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domingo, 6 de junio de 2010

9 de julio, día de la independencia

La noche anterior, la madrugada del 9 de julio de 2009, había soñado que nuestra casa tenía una puerta secreta detrás del placard. Una puerta que llevaba al resto de una casa, antigua, con cinco habitaciones, varios baños, y una sala de estar inundada con una luz anaranjada, con ventanales que no podían abrirse, con vidrios esmerilados. El piso era de madera, una madera clara y venida a menos. En el sueño yo caminaba e iba descubriendo esa casa que estaba escondida detrás de nuestra casa. Había tesoros familiares, muebles antiguos llenos de papeles viejos. Los restos de una familia que casi no conocí: los restos de la infancia de papá y sus hermanos, la vida oculta de mis abuelos.

Le conté mi sueño en piyama. Eran las seis de la tarde y, por ser feriado me permitía estar en piyama, tomando mate en la cama, con su computadora en mi falda. Le contaba el sueño y no recuerdo qué decía él, ni siquiera recuerdo si decía algo. "Mañana viene el flete", dijo, cortando el relato de mi sueño: nunca llegué a decirle que después de recorrer toda la casa, llegaba a un jardín de invierno donde estaban velando a mi abuela. "Mañana viene el flete, asi que tengo que empezar a embalar mis cosas". Me levanté de la cama y fui al baño. Me senté en el borde de la bañera y pensé cómo iba a seguir ahora, sola, por primera vez en mucho tiempo. Sola, lejos de mi familia. Sola, lejos de mis amigos. Sola, en una casa que era nuestra. Sola.

Cuando volví a la habitación me abrazó. Y quise pensar que con ese abrazo nos estábamos, al mismo tiempo: agradeciendo, perdonando, pidiendo perdón. "¿Querés que te ayude?". En piyama, con un saco de lana encima, empezamos. Los libros, los discos, los cuadros, la ropa, la computadora, las películas. "Esto te lo dejo", decía de vez en cuando señalando algún libro que me interesaba, algún adorno compartido, alguna película que siempre me había recomendado y yo nunca había visto. Organizada, virginiana, metódica y práctica, en menos de dos horas habíamos guardado mas de la mitad de sus cosas: las cosas, cuando son de a dos, siempre se hacen mejor. Funcionan. Nosotros, a veces, o al menos esa vez, y para eso, seguíamos funcionando. No me cansé: me di cuenta lo que estaba pasando. No me senté en el sillón: me dejé caer. No lloré por lo que estaba pasando: lloré por lo que habíamos pasado. Lloré miedo, angustia, terror por lo que vendría. ¿Qué iba a hacer, ahí, en esa casa, con esas paredes naranjas que habíamos pintado entre los dos?

El 9 de julio de 2007 yo vestía jogging, rodete, remera vieja. Casi llegada la noche, sonaba un teléfono. Un "ring" antiguo, de teléfono con disco, ese "ring" inolvidable. Del otro lado del teléfono alguien, una voz que me tranquilizaba y enamoraba cada vez mas, decía: "Chuchú, ¿estás en el departamento? Salí al patio, fijate lo que pasa afuera". Hice caso. Salí al patio. Nevaba. Por primera vez no sé en cuántos años, nevaba en Buenos Aires. Me quedé parada, apoyada en el marco de la puerta, mirando nevar. En la mano, tenía un rodillo con pintura naranja, que goteaba el piso de la cocina. Pasé mas de media hora, mirando la nieve, el intento de nieve, unas pelusitas blancas que caían y convetían esa en una tarde memorable: una de las mejores tardes de mi vida. Cuando me cansé de mirar, o cuando me agarró tanto frío que ya no podía seguir mirando, le di la última mano de naranja a las paredes de nuestro futro living. El 10 de julio de 2007, a las once de la mañana, el flete llegó a su casa, cargamos todo, y nos instalamos en nuestra casa.

