En el cuartito de arriba habían quedado, de la familia anterior que vivía acá, unos estantes con la pintura saltada, un hueco en una de las maderas, etcétera. Dijimos que no íbamos a tirarlos (a mi me cuesta mucho tirar cosas que pueden o ser arregladas o ser reutilizadas de otro modo). Un tiempo después, cuando yo ya me había mudado, decidimos que podían ser los estantes que nos faltaban en la cocina, que es chiquita, y para mi gusto está mal pensada: a quién se le ocurre que el único enchufe (aparte del de la heladera) esté encima de la pileta (esto significa, por ejemplo, que cada mañana hay que sacar la cafetera de la alacena, enchufarla, usarla, desenchufarla y guardarla, es muy engorroso). Decía, la cocina es chiquita, las alacenas son pocas, etcétera. Pintamos de rojo (pintó Juan) los estantes y un fin de semana los colgamos. Habíamos decidido ponerlos bien arriba para no tener que agujerear los cerámicos (siempre pienso que si uno quiere agujerear cerámicos va a romperlos) y por suerte esa semana estaba de visita una amiga de Juan que nos salvó de la peor decisión que habíamos tomado: ¿Cómo los van a poner tan arriba si ustedes son petisos? No van a llegar a agarrar nada. Por supuesto que tenía tanta razón que todavía nos reímos cada vez que nos imaginamos los estantes arriba y nosotros trepándonos a varias sillas para agarrar un paquete de arroz.
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sábado, 26 de mayo de 2012
sábado, 19 de mayo de 2012
Los vecinos y los nervios de mis convivientes
Acá al lado los vecinos son músicos.
En este momento uno de ellos está cantando en un idioma inclasificable: puede ser africano, esperanto o inventanto. Hace un rato cantaba una de Bob Marley y el hijo, un chiquito que sólo está los fines de semana, le hacía los coros. Fue desgarrador.
Dos veces por día practican percusión y dos veces por semana tocan saxo.
A veces los escucho charlar cuando estoy en mi terraza y ellos en la suya: la otra vez hablaban de hacer la revolución. Sí, la revolución.
Hasta hace un tiempo no tenían gas y todos los días prendían la parrila.
Todavía no les funciona el timbre, así que cuando Herminda, la administradora, tiene que decirles algo, les patea la puerta hasta que le abren y si no le abren me toca el timbre a mi y me pregunta si sé si los vecinos están o no. Las primeras veces le dije que no sabía y después le dije que no estaban. Pero las últimas veces, cuando escuché que empezaba a patearles la puerta, apagué las luces y corrí en silencio a la planta de arriba hasta que sentí que se había vuelto, derrotada, a su departamento.
Tenemos varios vecinos amantes de la música.
Además de los percusionistas está el que canta Cacho Castaña los domingos por la mañana. Sospechamos que es un violento, aunque tiene un gatito precioso que se trepa por un cerramiento y llega hasta nuestro cuarto. Cuando pasa eso la gatita de Juan se pone muy nerviosa y le grita y se trepa y quiere pelearlo. Se pone muy nerviosa, pobrecita. También ha sucedido que el otro gatito sale por la ventana de nuestro cuarto y después no puede volver. Llora un rato hasta que el violento lo alza y él se mete de nuevo a nuestra casa. Se mete y se va corriendo y se esconde. Se pone muy nervioso, pobrecito.
Hay una vecina sorda. Le habla a los gritos al marido y le canta al perro canciones infantiles. El otro día se quejó porque dice que los porteros nuevos lo suenan lo suficientemente fuerte. Nadie la acompañó en el sentimiento.
La docente que recibe todos los domingos el diario Página 12 toca el piano. Practica largas horas algunas pocas veces durante la semana. Creemos que tiene un bebé pero nunca lo escuchamos así que no sé de dónde sacamos que tiene un bebé.
En el fondo hay una señora rubia teñida, de pelo largo, que vive con un hijo mayorcito y divorciado. El hijo tiene una hija preadolescente que hace algunos meses festejó su cumpleaños en la terraza. Y fue un festejo a todo trapo: había luces de colores y un dj. Se pasaron varias cumbias y un centenar de veces sonó Ai se eu te pego. Los preadolescentes gritaban muchísimo. Juan se puso muy nervioso, pobrecito.
viernes, 18 de mayo de 2012
Composición. Tema: La adaptación a la convivencia
Juan no dobla las toallas de la manera que a mi me gusta que se doblen las toallas.
Y ese es todo el cliché que voy a permitirme.
Al menos por el momento.
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