lunes, 7 de agosto de 2017

Lo que creo estar consumiendo aunque tal vez esté abandonando

Ayer en Parque Chacabuco estaban dos de los hermanos Pauls y muchas chicas disfrazadas de Sailor Moon (¿se dice "disfrazadas" o ese es un término burlón?). Nunca me gustó Sailor Moon ni mangas  ni animé ni cómics ni novelas gráficas y envidio bastante a los que saben, conocen o gustan de. Tampoco es que lo intenté demasiado. En el parque también estaba Luis Zamora haciendo campaña por sí mismo. A la noche vi The warriors y lamenté haber demorado casi treinta y cuatro años en llegar a ella y también quise que fuera posible viajar al pasado para viajar a mis diecipocos y verla por primera vez siendo una adolescente. Quisiera ser adolescente de nuevo para hacer muchas cosas diferentes. Almorcé chipa traída directamente de Posadas, merendé una empanada frita cuando volvía del parque y cené un sushi bastante flojo que venía con rolls de cosas fritas y salsa de mostaza (¡salsa de mostaza!). Antes de dormir empecé un libro y lo cerré cuando llegué al segundo capítulo pensando: ¿por qué acabo de empezar otro libro cuando tengo tantos sin terminar?

Cada vez me cuesta más terminar libros. No, no es que me cueste, es que los considero leídos cuando llego a la mitad aunque objetivamente considere que eso no es haber leído el libro. Los abandono sin darme cuenta y los retomo como si nada y los vuelvo a abandonar. En este momento tengo empezados y considero que voy a terminar en algún momento y recomiendo como si hubiera terminado:

Jajaja de Inés Acevedo. Ella me hace reír mucho, creo que no la comprendo del todo, se mueve en una sintonía que me encanta. Me compré este libro de cuentos incluso antes de haber leído su novela anterior, Una idea genial. No sé bien por qué me arrisgué así, creo que me hablaron de ella con tanto entusiasmo que me contagié. La novela me la morfé una tarde de domingo y pensé que sucedería lo mismo con los cuentos de Jajaja pero el libro está ahí en una pila de libros empezados, esperando que lo retome y yo lo quiero retomar porque tengo el reuerdo de haber pasado un momento muy divertido mientras duraron esas pocas páginas que leí.

Alias Grace y El señor de las muñecas y otros cuentos de terror, ambos de Margaret Atwood. Es así: por algún motivo empecé a seguir a Margaret en twitter. Me sonaba su nombre y me parecía que era alguien a quien había que admirar aunque nunca había leído nada suyo. Me cayó mil puntos. Es una divina graciosa amante de los gatos que se la pasa subiendo fotos del lugar donde vive. Me gusta mucho la gente que profesa cierto amor por su hogar (cierto amor porque tampoco sea cosa que lleguemos al fanatismo, cómo me deprime el fanatismo). Arranqué el de cuentos de terror y me venía gustando un montón, me angustiaba demasiado y después soñaba, por eso dejé de leerlo justo antes de dormir y por eso lo tengo en pausa (un día soñé que me violaban en mi casa, extensión directa de uno de estos cuentos). En el medio leí casi de un tiró El cuento de la criada porque justo empecé la serie y la ansiedad de saber qué venía en uno y otro fue un impulso que no falló. Y como ahora van a hacer una serie sobre Alias Grace, lo empecé y leí dos o tres capítulos y me quedé dormida. Seguramente lo retome cuando arranque la serie.

Florentina de Eduardo Muslip. Lo considero LEÍDO porque sé que me resta sentarme cuarenta minutos a terminarlo. Es adorable de principio a fin (sí, a FIN), me hizo pensar mucho en mi madre y en mi abuela y en ese proyecto que tengo de escribir alguna vez un todo sobre mi madre.

Fóllame de Virgine Despentes. Leí más de la mitad pero no puedo explicar de qué va. No es que no lo haya entendido, simplemente me di ese saque de un tirón un viernes, sola, en un bar, tomando muchas cervezas y pensando y llorando por algo muy triste que me habían contado la noche anterior (¡qué linda imagen!) Yo leía y avanzaba las páginas pero lo único que volvían a mi cabeza eran las palabras tristes que había escuchado menos de un día antes.