El 10 de julio de 2009 me levanté, como todos los días, preparé el desayuno y se lo llevé a la cama. Era la última vez que ibamos a amanecer juntos. Era la última vez que iba a escuchar "Chuchú, ¿hacés café?". Me despedí con un beso. Esquivé las cajas que habíamos dispuesto en el living. Salí del departamento, caminé por el pasillo hacia la salida, y cuando estaba por abrir la puerta, volví. Entré en la habitación, él estaba leyendo, lo miré, en silencio, me acosté a su lado y le dije "abrazame". Él me abrazó. Nos quedamos en silencio, abrazados, ahora sí, despidiéndonos. Diciéndonos, con ese silencio, todo lo que no habíamos dicho en cuatro años.

A las cinco de la tarde volví al departamento. Había estado todo el día preparándome para ese momento, para entrar y encontrar vacío, silencio, para hablar sola y escuchar como respuesta mi propio eco. Entré, tranquila, prendí la luz y respiré el polvo que había quedado en el ambiente, el polvo de sus cosas: su presencia todavía se respiraba. Esa fue la primera noche que dormí sola sabiendo que estaba sola. Que por primera vez en la vida estaba sola. Sola, en una casa que había sido nuestra y ahora era mia. Sola, lejos de mi familia. Sola, lejos de mis amigos. Sola, sin el señor que vivía conmigo. Sola.

jueves, 8 de abril de 2010

Enemiga

Ella, mi archi enemiga. Archi enemiga fabricada por mi. Porque él la miraba demasiado. Porque en una fiesta estaba mas con ella que conmigo. Porque se notaba en sus ojos que la quería desnudar. Mis celos. Inventados o no, existían. Y esos celos la convirtieron en mi archi enemiga. Hoy me saludó. Mi archi enemiga. Pasó por mi oficina, entró, y me saludó. Y lejos de verla como archi enemiga, lejos de sentir celos y querer arrancarle las chuzas, sonreí. Le pregunté cómo estás, en qué andás, estás trabajando. Y le dije estás mas flaca, te queda lindo, estás linda. Está igual, en realidad. No está mas flaca, ni está mas linda. Está como siempre, linda y flaca como siempre. La diferencia es que ya no es mi enemiga, ya no siento celos de ella, ya no estoy enamorada de él.

viernes, 12 de febrero de 2010

Triste y raro. Mezclado con un flashback. Es todo un quilombo

Fue raro. Y triste. Llamarlo y decirle "feliz cumpleaños corazón" aunque ya no sea mi corazón. Fue triste no poder abrazarlo ni llevarle el desayuno a la cama. Ni organizar el festejo ni cocinar para veinte personas. Fue raro. Decirle "ya tenés 35, sos todo un señor". Triste. Y angustiante. Después de tantos años, no poder darle un beso en su día. Y acordarme, mientras hablaba, de otras cosas, lejanas.

-Dale, tenés que festejar. No se cumplen años todos los días. No me jodas. Si a vos te encanta ser el centro de atención. Vos dejá, yo me encargo de organizar y comprar todo, vos solamente invitá a la gente. Yo acomodo, ordeno, limpio. ¿Y si hago pizza casera? ¿Preferís asado? Pero si hacemos asado vas a tener que trabajar. No tenés que hacer nada en tu día, tenés que disfrutar. Ok. Ya sé. Sanguchitos. Compro endibias. Hago algunos dips. Tengo chutney de ciruelas. Tomatitos asados. ¿Te gusta la idea? ¿Ponemos velitas? ¿Decoramos un poquito? Vos poné música. La música que mas te guste. Compremos el gusto de helado que siempre querés. Te escribí una carta. Pedí tres deseos. Regalame uno de tus deseos. Dame un beso. ¿Te gusta tu cumpleaños? ¿Viste qué rico todo? ¿Estás contento?.

-Gracias bombona, te amo.

Tuve que cortar.
Tenía un nudo espantoso en la garganta.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Reencuentro

M1: Dale, sé buenito: pedí arroz yamaní y papas "guarangas". Pero que escuche bien clarito el "guarangas". Quiero ver si se ríe o no. Y para mi limonada sin jengibre.

***

M1: Estás tranquilo. Me gusta cuando estás tranquilo. Hablás pausado y no te atolondrás. Es como si hubieras aprendido a caminar, sin tropezarte.
M2: ¿Estás intentando incursionar en las metáforas?
M1: Sí, de manera precaria.

