamos el tiempo haciendo nada y volvimos a casa. Lo único que queríamos era dormir.

Cuando llegamos al departamento nos contactamos con unos amigos de Argentina que acababan de aterrizar acá. Dijimos que estábamos muy cansados y que al día siguiente hacíamos un plan que durara todo el día pero Nico insistió así que media hora más tarde lo tuvimos a él, a Ailén y a Marina (la prima de Nico que vive acá) en la puerta de nuestro departamento. Salimos a tomar cerveza en 4 bares diferentes, uno por acá en Poble Sec (el barrio donde vivimos), otra en Manchester, otra en un bar medio punk que si tuviera que decir cuál era no tengo idea, y una última en un bar irlandés. Nos contaron de su viaje y nos dieron consejos para el nuestro. Nos reímos y nos pareció increíble estar como estamos en Buenos Aires, tomando cerveza y hablando boludeces pero en el medio de Barcelona.

Volvimos caminando a casa. Queríamos un shawarma pero ya estaba todo cerrado, a las cuatro de la mañana en las calles de Barcelona hay rubios nórdicos gritando y tambaleándose y "pakis" vendiendo cerveza. Siempre hay "pakis" vendiendo cerveza.

martes, 11 de junio de 2013

10 / Barcelona de nuevo. Día 01

No sé si es peor dormir en un aeropuerto, en la playa o en una plaza pero yo para no quedarme con las ganas de nada experimenté las tres cosas en un mismo día.

Después de la siesta interrumpida en el aeropuerto tuvimos un vuelo perfecto (de nuevo Ryanair, en la cola una musulmana toda cubierta tuvo que dejar uno de sus bolsos y poner todo en otro porque es lo permitido y como no le entraba dejó en el hall de embarque una bolsa de nylon de la que brotaban bombachas). Llegamos a Barcelona y nos tomamos el primer tren que vimos: teníamos que hacer tiempo hasta que la chica que nos presta el departamento saliera de trabajar y decidimos ver para dónde podíamos ir sin saber adónde queríamos ir. Con nuestros bolsos de mano conocimos la Estación de França, el mercado de la Barceloneta (uno de los barrios cerca de la playa), tomamos un café en un barcito muy pequeño donde una catalana con voz de cigarrillo hacía todo: los panes con tomate, los sanguchitos (bocadillos), los cafés (había de doscientos tipos) y de ahí nos fuimos a la playa a intentar dormir un rato. Juan se tiró en una reposera asegurándome y jurándome que eran públicas y como yo casi siempre tengo razón, una hora más tarde lo despertó un violento "Para pagar" de uno de los tipos que trabajaba ahí. Yo me dormí en una lona abrazada al bolso porque recordaba que una amiga me había contado que la primera vez que vino a Barcelona llegó del aeropuerto a dormir en la playa y cuando se despertó le faltaba la mitad del equipaje. Yo, en cambio, me desperté sintiendo el sol penetrar a través del jean y le pedí por favor a Juan que nos fuéramos a dormir a un lugar donde hubiera un poco de sombra. Mientras nos terminábamos de despertar ahí vimos el paisaje que teníamos alrededor: gordos desnudos.

La panadería

Escupidores de agua

Dorée
De ahí volvimos caminando hasta la estación de França donde habíamos empezado el recorrido porque queríamos ir al Parque de la Ciutadella que quedaba ahí a unas cuadras. En el camino paramos en una panadería que nos dio buena impresión porque estaba llena y compramos varias cosas para probar, después concluimos que hay muchas panaderías de cadena en las que todo sabe igual. Recorrimos el parque lleno de gente turista y de gente pequeña (escolares de excursión) y nos tiramos a dormir en unas sombras que había cerca de unas mesas de ping pong en las que quisimos jugar pero no teníamos paletas ni pelota ni fuerza. Me dormí viendo a un negro practicar capoeira (donde haya una plaza habrá capoeira) y me desperté con un grupo de chicas (gitanas, o simplemente gritonas) que se jodían entre ellas, se levantaban las remeras, decían que querían mear, se ponían en cuatro patas, enquilombaban mi sueño.

