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domingo, 19 de febrero de 2012

Recuerdos o sueños o anécdotas inventadas

Hay algunas cosas que me onfunden: no sé si me pasaron a mi, si le pasaron a otros y me las apropié, si las soñe o las inventé.

A saber:

- Me caí en una zanja, abrí los ojos y todo era un barro espeso muy oscuro con sapos y bichos nadando. Me rescató mi vecino que se tiró a la zanja y me sacó. Yo tenía tres años.

- Un señor me mostró la pija desde su auto mientras yo le explicaba cómo llegar a Liniers.

- Dos pendejos me quisieron robar la bici a los trece y yo los esquivé como una campeona del ciclismo.

- Me volqué una taza de café con leche sobre un vestido que me gustaba mucho porque se parecía a los que usaba Flavia Palmiero en La ola está de fiesta.

- Etcétera.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Maquillaje

Para una navidad, cuando mamá consideró que ya estaba en edad de maquillarme, me regaló una Pupa.
Ese verano, en Villa Gesell, me pinté como una puerta desde el día uno hasta el día quince.
Después se me pasó un poco.
Después se me pasó casi del todo.
Hoy me maquillo una vez por mes, como mucho.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Pitucones

Pasaba mucho tiempo arrodillada y todas las rodillas de mis jeans pasaban del azul oscuro al blancuzco desagradable hasta que terminaban por romperse y mamá le cosía unos pitucones.
Cada vez que mamá me compraba un nuevo par de jeans oscuros me los entregaba con la advertencia "no te arrodilles mucho que se arruinan muy rápido". Y yo, que no gustaba de tener las rodillas blancuzcas o gastadas o rotas o con pitucones, me prometía que esta vez no, que no iba a arrodillarme más de la cuenta, que no iba a dejar que se gastaran y rompieran mis nuevos y flamantes jeans.
Nunca pude cumplirlo.
Nunca tuve jeans con rodillas oscuras.
Todo fue blancuzco, gastado y con pitucones encima.

martes, 27 de septiembre de 2011

El algodón

Una mañana le dije a mi mamá "creo que me vino la menstruación".
El "creo" implicaba justamente la duda, sabía que estaba pasando algo pero no estaba segura si esa cosa marrón que me había salido era sangre, o sea menstruación, o cualquier otra cosa, una lastimadura, un pis medio extraño.
Mamá me dio un pedazo de algodón y me enseñó sobre la disposición y me dio un pedazo extra, envuelto en una bolsita, para que me lo cambiara en el colegio.
Cambiarme el algodón en el colegio, esa vez y todas las veces que siguieron, era la situación más patética de mi preadolescencia: esa primera vez era verano y yo andaba en short y remera y no tenía bolsillos por ningún lado, así que cerraba el puño bien fuerte, con el algodón enrollado bien chiquito, levantaba la otra mano y pedía permiso para ir al baño, salía y seguía con el puño apretado y cuando llegaba al baño estaba segura que todos se habían dado cuenta y estaban burlándose de mi. Todas las veces que siguieron, en especial las veces en invierno, ya no fueron tan traumáticas como las primeras del verano pero eran igual de incómodas y vergonzosas. Yo no podía permitirme que alguien se diera cuenta de que en la mano llevaba un algodón que serviría de apósito porque yo menstruaba como las mujeres grandes.

El fin de semana después del "creo que me vino la menstruación", fuimos con mi familia a un cumpleaños y en el cumpleaños mi papá se acercó y me dijo que mi mamá le había contado que yo me había hecho señorita y que por eso quería felicitarme. Yo no tengo un recuerdo muy lúcido sobre esa primera menstruación (más allá de lo del algodón y la novedad, quiero decir) y no sé si estaba ofuscada, contenta, triste, nerviosa o con miedo a quedar embarazada porque aunque era virgen y lo sería por bastante tiempo más, ahora ya podía quedar embarazada. Existía la posibilidad, y era algo que no puede negarse y era algo inevitable y no había vuelta atrás. Si me violaban, podía quedar embarazada. Si venía el Angel Gabriel, también. No me acuerdo si le agradecí a mi papá esa felicitación o si me puse colorada o si me fui corriendo al baño. De lo que sí estoy segura es de que esa felicitación no fue una iniciativa de mi papá sino de mi mamá, que le debe haber dicho "es un día importante, es un momento importante, andá y felicitala" y estoy segura, además, que el momento de la felicitación fue uno de los momentos más tensos en la relación con mi papá (de todas las situaciones incómodas que mamá le hizo pasar a papá conmigo, ésta de la felicitación por hacerse señorita y la otra, la del día que me dijo "así que estás de novia" pelean cabeza a cabeza por el puesto número uno).

