domingo, 15 de febrero de 2009

Papá

Papá no habla de su infancia. De su infancia habla mamá (de la infancia de papá). A veces lo miro y quisiera preguntarle millones de cosas. Pero entiendo por qué decidió no hablar de su infancia: a veces es más fácil callar que narrar. No negar, sino silenciar. Saber que existió, tener el recuerdo conciente, la foto de la niñez, el episodio violento, el golpe, la corrida, el miedo, el terror. Tener todo eso, saber que estuvo (tal vez alguna vez soñarlo) pero no contarlo. No. Callarlo.

Papá y yo somos parecidos, casi idénticos. Se nota cuando no queremos hablar de algo, y en general nunca queremos. O por lo menos no de aquello que nos lastimó, que nos dio miedo, que nos oscureció por un ratito.

Entonces le pregunto a mamá. Cuando papá duerme la siesta le pregunto a ella y me cuenta. Todo. Con lujo de detalles, como alguna vez (supongo que alguna única vez) papá le contó. Cuando decidió no callarlo. La escucho y siento las lágrimas brotar incontrolables, descaradas, irrespetuosas. Entonces corro al baño porque tampoco me gusta que mamá me vea llorar. Ella no necesita ver a una hija llorando. No a la hija que le queda viva. No puedo hacerle eso.

Cuando papá se levanta lo miro y lo entiendo. Lo veo y lo reconzco. Me habla a través de sus ojos celestes, esos ojos tan tristes que son lo único de su cuerpo que no puede callar. Y lo miro a los ojos y le hablo con mis ojos, porque somos parecidos, casi idénticos, y yo tampoco puedo silenciar a mis ojos.

Nuestros ojos se hablan unos minutos, las palabras que usualmente son escupidas por la boca son ahora innecesarias. Lo abrazo. Porque es mi papa, porque lo entiendo, porque lo escucho, porque sé que él también me escuchó.

viernes, 13 de febrero de 2009

¿Viste cuando te das cuenta que estás remando como una loca y tu acompañante se tiró a tomar sol?

Bueno, eso.

lunes, 9 de febrero de 2009

Perdones

Me llamó un sábado por la mañana. Yo estaba recién levantada, malhumorada, y había cruzado algunas puteadas con el señor que vive conmigo, pero no me acuerdo bien por qué.
Hacía varias semanas que ella estaba mal, me llamaba llorando, me contaba sus problemas, problemones, que no sabía se quedarse, o irse, o putear o gritar, o llorar, o revolear todo o callarse la boca.
Yo no tenía paciencia en ese momento, la escuché un poco, me reprochó algunas cosas que por suerte olvidé y después la mandé al psicólogo. Se me enojó.
Estuve todo el fin de semana, y algún día mas, afligida por el enojo, le mandé mensajes (porque no tenía ganas de llamarla y que siguiera reprochándome cosas). Ella me contestaba con monosílabos, y al leerla a mi se me hacía un nudo en la garganta que no podía desatar. 
El martes (o miércoles o jueves, da lo mismo), me manda un mail pidiéndome disculpas. Había empezado la psicóloga y estaba mucho mejor. Yo la leía mejor. Me puse a llorar cuando leí su mail. Es que hay días en los que estoy tan sensible que doy asco. Lloro por cualquier cosa, cualquier cosa, cualquier cosa, la cosa más estúpida. Me puse a llorar y así, con las lágrimas rodando por mis cachetes regordetes, le contesté cosas lindas. "Pase lo que pase, siempre nos vamos a tener, y eso es lo que está bueno".

Ahora estamos como siempre. Hermanitas del alma, o algo por el estilo. Lo que sí, me di cuenta de algo, estos últimos días, y a raíz de este episodio: cuando perdonamos a un amigo, o un amigo nos perdona, no queda un ápice de resentimiento, ni rencor, ni orgullo. El perdón a un amigo -dado o recibido- es el más auténtico de todos. O por lo menos eso es lo que me pasa a mi.

Yo acomodo, no ordeno.

Arriesgada

Hace algunos días, una persona dijo, en relación a mi convivencia: "¿25 y ya convivís? ¡Qué arriesgada!".

Y sí, el momento de la decisión fue eso: arriesgar a un futuro juntos. Ese futuro juntos, esa jugada que hicimos, tan arriesgada, funcionó como el culo los primeros seis meses. Pero después de a poco, empezamos a jugar mejor, a entendernos un poco mas y a ganar con cada movimiento de fichas.

En ese momento fue arriesgado, y en ese momento salió mal, pero ahora, después de casi dos años de vivir con él, puedo decir, con firmeza absoluta, que "el que no arriesga no gana".