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jueves, 20 de octubre de 2016

Sueño con una doble cabeza

Soñé que estaba en esa casa, en ese cuarto, en esa cama. En esas sábanas manchadas de sangre. En la oscuridad de la noche. La ventana estaba abierta y yo miraba hacia afuera y tenía frío pero me quedaba inmóvil. Sentía que podía mirar el viento entrar, que podía sentir cómo me cortaba la cara al medio. Era una cuchillada de aire helado. Y pensaba que nunca jamás en la vida había sentido un viento tan helado partirme la cara de esa forma y pensaba que nunca jamás en la vida había estado partida en dos. Y pensaba, por último, cómo iba a hacer a partir de ahora, dividida en dos, para oír bien, para ver bien, para respirar bien. Imaginé la cara abriéndose como una flor macabra, el ruido de los huesos crujiendo primero, rompiéndose después. Una cabeza prolijamente cortada en dos: un ojo, un oído, media boca y media nariz. Una cabeza abierta, todavía enganchada al cuello. No había sangre chorreando, el cerebro de gelatinoso intacto en su lugar. Y la imagen no me asustó. Me vi caminando con media cabeza colgada para el lado de cada hombro, colgando y rebotando mientras yo paseaba por las calles de una ciudad desconocida y una mitad miraba y registraba imágenes y sonidos y la otra mitad registraba algo completamente diferente. Era como tener dos inteligencias diferentes, dos gustos, dos deseos, dos mundos posibles. Dos personalidades adosadas a un mismo cuerpo. Me desperté pensando que no era tan mala idea.

viernes, 14 de octubre de 2016

Sueño que me pegan un tiro

Salgo corriendo y mientras escucho los tiros que pega el tipo que llegó hasta donde estábamos aunque no sé dónde estábamos ni con quién. No puedo creer haber zafado, pienso, pero enseguida percibo algo en la cabeza, cerca de la nuca. Llevo el pelo suelto, largo y muy rubio y el chorro de sangre empieza a teñirlo de un bordó oscurísimo, casi negro. Me toco la herida y me arde pero sigo corriendo y pienso me pegaron un tiro en la cabeza, me voy a morir. Cuando llego al lago me tiro al agua -o me caigo- y dejo que el agua me lleve. La corriente es suave. Veo el cielo limpio, casi turquesa, las copas de los árboles se mueven lentas, las hojas verde fosforescente se chocan y parecen un cascabel suave. Y vuelvo a pensar me voy a morir. Ya está. Esto fue todo. Hago la plancha. No lo veo pero sé que la sangre que sale de mi cabeza está dejando una estela que marca mi recorrido, una ruta sangrienta que es la huella de mi final pero que va a disiparse en unos minutos. No hay flashes de mi vida, no sé ni siquiera cuál es mi vida. El agua no está fría y por primera vez no tengo miedo a lo que pueda estar ahí: ni los bichos ni las algas ni la basura del lago puede asustarme. A los costados, en tierra firme, todo parece haberse detenido y los ojos se me cierran solos. Abro los brazos, inspiro y hago fuerza para volver a abrirlos y ese cielo limpio y esos árboles y ese agua transportándome me dan algo que podría llamarse paz. Alivio. Es un microsegundo. Recuerdo que alguien me dijo si te quedás así, te hundís y te morís. Tenés que darte vuelta y nadar. No sé en qué circunstancias alguien me habrá dicho esa pista de supervivencia pero es ese microsegundo en el que me digo: no me quiero morir. Me doy vuelta. Estoy pesada y sin energía, ya soy casi un cuerpo muerto. En unas piedras ahí nomás están mis amigas. Llamen a una ambulancia, les suplico con un hilo de voz, mientras uso la poca energía que me queda en seguir nadando. Cuando llego me arrodillo en la piedra junto a ellas, que no saben qué decirme y que no llamaron a ninguna ambulancia. La cabeza se me cae, siento los ojos inyectados en sangre. El pelo húmedo sigue empapándose con la sangre que sigue saliendo del agujero de mi cabeza. Llamen a una ambulancia, vuelvo a pedir, pero ellas me miran impávidas, soy un zombie. Espero arrodillada y sigo sin querer morirme pero la boca me queda abierta en una mueca estúpida y se me cae una baba rojiza que aterriza sobre mis piernas y luego pasa a la piedra, formando un charco a los pies de mis amigas. Mi campo visual se reduce a eso: una línea horizontal, que abarca el charco de baba sangrienta y un poco de mis piernas. Los brazos ya no me responden, están bobos al costado de mi cuerpo, ya ni siquiera puedo mover el cuello. Llega la policía y debo estar cerca de mi último aliento, aprovecho para usar lo que me queda de vida para repetir llamen a una ambulancia. Cuando abro los ojos me están terminando de subir a una camilla. Una señora me pone shampoo seco en la cabeza, especialmente en la herida. Otras dos se acercan y hablan muchísimo, no sé de qué pero hablan tanto que empiezo a prestarles más atención. Hay que hacerme masajes. Hay que ponerme crema. Hay que abrigarme un poco. Hay que dejarme ahí quieta hasta que se pase todo. Terminan de hablar y estoy más animada. Cuando me despierto me quedo inmóvil. Tardo varios minutos en terminar de salir del sueño, en dejar de pensar que estoy en una camilla. Todavía me parece sentir el ardor en la herida de la cabeza y no quiero tocar, no quiero saber cuán profundo es el agujero. Pero cuando termino de contextualizarme estoy en otro lado. En un cuarto cualquiera. Miro para el lado de la ventana y no siento nada raro en el cuerpo. Por las dudas me chequeo el pelo. Está seco.

martes, 10 de julio de 2012

El casamiento que no fue y la embajadora de China

De haberse concretado diría: a mi casamiento vino la embajadora de China, llegó en una limusina roja que se parecía más a un paquete de pan lactal. Tenía el pelo largo oscuro y lacio y muchos guardias de seguridad. No sé quién la invitó.

