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sábado, 8 de junio de 2013

Adiós, Mallorca. No sé si nos volveremos a ver

Mientras José y Kris nos llevaban en auto al aeropuerto de Mallorca nos preguntaron si la habíamos pasado bien y sin dudarlo y al mismo tiempo dijimos: "Mejor de lo que esperábamos".

Si no fuera porque José está viviendo en la isla jamás hubiera sido parte del recorrido para un primer viaje a Europa. Yo le tenía bastante prejuicio al lugar pero además pensaba que le quitaba un poco de coolness (como si tal estupidez existiera) al viaje que yo había planeado. Llegar a Son Servera primero y conocer después todo lo que conocimos (en especial Cala Tuent) me dieron vuelta los prejuicios y me cachetearon fuerte con ellos.

Las playas del Mediterráneo tienen agua fría y en algunas partes hay medusas y algas asquerosas pero tienen una perfección que yo no veía desde que a los quince me fui a Cancún. La naturaleza a la que tuve que someterme para poder adaptarme al lugar donde estaba me demostró dos cosas bastante importantes: que puedo controlar a mi cabeza mucho más de lo que a veces pienso y que puedo hacer cosas de las que no me creía capaz. También me demostró que antes que nada digo que no y que estoy como a la espera de que alguien me convenza de hacer lo que hay que hacer para yo terminar diciendo "Está bien, hagámoslo", como si todo el tiempo quisiera demostrar que puedo seguir adaptándome y puedo seguir venciendo mis propias barreras y mis propios prejuicios.

Además Mallorca estuvo divertido, mi cuñado hizo nudismo enfrente mio y yo hice topless frente a decenas de desconocidos. Además tomé y comí mucho, paseé, caminé, escalé y nadé. Toda la gente desconocida con la que me crucé fue amable (un día un chino me dibujó un mapa para volver desde Palma de Mallorca hasta Son Servera y lo hizo varias veces hasta que le salió perfecto), toda la gente con la que conviví me cayó bárbaro.

Mallorca, ahora que pasaron unos días y que ya estoy metida de nuevo en una gran ciudad, se me aparece como unos días relajados y medio hippies, unos días en los que la preocupación más grande era elegir una playa y pensar si llevar o no el mate. Unos días divinos que existieron de casualidad y que, como las mejores casualidades, no sé si se volverán a repetir.
 

09 / Mallorca. Día 06

A mí me gusta viajar muchos días en la ciudad para llegar al punto en el que me siento un poco parte de ella y puedo pasar una tarde sin hacer absolutamente nada. Al mismo tiempo, estar en una ciudad que no conocía y llegar a ese punto en el que puedo hacer nada significa que tengo que irme. Algo así me pasó este día, tan inadvertido como tranquilo como cotidiano como cómodo.

Salimos a comer una ensaimada que es a Mallorca lo que la torta frita al conurbano. Hacía casi una semana que no tomaba café con leche así que quería eso: café con leche con ensaimada. Pero cuando salís en un pueblo después de las doce del mediodía, un día de semana cualquiera, no es tan sencillo. Y en este caso no sólo no fue sencillo sino además imposible: ya nadie tenía ensaimadas.


Tomamos dos cafés con leche y comimos un bocadillo de pan con manteca y jamón de York (por los cuatro cafés con leche y los dos bocadillos nos cobraron 10 euros) y después caminamos un poco el pueblo. Estaba nublado y sin quererlo nos habíamos despedido el día anterior de las playas del Mediterráneo. Juan se quedó leyendo en una plaza y yo caminé y caminé. Entré en una especie de Farmacity que había ahí (se llamaba Müller) y por módicos 10 euros me llevé: un chocolate, una latita con caramelos, dos paquetes de pastillas, varias cremas miniatura, papel para origami, unos sobres. También me probé un perfume carísimo y un labial fucsia con el que después anduve papeloneando por todo el pueblo.


Le hice una estrella de origami a los chicos de Mallorca y no mucho más, tomé cerveza, comí pan con queso de cabra, fuet, más cerveza, más pan, alioli, cerveza, pan, etcétera. Preparamos los bolsos porque cuando José volviera de trabajar nos llevaría al aeropuerto de Mallorca donde pasaríamos toda la noche hasta tomar el vuelo a Mallorca a las 6: 25.

