domingo, 19 de febrero de 2012
Recuerdos o sueños o anécdotas inventadas
sábado, 24 de diciembre de 2011
Maquillaje
domingo, 11 de diciembre de 2011
Pitucones
martes, 27 de septiembre de 2011
El algodón
martes, 20 de septiembre de 2011
Había cosas de las que no hablábamos
domingo, 21 de agosto de 2011
Igual los muebles se arruinaron
viernes, 27 de mayo de 2011
Sangrado
De ese verano no me acuerdo demasiado. En realidad, lo que me sucede es que todos los veranos en la casa de Transradio se me mezclan un poco. Supongo que debe ser la edad.
Yo no tendría más de tres o cuatro años, y ese verano estaban construyendo en el fondo del jardín un cuartito que iba a ser a la vez un lugar para guardar cosas (me encanta el genérico “cosas”) y el taller de mi papá. Lo construyeron mi papá con algunos de los hermanos de mi mamá, uno de ellos está de nuevo trabajando con mi papá, después de un período muy largo y oscuro lleno de alcohol y otras cosas que nadie quiere recordar (papá y mamá en este sentido siempre fueron, de alguna manera, los papás de todos los hermanos de mi mamá: los trajeron a todos desde Misiones y se los llevaron a vivir con ellos, los obligaron a estudiar, a trabajar y a hacer todo lo que debería hacer una persona de bien, aunque después, como siempre pasa, las vueltas de la vida hacen que cada uno haga de su vida lo que se le canta).
Estaban todos instalados en casa o al menos yo lo recuerdo así (quisiera no justificarme pero hay algo de sinceridad en lo que cuento, quisiera decirles que las cosas fueron así y punto, pero temo estar equivocándome muchísimo), y cuando digo todos estoy hablando de tíos, tías, primos y primas. Yo dormía con una de mis primas, me divertía muchísimo tener tantas visitas y movimientos en la casa, aunque no sé qué comíamos o cómo era el sistema para bañarse cuando éramos tantos. Me despertaba y por la ventana de mi cuarto podía ver el jardín del fondo y todo el ir y venir que había allá: montañas de arena, mezcla de cemento, ladrillos, señores en cuero y transpirados y muchas, pero muchas, botellas de cerveza.
Por esos días me sangraba la nariz. Todos los días a la tarde. Mamá decía que era por mi larga exposición al sol. Yo no sé qué sentía cuando me sangraba la nariz y como hace años que no me sangra tampoco sé cuál debe ser la sensación de tener algo rojo saliendo de ahí (con el correr de los años aprendí cuáles eran las sensaciones cuando sale sangre una vez por mes y no me divirtió en lo absoluto y siempre que pienso en la menstruación se me vienen a la cabeza las palabras de mi ex jefa, que decía que desde la primera vez que le había venido estaba esperando ansiosa la menopausia). Las primeras veces que me sangró la nariz, además del algodoncito, mamá me obligaba a mantener la cabeza para arriba un largo rato y eso debió haber sido el momento más deprimente de toda mi infancia: todos mis primos jugando y yo como una mamerta congelada con la cabeza mirando, no al cielo, sino al techo de la cocina.
El cuartito lo estaban construyendo detrás del ciruelo, exactamente en el vértice opuesto donde estaba construido el cuartito anterior. Y acá sí que tengo una laguna inmensa: no sé qué pasó con ese cuartito, que era minúsculo y que, por supuesto, había pasado a ser el cuartito una vez que dejó de ser baño y el baño pasó a estar dentro de la casa. Ese cuartito, el viejo, el de la otra punta del jardín, era chiquito y tenebroso. Tenía, como el que estaban construyendo ahora, techos de chapa y millones de cosas amontonadas dentro. Me daba miedo ese cuartito, aunque ese cuartito también guardaba el elemento más feliz que recuerdo de toda mi existencia: la pelopincho.
Las primeras veces que me sangró la nariz mamá hizo de mamá y me cuidó, con el algodoncito y la cabeza para atrás y luego me controló para que no corriera demasiado o no estuviera tanto tiempo al sol. Después de algunos días de sangrado repetido, mamá estaba un poco cansada de todo el procedimiento de limpiarme y cuidarme y yo estaba avergonzada porque sabía que eso que me pasaba no estaba bien y no quería que me volviera a pasar. La última vez que me sangró la nariz (me refiero a la última que recuerdo), sé que sentí que estaba pasando algo (aunque, repito, no sé exactamente cuál era la sensación) y corrí al baño porque me creí capacitada para tratarme y cuidarme a mi misma. Me paré frente al espejo del baño (un baño que tenía azulejos amarillos) y empecé a hacer lo que creía iba a parar el sangrado: sonarme la nariz. Pero en lugar de sonarme la nariz tomando un pañuelo, papel higiénico o una toalla, lo hice sin nada, y creo que también sacudí la cabeza, porque sino no se entiende cómo fue que cuando mamá entró, los azulejos y el espejo estaban manchados de sangre, al igual que mi ropa, la pileta y el piso, con algunas gotas medio resecas y pegoteadas.