Era en una casa antigua con mucho parque alrededor. Había flores y mucho sol. No me acuerdo por qué me casaba pero sí me acuerdo que estaba apenada porque me estaba casando aunque Juan nunca me había propuesto casamiento y yo tampoco se lo había propuesto a él. Era como un trámite con mucho sentimiento, alegría y amor. Burocracias románticas.

En el supermercado, antes del casamiento, dejaba tres tortas a medio hacer. Ninguna me salía del todo: olvidaba algún ingrediente, olvidaba prender el horno, olvidaba apagarlo. Me iba del supermercado porque se hacía tarde para la ceremonia y me daba vergüenza dejar las mesadas sucias porque otros tendrían que limpiar lo que yo había ensuciado y me parecía injusto. Pero aun así me iba: el casamiento me esperaba.

Como no tenía vestido de novia por lo repentino del trámite lleno de amor, me ponía una pollera muy cortita y muy apretada de color negro, y una remerita azul eléctrico también muy apretada y bastante escotada, pero como yo era muy flaquita y menudita todo me quedaba muy lindo. El gran problema vino con el peinado: primero había pensado en no hacerme nada, dejar mi pelo lindo como lo tenía pero después (de repente, no sé), me daba cuenta que el pelo tan largo quedaba ordinario entonces dudaba. Finalmente una prima me agarraba dos mechoncitos y me hacía una media cola.

En eso que yo estaba terminando de acicalarme con el pelo y lo demás, se paraba todo porque llegaba la embajadora de China: una limusina roja con forma de pan lactal para frente a las escaleras y ella se baja, impecable, blanquita, con la piel transparente como un papel de calcar, con muchos guardias de seguridad.

martes, 4 de octubre de 2011

Un sueño horrible

Soñé que Juan me decía que tomaba merca. No que había probado o que ocasionalmente había consumido sino que lo hacía regularmente, que no podía controlarlo. Y yo, además de preguntarme cómo carajo no me había dado cuenta, de tanto tanto que me angustiaba volvía a fumar.

Hacía mucho que no soñaba algo tan feo.

sábado, 9 de abril de 2011

Sueños horribles, basta por favor

Tengo sueños horribles. No me despierto sobresaltada durante la noche, pero me dejan angustiada durante el día. Sí me pasa que aprieto los dientes. De nuevo. Me despierto a la mañana con la mandíbula dura. No es tan grave como me pasaba hace unos años, que me despertaba con tanto dolor que no podía abrir la boca hasta media hora después de levantada. No estoy exagerando. Aquella vez se me fue con un adminículo muy poco sexy, de silicona o similar, que me hacía acordar a una niñez llena de aparatos. Temo tener que volver a usarlo. Y no quiero.

Sueño, por ejemplo, que estoy embarazada. Sueño con el momento previo al parto, sueño que en los nueve meses me agarró una locura y nunca fui al médico. Sueño que estoy en un hospital, en una camilla, que me da vergüenza confesarle al médico que no me cuidé. Sueño que le digo que la última ecografía fue dos meses atrás. Sueño que no me cree pero no me lo dice, lo veo en su mirada: sabe que le estoy mintiendo. Estoy sola.

Sueño que eructo. Sueño que tengo un ataque de eructos. Que no es gracioso. Que no digo el abecedario. Que no puedo parar. Que los ruidos de los eructos son cada vez mas fuertes y mas largos y un poco guturales. Que con cada eructo mi garganta se va resecando y empieza a tener un gusto ácido, como si recién hubiera vomitado. Y que no puedo hacer nada contra los eructos. Que me angustio y lloro muchísimo al mismo tiempo que eructo cada vez más fuerte, mas potente, mas asqueroso.

Sueño que se muere alguien que quiero mucho en un accidente de autos. Como eso ya pasó, en la realidad y también en el sueño, pienso que estoy acostumbrada a que la gente se muera en accidentes de autos. Me sueño en un auto yendo no sé si a reconocer el cuerpo, al velatorio, a avisarle a la familia. Esa parte, lo que estoy haciendo yo en un auto, es indefinida. Estoy sentada en el medio del asiento trasero. No sé quién maneja, pero sí sé lo que estoy pensando mientras viajo: primero pienso que ya está, se murió, qué pena, ya estoy acostumbrada. Pero con el correr del viaje me doy cuenta lo que significa esa muerte: nunca mas voy a verte, ni a escucharte, ni a darte besos ni a abrazarte. Nunca mas voy a dormir con vos, no me vas a llamar por teléfono, no vamos a cocinar juntos. Y mientras me doy cuenta de esas cosas, de lo que realmente significa la muerte de esa persona, empiezo a entristecerme tanto que me ahogo con mi propio llanto y quiero retroceder el tiempo y decirte que no viajes nada, que te quedes conmigo, que por favor no vayas a morirte porque no sé qué haría sin vos.

Me despierto de ese sueño y entiendo que fue un sueño cinco o diez segundos después de abrir los ojos. Pero no me tranquiliza saber que fue un sueño. Empiezo a llorar, desconsolada, llena de tristeza, sabiendo que hay cosas inevitables y que la muerte es una de ellas. Cuando le cuento lo que soñé me dice me alargaste la vida. Eso tampoco me tranquiliza. Estoy todo el día apagada, y cuando rememoro lo que sentí en el sueño, cuando me doy cuenta que la muerte es posible para cualquiera en cualquier momento, empiezo a llorar de nuevo.