En el aeropuerto de Mallorca había dos viejas y nosotros dos. Intentamos ver un capítulo de Mad Men pero nos quedamos sin batería. Yo intenté leer pero el lugar vacío me deprimía y me hipnotizaba por igual, así que no pude concentrarme. Caminé y grabé videitos de toda la ausencia que había ahí y después dormí dos horas tirada en cuatro sillas. De a ratos me despertaba, pasaba uno de mantenimiento en un carrito, pasaba una de las viejas en silla de ruedas, un español gritaba, un gordito llegaba y dormía ahí, compartiendo silla conmigo.

08 / Mallorca. Día 05

De nuevo en el auto de José pero esta vez con la promesa de tener un día de playa como si estuviéramos en Mar del Plata la segunda de enero: llegar, sentarse, sol, mar, mate, casa y así empezó: fuimos a Cala Mesquida, un playa cerca del pueblo donde dormíamos, la primera playa inmensa que veo desde que estoy en la isla. También los primeros balnearios puros y duros: alquiler de sombrillas, alquiler de barquitos, puesto de licuados. De ahí teníamos que caminar a la playa de al lado, Cala Torta, una playita menos concurrida a la que se podía acceder solamente a pie.

Pedimos directivas a uno de los pibes de las sombrillas (argentino, claro) y nos dijo: "sigan aquel caminito de madera que los va a llevar hasta dos miradores, de ahí tienen que ir siguiendo los hitos y van a llegar a la playa". Perfecto. Caminamos, admiramos el Mediterráneo desde el mirador, es tan inmenso como cualquier mar pero además tiene un color perfecto, a veces turquesa intenso y en las partes con algas verde oscuro.

Acá todavía no me había enterado lo mucho que había que caminar

Miré para un lado y para el otro pero no entendí: solamente veía montañas. Le pregunté a Juan para qué lado teníamos que caminar y me indicó un vago camino con el brazo diciendo "Allá" y dije "No, yo allá no voy". Allá era la montaña, allá era un camino desdibujado entre piedras y pedazos de pasto.

A mí no me interesa la naturaleza. Yo soy muy feliz en las ciudades. Por momentos me encantaría ser de otra forma, pero a mi no me interesa la naturaleza. No me interesa escalar ni andar por bosques o selvas ni acampar, menos que menos meterme en cualquier agua salvaje: a mi dame una pileta llena de cloro y con un fondo de cemento. A mi no me interesa la naturaleza: los paisajes me cansan rápido, casi todo me da miedo. No me interesa ensuciarme, explorar, aventurarme. Y por todo eso, lo único (o casi lo único) que me interesa de la naturaleza son las playas: un lugar en el cual sentarse y no hacer nada. Y acá Juan quería hacerme CRUZAR UNA MONTAÑA para llegar a una playa, no sé en qué estaba pensando cuando me lo propuso y no sé en qué estaba pensando yo cuando terminé aceptando el plan (un poco la promesa de una playa paradisíaca, alejada y a la que solamente se puede acceder por ese camino le ganó a toda mi fobia al afuera). Cruzamos la montañita siguiendo los hitos y en algunos tramos terminé caminando en cuatro patas porque sentía que así iba más segura. Cuando ya habíamos caminado veinte minutos me di cuenta que estaba jugadísima: moría por volverme pero para un lado y para el otro había montañas y tampoco estoy tan demente como para caminar sola por ese lugar. Tenía un mal humor inmenso y con Juan casi no nos hablábamos (el insistía en que yo no había prestado atención a todas las explicaciones que me dieron sobre el lugar donde estábamos yendo porque sino tendría que saber perfectamente que había que caminar un montón por la montaña y yo le decía que jamás nadie me había dicho eso y que en ese momento lo odiaba profundamente). Cuando ya pasaban los cuarenta minutos de caminata nos cruzamos con dos chicas que supongo que estarían viniendo de la playa pero nadie le preguntó nada a ninguno y ni siquiera nos saludamos por cortesía. Unos pasos más adelante (pasos, metros, cuadras, no sé) una pareja de hippies estaba mirando la inmensidad del mar. Juan les preguntó si faltaba mucho para Cala Torta y dijeron que no, que estaba pasando un último pedacito de montaña.

Camino a Cala Torta
Cuando llegamos a Cala Torta vimos una decena de autos estacionados. Sin palabras.

Hice topless de verdad. Caminé en tetas por la playa, primero tímidamente y después como si lo hubiera hecho toda la vida. Juan se metió a hacer snorkel (su nueva obsesión) y yo lo miré, en tetas, desde la orilla. Después caminé por unas piedras, me acosté boca arriba, y después boca abajo y me sentí boludamente libre. O libremente boluda.

