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lunes, 9 de junio de 2014

Budapest. Schénézy Fürdo

Nos queda tiempo y entusiasmo por la cuestión termal de la ciudad así que aunque ya no deberíamos seguir gastando, terminamos pagando casi veinte dólares para entrar a los baños termales del Parque de la Ciudad.
 
El Szchénézy Fürdo se fundaron en 1913 y desde entonces se llena de húngaros y turistas ávidos de convertirse en amebas que rotan de una pileta de una temperatura a otra pileta de otra temperatura al sauna o al sol.
 
Hay tres piletas afuera, una de natación (a la que no puede ingresarse sin gorra, así que no entré), una de 33 grados con un remolino en el medio muy divertido (te dejás llevar) y unos asientos en los que te sentás y salen burbujas que te recorren desde la cola hasta la superficie del agua; y una última de 36 grados y chorros masajeadores donde uno va a sentir ese calor y aflojar el cuerpo.
 
Adentro perdí la cuenta pero hay más de diez piscinas medicinales de diferentes temperaturas además de varios saunas, piletas con corrientes para hacer ejercicio y reposeras y asientos donde sentarse a descansar de tanto descanso. Me meto en todas las piletas salvo en las más frías. Me meto en todos los saunas aunque en el de 80 a 100 grados no aguanto más de treinta segundos.
 
A diferencia de Rudas Baths, estos baños están cubiertos con azulejos y por eso los españoles con los que compartimos departamento nos habían dicho “parece un hospital”. Yo no lo vi nada parecido a un hospital salvo por lo de los azulejos y por una clase de rehabilitación en el agua que estaba dando una chica sin nada de ganas a unos tipos que no podían coordinar dos pasos debajo del agua.
 
Hay familias enteras rotando entre piletas, hay un viejo que rezonga interiormente porque quiere relajarse y unos nenes no paran de gritar y salpicarse entre ellos. Hay un gordo grandísimo con una sunga muy chiquita y dos piercing argollas en los pezones que está solo en una pileta de treinta grados mirando todo de reojo y que cuando viene la pileta donde estamos nosotros lo demás lo miramos sin disimulo y yo estoy convencida de que al gordo le gusta mucho ser mirado.
 
En todos los saunas hay un experto: corre el cubículo con carbón más o menos para su lado, sabe en qué posición ponerse, sabe cuánto tiempo aguanta y siempre que sale del calor extremo se mete en el agua helada sin dudarlo.
 
La tarde se pasa entre saunas y piletas y entre saber si acá ya nos metimos o todavía no entonces por las dudas entremos. El lugar es muy luminoso y aunque a los españoles les haya parecido un hospital, a mi me da la sensación de estar en un lugar seguro donde no puede pasarme nada.
 
Cuando estamos por salir encontramos la pileta de 40 grados, a la que no habíamos entrado. Tenemos los dedos arrugados de tanta agua caliente, la piel nos pica un poco, pero no podemos dejarla pasar. Así que entramos, el cuerpo está tan caliente por dentro que el impacto casi no se siente. Al lado hay otra pileta, de 20 grados, Juan me dice que debería salir de la caliente y meterme en la fría. Le digo que no me animo pero después de treinta segundos le digo “¿Lo hago?” y él me mira y no me dice nada pero sé que está pensando que no lo voy a hacer y yo salgo del agua caliente y camino al agua fría pensando lo mismo, que no lo voy a hacer. Meto un pie y siento una fuerza que me empuja desde el interior, tal vez sea el calor al que sometí a mi cuerpo toda la tarde y que me pide por favor que pare o tal vez es el orgullo que me pide que una vez gane un desafío. Bajo los escalones sin pensarlo y me zambullo por completo en el agua helada. Salgo dando una bocanada de aire, un poco mareada por el frío y con el cuerpo anestesiado.

jueves, 5 de junio de 2014

Rudas Baths - Los baños turcos según Maru

Apenas entro al recinto de las piletas en Rudas Baths, el Gyógyfürdő -hoy es el único día de la semana que pueden ingresar las mujeres, además del fin de semana, que es mixto- recibo dos golpes contundentes: un leve olor a podrido y muchas mujeres desnudas caminando lentamente de una pileta hacia la otra. La visión -mujeres desnudas caminando entre piletas y sumergiéndose lentamente en ellas- parece casi erótica, somo si fueran sirenas a las que sólo les falta cantar pero lamentablemente la naturaleza ha sido impiadosa con la mayoría de ellas: gordas, fofas, viejas, flacas convertidas en papiros.

Supero rápidamente el leve olor nauseabundo y las mujeres desnudas porque el lugar se lleva toda mi atención: una pileta central con otras cuatro a los costados, una construcción de mediados del S XVI de piedra despareja y rugosa con columnas alrededor de la pileta central, con asientos empotrados alrededor de todo el lugar, una bacha con una canilla de la que nunca deja de caer agua. Un rato más tarde me acercaré con intriga y comprobaré que ese agua que todas las mujeres toman está casi hirviendo.