***

M1: No. Justamente eso es lo que odio de vos: que me conozcas tanto. Que sepas mis puntos débiles.
M2: Eso no es necesariamente malo.
M1: Es cierto. Al mismo tiempo podría ser lo que amo de vos: que me conozcas tanto. Que sepas mis puntos débiles.
M2: El amor y el odio son lo mismo.
M1: Un lector del blog me dijo que lo opuesto al amor no es el odio, sino la indiferencia.
M2: ¿Por eso dejaste de darme bola?
M1: No sé. Pero sí sé, que si te ponés a pensar, lo que amás de alguien es lo que odiás. O lo que terminás odiando.
M2: Ejemplifique, por favor.
M1: Yo odio que me conozcas tanto porque te sabés de memoria mis puntos débiles y siempre terminás acertando y me manejás. Pero amo que sepas mis puntos débiles, porque sos el único que sabe consolarme. Amo que me hayas hecho conocer el tostado de queso y tomate con pan árabe. Pero odio acordarme de vos cada vez que me preparo uno. Amo cuando me decís "puta" porque siempre suena dulce. Odio que me digas "puta", a secas. Odio cuando eructás porque es muy ordinario y sabés que no me gusta. Amo que lo hagas a propósito. Odio cuando me hablás en francés porque no te entiendo. Amo que se te mezcle el francés con el cordobés porque es de lo mas gracioso que voy a escuchar en mi vida. Odio que seas dulce conmigo: que me digas preciosa, bonita, hermosa. Amo que seas dulce conmigo: nadie lo es. Amo haberme enamorado tanto de vos. Y odio eso. Te odio por eso: porque hay días que siento que después de vos, nada. El desamor. Me volviste cínica. Eso es amor y odio total, al mismo tiempo. Me gusta ser cínica. Odio no creer en nadie. Amo conocerte tanto. Odio conocerte tanto como para saber cuándo me estás mintiendo. Con vos, el "mentime que me gusta" no funciona mas. Odio profundamente los domingos sin vos. Odio extrañarte cuando estoy por dormirme. Amo poder dormirme y no escuchar cómo roncás. Odio cuando me decís "te quiero". Amo saber que es cierto. Amo todo lo que vivimos y odio todo lo que vivimos. Odio que me hayas hecho conocer el amor. Ese amor que no te deja respirar, que te llena la panza de mariposas. Amo haberte amado tanto. Odio haberte amado tanto. Eso: te voy a amar siempre, y siempre te voy a odiar. Es medio pelotudo, ¿no?

miércoles, 23 de diciembre de 2009

martes, 22 de diciembre de 2009

Mudanza

Soy una ex novia cool. Cuando me dejan lloro y pataleo con mis amigas o conmigo, pero nunca con él. Soy de las que los ayudan a pesar de tener todavía el corazón roto en mil pedazos. Soy la que escucha, aconseja y perdona. Yo entiendo: el amor es así, en un momento puede terminarse, y no hay nada peor que forzarse en seguir estando con alguien a quien uno no ama. Cuando mi ex se mudó dejó mas de la mitad de los muebles, ropa y porquerías acá. No tuve problemas: por un lado yo no tenía casi nada mio, por otro él no tenía lugar donde guardar sus cosas. Me acostumbré a caminar entre las ruinas de lo que alguna vez había sido nuestro hogar. Me acostumbré a sus sillas, a su mesa y a su sillón. Me apropié de la silla de la compu y aprendí a querer esa azucarera que nunca había sido del todo mia.

Hoy mi ex vino a buscar sus cosas. Llamé al flete yo, y el vino con un amigo a cargar todo lo que había quedado acá. A medida que se vaciaba el departamento, yo sentía cómo, finalmente, se acababa todo. Cómo, después de casi seis meses separados, finalmente nos estábamos separando. Seguí cool. Hace algunos meses habíamos guardado con una amiga todo lo que de él había acá. Muchas cajas, todas prolijamente etiquetadas (en esos días, de hecho, un amigo me preguntó por qué tanto amor ordenando las cosas de ese que me había dejado, y yo no supe qué responderle). Casi como su hubiera presentido que el fin estaba cerca. El departamento se iba vaciando, y yo sentía que entre nosotros cada vez había menos. No estaba triste, estaba tranquila. Le recordaba qué mas le faltaba, qué me tenía que dejar. Estaba parada en la puerta, como el día que nos vinimos acá, y miraba cómo sacaban todas esas cosas que alguna vez habían pertenecido a nuestra casa. Me acordé del día de la mudanza: nunca fui tan feliz como ese día.