Para volver ni loca volvía a escalar la montaña así que pregunté en el bar de la playa (sí, había bar, había gente, había autos: era la civilización escondida detrás de las pretensiones bucólicas de autosuperación) y me indicaron cómo llegar a través de un bosquecito a la carretera: tenía que entrar por unos arbolitos y seguir el camino de los puntos rojos marcados en los árboles. Me sentí medio en Hansel y Gretel pero sin los dulces. Cuando llegamos a la carretera empezamos a caminar y a los pocos metros nos dimos cuenta de que estábamos haciendo cualquiera así que Juan hizo dedo y el primer auto paró: una pareja de alemanes que nos llevaron hasta Cala Mesquida, el punto de comienzo donde habíamos dejado el auto. El tipo manejaba rapidísimo y frenaba de golpe en cada curva y la mujer se reía finito como una hiena de cualquier cosa: un ciclista, un caballo, una montaña, un casi choque.     

07 / Mallorca. Día 04

El primer contexto
Yo no sé manejar, estoy de vacaciones, estoy acostumbrada a que me lleven. Juan sabe manejar, está de vacaciones, está acostumbrado a que lo lleven. Ni él anda en auto frecuentemente ni yo jamás fui copilota. Ni él entiende un mapa ni yo sé el nombre de una ruta. Así y todo (yo a regañadientes, claro), aceptamos el auto de José y aceptamos que nos sugiriera un par de rutas y lugares por conocer en Mallorca.

El segundo contexto
Hasta antes de ayer (y aún conociendo, porque éste ya era nuestro cuarto día) si alguien me nombraba Mallorca yo dibujaba en la cabeza: casas blancas, mucho aguamarina, mar turquesa, gente vestida de blanco, parejas sin hijos, swingers, narcos, futbolistas millonarios. Bueno, no.

El viajar es un placer
Apenas salimos del pueblo nos equivocamos en la primera rotonda. De Son Servera teníamos que salir para el lado de Manacor pero no sé para qué lado salimos. Yo hacía mate y ni me fijé y Juan se puso nervioso y me indicó/enseñó las tareas del copiloto, me dijo que por favor necesitaba que yo estuviera atenta. No le contesté porque tenía razón pero no quería reconocérselo y porque sabía (yo, y él también) que soy hija del rigor: sin esa pequeña presión hubiera estado papando moscas el resto del viaje.
Antes de salir a la ruta pasamos por el super y compramos pan, jamón, queso, agua: 4 euros.
Encaramos para Manacor, escuchando un disco de Anäis Mitchell muy lindo pero nada rutero, pero muy lindo igual. Después cambiamos a Vampire Weekend y mejoró. El trayecto que teníamos planeado era: Son Servera - Manacor - Petra - Sineu - Inca - Caimarí - Lluc - destino final: Cala Tuent. Todos estos nombres los teníamos anotados así nomás en un papelito y teníamos un mapa y eso era todo. Hasta Caimarí todo muy lindo pero después vino una serie de eventos desafortunados que me opacaron un poco el día: yo no sabía que ir hacia el noroeste de la isla significaba subir y subir y subir montañas y me agarró un ataque de vértigo en los primeros bordes con vista al precipicio.  Mi sensación era básicamente la siguiente: estaba por morirme. No importaba si Juan manejaba bien o mal o si prestaba atención o si había precipicio al costado o una paredón, estaba por morirme. O si había árboles al costado o doscientos autos más o si estábamos quietos, estaba por morirme. Y encima estábamos medio perdidos. Según nuestros cálculos recién llegando a Cala Tuent habría un camino sinuoso hacia arriba pero para eso faltaba al menos una hora. Juan empezó a impacientarse, no había carteles, éramos cabeza involuntaria de una caravana por el medio de la montaña. Paramos a un costado.
Yo un poco quería llorar porque:
-Si nos habíamos equivocado, había que volver por ese mismo camino.
-Si no nos habíamos equivocado había que seguir por ese camino y después volver por ese camino.


Muerte inminente

Más muerte inminente

Y más
El del camión de la basura nos explicó y resultó ser que no nos habíamos equivocado pero que además para llegar a Cala Tuent todavía había que subir muchísimos metros. Sentí que me bajaba la presión pero me recuperé. O me obligué a recuperarme.

