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lunes, 2 de junio de 2014

Praga 4/4 - The real Praga

Siempre que haya una recomendación pedorra la habré hecho yo y siempre que haya un hallazgo será culpa de Juan. Funciona así por más que intente dar vueltas y lo que pasó en el último día de Praga es una prueba muy clara: yo recomendé Petrin Tower y Juan recomendó el barrio de Zizkov y la TV Tower.

Con una convicción nunca antes vista volví a caer en la trampa turística y pagué para subir a la torre Petrin, una torre que los checos construyeron para tener su propia Torre Eiffel aunque no tienen nada que ver. Nos tomamos un funicular. Siempre me resulta divertido porque es como el comienzo de una montaña rusa que al final nunca explota pero esa sola sensación de ir subiendo en un carrito me parece fascinante. Cosa de pobres.

Pagamos para subir en el ascensor, así que íbamos con los viejos y los discapacitados, nadie de nuestra edad paga extra por esta boludez, ni siquiera yo hace dos días atrás.




Arriba de nuevo una panorámica y a lo lejos la TV Tower a la que íbamos a ir un rato después. De arriba, como siempre, se podía ver el castillo, Strahov, Charles Bridge, etcétera, etcétera. Los turistas se agolpaban para sacar fotos que después nadie disfruta porque nunca miles de casitas miniaturas y algunas cúpulas se ven tan bien en foto como en vivo. Yo también saqué: ese entusiasmo del turista es contagioso y nadie puede escapar de él.

Cuando bajamos acepté la derrota, no valía la pena gastar para subirse ahí y ver de nuevo lo mismo. Después de esa derrota volví a equivocarme, esta vez con la dirección en la que teníamos que caminar. Ahí Juan se puso de mal humor y empezó a caminar más rápido y casi sin mirarme ni hablarme pero bueno, en los viajes pasan cosas peores. Al rato se le pasó.

Viajamos en tram hasta Zizkov (el primer día habíamos sacado un pase ilimitado por tres días) y cuando vimos la torre nos quedamos con la boca abierta: era más extraña y fascinante que todo lo que habíamos visto hasta ahora, tanto que si hubiera sabido, venía antes y hoy repetía la visita, así de mucho me gustó.

Trepando a la torre hay unos bebés gigantes de David Černý, un artista checo de la generación de Damien Hirst que, como Damien, le gusta provocar, tanto que ganó popularidad en 1991 cuando pintó un tanque soviético de color rosa y como todavía se lo consideraba un monumento cultural, marchó preso una nadita y se hizo famoso, y ahora decora esta torre y otros puntos de la ciudad, por ejemplo una mini plazoleta en el que interrumpe la caminata la escultura espejada de una mujer embarazada, medio abierta de piernas, como si estuviera hecha de legos, un poco obscena.





Con respecto a los bebés de Černý manejo dos teorías:
-La Torre es la torre que atrae a los bebés índigo del mundo.
-La Torre es la torre de control de una sociedad alienígena y esos bebés gigantes están yendo a reportar que los seres humanos somos lo que sea que seamos.

La primera me enloquece.

Almorcé en una cervecería unas bombas de papa y unos aros de cebolla (parece que no pero después de varios días de salchicha esto fue un banquete). La cervecería se llama Pivnice U Sadu y vale la pena: el lugar es cómodo y divertido, tiene colgado del techo y de las paredes todo tipo de chucherías, sillas antiguas, una máquina de escribir, muñecas, herramientas, un mercado de Pulgas como los nuestros pero donde nada está a la venta. A la tarde Juan pegó un Levi´s usado a U$S 10 en un local de segunda mano donde la dueña escuchaba un punk latoso, era muy simpática y tenía una mesita con un juego de té con una nota que decía: “Teapot and teacups are nos for sale but have a cup of tea with me while shopping”.

Zizkov tiene edificios inmensos, uno al lado del otro, todos muy cuidaditos y con las fachadas de diferentes colores. Una calle es en subida absoluta, otra en bajada absoluta, en Praga no hay forma de zafar del ejercicio. Cada dos cuadras hay alguien hablando solo, explicándose cosas o preguntando a alguien invisible. El barrio es más desprolijo que todo lo que conocimos hasta ahora sobre Praga. Hay barcitos sucios y oscuros de donde sale mucho olor, a cigarrillo y a cualquier otra cosa.




Quisimos encontrar una estatua bastante famosa pero nos desviamos y terminamos en un parque que nada que ver, muy lindo, lleno de checos con perros porque al parecer todos los checos tienen perros.