Estoy en bikini aunque me arrepiento de no estar desnuda: acá es la que va. Camino por el lugar tratando de adivinar qué se hace primero, si hay algún orden lógico o es pura intuición. No logro entenderlo así que me meto en la pileta del medio. El agua está caliente pero no quema. El techo es una cúpula con decenas de aperturas de colores por donde entra la luz del sol y los colores se reflejan en el agua. Las más místicas se paran debajo de alguno de los rayos y absorben esa luz que parece tan celestial.

En la pileta las mujeres que están en grupo hablan entre ellas –adivino que son turistas- y las otras –las locales- se mueven como si conocieran cada rincón de memoria. Se nota que tienen estudiado y armado los recorridos y ejercicios a hacer en cada pileta. Ellas, las locales, son las más primitivas: gritan si se están quemando, se posan debajo de un chorro de agua helada y aguantan eso que más que masaje es un golpe, ocupan un tercio de cada pileta con sus cuerpos interminables, se pasean ventilando toda su humanidad, se sientan abiertas de piernas, se tiran casi de cabeza al agua.

Las turistas somos más evidentes. Dos o tres parejas de orientales, un grupo de lesbianas que se mueve en masa de una a otra pileta, algunas alemanas, unas musulmanas en traje de baño (posiblemente sea la única vez que las vea así), una negra hermosa y altísima a la que es imposible dejar de mirar y yo. A mi nadie me mira. A diferencia de lo que me contó Juan, el día exclusivo para mujeres se vive de otra forma: es la peluquería. Las mujeres vienen acá a olvidarse del resto de sus vidas y por sus caras y sus cuerpos adivino que tienen mucho de vida encima: maridos, hijos, familia, algunas una carrera, otras la carrera de ama de casa.

Pero todas –turistas y locales- compartimos la lentitud del movimiento y la pesadez del cuerpo que contrariamente a la lógica -el cuerpo pesa menos en el agua-, el peso extra del calor lo hace más pesado. Somos masas moviéndonos despacio, caminando alrededor de la pileta, acariciando con las manos el agua, arrastrando los pies, caminando como zombies, dejándonos llevar.

Sobre la piel se forma una película de burbujitas: me divierto pasando las manos por mis brazos y piernas y viendo cómo se desprenden y suben a la superficie.

Una mujer se sumerge hasta el fondo de la pileta y se queda ahí reposando y cuando sale está colorada. Inspira fuerte y ruidosamente como si quisiera refrescar todo lo que tiene caliente y no sé si lo logra pero enseguida se vuelve a sumergir. Yo me siento en posición de indio y cierro los ojos. En cualquier otra situación me sentiría una pelotuda pero acá el cuerpo se siente de otro modo y quedarse quieto sintiendo el agua parece ser la única opción. Después camino por la pileta, miro la cúpula, me hipnotizan las lucecitas, me pregunto cuántos se habrán bañado acá.

Las piletas de alrededor están en las cuatro esquinas, sus temperaturas son de veintiocho, treinta, treinta y tres y cuarenta y dos grados. Nunca supe qué temperatura tenía la central así que me planifico meterme gradualmente en las otras pensando que la central era la más fría pero me llevo una sorpresa: la de veintiocho grados es bastante más fría que la central y casi no aguanto. Paso por las demás como preparación para la última, la de cuarenta y dos, la que sé que sí o sí algo tiene que quemar.

Apoyo un pie en el primer escalón y siento un calor punzante y profundo que sube por toda la pierna. Espero.

Bajo otro escalón, los pies ya están acostumbrados pero cada centímetro nuevo de piel que entra en contacto con ese agua tan caliente es un nuevo escalofrío, doloroso y placentero al mismo tiempo. Me siento en ese segundo escalón y con las manos me echo agua sobre los hombros y bajo otro escalón más.

Ya está. Ya estoy adentro.

En la pileta hay una físicoculturista muy flaca, con todos los músculos marcados. Es mi personaje preferido: en cada pileta hace una rutina de ejercicios, después sale, se hidrata, vuelve a empezar.

Siento un cosquilleo en los pies y en cada movimiento que hago siento que peso un poco menos: tal vez me esté desintegrando. Salgo del agua y me cubro los hombros con el lienzo que me dieron en la entrada. Tengo mucho frío. Todo me parece frío.

Vuelvo a caminar un poco, me mojo la cara con algún agua caliente de todas las que hay para elegir. Trago un poco para ver si es salada, si tiene cloro. Es lo más neutro que probé en toda mi vida, diferente a cualquier agua que haya probado y eso que para mi el agua es agua y nunca puede ser diferente. Es el sabor del sinsabor, sorpresivamente rico.