Seguimos subiendo, yo intentaba pilotear mi sensación de muerte inminente pero tenía los pies y las manos transpiradas y en cada curva sentía que el auto se estaba yendo al precipicio. Si miraba a los costados la altura de las montañas me espantaba, todo se me venía encima, quería llorar y reírme y quería, por sobre todas las cosas, que se me pasara esa sensación de mierda. Quería poder disfrutar de lo que estaba viendo. Hasta que lo vi. Y lo disfruté.

Cala Tuent

Cala Tuent
Cuando descubrimos Cala Tuent desde la ruta no lo podíamos creer. El mar se metía entre dos montañas y formaba una pileta calma tan pero tan perfecta que parecía una escenografía o una foto recontra photoshopeada. Bajamos por la ruta, yo seguía con algo de vértigo pero tener a la vista el punto al que estábamos yendo me tranquilizó muchísimo.



Lo que siguió cuando llegamos fue un tradicional día de playa en una de las playas más bellas que yo haya pisado. Juan se metió a hacer un poco de snorkel:

"Es la primera vez en mi vida que hago Snorkel, que para decirlo rápido es aprender a respirar abajo del agua. Una vez que lo logré, además de estar rodeado de agua celeste y una visión alucinante del fondo del mar, lo que me envolvió enseguida fue el aire entrando y saliendo del tubo a un ritmo regular y profundo, el sonido de los buzos en mis oídos y mi cabeza. Me hice adicto de golpe a mi respiración mantenida y constante. Después aprendí a hundirme. El tubo se llena de agua y al rato lo sacás para expulsar el agua. Escupir como hacen las ballenas. Esto no me salió tan bien, y algunas veces tragué agua salada. Hay que escupir fuerte. Una vez que tuve claro el mecanismo, fue lo único que quería hacer en mi día de playa.
Porque entonces vi. El sol haciendo dibujos rebuscados en la arena blanca del fondo, las piedras peludas, las formaciones rocosas inmensas como camalotes encallados, pequeños peces blancos y a rayas, medusas. Definitivamente lo más impresionante que vi fueron las medusas. Púrpuras. Casi fosforescentes. Una me rozó sin que me diera cuenta y tengo una roncha de bordes imprecisos que todavía no se va. Parece una fogatita con llamas ondulantes. A medida que el mar se pone profundo lo que te rodea es una masa compacta y azul, y el suelo arenoso abajo se ve muy lejos. Las criaturas de mar más increíbles, como un Architeuthis o una manta raya, me gustan mucho en documentales. Vi el de Cameron hace unos años, cuando descendió once mil metros del nivel del mar para llegar por primera vez a las fosas submarinas del Pacífico. Pero es algo que visto desde tu casa es ciencia ficción, y así y todo un poco de vértigo da.
Lo primero que voy a pensar al salir del Mediterráneo unos minutos más tarde con el Snorkel en la frente y poca elegancia, es en esa frase de Nietzsche, uno de sus tantos hits: si mirás un tiempo largo el abismo, el abismo te mira a vos (Abyss se llama la película que hizo Cameron varios años antes de la expedición a la fosa de las Marianas). Seguramente sea una mala cita de una peor traducción, algo pretensiosa para un simple Snorkel, pero describe bastante bien lo que pasa cuando la posibilidad de sumergirte desde la superficie y tocar el fondo con la mano quedó muy atrás. Cuando enfrentás un vacío cada vez más grande y oscuro sos mucho menos que plancton. Vuelvo viendo todo lo que puedo, el caracol más insignificante, los simpáticos pescaditos traslúcidos; después me cuelgo con mis brazadas, braceo fuerte y corto el agua una y otra vez hasta la orilla."




Yo, en cambio, me tiré en la lona y miré a todos los ingleses que llegaban a la playa después de algunas horas de hacer trekking por la montaña. Todos hacían lo mismo: se sacaban la ropa, se daban un chapuzón en el agua, salían, se cambiaban y se iban.

Pensé bastante en mi hermana: a ella le hubiera encantado ese lugar entre montañas, tan escondido y perfecto. Después hice un tímido topless, y digo tímido porque me quedé sentadita procurando que nadie me viera demasiado. Una siesta, unos sanguchitos, Juan presumiendo con algunos alemanes su herida de guerra, yo maravillada con el sonido que hacía el agua contra las piedritas que estaban en la costa, un barquito con algunos extranjeros bebiendo y tirándose al agua y volviendo a beber, un silencio abrumador, un francés muy ordinario que quería hacer buenas migas con unas jóvenes, que le hizo un chiste a una señora porque se le marcaban los pezones, que se metió al agua y fue el único que gritó en toda la tarde. Además muchas familias, muchos niños rubios que jugaban en la orilla del agua, muchos padres progres, mucho sol y mucho amor, la casita del pescador.