Nos tomamos un colectivo para ir a Plaza Catalunya y a los veinte minutos de recorrido nos dimos cuenta (nos dijeron) que estábamos yendo para el lado equivocado. Cuando finalmente llegamos a Plaza Catalunya vimos gente, gente y gente. Alrededor de la plaza está lleno de tiendas (H&M, Zara, El corte Inglés, FNAC) así que toda esa gente que veíamos iba medio embobada y paraba en seco en cada vidriera y se hacía muy difícil caminar. Además seguíamos con los bolsos que pesaban, yo estaba con el montgomery puesto traspirándome la vida, necesitábamos internet para coordinar con la chica del departamento y no teníamos. Hubo algunos picos de mal humor que sorteamos de alguna manera inexplicable hasta que finalmente se hizo la hora de ir a casa.

Nos encontramos con Nadia y nos mostró el departamento, nos explicó una o dos cosas que yo no registré porque tenía los ojos abiertos pero estaba profundamente dormida. Juan ya estaba pasado de revoluciones e intentaba convencerme de que yo me quedara durmiendo y él se iba a dar unas vueltas pero a mí hay dos cosas que me hacen muchísimo mal: perderme un plan o fallarle en el plan a alguien. Dormí media hora, me puse un vestido de noche y salí como si no hubiera pasado nada.

Fuimos al mercado de Santa Caterina pero ya estaba cerrando así que nos vendieron unos jugos por monedas, caminamos más y seguimos caminando y terminamos encontrando la plaza de San Felipe Neri (una plaza que ya habíamos estado buscando), un amigo me había dicho que mirara las paredes y que estuviera tranquila un rato ahí pero en un bar había una cata de vinos o algún evento similar y no pude ni mirar las paredes ni estar tranquila. La primera cerveza de la noche la tomamos en un barcito que quedaba en una esquina, el Bar Rosa. Entramos porque nos pareció oscuro y divertido y una vez dentro no había nadie e irse era medio ortiva, así que nos sentamos y bebimos. Yo caminé por el pequeñísimo bar, había una pared llena de cuadros medio barrocos, unos espejos con unos marcos ídem, un estante arriba de todo lleno de veladores antiguos con unos foquitos de muy muy poca luz. En el baño de hombres había centenares de fotos sadomasoquistas y en el de mujeres fotos de estrellas porno de hace cincuenta años. El dueño era un inglés medio antipático y la de la barra una centroamericana divina.

Barcito
Salimos en busca de un shawarma y más cerveza porque luego teníamos una fiesta en la playa a la que nos había invitado Gaby, el amigo de José que hasta ahora nos estaba guardando el resto de las maletas. Llegamos al Pasaje Juan de Borbón siguiendo la música que escuchábamos y llegamos a una fiesta electrónica que estaba por terminar, organizada por unos vieneses que pensaron que era divertido terminar la fiesta con un vals. La gente estaba un poco puesta y nosotros bastante caretas así que no fue del todo divertido pero igual se la pasa bien en cualquier lado. Nos encontramos con Gaby y su amigo que estaban vendiendo latas de cerveza y los encontramos justo justo cuando Juan le estaba comprando a uno de la competencia. Nos abrazamos y nos dieron la bienvenida (aunque les costó reconocernos). Miramos un par de personajes: una chica vestida de momia, otra semidesnuda bailando sola, muchos que se caían de borrachos, otra con tapado de piel, otros todavía con la ropa de playa. Después del vals del final mágicamente la gente desapareció y caminamos por la que da al mar tomando una cerveza helada y diciendo que esto es lo que tiene Barcelona: todo. Que puede resultar abrumadora y puede cansar y puede repetirse, pero si querés un bar tenés un bar, si querés fiesta también tenés, si querés tirarte en una plaza podés, si querés desnudarte en la playa también. Pasamos por la zona de boliches más para cuarentones solteros, para rugbiers, para reyes de la noche y adolescentes de vacaciones, para minas muy bronceadas y teñidas de rubio y para señores que usan camisas con cuello y puños en contratono.