Me asomo al sauna. Desde las piletas estuve viendo el vapor que sale de ahí y las mujeres, estoicas, entrando, para salir un rato después coloradas, a punto de explotar. Camino hasta el lugar y me quedo en la antesala pensando si entro o no. En la antesala hay una ducha y una cubeta de madera que, después de un rato, descubro que es agua helada para las que salen del calor.

El vapor que se siente en esa antesala ya se siente intenso, es una mezcla de incienso y canela, un sabor que ahora, después de varias horas de haber salido, sigo sintiéndome en el pelo y, si me concentro, en el fondo de la garganta.

Finalmente entro. Me siento sobre mi lienzo y espero. La sensación es extraña: el vapor se convierte en una pared pesada que cuesta atravesar con la mirada pero también con las manos, con el cuerpo. Al lado mio hay un mamut inmenso que de a ratos se manguerea los pies.

Es imposible escaparse de ese calor. Si uno inspira, inspira un aire caliente que quema la lengua. Si uno se abanica con las manos el aire que recibe es aun más caliente, si uno se sopla las manos, las manos arden. Hay que quedarse sentado y quieto y respirar ese aroma tan perfecto como irreconocible.

No siento la humedad. El vapor me seca la piel y se estira, al mismo tiempo que siento que el vapor que ingresa por mi boca o mi nariz está expandiendo algo adentro mio. Apoyo la espalda sobre el respaldo de madera y doy un mini saltito porque la madera quema más que el vapor. Enseguida vuelvo a apoyar la espalda: acá, en este lugar –en el sauna y las piletas- hay una fuerza que invita a correr el límite corporal un poco más, siempre puede doler un poco más.

Salgo y me tiro el baldazo se agua helada correspondiente: el cuerpo baja la temperatura repentinamente pero todavía siento el ardor adentro mio, en la boca y en todo lo demás.

Habiendo estado en todas las piletas empiezo a rotar y paso de una a otra y no quiero que esto se termine jamás. Miro a las mujeres relajadas en la pileta, en el sauna, en la sala de descanso a la que ya no llego a entrar. Encuentro la pileta más fría de todas, un poco alejada de las demás, trece grados de temperatura. Sólo doy dos pasos y siento algo tan hostil que me voy por donde entré. No sé cómo despedirme del lugar así que estoy de a cinco minutos en cada pileta y termino en la central, donde empecé, dejando que la luz de la cúpula me bañe, tomo aire y me sumerjo en el agua caliente por última vez, tengo el cuerpo liviano, la piel de bebé y la cabeza en otro planeta.

miércoles, 4 de junio de 2014

Rudas Baths - Los baños turcos según Juan

Baños turcos experience
por Juan Maisonnave

En un momento ocurre esto –lo veo como la posible escena de una película en un lugar particularmente cinematográfico-: un delicado rayo de luz roja impacta de lleno en la cara de un húngaro cualquiera y él permite, cerrando los ojos ceremoniosamente, que ese resplandor cenital encienda sus rasgos en el medio de la piscina central, con aguas termales hasta la cintura y aspecto de haber sido tocado por el mismísimo Alá. Es una visión reconfortante, como si el líquido de más de 36° nos uniera en una sopa sagrada. El techo simula el domo de una mezquita y en él hay pequeñas estrellas hexagonales de distintos colores por las que atraviesa el sol; las vigas, las gruesas paredes, el artesonado de estos baños termales a orillas del Danubio son del siglo XVI, cuando los turcos pasaron una larga temporada ocupando Budapest: hoy, algunos descendientes de esos turcos se pasean de piscina en piscina con un cortísimo delantal tipo cocinero atado a la cintura que apenas cubre el desnudo frontal, incluso hay quienes cada tanto se lo quitan y lo retuercen, o quienes directamente no lo usan. Un argentino debería ir inmediatamente al tema de la desnudez (es día exclusivo para hombres), pero lo mejor es mencionarlo al pasar diciendo que percibí que en los húngaros, como sucede con buena parte de las economías latinoamericanas, no existe clase media: o están dotados de manera elefantiásica o andan por la vida con un esmirriado, paupérrimo ñoquicito. Así y todo saben llevarlo con dignidad, y sorprende que no sean pocos los que, de reojo, miran y comparan.

Uno puede ir de lo tibio a lo más caliente, intentar sumergirse en temperaturas extremas (un agua de 42°), usar como baño de inmersión cualquiera de las piscinas laterales con escalones de piedra, especies de jacuzzis gigantes que rodean a la principal, también con forma de hexágono y provista, al igual que las demás, de un surtidor por el que brota un chorro constante y bajo el cual uno puede sentarse a ser mojado en incómodos asientos de metal encastrados a la piedra. Me muevo con la discreción y el pudor del turista, voy ganando confianza, pruebo confundirme con los locales y los pocos extranjeros en el caldo que sea, me distraigo con las luces de colores flotando en el agua como un cubo Rubik (invento húngaro) desintegrado, líquido; me sobresalta un joven muy activo que se quita el delantal a cada rato, enrostrándonos su soberbia pertenencia a una virilidad de clase alta.