Se hicieron las cinco de la tarde y juntamos todo para irnos: de ahí el viaje seguía al Puerto de Valldemossa donde veríamos el mejor atardecer del Mediterráneo o al menos eso nos había vendido José. Apenas nos subimos al auto mi cabeza recordó todas las bajadas y subidas que se venían y de nuevo empecé a transpirar, a pasarla mal, en un momento casi empiezo a llorar pero pensé que no podía ser tan tonta y que no podía quebrarme tan fácil, tan rápido, y lo logré.

Indecisos intentando decidir
Llegamos hasta una bifurcación del camino y como no sabíamos para dónde encarar ni a cuánto estábamos de Valldemossa preguntamos en un barcito que había ahí. El tipo, además de darme agua para el mate y de decir que Valldemossa era "hermoso, hermoso, Valldemossa hermoso", nos dijo que estábamos a 50 kms de camino de montaña más unos 4 terriblemente sinuosos y difíciles hasta el puerto. Le agradecimos e intentamos decidir. Habremos estado diez minutos que sí que no, claro que Juan decía que sí y yo que no pero después al revés, hasta que terminé diciéndole: "Yo sé que la voy a pasar muy muy muy mal en todo el camino, pero también sé que si no lo hacemos nos vamos a arrepentir".

El atardecer
Llegamos al puerto de Valldemosa por el camino más parecido a una montaña rusa que hay en el mundo, para que se dé una idea: las rutitas y curvas son tan cerradas que en los mapas el recorrido aparece como un manchón irregular. Por la ruta cabía exactamente un auto, hubo un momento de alta tensión cuando nos enfrentamos con un extranjero que estaba bajando y ninguno de los dos hacía marcha atrás y nos pasamos finito finito al borde de la muerte.

El puerto de Valldemossa es a la vez un pequeñísimo pueblo en el que, supongo, viven pescadores y nada más. Había un bar donde tres lugareños tomaban una caña y hablaban boludeces, una camarera filipina que nos dijo que hacía ese recorrido todos los días de su vida, que nunca había pasado nada salvo una vez hace tres años en el que un ciclista siguió de largo y murió. Averiguamos a qué hora se ponía el sol, nos dijeron 20:50 pero terminó siendo casi veinte minutos después.




Tomamos una cerveza, pensamos y hablamos cómo sería vivir ahí, levantarse y salir a un pueblo que se puede ver de un vistazo, asomarse a una ventana a la tarde y ver el atardecer sobre el mar todos los días de tu vida.

Hicimos lo que hace el turista promedio: sacamos fotos y miramos. El sol se puso sobre el mar, había que mirarlo con anteojos porque el reflejo sobre el agua encandilaba. Fue un momento extraño, ni Juan ni yo somos fans de la naturaleza y sin embargo ahí estábamos, sentados en unas rocas en silencio mirando el sol y el mar. Cuando se escondió del todo salimos eyectados: muerto el espectáculo solar ya no había otra cosa que hacer.

martes, 4 de junio de 2013

06 / Mallorca. Día 03

Algunos días hay que parar.

La idea era levantarnos temprano e ir a pasar la mañana con José a una playa un poco más alejada, Cala Mesquida pero nos quedamos dormidos así que fuimos a una playita de por acá nomás, muy chiquita y privada, donde no caben más de veinte personas al mismo tiempo.


Llevamos el mate, la mantita, el protector: un clásico día de playa. José enseguida se desnudó. Se desnudó. Supongo que para alguien acostumbrado a estas playa es un detalle menor pero a mi me sigue retumbando: se desnudó. Después de las obligadas bromas sobre su desnudo (se desnudó) no hicimos mucho más de lo que se hace en un clásico día de playa: tomamos mate, nos tiramos en la mantita, nos pusimos protector. Los chicos se metieron al mar tirándose desde una roca, yo me subí a la roca, miré para abajo y me volví a la seguridad del mate, la mantita, el protector.