"Creo que ya está todo" dijo el amigo de mi ex, que me saludó con un beso y salió. Cuando miré a mi ex se me llenaron los ojos de lágrimas. Todo lo ex novia cool que puedo ser se fue al carajo, desapareció. Lo miré y me pregunté por qué: por qué no habíamos funcionado, por qué me había cagado tanto, por qué éramos tan distinos, por qué por qué por qué. Lo abracé, lloré en su hombro, le mojé la remera blanca, le di un beso y le dije que lo quería mucho. Él respondió que también. Miento: él respondió que me quería mas. Y agregó: "¿Justo ahora tenías que ponerte tan linda?". Volví a abrazarlo y volví a llorarle en el cuello. "No estés triste", me dijo. Y yo asentí con la cabeza, porque no podía decir ni media palabra. Lo acompañé a la puerta y lo vi alejarse por el pasillo, con ese andar tan particular y lleno de cancherismo que lo caracteriza. Cuando llegó a la puerta de salida, me miró, levantó la mano, se puso los anteojos, y salió.

Entré a mi departamento ahora desierto. Lloré. Lo recorrí. Lloré. Pensé que estaba igual que los días previos a la mudanza. Lloré. Pensé en cámara rápida en todo lo que nos había pasado en estos cuatro años y medio. Lloré. Fui al cuartito a buscar la reposera, porque considerando que ahora no tengo ni mesa ni sillas ni sillón, era lo único que me quedaba para tirarme a mirar tele. Lloré. La acomodé en medio del living. Lloré. La abrí. Lloré. Cuando me senté, la reposera se vino abajo. Y yo me reí.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Fakebook

El día que abrís tu fakebook y encontrás un mensaje que le escribió tu ex a su nueva ¿novia?, y no llorás, entendés que lo estás superando. Si además decís "qué grasa hijo de puta, cómo le vas a poner eso" y te reís, se cae de maduro: las charlas amables, han llegado a su fin.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Molestia

Que a pesar de todo, sigas siendo el único con capacidad para consolarme, me da por el quinto forro del orto.

martes, 27 de octubre de 2009

Diseñadora de Imagen y Sonido

Cuando entré a dar mi último final, estaba sola.

Había esperado algunas horas que se me hicieron eternas y que pasé a fuerza de cigarrillos e incontables cafés. No lo recuerdo, pero seguramente había pasado la noche despierta, tratando de aprender artículos de la ley de cine, plan de fomento, créditos, subsidios etcétera etcétera etcétera. Había algunas caras conocidas. Pero eran sólo eso. Ni amigos ni conocidos. Solo caras conocidas. Caras con las que tal vez había compartido desde el CBC pero nunca (i mean: nunca) habíamos cruzado palabra. Alguna de esas caras conocidas se acercó y me habló. Yo no soy buena para socializar, menos si estoy dormida, menos si estoy nerviosa. Le dije "con esta me recibo". "¿Y por qué estás sola acá?". Yo contesté algo como que no me gustaba que vinieran a hacerme el aguante, a sostenerme la vela, porque me ponía aun mas nerviosa. Bullshit. Estaba sola ahí porque ni mi madre, ni mi hermano, ni mi en ese entonces novio con el que luego conviví se habían dignado a querer acompañarme a rendir el último final. Estoy segura. Pero segura segurísima, que si mi hermana hubiera estado viva me hubiera acompañado. Era de hacer esas cosas.