Mucho mármol, ladrillo y granito, el olor dulce de la madera caliente, efluvios de vestuario muy concurrido y, detrás, un dejo aromático indescriptible, perfumado: es como estar en una pileta climatizada de lujo, sin una gota de cloro ni ejercicio. Uno lee el diario (increíblemente seco) mientras camina en círculos, otro elonga, da unos saltos cortos y gira sobre sí; algunos, en decúbito dorsal sobre los escalones, ojos cerrados, éxtasis calmo, pareciera que rezaran; otro espía a ver qué hace el de al lado, más allá dos conversan o discuten, y uno puede imaginar fácilmente que acá se tomaron decisiones políticas importantes o se cerraron negocios de cualquier calibre bajo los efectos reparadores del sauna. En su mayoría son señores de edad avanzada, que peinan canas pero se mueven entre piletas con agilidad, ingresan a los extenuantes baños de vapor (no aguanté más que unos pocos minutos en uno, y segundos en el otro: la temperatura alcanza los 50°), o se echan una tinaja de agua fría en la cabeza: cada tanto resuena el eco de un splash rotundo, una manera de recomenzar la gira por las piscinas. Para los más osados, afuera, un extra: una hoya helada, como agua de deshielo.
En el extremo opuesto veo a un tipo de anteojos parecido a Murakami: pienso que no es tan inverosímil que el escritor haya elegido Budapest, y en especial los Baños Rudas, para estar de incógnito. Hay un tullido con un brazo de bebé que me detecta, le dice algo su amigo obeso y ríen sin maldad; hay varios húngaros de entre sesenta largos y setentas que se me confunden –bigotes tupidos, frente amplia, ojos claros-, porque están en rotación permanente de piscinas y se meten despacio al agua para mantenerse después por varios minutos en una especie de nirvana amniótico.
En un cruce a la duchas –“pasá vos, no vos”-, a las que iba a zamparme la tinaja para aguantar un poco más el calor, Murakami me permite pasar gentilmente y después me acaricia el brazo, una invitación a la que declino pero que hace sospechar: ¿será también lugar de levante? Es posible. Más tarde, un joven que nació en Jakarta pero pasó la mayor parte de su vida en Roma, me dice que es la segunda vez que viene a esta ciudad por los baños y la noche y que está acá desde las 10 de la mañana (me lo dice a las dos menos veinte de la tarde). Después, al saber que soy argentino, ensaya un mal español entre risas y me pregunta con quién vine.
En eso, ingresa al recinto un anciano –diría, venerable - con bastón, completamente desnudo, por debajo de la línea de la pobreza: de él ya no cuelga casi nada. Avanza con una dificultad pavorosa, pero nadie atina a ofrecerle ayuda, como si lo conocieran, como si fuera don Tito que viene todos los lunes al mediodía a curarse los huesos al vapor. Tras una caminata lastimosa a las duchas, reaparece y va a ser la única persona a la que veo zambullirse de cabeza, un estruendo que sacude a todos los hombres en su reposo de lagartos.
Pruebo una vez más el sauna: “señor cliente, usted entra aquí bajo su responsabilidad”, reza el cartel pegado a la puerta: primero se atraviesa una antesala y después, en las profundidades de un pasillo brumoso de azulejos, hay un sitio más amplio donde cuesta ver y el ambiente es un horno al que los hombres van a sentarse silenciosos en la gradas. Desisto de internarme allí y me quedo en el nivel de la antesala. Las maderas respiran un calor hirviente que me cocinan los muslos y los glúteos como una vaporera, siento las vías respiratorias limpiándose de todo, calcinándose el sarro de mis tubos, y descubro que estoy en compañía de un señor de abdomen combado y bigotes que se acomoda con desparpajo el bulto o se toca: sea lo que sea, lo hace sin sacarme la vista.
A esta altura, leve paranoia y presión por el piso. Murakami habla con alguien en la de refrescantes 28 grados, quizás tenga suerte. En la piscina principal, debajo de la cúpula estrellada en la que se entrecruzan débiles luces de colores, un viejo afásico flota boca arriba, y otro, más viejo aún, está apostado sobre el mármol de un surtidor, inmóvil y con cara sufriente, como componiendo una pietà imposible: da la impresión de ser un húngaro que conoce el secreto para tirar algunos añitos más pero no lo está disfrutando mucho. Con el bóxer infame y azul que me marca como turista poco avezado y principiante en estos ritos, encaro la salida.