Cómo se hace una chica de Caitlin Moran. Lo empecé anoche y no puedo creer haber pensado que era de ensayos, como el otro que leí (Cómo ser mujer). En fin, ya me enganchó: historia familiar de familia numerosa pobre en Londres, padre músico frustrado, madre depresiva y creo que alcohólica, chica de catorce, obesa, virgen y jamás besada. Ay, las coming of age.

La casa de los eucaliptus de Luciano Lamberti. Lo que tienen los libros de cuentos es que tranquilamente uno puede eternizar su lectura y nunca sentir que realmente lo abandonó. El cuento uno me gustó mucho, el cuento dos me gustó demasiado, el tres me gustó para un corto, el cuarto lo salteé y el quinto lo abandoné porque la segunda persona siempre me agobia un poco. Pero el terror me gusta, Lamberti me encanta, no hay chance de que no lo termine en una o dos sentadas más que pueden suceder esta misma semana o el año que viene.

Todo cuanto amé de Siri Husvedt. De toda esta lista, este es posiblmente el único que considero haber realmente abandonado. Me resulta lento y un poco tedioso o no tedioso pero sí solemne. O ampuloso. O vueltero. O algo que no identifico del todo pero por momentos me hace bostezar. Es un mambo mio, no tiene nada que ver con el libro, al punto que le diría a cualquiera que esté leyendo esto que VAYA Y LO LEA.

Maniobras de evasión de Pedro Mairal. También lo empecé ayer y estoy tan fascinada que creo haber vuelto al blog por el subidón que me dio leerlo a Mairal. Estúpida y sensual literatura del yo.

Este fin de semana también: vi la de Francella enano (el otro día me di cuenta que lloro con cualquier película, ésta no fue la excepción), vi la de Suar y los swingers, me teñí el pelo de rosa, entre sábado y domingo caminé catorce kilómetros e intenté revolear una llave desde una planta baja hasta la ventana de un primer piso, fallando como una campeona y estableciedo, posiblemente, un récord en mala puntería.

domingo, 6 de agosto de 2017

Sobre mi relación con las stories de instagram

Mi relación más intensa en los últimos tiempos es con las stories de instagram. Tienen ese aparente encanto del recorte instantáneo, poco preparado, sin edición. Esa urgencia de compartir algo: es ahora, rápido, lo digo, lo grabo, le saco una foto, le pongo un filtro, una etiqueta. Se imprime. Total, en un rato desaparece.

Estoy obsesionada. Miro stories de toda la gente que conozco pero también de gente de twitter que no conozco en la vida real, de famosos que me caen bien y de los que me caen pésimo y de todas los que me sugiere instagram. A la noche, con la luz apagada, justo antes de dormir, son mi canción de cuna. Mi aspiracional, pero también eso que nunca quisiera ser. El compendio de mis sueños y pesadillas y lo que más me gusta hacer en el mundo: chusmear vidas ajenas. Mi paco.

Ya sé que es mentira, ya sé que es un recorte, ya sé que es algo que no existe. Quiero decir: trabajo de editar imágenes y de reordenarlas para darles el sentido que se me cante a mi, al guionista o al productor a cargo. Y sin embargo las creo. Aunque sean inverosímiles, aunque se note la actuación, aunque se vea el paréntesis. Son una ilusión perfecta porque, además de todo, desaparecen a las veinticuatro horas. No quedan rastros, y al no quedar rastros generan una falta de vergüenza que es asombrosa. Me fascina ver a mis amigas con una corona de espinas, mirando a cámara con los ojos un poco desorbitados. Me fascina ver a mis amigos caminando y contando hacia dónde están yendo. Me fascinan el antifaz con ojitos dormidos, las orejitas de perro, los filtros de GOT. Me encanta que no les importe y que se diviertan. Me da envidia no poder hacerlo.