No exagero. Las gotas del piso estaban resecas porque había pasado un tiempo considerable entre mi entrada, mi sonada y la entrada de mamá, y estoy segura que la llegada de mamá se debió a mi larga ausencia y a eso que dicen todos los padres de niños chiquitos: “si está tan callado, en algo andará”. Mamá me retó muchísimo ese día, me mostró infinidad de veces el lío que había hecho en el baño y siguió retándome mientras limpiaba los azulejos, mientras me cambiaba la ropa, mientras me ponía el algodoncito y mientras me sostenía la cabeza para atrás tratando de parar la sangre. Yo debo haber llorado. En esa época lo único que hacía frente a un conflicto era llorar. Bueno, esto último no cambió en lo absoluto.
sábado, 21 de mayo de 2011
El Chiqui
En el patiecito que estaba entre la reja y la entrada de la casa estaba Chiqui, el perro grandote y bobo que no jugaba ni saltaba ni ladraba: estaba echado ahí y apenas se movía unos centímetros si alguien lo pateaba. Al Chiqui siempre lo pateaban para que se moviera. Cuando conocí a Jorge me dijo que tenía un perro precioso que se llamaba Iki. Supongo que la alteración del nombre se debía a un deseo profundo de darle al animal oloroso un aire más sofisticado del que en realidad tenía. Una vez el Chiqui se perdió. Salió a dar una vuelta manzana, porque los animales en ese sector del conurbano pertenecen a una familia y a una vivienda en particular pero al mismo tiempo son del barrio, y nunca volvió. Fueron meses de angustia. La madre de Jorge lloraba en silencio por el perro bobo, y yo no entendía por qué haber perdido ese perro que estaba más muerto que vivo le causaba tanta tristeza. Una tarde de domingo llamó uno de los tíos de Jorge y dijo que le había parecido ver al Chiqui en el estacionamiento gigante y siempre desierto que estaba al lado de un hipermercado de San Justo. Fuimos todos a buscarlo y era el Chiqui. Estaba asustado y tirado en un rincón esperando algo que no sabemos bien qué era (podía ser que alguien fuera a buscarlo, que alguien le diera de comer o podía ser la muerte). Me acerqué a la reja del estacionamiento y grité el nombre del perro porque todos lo miraban y se decían entre ellos “Sí, es el Chiqui” con una alegría que descomponía, pero no lo llamaban a él ni iban a buscarlo: se felicitaban por haber encontrado algo que seguían dejando ahí tirado. Apenas grité el nombre del perro, la Susy me dijo que no gritara nada, que el perro estaría traumado, que podía morderme. En otras palabras: que no me metiera. Entonces le gritó ella, y yo pensé que su voz era mucho más irritante que la mia y que si el perro la escuchaba seguramente no iba a querer volver. Pero el perro se levantó con esfuerzo, como si el cuerpo le pesara más que nunca, y se acercó lentamente a la reja donde estábamos todos y nada más. Ni ladró ni saltó ni movió la cola: se echó.
lunes, 16 de mayo de 2011
Primera carta de amor
viernes, 15 de abril de 2011
La casa de Transradio I
lunes, 28 de marzo de 2011
Me vino
viernes, 18 de marzo de 2011
El baby shower
El baby shower era a las seis y media de la tarde pero empezó casi a las nueve de la noche. Había globos celestes, banderines celestes, carteles con letras celestes, galletitas en forma de: babero, mamadera, nenito y chupete, todas decoradas con granas celestes. Había floreros celestes, cintas de raso celestes, una torta con forma de estrella toda celeste, barquitos celestes llenos de caramelos; y muffins, también con granas celestes, y con un palito y un osito de goma eva clavado en la punta. Una sobredosis de celeste que tumbaba, y a mi que me torra que el rosa sea nena y el nene sea celeste.
Después, lo de siempre. En qué andás. Tanto tiempo. Qué contás. Cómo va tu vida. Estás de novia. Seguís viviendo en Belgrano. Seguís viviendo sola. Nada del otro mundo, esas conversaciones tipo ayuda memoria que se tiene con la gente que alguna vez fue muy cercana y ahora no tanto. Las organizadoras eran mi grupo de amigas del polimodal (yo soy joven, mami), con las que me sentaba en el colegio (teníamos regias mesas grupales), con las que salía a bailar. Las que se quedaban a dormir en mi casa. Las de las primeras vacaciones en Gesell. Las de las primeras borracheras no tanto, porque yo no tomé alcohol hasta los 22, cuando me separé grosso de mi ex por primera vez y me ahogué, literalmente, en un vaso de vino. Las que me hacían reir y llorar y divertirme y aburrirme, mis amigas del colegio.