Juan salió del agua enloquecido: con el snorkel había visto pececitos, un erizo de mar, la profundidad del mundo desconocido que es el fondo del mar. Me dijo que las algas no eran asquerosas, que tenía que meterme, que no podía ser que haya viajado hasta acá para no meterme al mar así que me cargué de coraje y entré. Adentro del agua miré una primera vez con las antiparras y salí agitadísima del miedo que me dio. No son los pececitos sino lo desconocido: no saber qué hay ahí abajo y mirarlo como dentro de una cápsula (las antiparras) y escuchar como si estuviera dentro de la cámara de un documental. Había piedras y de las piedras se desprendían algas que bailaban al compás del agua pero no era ni romántico ni encantador: eran unas cosas verde oscuro moviéndose y era saber que de ahí podía salir cualquier cosa o que detrás de eso podía haber cualquier otra: un bicho, un mundo paralelo. Las partes donde el fondo era una arena blanca me tranquilizaba, la arena es algo que conocemos, es algo que podemos ver, algo que está ahí y ya sabemos cómo actúa: si pisamos fuerte se forma una nubecita de arena pero no más.

Salí asustada y muerta de frío.

Almorzamos en otra playa llena de alemanes (de nuevo, alemanes; de nuevo, nos rompieron el orto, un sanguchito vegetariano y dos cervezas 14 euros) y volvimos hasta nuestro huequito a dormir la siesta a la sombra. A la tarde José nos vino a buscar entre sus dos turnos de trabajo.

Volvimos temprano a la casa y quisimos ir a una procesión que había en el pueblo pero llegamos tarde. Compramos latitas de cerveza en un kiosco (1 euro cada una) y nos encerramos a descansar.

La procesión que nunca fue.

domingo, 2 de junio de 2013

05 / Mallorca. Día 02

por Juan

El sol en Baleares es, como en casi toda isla agreste, de una sola forma: vertical y salvaje. A poco del mediodía salimos caminando con la misión de llegar a una playa alejada de lo que podría llamarse el centro. Eran seis kilómetros, parte subida, parte bajada, siempre por una senda para ciclistas y peatones de cemento, siempre un sol furioso. A los dos, sin demasiado ímpetu, decidimos levantar  el pulgar y girar el cuerpo a ver qué pasaba. El tercer auto paró. Un español buena onda que vivía ahí cerca y nos salvó de una caminata interminable. La playa se llama de los pinos, porque acá la playa toca la montaña y la montaña es un monte apretado y verde que de todas formas no frena mucho al sol. El ojo argentino encuentra lo que busca: agua transparente y tetas. No importa que la zona sea familiera, no muy dada al reviente, el topless es una costumbre como el paro o el tapeo. En todas las playas de España se permite el nudismo y como suele suceder, los más desprejuiciados no son los que tienen los mejores cuerpos. Pero eso no le importa a nadie. A metros de nosotros se cambió una mujer de carnes blandas, arrasadas por la celulitis. También había chicas jóvenes que buscaban el sol con los pezones y un alemán en sunga buscando caracoles en la arena con los anteojos puestos y la gracia de un avestruz.


El agua es un plano celeste con manchones oscuros: posidonia, un alga muy invasiva que va a secarse y largar olor a podrido a la orilla. El agua está fría y, en zonas, es transparente. No habíamos llevado snorkel ni antiparras, pero en la primera incursión marina fue imposible no abrir los ojos. Se vio poco y nada: arena blanquísima, piedras y algas, muchas algas. El sol se corre pero todavía anda ahí, entre las nubes y los árboles, y baja muy tarde, como a las 9 y media de la noche.


Entonces nos vamos con José, que viene cansado de trabajar, de cargar las garrafas para la casa, de una resaca que lo persigue desde anoche. Hacemos una parada en la casa y salimos a comprar cosas al super, pero en el medio escuchamos voces. Gente cantando. Nos acercamos a una especie de academia de dos pisos donde el coro practica. El sonido llega mucho antes y se expande, una acústica de callecitas encerradas entre paredones antiguos y caminos circulares, donde a veces las inclinaciones y líneas de las casas parecen expresionismo cortado por iglesias (a lo mejor esa es una buena definición de la España profunda: iglesias, callejones torcidos y playas para negar eso por un ratito y ponerse en pelotas). Pero más allá había un coro de verdad que, a medida que avanzamos, se confundía y superaba al anterior. Un contingente de franceses vino a dar un espectáculo en la iglesia inacabada de Son Servera (se llama iglesia nueva pero me gusta más ese nombre, como la sinfonía de Schubert). En ese momento ensayaba un coro con orquesta. Como pasa cuando estás de turista en lugares remotos, cualquier pelotudez te parece un suceso mágico.  Nos quedamos ahí sentados en sillas de plástico mientras las orquesta tocaba It Was a Very Good Year y New York, New York, muy a lo world music, como esa versiones edulcoradas de los Beatles o música celta, toda la música celta del mundo. El suceso impregna todo el pueblo, por supuesto. Aparece por primera vez un oficial de policía. Los franceses copan los bares. Los organizadores se felicitan por el esfuerzo antes de que todo haya empezado. La iglesia no tiene techo ni terminaciones, pero suena bastante bien, aunque un poco bajo. Arranca a las 9.