Lo que más me molestaba, y fue una molestia que creció con el tiempo (o sea: a medida que mis amigas empezaron a menstruar), era el uso del algodón. Yo no entendía por qué estábamos usando algodón (cuando digo "estábamos" me refiero a mi, mamá y mi hermana) y no unas regias toallitas femeninas que no eran muy caras y además eran más lindas y, seguro, más higiénicas. A mi no me daban plata, y en esa época ni siquiera salía así que no tenía vueltos para guardarme y por eso, comprarme toallitas o tampones estaba fuera de mi alcance. Creo que alguna vez le dije a mamá que quería toallitas y mamá me dijo que era lo mismo y que no jodiera. O tal vez no se lo dije nunca por temor a escuchar esa respuesta que acabo de escribir. Una vez le dije a mi hermana que quería toallitas y mi hermana me dijo "Paraaaa qué te hacés". Algunas veces prefería menstruar en casa de mis amigas porque todas mis amigas tenían madres cancheras que les daban toallitas e incluso había algunas, las más osadas, que inculcaban y alentaban el uso del tampón.

Usar algodón era algo que ni siquiera le contaba a mis amigas, ese era el tipo de vergüenza extrema que yo sentía por tener un hábito tan atemporal. Con el tiempo empecé a salir, me quedaron vueltos, me compré toallitas que escondí para que mi mamá no vea. Después mi mamá las debe haber descubierto, porque de una menstruación a otra empezó a comprarme unas toallitas Lina que eran grandísimas y mucho más difíciles de esconder que un pedazo de algodón. Y además tenían el problema del desborde, del pantalón manchado, del "mirame y decime si estoy limpia". Yo con el algodón ya tenía una relación sólida, sabía cómo usarlo y cuánto usar para que no haya nunca un problema y además las toallitas Lina te irritaban la ingle y molestaba porque tenían una parte medio plástica. Y después vino la golden age del tampón que duró poco porque no puedo estar tranquila con un tampón, y a veces extraño la sencillez y único modelo del algodón y pienso que, al final, toda esa época no estuvo tan mal.

martes, 20 de septiembre de 2011

Había cosas de las que no hablábamos

No hablábamos de los padres divorciados ni de los padres que se habían borrado o de los que habían muerto. No hablábamos de tragedias ni sabíamos qué se sentía que te criara una tía o una abuela o cómo estabas ahora que tu vieja se había muerto por un cáncer. Jugábamos a las familias perfectas que nunca un problema y cuando había un problema nos decían que no dijéramos nada, que mejor que nadie se enterara. Y así andábamos, todos felices, en ese viaje de egresados que se extiende desde primer hasta quinto año, siendo parte de familias perfectas, hijos de padres perfectos, obedientes hijos perfectos.

domingo, 21 de agosto de 2011

Igual los muebles se arruinaron

Las imágenes que tenía de las dos inundaciones que habíamos pasado en la primer casa eran las de una pileta inmensa con agua sucia y restos de cosas hundiéndose o saliendo a una superficie que no existía, porque el agua llegaba al techo y el techo no conformaba ninguna superficie donde se pudiera respirar. Había muebles rotos, pedazos de madera de una silla, una frazada mojada que flotaba. Nadaba, mejor dicho. Nosotros no estábamos, quiero decir que no nos veíamos o yo no los veía ni tampoco me veía a mi misma, como si ese fuera un territorio solitario, el fondo de un mar tercermundista donde sólo había basura, y las maderas, y la frazada. Nosotros estábamos pero nosotros no nos veíamos. Las imágenes que tenía de las dos inundaciones eran apocalítpicas, y sin embargo nunca me preguntaba cómo habíamos sobrevidido a semejante tragedia. Creo que para esa época tragedia, sobrevivir o apocalipsis eran cosas -conceptos- que desconocía. Después crecí. Me di cuenta que todos los muebles tenían una marca, una línea que los recorría: las patas de mesas y sillas, el sillón del living, el modular. Un quiebre, una línea divisoria que transformaba los uniformes muebles en muebles bicolores: las patas tenían un tono más claro que el respaldo de la silla y el sillón tenía una franja más oscura, casi negra, sobre su base. Sería, no sé, ¿a treinta centímetros del piso?

viernes, 27 de mayo de 2011

Sangrado

De ese verano no me acuerdo demasiado. En realidad, lo que me sucede es que todos los veranos en la casa de Transradio se me mezclan un poco. Supongo que debe ser la edad.

Yo no tendría más de tres o cuatro años, y ese verano estaban construyendo en el fondo del jardín un cuartito que iba a ser a la vez un lugar para guardar cosas (me encanta el genérico “cosas”) y el taller de mi papá. Lo construyeron mi papá con algunos de los hermanos de mi mamá, uno de ellos está de nuevo trabajando con mi papá, después de un período muy largo y oscuro lleno de alcohol y otras cosas que nadie quiere recordar (papá y mamá en este sentido siempre fueron, de alguna manera, los papás de todos los hermanos de mi mamá: los trajeron a todos desde Misiones y se los llevaron a vivir con ellos, los obligaron a estudiar, a trabajar y a hacer todo lo que debería hacer una persona de bien, aunque después, como siempre pasa, las vueltas de la vida hacen que cada uno haga de su vida lo que se le canta).