Volvimos en subte. Tuvimos que hacer una combinación entre líneas caminando por un pasillo que, fácil, tenía trescientos metros. En el fondo un morocho con su guitarra cantaba One love y unos tipos que caminaban por ahí se paraban y le hacían los coros.

sábado, 1 de junio de 2013

03 / Barcelona. Día 03

Mientras volvíamos la noche anterior con los pies casi ampollados, le pregunté a Juan cómo hacían los españoles para beber como beben y al día siguiente levantarse para ir a trabajar. No encontramos respuesta pero sí nos dimos cuenta que éramos muy afortunados: podíamos elegir dormir. La idea inicial era arrancar temprano, ir al Tibidabo, ir a Gracia, ir a la Barceloneta pero cuando nos dimos cuenta eso de que podíamos elegir dormir. A la mañana siguiente desayunamos pan con queso y mate mientras preparábamos dos bolsos de mano para irnos seis días a Mallorca a visitar el hermano de Juan. El resto de valijas teníamos que llevarlas a la casa de otro amigo y de ahí ya nos íbamos a la aventura.

Llegamos a lo de Gaby, no lo conocíamos y nos cayó tan pero tan bien que estamos cruzando los dedos para que cuando volvamos de Mallorca podamos hospedarnos en su casa. Nos dijo que Manchester (el bar que buscamos y buscamos y finalmente encontramos) está lleno de guiris, nos ofreció una cerveza y dijimos que "No, gracias, recién nos levantamos". Nos mostró su casa, nos presentó a un amigo que está ahí parando y que es sobrino de su ex novio (un muchacho divino de Sevilla que dice "hatsa", "batsa", "gatsa", que muchas veces pasa por gay pero no lo es y yo tengo la teoría de que usa eso a su favor para conquistar señoritas). Nos volvieron a ofrecer cerveza y nosotros somos del sí fácil así que la aceptamos. Después llegó otra parejita que pasaba no sé si a buscar algo o dejar otra cosa pero me cayeron muy bien, en especial él, que cada vez que se dirigió a mi agregó "Guapa" al final, eso siempre se agradece y cae bien, las minitas somos así.

Una nota al margen: el nomadismo me cae cada vez mejor. 

Pedimos indicaciones para ir al Tibidabo, un monte que queda frente al Montjüic pero que es más alto. Había que hacer varias combinaciones de subte, tranvía y por último funicular así que presté toda la atención que pude pero mi atención nunca es suficiente, siempre pienso que estoy escuchando y a las dos cuadras cuando repito mentalmente las instrucciones me quedan por la mitad. Compramos en un super unos fiambres, queso, pan, agua y snacks (yo elegí unas papas fritas de lo más normales y Juan unos snacks de cerdo que tenían un leve sabor a bacon pasadísimo y muchísmo muchísimo sabor a una grasa espantosa que se quedaba pegada al paladar, probé uno yo y uno él y los tiramos a la basura). Gastamos 9 euros en total.

Cuando llegamos al punto de tener que combinar con el tranvía nos enteramos que el tranvía funciona algunos días y otros no, así que yo, que tenía muchas ganas de andar, tuve que conformarme con un colectivo normalito. Por último el funicular (sale casi 8 euros pero vale la pena, también puede subirse en auto), que sube los últimos quinientos metros hasta la punta del Tibidabo desde donde se ve la ciudad muy chiquitita. Hay una iglesia viejísima que se construyó alrededor de una ermita. Esto lo estaba contando un viejito que estaba medio de guía y que también dijo que a Gaudí las cosas se las dictaba Dios y que las cosas de Dios son así -mientras levantaba los brazos al cielo. Cuando nos vio comiendo sanguchitos al costado de la iglesia nos dijo "Buen provecho" y se fue con su grupo mientras nosotros pensábamos si seguir sacándonos fotos o qué.

