lunes, 7 de marzo de 2011

Detengan todo: hay un niño en la sala

Cuando hay un niño en la reunión me veo casi en la obligación de entretenerlo. No me importa lo independiente o dormido que esté, estoy convencida que tengo que estar ahí, dándole herramientas para que no se caiga del embole enter gente mayor que habla de cosas aburridas como política y religión. Yo me instalo con la criatura y si hay que hacer zapping hago zapping y si hay que hablar de Mortal Kombat enseguida saco a relucir que una vez, alllá por el siglo pasado, yo sabía hacer la fatality.

viernes, 4 de marzo de 2011

Me compré una alfombrita para mi casa y no veo la hora de llegar y ponerla en mil lugares diferentes y no decidirme por ninguno

Cuando hablaba de planes que se caían no me refería a una salida de viernes por la noche con amigas y ni siquiera a una cita frustrada. En las últimas semanas se me cayeron dos planes buenísimos: un viaje y un trabajo nuevo.

Ando curándome de la decepción y la tristeza comprando estupideces por internet. Y no vengan a decirme que eso de comprar compulsivamente no soluciona nada porque no tienen idea el estado de crispación en el que ando últimamente.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Me encantaría ser un toque mas optimista

Hay algo que se pierde. Siempre hay algo que se olvida, que queda atrás por mas que hagamos esfuerzos por tenerlo ahí, cerca: el entusiasmo de los primeros meses. La primera vez que te dicen "linda", el primer "te quiero", la primera vez que dormís con alguien. La primera vez. Es inevitable, es imposible recuperar la primera vez de cualquier cosa.

La introducción, en una relación, está repleta de sorpresas, de primeras palabras, de gestos nunca vistos, de miradas que no vuelven a encontrarse. Hay algo fascinante en ese entusiasmo de los primeros meses, algo que atrae y a la vez llena de miedos. Es como un sueño del que uno no quiere despertarse. Hay mails llenos de palabras que nunca vamos a volver a escuchar, esas palabras que refieren a los descubrimientos que hacemos del otro las primeras veces que nos vemos: "qué lindo cuando te reís fuerte". Hay charlas interminables con amigas contando detalle por detalle qué pasó la noche anterior, noches que después se vuelven previsibles, noches en las que ya no se coge, noches en las que ya no dormimos abrazados. Perder el entusiasmo de las primeras veces no es algo necesariamente negativo, no es la culminación de nada, no es el fin: muchas veces es el principio de otra cosa, más íntima, más profunda, con mas amor, con mucho mas amor.

El entusiasmo de esas primeras veces, la incertidumbre, el no saber si sí o si no, si va a llamar, si le gusto, si le pasa algo conmigo. Las respuestas a esas dudas, la primera vez que escuchás "te quiero", la primera vez que conoce a tus amigos, la primera vez que te presenta como "Maru, mi novia". Todo eso un día desaparece, se va, se esfuma, se pierde. Y no hay vuelta atrás.

Me aterroriza completamente la pérdida de ese entusiasmo, me da miedo la costumbre, las palabras que de tanto repetirse empiezan a perder sentido. Me da miedo la posibilidad de que las relaciones, a partir de la pérdida de ese entusiasmo, empiecen a decaer. Que con la pérdida de la sorpresa venga el monstruo de la rutina. Y que con el monstruo de la rutina empiece a perderse todo lo demás.

martes, 1 de marzo de 2011

A veces cansa demasiado que los buenos planes estén siempre por salir y después no salgan una mierda.

Rarísimo

Estacionados de uno y otro lado de la calle, un camión de basura estacionado detrás de otro camión de basura estacionado detrás de otro camión de basura etcétera por mas de tres cuadras. Yo pasaba en bicicleta por el medio de las dos hileras de camiones de basura y veía las bolsas aplastadas, y un olor sofocante, un aire húmedo y caliente, se adueñaba de todas esas cuadras y también de mi nariz. Yo trataba de respirar cortito para no ahogarme o de pedalear mas rápido para llegar allá, lejos, donde desde acá, veía que no había mas camiones de basura. Los camiones de basura eran altos, tapaban la luz del día, y el paisaje se volvía algo solitario y desértico: no había autos, solo mi bicicleta, los camiones y yo, y mientras pasaba rápido entre ellos respirando chiquito y pedaleando fuerte me preguntaba por qué estaban ahí, qué había pasado, dónde estaban todos los otros autos. ¿Y la gente? Hubiera querido que fuera un sueño medio apocalíptico, pero no: fue ayer, a las seis de la tarde, sobre Freire, a unas cuadras de Dorrego. Y fue rarísimo.