Estaban todos instalados en casa o al menos yo lo recuerdo así (quisiera no justificarme pero hay algo de sinceridad en lo que cuento, quisiera decirles que las cosas fueron así y punto, pero temo estar equivocándome muchísimo), y cuando digo todos estoy hablando de tíos, tías, primos y primas. Yo dormía con una de mis primas, me divertía muchísimo tener tantas visitas y movimientos en la casa, aunque no sé qué comíamos o cómo era el sistema para bañarse cuando éramos tantos. Me despertaba y por la ventana de mi cuarto podía ver el jardín del fondo y todo el ir y venir que había allá: montañas de arena, mezcla de cemento, ladrillos, señores en cuero y transpirados y muchas, pero muchas, botellas de cerveza.

Por esos días me sangraba la nariz. Todos los días a la tarde. Mamá decía que era por mi larga exposición al sol. Yo no sé qué sentía cuando me sangraba la nariz y como hace años que no me sangra tampoco sé cuál debe ser la sensación de tener algo rojo saliendo de ahí (con el correr de los años aprendí cuáles eran las sensaciones cuando sale sangre una vez por mes y no me divirtió en lo absoluto y siempre que pienso en la menstruación se me vienen a la cabeza las palabras de mi ex jefa, que decía que desde la primera vez que le había venido estaba esperando ansiosa la menopausia). Las primeras veces que me sangró la nariz, además del algodoncito, mamá me obligaba a mantener la cabeza para arriba un largo rato y eso debió haber sido el momento más deprimente de toda mi infancia: todos mis primos jugando y yo como una mamerta congelada con la cabeza mirando, no al cielo, sino al techo de la cocina.

El cuartito lo estaban construyendo detrás del ciruelo, exactamente en el vértice opuesto donde estaba construido el cuartito anterior. Y acá sí que tengo una laguna inmensa: no sé qué pasó con ese cuartito, que era minúsculo y que, por supuesto, había pasado a ser el cuartito una vez que dejó de ser baño y el baño pasó a estar dentro de la casa. Ese cuartito, el viejo, el de la otra punta del jardín, era chiquito y tenebroso. Tenía, como el que estaban construyendo ahora, techos de chapa y millones de cosas amontonadas dentro. Me daba miedo ese cuartito, aunque ese cuartito también guardaba el elemento más feliz que recuerdo de toda mi existencia: la pelopincho.

Las primeras veces que me sangró la nariz mamá hizo de mamá y me cuidó, con el algodoncito y la cabeza para atrás y luego me controló para que no corriera demasiado o no estuviera tanto tiempo al sol. Después de algunos días de sangrado repetido, mamá estaba un poco cansada de todo el procedimiento de limpiarme y cuidarme y yo estaba avergonzada porque sabía que eso que me pasaba no estaba bien y no quería que me volviera a pasar. La última vez que me sangró la nariz (me refiero a la última que recuerdo), sé que sentí que estaba pasando algo (aunque, repito, no sé exactamente cuál era la sensación) y corrí al baño porque me creí capacitada para tratarme y cuidarme a mi misma. Me paré frente al espejo del baño (un baño que tenía azulejos amarillos) y empecé a hacer lo que creía iba a parar el sangrado: sonarme la nariz. Pero en lugar de sonarme la nariz tomando un pañuelo, papel higiénico o una toalla, lo hice sin nada, y creo que también sacudí la cabeza, porque sino no se entiende cómo fue que cuando mamá entró, los azulejos y el espejo estaban manchados de sangre, al igual que mi ropa, la pileta y el piso, con algunas gotas medio resecas y pegoteadas.

No exagero. Las gotas del piso estaban resecas porque había pasado un tiempo considerable entre mi entrada, mi sonada y la entrada de mamá, y estoy segura que la llegada de mamá se debió a mi larga ausencia y a eso que dicen todos los padres de niños chiquitos: “si está tan callado, en algo andará”. Mamá me retó muchísimo ese día, me mostró infinidad de veces el lío que había hecho en el baño y siguió retándome mientras limpiaba los azulejos, mientras me cambiaba la ropa, mientras me ponía el algodoncito y mientras me sostenía la cabeza para atrás tratando de parar la sangre. Yo debo haber llorado. En esa época lo único que hacía frente a un conflicto era llorar. Bueno, esto último no cambió en lo absoluto.