Volvimos de Zizkov con una misión: Juan se tenía que cortar el pelo.
Sabíamos a qué peluquería había que ir pero no hubo forma: era viernes y estaban a full.
La chica que nos atendió nos recomendó otro lugar. 
Fuimos al otro lugar.
Estaban cerrando.

Nos despedimos de Praga tomando cerveza en U-Medviku Bar. Tienen una cerveza famosa así que se llena de gente, tanto que en la puerta hay un tipo diciendo que nadie puede entrar aunque si te quedás parado ahí te deja entrar. Rarísimo. El lugar es como uno de esos lugares porteños, un salón enorme lleno de gente y humo de cigarrillo, gritos y borrachos y alguien leyendo el diario.



Juan tiene que volver corriendo al bar, del que estamos a tres cuadras, porque se olvidó el jean. Yo lo espero en un chino mirando golosinas. Cuando salimos a tomar el tram el castillo está iluminado, todos los puentes también, Praga de noche es un espectáculo de lucecitas y alegría. Es viernes y la gente está arreglada para salir pero nosotros tenemos que volver a armar la mochila y salir a Budapest. Mientras esperamos el tram se escucha una explosión. Es un show de fuegos artificiales. Ahora sí, nos vamos de Praga.

Praga 3/4 - Sobre lo museístico

Nosotros no pagamos por nada salvo cuando pagamos por todo. En el viaje anterior casi no fuimos a museos, casi no pagamos por atracciones turísticas y acá llevamos tres días y ya somos un japonés más. En general no vale la pena y en general es lo que menos me interesa de las ciudades aunque cuando mi depiladora me preguntó si en Europa había ido “a los museos” le dije que sí. Porque yo también crecí con la convicción de que si ibas a Europa y no ibas al Louvre eras un boludo. Hoy lo dudo.

El Letná Park, un poco más allá de lo que ya habíamos visto, se pone mucho más interesante, en especial por el metrónomo gigante que reemplazó en 1962 a una estatua en homenaje a Stalin. Me pregunto cómo se les habrá ocurrido. Alrededor del metrónomo hay algo que debe haber sido unos jardines rodeando a la estatua de Stalin pero que ahora está abandonado, con pastos crecidos y árboles talados, columnas y pilares rotos, graffiteados, baldosas partidas. Alucinante.

Sí, lo de que venden falopa lo pensamos todos





Pagamos lo que hay que pagar porque yo estaba completamente encaprichada por conocer el viejo cementerio judío. Perfecto. Una que salió bien. El cementerio, aun con una lluvia molesta y permanente, es atractivo: las lápidas encimadas, rotas, con moho, húmedas, las piedritas que deja la gente después de rezar. El cementerio tiene 12000 tumbas visibles pero se calcula que hay enterrados ahí más de 100.000 personas: están encimados. La primera tumba es del siglo XV así que no es necesario aclarar mucho más: es extremadamente viejo. Con la entrada al cementerio estábamos habilitados para conocer otros edificios judíos, el más interesante fue la sinagoga española, un recinto oscuro, con mucha madera, techos pintados y esa atmósfera sagrada que se respira en cualquier lugar religioso, seas o no una persona espiritual.







Todos los que atienden en esos edificios a los que podemos entrar son parcos y antipáticos, incluso uno reniega un poco la segunda vez que entramos al cementerio: no les gustan los turistas repetidores.

Caminamos de nuevo por Old Town Square, nos volvemos a perder, se repite lo que se repite en cualquier ciudad a la que vamos: queremos ser organizados y metódicos y siempre terminamos con ampollas en los pies y cosas pendientes.

Klementinumm es un complejo jesuita, un conjunto de edificios donde se estudiaba cuando se estudiaba de verdad, cuando había que construir un instrumento medidor de una precisión que ni siquiera puedo imaginar. Conocemos la antesala de los espejos –una capilla con espejos, nada especial- el salón de astronomía y la biblioteca, que era el plato principal por el que pagamos lo que pagamos por la vista guiada. Lamentablemente la biblioteca se puede ver desde un cuadradito del fondo, todos amontonados, con la guía tratando de explicar algo que a nadie le interesaba porque lo único que todos queríamos era sacar LA foto aunque estuviera prohibido sacar fotos.