Hace un tiempo, cuando todavía no habían explotado las stories de instagram, muchos usaban snapchat. Me moría por estar. Por participar. Por convertir mis ojos en ojos de animé, por vomitar un arcoiris, por poner mi cara y transformarla en un animal, en un rey, en un zombie. Mis amigas me insistían: te vas a cagar de la risa, te vas a enganchar, bajatela. Y yo que no, ya sé que no, ya sé que podría divertirme pero la verdad es que no estoy ta segura de mi misma como para ponerme un filtro de abejita y cantar una canción y dejar que los demás se diviertan. No sé reirme de mi de esa forma, me da una vergüenza bárbara que quede instalado el sí, la conozco, la sigo en snapchat, es una pelotuda. Como si eso importara demasiado.

Viajé a NY unos días y mi amiga Rocío, con quien fui, me convenció: empecé a hacer mis propias stories de Instagram. Lo cierto es que soy vieja. Soy lenta, no entiendo bien cómo funcionan, siempre llego un poco tarde, me olvido. Ni siquiera saco tantas fotos. Y, para peor, no me gusta aparecer en cámara. Tengo un sólo ángulo de selfie que me permito en la vida y fuera de ese pienso que en absolutamente todas las fotos y videos del mundo salgo sencillamente mal.

Mis stories del viaje fueron desparejas: algunos días dos fotos, otros días ocho fotos de algo muy parecido. Replicaban el entusiasmo que tengo por todo: por la mañana arrancaba siendo detallista y minuciosa y con el correr del día me iba olvidando de postear o posteaba todo con el mismo filtro. Para la noche ya me había olvidado por completo. Cuando volví del viaje no volví a hacer ni una story de instagram hasta hoy.

El domingo pasado me levanté y sentí una felicidad que hacía mucho no sentía. No había pasado nada en particular. Simplemente me había levantado sola en mi casa, estaba tomando mate y miraba una serie que terminé hace unos días y me encantó (¡es esta, mírenla!). Nada del otro mundo y sin embargo tenía un subidón de alegría que me resultó extraño. Unas horas más tarde estaba enroscada: había perdido todo el domingo tirada en un sillón mirando una serie y tomando mate. Lo hablé en terapia: cómo podía ser que esa felicidad se hubiera convertido tan fácil en amargura. Cómo lo mismo que me hizo sonreir sola en mi casa de repente era un yunque que me había hundido. Todavía estoy trabajando en una respuesta posible.

Hoy me levanté y lo mismo: hice mate y abrí un libro y en la primera oración me di cuenta de que me iba a encantar (¡es este, leanlo!). Entonces decidí registrarlo. En mi story de hoy aparece la primera página del libro, después aparece un mate perfecto, después aparece esto que estoy escribiendo acá. 

Sobre mi story de hoy descansa la esperanza de no olvidarme que hoy me levanté muy feliz y que hice cosas que me hacen feliz y que sostuve esa felicidad hasta que llegó la tarde y me puse a sufrir porque sí. Pero fue lindo mientras duró.

lunes, 24 de octubre de 2016

No se puede hacer más lunes

Estudié piano doce años. Un día dejé. Estudié alemán. Dejé. Tuve un período de coser, otro de hacer origamis, otro de tener blogs, otro de querer ser cronista de viajes, otro de querer hacer crítica de cine. Todo lo dejé. Estudié cine porque me gustaba ver películas y porque era un poco canchero. En el primer rodaje dije esto no es para mi. Entonces me encerré en una isla de edición. Terminé la carrera hace diez años y nunca tramité el título. Empecé una segunda carrera que dejé porque no me gustaba la facultad donde se cursaba. Porque me quitaba demasiado tiempo de vida, porque ya estaba grande para pasar noches enteras sin dormir, estudiando. Y porque me había enamorado y el espejismo fue más fuerte que todo lo que estaba detrás: ahora estaba bien, no necesitaba estudiar nada más.