sábado, 21 de mayo de 2011

El Chiqui

En el patiecito que estaba entre la reja y la entrada de la casa estaba Chiqui, el perro grandote y bobo que no jugaba ni saltaba ni ladraba: estaba echado ahí y apenas se movía unos centímetros si alguien lo pateaba. Al Chiqui siempre lo pateaban para que se moviera. Cuando conocí a Jorge me dijo que tenía un perro precioso que se llamaba Iki. Supongo que la alteración del nombre se debía a un deseo profundo de darle al animal oloroso un aire más sofisticado del que en realidad tenía. Una vez el Chiqui se perdió. Salió a dar una vuelta manzana, porque los animales en ese sector del conurbano pertenecen a una familia y a una vivienda en particular pero al mismo tiempo son del barrio, y nunca volvió. Fueron meses de angustia. La madre de Jorge lloraba en silencio por el perro bobo, y yo no entendía por qué haber perdido ese perro que estaba más muerto que vivo le causaba tanta tristeza. Una tarde de domingo llamó uno de los tíos de Jorge y dijo que le había parecido ver al Chiqui en el estacionamiento gigante y siempre desierto que estaba al lado de un hipermercado de San Justo. Fuimos todos a buscarlo y era el Chiqui. Estaba asustado y tirado en un rincón esperando algo que no sabemos bien qué era (podía ser que alguien fuera a buscarlo, que alguien le diera de comer o podía ser la muerte). Me acerqué a la reja del estacionamiento y grité el nombre del perro porque todos lo miraban y se decían entre ellos “Sí, es el Chiqui” con una alegría que descomponía, pero no lo llamaban a él ni iban a buscarlo: se felicitaban por haber encontrado algo que seguían dejando ahí tirado. Apenas grité el nombre del perro, la Susy me dijo que no gritara nada, que el perro estaría traumado, que podía morderme. En otras palabras: que no me metiera. Entonces le gritó ella, y yo pensé que su voz era mucho más irritante que la mia y que si el perro la escuchaba seguramente no iba a querer volver. Pero el perro se levantó con esfuerzo, como si el cuerpo le pesara más que nunca, y se acercó lentamente a la reja donde estábamos todos y nada más. Ni ladró ni saltó ni movió la cola: se echó.

lunes, 16 de mayo de 2011

Primera carta de amor

Hoy hace exactamente trece años que escribí mi primera carta de amor. Por supuesto, estaba camuflada: se la escribí al que el año anterior había sido mi primer noviecito, mi primer beso, mi primera mariposa en la panza. Me había llegado el rumor de que después de los meses separados (cuando empezaron las vacaciones me pareció que ya no tenía sentido seguir de novia y le corté por teléfono para arrepentirme el primer día de clases siguiente, cuando lo vi paradito en la fila con cara de dormido) él me seguía amando (en esa época usábamos mucho y muy seguido el verbo amar) y a partir de ese día hice lo imposible para recuperarlo. Me acuerdo que una vez, por ejemplo, llevé al colegio un cd de Los Piojos porque sabía que él quería que alguien se lo prestara y cuando averiguó y yo le tenía en mi banco me lo pidió y yo morí de amor. Y cuando me preguntaron por qué tenía ese cd en mi banco, atiné a justificarme con un triste "no me acuerdo por qué lo agarré, estaba muy dormida". Un día se olvidó el buzo en el colegio me lo llevé a mi casa, otro día pasé por la puerta de su casa en Haedo algo así como quince veces y otro día me tomé el colectivo que él se tomaba para compartir asiento. Todo indicaba que de un momento a otro él iba a volver a pedirme que fuera su novia y yo iba a aceptar, ganadora y triunfal, con un coro de angelitos cantando detrás el aleluya.

La carta llegó a mi cabeza como un último recurso, porque los meses pasaban (el cd ya había vuelto, el buzo ya estaba en su casa y ya no quería tomarme colectivos que me llevaran a cualquier otro lado menos a mi barrio) pero no llegaba ninguna declaración amorosa. Entonces, el día de su cumpleaños, fuimos todos a su casa, le regalamos una remera que, por supuesto, fui a comprar yo, y antes de irme le dejé en su habitación mi carta.

No decía nada romántico. Era más bien una carta de feliz cumpleaños que yo pensaba iba a seguir reavivando el amorcito ese que habíamos tenido el año anterior. Al día siguiente lo llamé por teléfono y le pregunté si había encontrado la carta y, muy respetuoso y solemne, me dijo que la había recibido, que muchas gracias.

Ahí debería haberme rendido, pero en cambio seguí con estrategias adolescentes hasta que un sábado a la mañana me crucé en la puerta del natatorio con una amiga que la noche anterior había estado en un baile con los del colegio al que a mi no me habían dejado ir, y me dijo: "Pablo se tranzó a Caro".