Dejamos las cosas del super y volvemos a la hora señalada. Oscuridad. El cielo negro se recorta detrás de las murallas y aberturas de la iglesia sin cúpula. Los niños se aburren y se ríen del coro. Los padres los callan, porque entienden que hay que respetar cualquier forma de arte, incluso algo que roza el bossa n´beatles. Después un pelado conduce la orquesta y el coro con algo de la ópera clásica. Sospecho que viene una cosa populachera y en cualquier momento arremeten con el va pensiero de Nabucco, pero ni por asomo. El tipo es implacable. Capaz era algo de Monteverdi, puro y duro. Hasta el final. Yo reconocía que había arranques prometedores y cruces entre las voces y la orquesta muy buenos, pero me dormía. El cansancio me convertía en uno de esos niños a los que los padres callaban. Estábamos debajo de una palmera. Salimos con los aplausos por una calle lateral de adoquines blanqueados, noche y silencio.


Cenamos unos penne rigati con albahaca, tomate y ajo, para estar a tono con la cocina española, tomamos unas cervezas mientras de fondo alguien muy fumado o con una nostalgia retorcida y peligrosa tocaba Sui Generis, y nos fuimos a dormir. De la calle venían muchos ruidos, algunos algo insólitos, como dos gallos llamándose a las tres de la mañana o unas cabras que capaz tenían sexo en algún baldío, o dos alemanes de clase media all inclusive, borrachos y perdidos, que abrazaron al sol vertical desde el primer día y tienen señales en cuello y brazos de haberse dado una ducha de agua hirviendo, hablando a los gritos sobre las posibilidades de una isla.

04 / Mallorca. Día 01

Las seis de la mañana es tempranísimo en cualquier parte del mundo, en especial si dormiste dos horas. Me levanté, cambié, lavé los dientes y dejé armada la cama en tiempo récord y en tiempo récord encontramos la parada de colectivo para ir al aeropuerto.

En el colectivo nos sentamos al fondo y frente a nosotros había una parejita que no entendí de dónde eran pero hablaban en español. Estaban con valijas. El le pidió algo a ella y ella le dio una Moleskine donde él empezó a escribir mientras ella miró un largo rato por la ventana y después se largó a llorar. No era con congoja sino con nostalgia, con melancolía, las lágrimas le rodaban por los cachetes redondos lentamente. Enseguida me puse a pensar por qué lloraría y mi primera suposición fue que se estaban separando. Que viven en ciudades o países diferentes, pasaron una temporada inolvidable en Barcelona y vuelven cada uno a sus pagos a seguir con esa difícil relación a distancia. Cuando nos bajamos del colectivo Juan me dijo que ella lloraba porque se habían terminado las vacaciones y que seguramente el día que nos volviéramos a Buenos Aires yo iba a hacer lo mismo. Es posible.

Ryanair es la aerolínea -barata, a veces baratísima- que teníamos que tomar para llegar a Mallorca, donde nos esperaban José (el hermano de Juan) y los monos (una pareja que vive con José). Al ser una aerolínea barata -a veces baratísima- tienen mil millones de recursos para hacerte pagar alguna cosa de más. Por ejemplo, la tarjeta de embarque tenés que llevarla impresa sí o sí o te cobran (nosotros la gestionamos el día anterior y la imprimimos en un locutorio, nos salieron cuatro hojas sesenta centavos, nos ayudó Kris porque pensamos que había que elegir asientos pero NO HAY QUE ELEGIR NADA PORQUE TODO TE LO COBRAN SI PUEDEN HASTA EL AIRE QUE RESPIRAS ARRIBA DEL AVION). En fin, con la tarjeta de embarque en la mano fuimos hasta la ventanilla de la aerolínea y ahí mismo nos explicaron que como no somos de la Unión Europea primero tenemos que ir a otra ventanilla así que allí fuimos y todo perfecto. Tema valijita: podés llevar un bulto y sólo un bulto por persona y nos debe superar un tamaño equis porque si lo supera tenés que despachar equipaje y ahí de nuevo te empoman con los precios. En fin: para que la aerolínea sea barata tenés que decir a todo que no y llevar dos o tres bombachas encima y nada más.

