Cuando era chica existía Papa Noel. Tengo fotos con el entregándome los regalos. Después, cuando supe que no vivía en el Polo Norte ni tenía enanitos fabricadores de juguetes, tampoco dejó de existir. Porque seguía existiendo la Navidad. Y a mi eso me bastaba. O debería decir, nos basataba.
Mi hermana y yo éramos fanáticas de la Navidad. Nos encantaban las casas decoradas y después de hinchar muchos años, logramos que mi madre comprara unas guirnaldas hermosas, y que cambiara el arbolito por uno mas tupido. Nos divertía que la cena se organizara en casa. Buscábamos manteles especiales para la ocasión y organizábamos cada segundo de la noche, cada plato, cada comida, cada paso a seguir.
Papá Noel ya no existía como yo lo veía cuando era una nena. Papá Noel ahora era mi hermana, y yo era el suyo. Nos comprábamos regalos sorpresas y jodíamos las semanas previas tratando de descubrir qué nos iba a regalar la otra. No importaba si el regalo fuera un ganchito para el pelo, un collar o un muñeco de peluche. Lo importante era la sorpresa.
Después mi hermana se murió. Y se llevó consigo mi Navidad, y la de toda mi familia. Ya no hay cenas organizadas en casa, y durante algunos años tampoco ninguno se animó a armar ese arbolito que tanta alegría nos había causado en algún momento y que ahora solo traía una melancolía enorme. Un vacío incapaz de llenarse. Tampoco hay fuegos artificiales. Eso me parte el alma. Cuando sonaban las doce, y después de esos brindis de rigor, con mi hermana salíamos al patio, o a la vereda, o al balcón o donde fuera (no importaba en lo absoluto) a ver las lluvias de colores que coloreaban ese cielo que ahora, en Navidad, siempre veo gris y aburrido.