Debería comparar la situación con el momento en que te cae un baldazo de agua fría, pero yo estaba metida en la pileta, mojada y con olor a cloro y el baldazo de agua fría pierde muchísimo efecto. No sé con qué podría compararlo, pero sí sé que ese día, entre brazada y brazada, entre ejercicio de piernas y ejercicio de brazos, yo lloré como una condenada y con las antiparras empañadas decidí que nunca más en la vida me iba a volver a enamorar.

viernes, 15 de abril de 2011

La casa de Transradio I

Algunas veces, cuando hablo del Conurbano, no estoy hablando de Ramos Mejía. Ramos es conurbano a medias, para los que no lo conocen, Ramos es al Gran Buenos Aires lo que Caballito es a Capital Federal: un wannabe. Cuando hablo de Conurbano, cuando me refiero al conurbano profundo, estoy hablando del primer lugar donde viví, Villa Transradio, partido de Esteban Echeverría.

Nuestra casa quedaba a media cuadra de la ruta. La ruta era como un terreno prohibido, yo jamás iba para el lado de la ruta, para ese lado se iba con mamá, papá o algún hermano, en general a tomar colectivos y no mucho más. La ruta era nuestro límite. Enfernte de casa había un estacionamiento con un galpón gigante, y todo alrededor una vereda angosta, de cemento, por la que yo iba y venía en bicicleta. Nuestra casa era, creo, amarilla. El frente tenía una puerta en el medio, y una ventana a cada lado. Había un pequeño jardín, en esta parte delantera, un rosal delante de una de las ventanas, otra planta grande que no sé cuál era, delante de la otra. y en medio de este jardín, un caminito armado con baldosas rotas que los sábados a la mañana baldeábamos (siempre, los sábados a la mañana, se limpiaba toda la casa, se enceraban los pisos, se baldeaba ese caminito: yo miraba ese caminito recién baldeado porque me gustaba cómo los rayos del sol le pegaban y me encandilaban).

Me acuerdo muchísimas cosas de esa casa: el piso de las habitaciones era de cemento alisado rojo, el baño tenía azulejos amarillos y un espejo chiquito que un verano salpiqué con sangre que me salía de la nariz. Las paredes estaban pintadas de verde agua. En nuestra habitación había una cama marinera, pero no me acuerdo dónde dormía cada uno. En la habitación de mis papás había un juego de dormitorio espantoso, que combinaba madera con cuerina: todo era de madera con cuerina. Todo es: cama, mesas de luz, cómoda. Esa habitación tenía aire acondicionado, la invadíamos los veranos, yo durmiendo en la cama con mis papás, mis hermanos con un colchón a cada lado de la cama. La cocina también tenía azulejos amarillos. Una mesa redonda de algún material que no recuerdo. Tampoco recuerdo el lugar donde se guardaban todos los cacharros: solamente sé que las asaderas y cosas finitas iban al suelo, abajo de todo, detesto este tipo de lagunas. En esa mesa de esa cocina comí fideos codito con una salsa bien líquida en unos platitos de plástico de una reconocida marca, a veces el platito era naranja, a veces amarillo, el naranja lo sigo usando, el amarillo lo usa mamá. En esa cocina, también, estuvieron los cajones de verduras con mis conejos blancos adentro. También, en esa cocina, durmió gente en una reposera (en una época éramos dos familias viviendo en esa casita). En esa cocina, en esa mesa, me quemé la mano con la plancha, una plancha naranja y amarilla (salía mucho el amarillo) que mi mamá sigue usando y se resiste a cambiar. El día que me quemé la mano con esa plancha estuvimos en el jardín de atrás, ellos sentados tomando mate, yo poniéndome dentífrico en la herida.

El jardín trasero era enorme. Eran treinta metros de largo por diez (o doce/quince) de ancho. Cortar el pasto supongo que sería una tarea tediosa (yo nunca llegué a tener que cumplir esa tarea porque era chiquita y mi tarea, lo que yo tenía que hacer bien, era limpiar los muebles). La medianera con uno de los vecinos era un alambrado todo cubierto de una planta medio silvestre, que se enredaba entre los alambres. Era una planta preciosa y desprolija, durante el día abría unas flores con forma de campanita y llegando la tardecita noche las campanitas iban cerrándose hasta desaparecer. Esa medianera llena de flores nos separaba de Julián, el viejo de al lado, y de su huerta. Julián tenía casi la misma extensión de jardín que nosotros y todo ese jardín no era un jardín sino una huerta. Julián nos convidaba todo lo que tenía en su huerta. Todo.