Difusión y comercialización. El nombre es soporífero, y la materia también. Cuando me llamaron, suspiré, conté hasta tres, y entré. Caminé despacio, las piernas me pesaban y el corazón me latía a una velocidad inusual. Las manos me temblaban, sentía que me estaba poniendo colorada. Pensaba en una sola cosa y la repetía internamente sin parar: cuando salga de acá voy a estar recibida, cuando salga de acá voy a estar recibida, cuando salga de acá voy a estar recibida. Me senté en la mesa alta, mirando al río. Ciudad Universitaria tiene toda la onda. Empecé a hablar. Les entregué el proyecto. Me preguntaron, cómo olvidarlo, sobre el subsidio de recuperación industrial. Expliqué. Hablé de entradas, media de continuidad, temporadas alta y baja, porcentajes de asientos ocupados etcétera etcétera. Me preguntaron otra cosa, y otra, otra, otra. Subsidios. Créditos. Ibermedia. "No, de Ibermedia no me preguntes que no sé una goma" pensé, pero sin embargo de mi boca salió una explicación que los dejó con la boca abierta. Es raro. A vces me sucede que estoy convencida de no haber entendido algo y cuando intento explicar lo que no había entendido resulta ser que mi cerebro lo había comprendido.

Yo conocía al titular de cátedra. Habíamos trabajado juntos casi dos años atrás. Y a pesar de que su oficina estaba en el segundo piso y la mia en el primero (creo que a eso le llaman jerarquía) él se acordaba de mi. No por mi simpatía, tampoco por mis tetas. Se acordaba de mi porque desayunábamos todos los días juntos, en el parque inmenso que había en la productora, tipo nueve de la mañana (en esa época madrugar me resultaba facilísimo), con otra de las chicas, los tres, solos, hablando pavadas, era verano, aunque a esa hora todavía no hacía calor, cada uno fumaba el primer cigarrillo del día y luego a trabajar. Por eso se acordaba. Porque habíamos compartido la comodidad de las mañanas de verano hasta que llegaba el señor que oficiaba como dueño, un señor macanudo, gordo y grandote, que había fundado un diario, que había sido accionista de un canal de televisión, que había sido criado por una de mis tías. Las vueltas de la vida.

Hablé. Mucho. Profundicé. Demasiado. Todo muy lindo, pero por dentro yo moría de nervios, aunque parece ser que soy una gran disimuladora. Yo nací para actriz, pero la timidez no me permitió seguir con esa carrera (el otro día anoté, de hecho, en mi cuaderno: "de no haber sido tímida me hubiera encantado ser actriz"). Y me dijo "Bueno, listo". Yo sonreí, porque no sabía qué nota me tocaba, pero sabía que ya estaba recibida. Le di mi libreta, y le dije "con esta me recibo". Él sonrió, se llevó la libreta, buscó en las actas, yo miré el río, pasé la mano por la mesa, estaba toda marcada por una trincheta, me hamaqué un poco en el banco alto en el que estaba sentada, volvió, me dio la libreta, tenía un diez escrito con letra enrulada, cuando la agarré dijo con voz alta y decidida "un aplauso, que esta chica acaba de recibirse". Y los ayudantes, el JTP, el adjunto, los alumnos que estaban rindiendo en otras mesas, todos aplaudieron, algunos se acercaron a saludarme, albricias, congratulaciones, felicitaciones, y yo sonreí.

Cuando salí de dar ese último final, seguía sola.

jueves, 22 de octubre de 2009

Sobre el amor propio, el desamor, el enojo y el extrañarte, a veces

Why do you want me to be what I could never be? 
Why do you want me to act like I was another man?
You always say I'm crazy, then why do you stay with me?
Oh, tell me why...

Mister Unhappy
Mister Always Angry
Mister Always Sad
Mister Dissatisfied
Tell me what to do
So I could be with you
Tell me how to be
So you could love me...

I tried to behave for you
Just so you would not argue
I changed my personality
So you treat me with decency
My feisty temper doesn't agree
With your perfect idea of me
You even made a proposition
That I should be on medication
Remind me what you love about me, mister

Mister Unhappy
Mister Always Grumpy
Mister always cool
Mister often cruel
You're the one saying "I need some serious, serious fixing"
But who the hell are you to tell me what to do?

Now it's over and I feel like a newborn child
I see hope and beauty in the little patches of grass
You almost made me be like one of your sad fantasies
You almost made me feel like I wasn't with you...
No more wasting my life with you, Mister

Mister Superficial
Mister "I am so special"
Mister "Something's wrong"
Let me sing you a song
Mister Unhappy and Angry
Mister Sad and Dissatisfied
Mister controlling and mind fucking
Grumpy and Complexity
Mister cool, mister often cruel
You're so unhappy and lonely
Always saying "something is wrong with me"
Well, something is wrong with you, man
Because ever since it's over between you and I
I feel so... amazing!
Mister Unhappy...