Me lleno de trabajo. Trabajo entre doce y catorce horas por día aunque si le restamos el tiempo que paso procastinando la cantidad de horas debe ser menor. Pero la ilusión es esa: trabajo entre doce y catorce horas por día. Mi trabajo me gusta cada vez menos. Ya me lo sé de memoria. Cada dos meses, seis o un año tengo la misma crisis: quiero cambiar de rumbo. Voy por lo que creo que me gusta: escribir. Escribo. Hago una lista de contactos a los que podría pedir trabajo. Pienso ideas de notas para presentar en revistas. Activar eso me da la sensación de estar haciendo algo, de estar moviéndome. Y caigo siempre en mi propia trampa: después del subidón de la planificación abandono todo. Me amigo con la edición, pienso que no es tan terrible, que hay trabajos peores, que ya me va a tocar algo mejor, que al menos gano bien.

Tengo planes por la mitad. Proyectos que empiezo y nunca termino. Libros de diez cuentos de los que tengo una línea escrita de cada uno. Una novela terminada, abandonada por la desidia que me provocó buscar un editor y no conseguirlo. Otra novela casi terminada que me recuerda a la peor época de mi vida y que no puedo retomar. La idea de una tercera novela, de una cuarta y hasta de una quinta. La idea de dos cortos y tal vez de un largo. La fantasía de que en algún momento se me va a dar. La fantasía de que cuando se me de, voy a ser feliz. La certeza de que no hago nada para obtenerlo. La creencia de que escribir es lo mio. ¿Es lo mio o lo convertí a la fuerza en un refugio?

Cada vez que en terapia resuena la palabra depresión me estremezco del miedo. Y cada vez resuena con más frecuencia: desorientación, falta de deseo, abandono, termino encallada en un sillón. Estoy muy dañada, mucho más de lo que pensaba. Hoy me fui de terapia con una verdad: no sé qué quiero hacer con mi vida.

Me hicieron creer (y yo me lo creí sin problema) que era genial. Que podía hacer lo que quisiera. Que era inteligente. Práctica. Resolutiva y obstinada. Pero no. Yo soy vaga, tengo poca voluntad, si genera esfuerzo no me interesa. Y así estoy, boyando de una isla de edición a seguir editando en mi casa. Sin ganas de hacer lo que hago pero haciéndolo porque lo único que sí soy es responsable, quizás demasiado. Me gustaría en algún momento convertirme en esas personas que tienen una historia que contar. Que tocaron fondo y se salvaron. Se entendieron. Se dieron cuenta de lo que querían y fueron a conserguirlo. Y lo consiguieron. Por ahora soy esto: una estatua hundiéndose en el barro. Cada vez que quiero salir me muevo un poco y con eso es suficiente: saco la cabeza para respirar y puedo seguir un poco más, todavía no me hundí del todo.

viernes, 21 de octubre de 2016

Mi bichito preferido es la levadura y mi bihchito mas odiado es la cucaracha.

Terapia de bienestar

Que pase el tiempo. Volver al blog. Dormir más de lo necesario. Faltar al trabajo. Leer dos horas seguidas, darse un baño calentito, tirarse a dormir al sol. Todo eso sí, pero lo importante: que pase el tiempo, de cualquier forma y haciendo cualquier cosa. Que los minutos no se vuelvan eternos, que los qué hago qué pienso qué quiero cómo lo resuelvo desaparezcan. Mirar una serie de mierda, de principio a fin, pero que cumpla su fin: que pase el tiempo. Tapar el hueco: de la ausencia, de la ansiedad, del hastío, de la incertidumbre, de la soledad. Ir a lugares sin ganas, estar, participar, volver, que el tiempo haya pasado. Sentarse y esperar que se pasen las ganas de llorar. Contener las lágrimas, tragarlas. Comer chocolate en el desayuno y en todas las comidas que le siguen. Quedarse ciego mirando el sol. Levantar las piernas veinte minutos. Seguir con el dedo un dibujo imaginario sobre la mesa. Que pase el tiempo. Y engañarse: si pasa el tiempo, pasa todo.