Teníamos un manzano que daba manzanas verdes que no podían comerse porque eran muy ácidas. También, un ciruelo que cuando daba frutos era la envidia del barrio y todos venían a pedirnos ciruela y a todos les dábamos. En el ciruelo estaba colgada mi hamaca, un pedazo de caucho y dos cadenas donde yo podía pasar horas y horas yendo y viniendo. Creo que la esquina donde estaba el ciruelo era la esquina más linda de la casa. En esa esquina, además, estaba el cuartito. El cuartito era una habitación donde estaban las herramientas de papá, la pelopincho y las reposeras y sillas de verano. La pelopincho se instalaba al fondo de todo, en el último pedacito del jardín. Una vez, mamá y papá estuvieron a punto de comprar una pileta de verdad, de las que se hunden en la tierra, de las azules, de las de la colonia (estoy tratando de recrear la ilusión y la sensación que me daba, de chiquita, la posibilidad de tener una de esas piletas en la casa). Fuimos a un lugar que quedaba sobre la ruta, esos lugares donde se venden piletas, parrilas y cosas de jardín (el lugar tenía una avioneta que no funcionaba y varios modelos de quinchos hechos con paja, porque también vendían cosas para hacer quinchos con paja) y la elegimos, iba a ser la mejor pileta del universo, y había que terminar de hacer todos los arreglos para comprarla y cuando volvimos al lugar para comprarla ya no estaba más y fue una de las decepciones más grandes de toda mi vida.

Antes de ese jardín inmenso había un patiecito. En la puerta de la cocina había un escaloncito muy bajito antes de llegar a ese patio. Yo me sentaba en ese escaloncito y pensaba cosas. No sé qué pensaba y si tengo que ser sincera tampoco sé si realmente pensaba, pero sí sé que pasaba muchísimo tiempo sentada ahí y supongo que algo en la cabeza estaría pasando. Ese patiecito después se techó con algunas chapas que puso, por supuesto, mi papá con alguno de los hermanos de mi mamá. En ese patio había asados los domingos (también se comía el asados bajo el manzano), había reuniones familiares, había cumpleaños infantiles y de adultos. En un extremo de ese patio, contra la pared, estaba instalada una pequeñísima mesa de trabajo con una máquina de prensar con la que a mi me divertía jugar. En el otro extremo estaba la pileta, donde se lavaba toda la ropa y además se lavaban las papas negras y se las dejaba secándose ahí, tiradas en el piso del patio.

Después nos mudamos de esa casa, y nos fuimos al Caballito del Gran Buenos Aires. Pero volvíamos. No es fácil (y me doy cuenta recién ahora), dejar toda esta casa atrás.

lunes, 28 de marzo de 2011

Me vino

No estoy embarazada. Al final me vino. El atraso duró poco mas de veinticuatro horas y para una ansiosa regular, veinticuatro horas de espera y dudas son de lo peorcito. Anoche, entre una resaca un poco violenta y el temita de las veinticuatro horas de atraso, terminé llorando tirada en un sillón.

A ver, quiero que quede claro. No importa si hayas cogido o no: un día de atraso en una mujer ansiosa es un embarazo asegurado. Me pasó varias veces, a quién no le pasó que se le adelantara o atrasara un par de días, y aun sabiendo y teniendo la completa seguridad de que no puede haber pasado nada (cuidados, abstinencia), se sufre como la concha de la lora.

Por un lado, por ciertas declaraciones del tipo: no sé si quiero ser madre. Declaraciones que se van encaminando mas para el lado de no quiero ser madre, no hoy, pero tampoco mañana. Por otro lado el susto y las mil preguntas: ¿y si estoy embarazada? No importa que sea imposible, yo me planteo todos los problemas juntos y trato de darles solución porque esto de traer un niño al mundo no debe ser nada fácil. Ya debería ir investigando sobre educación, colegios, lugares donde vivir. Qué cosas se necesitan. Dónde puedo conseguir todo lo que no voy a poder comprar. Y después: no quiero ser mamá, no hoy, pero tampoco mañana.

Cuando tenía dieciocho tuve mi primera vez con mi primer novio a quien amaba y quien me amaba como un hijo a su madre. No, de verdad, podría haber sido un comentario adrede por la temática del post pero la verdad es que mi primer novio me quería como si yo fuera su madre y pretendía que le hiciera la cama y le guardara los calzones. Fuerte. Dieciocho años y un novio que me amaba y pensé que era el momento, que era la persona especial que podía inaugurar mi ... (pensé palabras elegantes pero en mi cabeza solo retumba un dolor de ovarios que proyecta gritos cerebrales que dicen cajeta, argolla, concha, todas con un tinte un poco, digamos, violento).