Why didn't you let me be?

Mr Unhappy
Julie Delpy

viernes, 16 de octubre de 2009

El discreto encanto de discutirle

Él me dice "la vida es una lucha" y yo pongo cara de que no estar comprendiendo del todo lo que me está diciendo, porque realmente, no estoy comprendiendo del todo lo que me está diciendo. Se despacha con un sermón sobre lo difícil que es la vida, las veces que uno se siente complicado, ahogado, aburrido. Y yo como un pedazo de pizza y le digo que no me parece que la vida tenga que ser necesariamente una lucha. Alzo el vaso de cerveza como si fuera una borracha empedernida y digo que habría que brindar por la vida. O sea: vida complicada, chupámela. Y le digo, esto de jodida nomás, que su pensamiento es demasiado cristiano para mi gusto, como si vivir realmente fuera cargar una cruz durante una equis cantidad de años. Entonces el me retruca, porque cuando nos ponemos serios, mas ahora que estamos separados, competimos en todo, y yo sé que le afecta muchísimo que yo haya relacionado el cristianismo con algo que dijo él. En fin, me retruca. Y por supuesto que para retrucarme nombra a Jung, porque él es como un fan de Jung, anque creo que leyó un libro y buscó algunos datos biográficos por Wikipedia. Me cita a Jung y yo le digo que no me importa, que realmente Jung no me importa. Que si lo que tiene Jung para decirme es que la vida hay que lucharla y parirla, no, gracias, para eso ya tengo mi propia mierda. Y se pone colorado de la bronca, porque en general yo siempre acaté y admiré todo lo que tenía para decirme, y ahora la tortilla se dio vuelta, y qué querés que te diga, si querés pensar que tu vida es una lucha bien por ti, si eso te hace feliz, pues ve y lucha por tu vida. Yo no. No puedo pensar que siempre va a ser una lucha. Sí hay batallas, que hay que pelearlas y no siempre uno termina ganando, pero al menos uno lo intentó. Sentarse a comer un pedazo de pizza, tomar un vaso de cerveza, citar a Jung y decir que la vida es una lucha es demasiado Carlín. Me levanto y le digo "ok, me aburrí de hablar de esto". Y me voy al baño, me siento en el borde de la bañadera y pienso lo bien que hice en separarme.

jueves, 1 de octubre de 2009

Señales II

También sucede que frente a diferentes señales que se presentan, te hacés la que no las ves y le das para adelante. Por ejemplo: te ponés de novia, con alguien macanudo, divino, un bombón. Y todos te dicen "guarda con ese pibe", "me dijeron que es pirata mal", "tiene muchos problemitas". Ignorás esas señales, seguís adelante, pensás que va a cambiar por vos, te hacés la que no ves nada, no creés nada de lo que te dicen. Y después llorás.

Señales

A veces, cuando estoy a punto de colapsar, me desespero. Dejo de lado mi racionalidad y actúo impulsivamente. Son momentos fugaces, que no duran mas de un par de horas. Porque en general, cuando estoy a punto de colapsar, espero señales. Por ejemplo, la última vez que descubrí que el señor que vivía conmigo me estaba cagando por, a ver... digamos enésima vez, me reí. Y esa fue mi señal. Ya no me importaba que me estuviera mintiendo en la cara, me causaba gracia. Ese domingo llegó a casa y le pregunté qué había hecho durante el día. Me dijo, mirándome a los ojos (porque los mentirosos saben mentir mirando a los ojos) que había estado en lo de no sé quién mirando unas películas. Ese no sé quién había llamado un rato antes, preguntando por él. Y yo me reí. En su cara me reí, y a carcajadas. No le dije nada, lejos habían quedado todas esas noches que yo sufría en silencio y todos esos reproches de madrugada. Esta vez, frente a esa mentira, yo me había reído. Y eso era una señal. La señal que demostraba, de buenas a primeras, que este muchacho me había hinchado las bolas. Muy poquito tiempo después nos separamos.