En el aeropuerto casi pierdo el pasaporte. Se me cayó después de ver si mi bolso entraba en un cosito que tiene el tamaño permitido de valijas y como me lo hicieron meter dos veces me puse nerviosa, me atolondré y me fui dejando el pasaporte y cuando me lo pidieron no lo tenía y casi me largo a llorar. Juan ya estaba del otro lado y yo no lo encontraba  hasta que lo encontré.

Arriba del avión hay unos pibes muy lindos y nórdicos que se la pasan el vuelo intentando venderte todo tipo de porquerías: hamburguesas, joyas, perfumes, raspe y gane (cuando lo dicen suena bastante gracioso porque sus españoles son medio desordenados) pero el viaje fue extremadamente corto (una hora en total) así que no llegaron a resultar molestos.

En el aeropuerto de Mallorca hay alemanes. No uno ni cien sino miles de alemanes, muchos de ellos borrachos, gritando (había uno que gritaba algo, lo mismo, cada quince o veinte pasos: imaginen un “Viva Perón” cada treinta segundos, a viva voz, con un par de alemanes que se reían cada vez que lo escuchaban, como si fueran los reidores de una sitcom medio trucha).
José nos buscó y nos trajo hasta Son Servera, el lugar desde donde escribo esto. Es un pueblito que no sé de qué año es pero parece medieval, como esos pueblos del interior que se ven en algunas películas españolas, por ejemplo en alguna de Almodóvar, se me ocurre “Volver”. Conocimos a los monos y tomamos mate con José, hacía varios meses que no lo veíamos. Dimos una vueltita por el pueblo, fuimos al mercado/ feria pero ya estaba cerrando. Volvimos a la casa y yo caí rendida en la cama en una siesta casi eterna, soñé una película buenísima en la que un señor tenía una amante y la cagaba a palos y después pasaban otras cosas y yo decía “No puedo creer lo buena e increíble que es esta película”.


Fuimos a Cala Millor y a Cala Bona, el lugar donde trabaja José. Había que caminar más de media hora, en el camino me saqué foto con todas las flores que me crucé, no sé qué me pasa con las flores que todas me maravillan, les saco fotos y las huelo, las miro, admiro, quiero un mundo lleno de flores.



Cuando llegamos a Cala Bona lo que más repetimos fue: “Qué es esto”. Ni dónde estamos ni qué hacemos acá sino qué es esto, qué es este lugar tan parecido a cualquier balneario de nuestra Costa Atlántica pero con ese mar azul y con una bandera española y dos millones de alemanes. Qué es esto, tan poblado y tan lleno de negocios de chucherías, como los caracoles que dicen San Clemente, como las piedras de mar. Qué es esto lleno de niños rubios, de hoteles medio pelo pero all inclusive, qué es ese mini golf, esas parejas de sesentones tomando cerveza, qué es ese argentino haciendo un show de clavas prendidas fuego y diciéndole a una parva de chiquitos “You want more?” y qué son esos chiquitos diciendo “Yes!”. Qué son esos tres tipos cantando una balada romántica y haciendo el mismo paso, uno de ellos tan chiquitos y los tres con trajes tan grandes. Qué es ese germano cantando UB40, qué son esas dos mujeres solas bailando en un restorán donde nadie está bailando. Qué son esas viseras, esas piernas blancas, esas chancletas con medias. Qué es este espectáculo de los setenta metido en medio de las Baleares en el año 2013. Qué son estas familias, qué hacen, de qué viven. Qué.
Acá poniendo cara de turista sofisticada.
Acá poniendo cara de turista japonés.
Nos sentamos en Alma Mia, un restorán de dos argentinos de Balcarce donde trabaja José (y el mono) y por supuesto muy cancheros dijimos que José nos mande lo que el quiera y nos mandó unas cosas buenísimas, un alioli increíble, olivas, pan con tomate rallado, jamón serrano y láminas de parmesano, una ensalada caprese con una mozzarella de las más ricas que haya probado jamás, unas gambas al ajillo  y cerveza, mucha cerveza. Cuando terminó el turno de trabajo de los chicos, Gaby, el que regentea el lugar, se copó con mil cervezas y nos quedamos hasta la madrugada hablando giladas en el restorán, un grupo de argentinos en el medio de un pueblito lleno de alemanes en Mallorca. Qué.