La primera vez, como todas las primeras veces, fue un poco incómoda y, la verdad, muy poco placentera. Nos cuidamos, porque lo único que me faltaba para cagarle la vida a mi madre era caerle con un embarazo a los dieciocho. Después de la primera vez tenía que venirme y no me vino. Y el día que no me vino yo sentí pataditas en el estómago y tuve antojo de hamburguesas. Me puse tan nerviosa, que al segundo día de atraso me agarraron vómitos. El día que tuve vómitos mamá me preguntó directamente si no estaría embarazada. Y yo, que nerviosa soy mas bruta que un arado, le dije "no sé". NO-SÉ, le dije a mi madre ultracatólica y empalagosamente conservadora. Y después agregué "no creo". NO-CRE-O, como si eso fuera a salvarme de la cachetada que vino después.

viernes, 18 de marzo de 2011

El baby shower

El único baby shower que había visto, la única referencia que tenía, era un capítulo de Sex and the City donde van a un baby shower. El martes me llegó la invitación, mi primer baby shower, mi primer amiga embarazada, la primera panza que me animo a tocar, la primer mujer con crío adentro a la que le pregunto todo y mucho mas: qué se siente, qué se siente, qué se siente, qué se siente. También, la única a la que le repetí, durante ocho meses: "Qué impresión, tenés un pibe adentro". Pregunté qué se hacía en un baby shower y me espanté: además de llevar regalos y comer y beber, se supone que en un baby shower hay juegos. Sí, juegos. Yo en una etapa antisocial y me dicen que tal vez tenga que participar en juegos. Odio los juegos, los odio desde que soy así de chiquita e iba a los cumpleaños de mis compañeritos. Odio muchísimo mas los juegos grupales, la división en equipos, arengar a los participantes, ganamos perdimos igual nos divertimos. Me siento en otro planeta y miro todo alrededor y todo me parece estúpido e inútil. Por qué tendría que someterme a juegos. JUEGOS.

El baby shower era a las seis y media de la tarde pero empezó casi a las nueve de la noche. Había globos celestes, banderines celestes, carteles con letras celestes, galletitas en forma de: babero, mamadera, nenito y chupete, todas decoradas con granas celestes. Había floreros celestes, cintas de raso celestes, una torta con forma de estrella toda celeste, barquitos celestes llenos de caramelos; y muffins, también con granas celestes, y con un palito y un osito de goma eva clavado en la punta. Una sobredosis de celeste que tumbaba, y a mi que me torra que el rosa sea nena y el nene sea celeste.

Después, lo de siempre. En qué andás. Tanto tiempo. Qué contás. Cómo va tu vida. Estás de novia. Seguís viviendo en Belgrano. Seguís viviendo sola. Nada del otro mundo, esas conversaciones tipo ayuda memoria que se tiene con la gente que alguna vez fue muy cercana y ahora no tanto. Las organizadoras eran mi grupo de amigas del polimodal (yo soy joven, mami), con las que me sentaba en el colegio (teníamos regias mesas grupales), con las que salía a bailar. Las que se quedaban a dormir en mi casa. Las de las primeras vacaciones en Gesell. Las de las primeras borracheras no tanto, porque yo no tomé alcohol hasta los 22, cuando me separé grosso de mi ex por primera vez y me ahogué, literalmente, en un vaso de vino. Las que me hacían reir y llorar y divertirme y aburrirme, mis amigas del colegio.

Anoche estábamos de vuelta todas juntas, pero yo no soy la misma. Y creo que ellas tampoco. Ellas organizaron el baby shower para la sexta integrante del grupo, la primer embarazada, la única con la que sigo teniendo no sólo contacto, sino una amistad fuerte como una represa: nada nos puede pasar. Me sentí ajena por momentos, como la observadora de una sitcom de un grupo de amigas de toda la vida. Yo era el espectador nomás. Les saqué fotos a ellas, las organizadoras y la embarazada, no me pareció que yo tuviera que participar de esa foto: yo no soy parte de ese grupo. Me dio un poco de tristeza, haberme alejado de ellas (porque fue mi culpa: yo empecé el CBC y me puse de novia y seguí trabajando, todo al mismo tiempo, y tuve que cortar con algo, y me equivoqué y corté con ellas), ser una desconocida, en lugar de estar ahí organizando qué galletitas, qué regalo y cuántos globos. Así, al menos, no todo hubiera sido celeste bebé varón.

Update: hablé de los juegos y de lo mucho que odio los juegos y Marie me pregunta si al final hubo juegos o no hubo. No. No hubo juegos, zafé. Quiero decir: zafé de cortar una tira de papel higiénico a ojo para ver si le embocaba al perímetro de la panza.

viernes, 2 de abril de 2010

En las reuniones familiares de mi infancia, amenizábamos el momento y movíamos el cuerpito al ritmo de Malagata.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

1995

El primer cd que compré on my own fue "El dorado", de Aterciopelados. Soñaba con cortarme el pelo muy corto y ser como la cantante. Después me corté el pelo y me largué a llorar cuando volvía de la peluquería.

martes, 3 de noviembre de 2009

Juguemos un juego

Cuando era chica me encantaba jugar a la drogadicta. Ponía este tema bien fuerte, y me tiraba en el piso del cuarto, haciendo como que estaba a punto de morirme de lo drogada que estaba. Te juro que no miento, ya de chiquita estaba jodida.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Piano III

La última vez que toqué, me bajé del escenario llorando porque en el medio de "El Choclo" me agarró un bloqueo mental.