Cruzamos para ver dos cosas: la John Lennon Wall (vale la pena solamente porque hay muy poca gente pero fuera de eso es una pared llena de graffitis amontonados) y para ir a una taberna medieval. De nuevo los objetivos eran claros pero llevarlos a cabo una tarea imposible: fuimos a St. Nicks, recorrimos el barrio que rodea al castillo, pasamos por un parquecito cerrado muy parecido a los que hay en Londres y recién ahí encontramos la pared de John. Cuando quisimos desandar el camino para encontrar la taberna nos perdimos y terminamos entrando al predio del castillo que ya estaba cerrado y silencioso y desierto. Caminamos por todos los recovecos que pudimos, miramos y admiramos la catedral St. Vitus, el panteón de Theresya. Mientras caminábamos decíamos que bueno, llegamos, pero que mañana mejor volvemos y pagamos la entrada para ver todo por dentro, algo que finalmente no terminamos haciendo porque lo que más me interesaba ver, la Golden Lane, estaba abierta y pudimos entrar. La Golden Lane es la calle donde vivían todos los sirvientes del castillo, unas casas petisas con mini puertas que ahora están pintadas de colores y cuidaditas.






Saliendo del castillo terminamos en un viñedo que también estaba cerrado aunque era hermoso. Esto es lo lindo de Praga: vayas donde vayas estás siempre arriba de alguna parte de la ciudad y todas las panorámicas, que terminan siendo muchas, son perfectas.



Llegamos a la taberna medieval ayudados por una chica que al mismo tiempo estaba ayudando a un viejito que nos quiso ayudar y no pudo. El viejito se había acercado a preguntar si necesitábamos ayuda porque nos vio con el mapa y cuando le señalamos adónde queríamos ir resulta que no veía un pomo y no tenía los anteojos puestos. Ahí llegó la chica que nos dijo que nos tomáramos el tram y llegamos lo más bien a la taberna, un lugar muy cerrado, tipo sótano, con techos bajos y en arcadas, iluminado por velas, con calaveritas en las paredes. Y shows de tragafuegos y un tipo tocando la gaita, en el espíritu celta metalero que reina allí abajo. Además, lo avisan en la carta, los muchachos que atienden, vestidos a la usanza de la época, son algo rudos en el trato: el chopp de medio litro te sobresalta como un martillazo cuando lo dejan sobre la mesa, la horma de pan viene con un cuchillo clavado en el centro, si pedís cubiertos te responden usá las manos.

Compartimos la mesa con una pareja de algún lugar del mundo y con otra pareja de Francia. Todos estábamos un poco tímidos pero igual nos hablamos e hicimos algunos chistes, en especial el tipo de al lado mio, el de nacionalidad indefinida, que se hacía entender con gestos, tenía una sonrisa clavada y parecía esos tipos que son tan buenos y tan copados que parecen niños grandes.


domingo, 1 de junio de 2014

Praga 2/4 - De la idea a la ejecución

La idea
Caminamos hasta el Letná Park, que queda cerca de casa, cruzamos al otro lado y caminamos para ir a los puntos turísticos más conocidos: Reloj Astronómico, Old Town Square, Church of Our Lady before Týn, Old Jewish Cemetery, Klementinum (no vale la pena que ponga links). Este año estamos más preparados: tenemos mapas encima, tenemos objetivos claros, podemos optimizar el tiempo.

La ejecución
Imposible.

Cuando llegué al Letná Park vi una panorámica de la ciudad y le dije a Juan: “Qué bien, uno puede tomar conciencia de cómo es la ciudad desde acá antes de conocerla”. Un rato más tarde me daría cuenta de que tener ese pantallazo global de la ciudad no me había servido para nada porque no tardé más de diez minutos en perderme por completo. Justo antes de perdernos vimos un niño con hidrocefalia chapoteando en un charco, unos dinosaurios para treparse y un beer garden cerrado y yo pensé: dónde nos vinimos.




No sé en qué momento nos desviamos, creo que apenas cruzamos el parque nos metimos por una callecita en lugar de ir adonde teníamos que ir, así que todo terminó siendo una confusión de lugares, cortadas, calles que cambiaban de nombre o dirección porque sí. Recorrimos unos pasajes muy pintorescos por los que apenas pasaba un auto. Llegamos al centro y ahí vimos todo lo que hay que ver aunque no podría hacer una enumeración: todo es mucho, todo está lleno, todo es ruidoso, todos los carteles indicadores están en checo y los nombres en el mapa, en inglés. Pero precioso, eh.