El funicular pasó a ser mi trencito preferido en el mundo
Arriba del Tibidabo hay un parque de atracciones bastante deprimente y algunos restoranes y un barrio brutal en el que hay unas casas brutales, algo muy de ensueño, algo que mirás y decís "Si yo pudiera vendría a vivir acá". Caminamos bastante por todos los alrededores. Le dije a Juan que no estaba segura de haber empacado bien lo que necesitaba para Mallorca y me dijo que no me preocupara, que mientras tuviera la malla estaba todo bien. Parece guionado pero no: le respondí lo que en ese instante acababa de darme cuenta, “me olvidé la malla”.


Claro que nunca jamás en ninguna foto la vista es tan espectacular como en vivo


Tirando facha

Me enamoré de todas las vistas, olí todas las flores, miré el cielo pensando que lo tenía muy cerca, sentí vértigo mirando un juego parecido a una vuelta al mundo, pensé que ese era un lugar ideal para ir a suicidarse. De una camioneta bajaban manteles y mesas, Juan preguntó si había un evento y el de la camioneta le contestó que sí, un casamiento. Guau.

***

Llego al barrio de Gracia y lo primero que pienso es que ya no estoy en Barcelona pero sí, estoy. Las calles son anchas y coquetas. Hay viejas regias mirando las vidrieras de locales regios como Prada, Escada, Hugo Boss, Louis Vuitton. Saco algunas fotos de algunos vestidos que me gustan, digo "guau" frente a cualquier cosa, me imagino en esos tapados con esos anteojos con ese glamour, esas cosas que hacemos los de la clase media aspiracional. Camino entre panaderías con decenas de tipos de panes, me divierto con un muñequito como los de jengibre pero de bola de fraile, me parece un downgrade bastante interesante. Compro uno y lo como, con el primer bocado me encanto con el relleno pero al segundo me doy cuenta que no tiene ningún relleno sino que la parte del medio está un poco cruda. Me habían dicho que el barrio era como un Palermo pero yo lo pienso más como una Quinta Avenida aunque no conozco ni sé cómo es la Quinta Avenida y a la avenida Quintana.


Si esto fuera lo primero que visito de Barcelona o que si por una de esas casualidades vengo un día y conozco sólo esto me iría pensando que Barcelona es demasiado careta, que no vale la pena. Por suerte es mi segundo día y pienso este lugar tan extraño como la contracara de lo que vi el día anterior, del Gótico, del Raval, de los bares, las callecitas angostas y los jóvenes despreocupados hasta que llego a La manzana de la discordia (no diré demasiado porque para algo está Wikipedia).
La Pedrera, Gaudí
La Pedrera, Gaudí
Casa Batlló, Gaudí
Casa Amatller, Josep Puig i Cadafalch
Casa Amatller, Josep Puig i Cadafalch
Gaudí me gusta. Mucho, me gusta.

***

En el subte de vuelta Juan me convence de pasar por donde están nuestras valijas y que si de casualidad está el dueño de casa, Gaby, puedo buscar mi traje de baño y tomar sol tranquila como estaba planeado desde hacía varios meses. Gaby estaba en su casa. Tengo malla para Mallorca.

***

Es nuestra última noche en el departamento al que llegamos desde Buenos Aires. Estamos solos porque Kris está trabajando. Nos sentamos en silencio cada uno con su compu y seguimos en silencio varias horas: no estamos acostumbrados a estar tanto tiempo juntos. Comemos pan con alioli y pan con queso y escalivada. Tomamos cervezas y entre lata y lata secamos la cocina porque se está descongelando la heladera. El gato de la casa nos mira con cara de enojado (su cara por default) y el perro ronca. Es una noche como cualquier otra, casi como nuestras noches en Paternal, salvo que mañana nos tenemos que levantar a las seis de la mañana, estar en el aeropuerto a las siete para subirnos a un avión a las ocho y llegar a las nueve a Mallorca.