Anoche estábamos de vuelta todas juntas, pero yo no soy la misma. Y creo que ellas tampoco. Ellas organizaron el baby shower para la sexta integrante del grupo, la primer embarazada, la única con la que sigo teniendo no sólo contacto, sino una amistad fuerte como una represa: nada nos puede pasar. Me sentí ajena por momentos, como la observadora de una sitcom de un grupo de amigas de toda la vida. Yo era el espectador nomás. Les saqué fotos a ellas, las organizadoras y la embarazada, no me pareció que yo tuviera que participar de esa foto: yo no soy parte de ese grupo. Me dio un poco de tristeza, haberme alejado de ellas (porque fue mi culpa: yo empecé el CBC y me puse de novia y seguí trabajando, todo al mismo tiempo, y tuve que cortar con algo, y me equivoqué y corté con ellas), ser una desconocida, en lugar de estar ahí organizando qué galletitas, qué regalo y cuántos globos. Así, al menos, no todo hubiera sido celeste bebé varón.
viernes, 2 de abril de 2010
miércoles, 18 de noviembre de 2009
1995
martes, 3 de noviembre de 2009
Juguemos un juego
domingo, 1 de noviembre de 2009
Piano III
La gente me aplaudió igual, supongo que por lástima.
Mi hermana vino y me abrazó fuerte.
Nunca mas volví a tocar frente a ningún tipo de público.
Piano


En mi primer concierto, una de las alumnas mas avanzadas tocó la Marcha Turca, y yo sentí que necesitaba aprender eso, que el día que supiera tocar eso podía morirme en paz. Diez años mas tarde me senté frente a un público expectante, tenía puesta una pollera que me llegaba a las rodillas y unas sandalias franciscanas que mejor no recordar. Toqué algunas teclas porque era un piano en el que nunca me había sentado, miré a mi profesora y le dije que estaba lista. El silencio inundó el salón, y yo empecé a tocar. Varias veces le pifié al pedal, pero seguí como si nada. Cuando terminé, todos aplaudieron, y yo sentí que todavía no estaba lista para morir.lunes, 26 de octubre de 2009
jueves, 19 de febrero de 2009
Bendita memoria I
El sábado por la noche en la tele pasaban repeticiones de No toca botón. Y yo me sentía grande. Porque armaba el sofá cama que estaba en el living y me acostaba a mirar la tele ahí. No había algo en el mundo que perteneciera tanto al mundo adulto como la posibilidad de mirar la tele desde la cama. Me acostaba ahí y miraba en un televisor de catorce pulgadas todos los sketches que me hacían reír, aunque no tanto porque no los terminaba de entender del todo (no comprendía, por ejemplo, qué era lo que hacían el Manosanta y la chica cuando salían de escena).
Al rato terminaba el programa y la televisión se llenaba de un ruido que no tenía nada de atractivo. Era la hora de dormir. Y ahí volvía a ser una nena indefensa, porque cuando apagaba la luz y el aparato, un miedo empezaba a recorrerme todo el cuerpo y tardaba minutos, que parecían eternos, en quedarme dormida.
Desde donde apoyaba la cabeza veía la puerta de entrada a la casa, que tenía en la parte superior una especie de vitreaux con un dibujo que no recuerdo claramente: puede haber sido un árbol, o un barco, o una forma indefinida. Lo mismo da qué forma tenía, porque al fin y al cabo el miedo estaba igual. Era una odisea terrible a la que me exponía porque, después de haber visto a Olmedo, tenía que seguir comportándome como una persona grande y no podía (bajo ninguna circunstancia) salir corriendo a la habitación de mamá y papá.
Entonces miraba fijo al vitreaux y lo desafiaba con la mirada, sin saber (porque era chiquita y la palabra "desafío" no estaba en mi vocabulario) que la estaba desafiando. Me quedaba unos minutos mirándola, inspeccionando cuáles eran las sombras que se repetían y cuáles podían ser inusuales. Mientras miraba el dibujo afinaba el oído y trataba de escuchar más allá de lo de siempre. Identificaba perros vecinos, grillos cantantes e incansables, y el sonido lejano de los autos que pasaban a toda velocidad por la ruta.
Así me quedaba un largo rato, registrando los ruidos del silencio nocturno y viendo en las luces del vitreaux las formas que luego poblarían mis sueños. En algún momento, terminaba por cerrar los ojos. Cuando los abría, los ruidos eran matutinos (para nada silenciosos) y las formas del vitreaux, aburridas, insulsas y para nada atemorizantes.