En Old Town Square, como pasa por ejemplo en Alexander Platz en Berlín, hay mucha gente, muchos shows callejeros, mucha estafa. La estafa más grande en la que casi caemos: había una pata de cerdo asándose al spiedo, se veía riquísima, nos fijamos el precio, decía “100 gs CZK 90” (alrededor de U$S 4,5), nos pareció un muy buen precio para el producto y cuando estábamos por pedir Juan se dio cuenta de que era un engaño, que una vez que pedías te cortaban un pedazo de chancho enorme y ahí lo pesaban y calculaban el precio final, que siempre subía al menos a CZK 400 (U$S 20). Huimos despavoridos pero también canchereando: ¿A un argentino querés estafar, papá?

unos cositos en una puerta

los checos no escatiman en deco

Vimos todo lo que hay ahí, St. Nicholas, Church of Our Lady before Tyn, el Reloj Astronómico (incluso nos quedamos para el simpático cambio de hora, en el que unos muñecos de no sé qué año desfilan por ahí: un esqueleto toca una campana, un pirata mueve la cola y unos apóstoles –o santos- se asoman a una ventana y se mueven mecánicamente y con muy poco swing mientras cientos de personas fotografían el espectáculo, señalan uno o varios detalles para, después de un minuto de espectáculo, retirarse a seguir comiendo salchichas).



En Praga no hay locales o, mejor dicho, los locales están más allá. Mires para donde mires hay una casa de cambio, alguien con un mapa, alguien desorientado o alguien comprando un souvenir de la Petrin Tower a un precio exorbitante. Después hay locos, muchos locos: unos yanquis bailando una música imaginaria, un turco que reparte volantes y te habla como si te conociera, una señora que va caminando y se queda parada mirando la nada y pensando vaya a saber uno qué. Y después está el gran loco: en el medio del Charles Bridge, mientras entre la lluvia y la oscuridad trataba de distinguir algo, un chico se acerca y antes de que pueda hablarme yo me corro pero lo agarra a Juan, le habla en un inglés muy básico, casi no se entiende lo que dice pero habla de que nadie lo quiere, de que para qué es todo esto. Juan le dice que él lo ve muy bien pero el pibe insiste, quiere tener otro tipo de charla aunque es imposible adivinar de qué quiere hablar. A Juan le cuesta sacárselo de encima, yo creo que un poco está disfrutando el momento.

En el itinerario hay al menos cinco bares que visitar pero ya sé que vamos a tener que elegir uno y me apuro a gritar el nombre de uno para no tener que relegar Lokal, un bar que me recomendó un amigo y que cuando vi en fotos me recordó a la película Drinking Buddies aunque al final, cuando fui, nada que ver.

1. En la mayoría de los bares de Praga se puede fumar.
2. Los mozos son persuasivos: apenas ven que te estás quedando sin nada para tomar te ofrecen otro vaso, no te preguntan sino que te afirman, te dan una milésima de segundo para contestar y si dudás te dicen “One more” y te apoyan el vaso lleno y listo, lo tomás.
3. Todos toman mucho. Al lado nuestro había una mesa de seis o siete tipos que se tomaron incontables chupitos de absenta, sola, mezclada con cerveza, de una jarra, como venga.



La vuelta a casa, después de todo este larguísimo primer día en el que tenemos jet lag y no entendemos un carajo, es durísima: llueve y hace frío y estamos lejos y no queremos tomar un taxi. Caminamos húmedos y con las manos duras y aunque sabemos hacia dónde tenemos que ir la casa siempre parece alejarse un poco más. Atravesamos de vuelta el Letná Park, nos mandamos sin saber si es peligroso de noche o si está iluminado. Ni es peligroso, ni está muy iluminado. Quiero llorar del dolor de pies, del cansancio, de esta escalera interminable, de todos los senderos en subida, de nunca llegar. Pero llego.

Praga 1/4

En algunas ciudades pareciera que no hay realidad. En Praga, por ejemplo, todo se ve como una puesta en escena y lo real se oculta detrás de una fortaleza de castillos, fachadas medievales y la fantasía de que está todo bien, de que todo es lindo, de que en Praga se respira felicidad. Suena negativo pero no lo es. Suena exagerado. Eso tal vez sí.

Es fácil ubicarse en Praga: el río divide la ciudad en dos y con eso ya está casi todo el tema resuelto, uno tiene que ver de qué lado del río está parando y de ahí ir programando las visitas, a un lado o el otro.


Recién llegada, después de 15 horas de viaje, estudiando el mapa

Una vieja simpáticamente encorvada


De un lado del río están Old Town Square, con todo lo que hay alrededor, y del otro el castillo. De un lado está la TV Tower y del otro está la Petrin Tower. De un lado Klementinum y del otro Strahov y así. Más o menos con eso uno debería acomodarse.


Nuestra casa

Nuestra Puerta