La gente me aplaudió igual, supongo que por lástima.

Mi hermana vino y me abrazó fuerte.

Nunca mas volví a tocar frente a ningún tipo de público.

Piano II

La penúltima vez que toqué estaba de espaldas al público.
No me equivoqué ni una vez.
Toqué Para Elisa.

Piano


Yo tenía seis años. Estábamos de vacaciones en Posadas, y en Encarnación me habían comprado un órgano Casio chiquito, colorado. Yo pasaba horas boludeando con él, hasta que empecé a tocar una melodía: El Golpe. La tocaba una y otra vez, la repetía, cansaba los oídos de mi familia. Mamá se hartó. Me preguntó si, al volver, quería que averiguáramos alguna escuela de música por el barrio. Contenta, dije que sí.

Empecé ese mismo marzo, y no falté ni una clase hasta que cumplí los dieciocho y creí que mi carrera musical debía terminar ahí mismo. Todavía me arrepiento.

Por la tarde estuve ordenando papeles y cosas que tenía sueltas en casa, y encontré todos mis libros de piano y mis partituras. Las ordené, las miré, y sentí por algunos minutos que quería volver a tocar. En algunos de los libros encontré algunas anotaciones que hacía con mi amiga Andy cuando todavía estábamos en el secundario. La más frecuente: mi supuesta firma de casada.

En mi primer concierto, una de las alumnas mas avanzadas tocó la Marcha Turca, y yo sentí que necesitaba aprender eso, que el día que supiera tocar eso podía morirme en paz. Diez años mas tarde me senté frente a un público expectante, tenía puesta una pollera que me llegaba a las rodillas y unas sandalias franciscanas que mejor no recordar. Toqué algunas teclas porque era un piano en el que nunca me había sentado, miré a mi profesora y le dije que estaba lista. El silencio inundó el salón, y yo empecé a tocar. Varias veces le pifié al pedal, pero seguí como si nada. Cuando terminé, todos aplaudieron, y yo sentí que todavía no estaba lista para morir.

jueves, 19 de febrero de 2009

Bendita memoria I

Los fines de semana papá y mamá ponían algunas cosas en un bolso chiquito y emprendíamos viaje hacia la casa donde vivíamos antes de vivir en Ramos. Quedaba lejos, para el lado de Lomas, en Transradio.

El sábado por la noche en la tele pasaban repeticiones de No toca botón. Y yo me sentía grande. Porque armaba el sofá cama que estaba en el living y me acostaba a mirar la tele ahí. No había algo en el mundo que perteneciera tanto al mundo adulto como la posibilidad de mirar la tele desde la cama. Me acostaba ahí y miraba en un televisor de catorce pulgadas todos los sketches que me hacían reír, aunque no tanto porque no los terminaba de entender del todo (no comprendía, por ejemplo, qué era lo que hacían el Manosanta y la chica cuando salían de escena).

Al rato terminaba el programa y la televisión se llenaba de un ruido que no tenía nada de atractivo. Era la hora de dormir. Y ahí volvía a ser una nena indefensa, porque cuando apagaba la luz y el aparato, un miedo empezaba a recorrerme todo el cuerpo y tardaba minutos, que parecían eternos, en quedarme dormida.

Desde donde apoyaba la cabeza veía la puerta de entrada a la casa, que tenía en la parte superior una especie de vitreaux con un dibujo que no recuerdo claramente: puede haber sido un árbol, o un barco, o una forma indefinida. Lo mismo da qué forma tenía, porque al fin y al cabo el miedo estaba igual. Era una odisea terrible a la que me exponía porque, después de haber visto a Olmedo, tenía que seguir comportándome como una persona grande y no podía (bajo ninguna circunstancia) salir corriendo a la habitación de mamá y papá.

Entonces miraba fijo al vitreaux y lo desafiaba con la mirada, sin saber (porque era chiquita y la palabra "desafío" no estaba en mi vocabulario) que la estaba desafiando. Me quedaba unos minutos mirándola, inspeccionando cuáles eran las sombras que se repetían y cuáles podían ser inusuales. Mientras miraba el dibujo afinaba el oído y trataba de escuchar más allá de lo de siempre. Identificaba perros vecinos, grillos cantantes e incansables, y el sonido lejano de los autos que pasaban a toda velocidad por la ruta.

Así me quedaba un largo rato, registrando los ruidos del silencio nocturno y viendo en las luces del vitreaux las formas que luego poblarían mis sueños. En algún momento, terminaba por cerrar los ojos. Cuando los abría, los ruidos eran matutinos (para nada silenciosos) y las formas del vitreaux, aburridas, insulsas y para nada atemorizantes.