La noche anterior, la madrugada del 9 de julio de 2009, había soñado que nuestra casa tenía una puerta secreta detrás del placard. Una puerta que llevaba al resto de una casa, antigua, con cinco habitaciones, varios baños, y una sala de estar inundada con una luz anaranjada, con ventanales que no podían abrirse, con vidrios esmerilados. El piso era de madera, una madera clara y venida a menos. En el sueño yo caminaba e iba descubriendo esa casa que estaba escondida detrás de nuestra casa. Había tesoros familiares, muebles antiguos llenos de papeles viejos. Los restos de una familia que casi no conocí: los restos de la infancia de papá y sus hermanos, la vida oculta de mis abuelos.
Le conté mi sueño en piyama. Eran las seis de la tarde y, por ser feriado me permitía estar en piyama, tomando mate en la cama, con su computadora en mi falda. Le contaba el sueño y no recuerdo qué decía él, ni siquiera recuerdo si decía algo. "Mañana viene el flete", dijo, cortando el relato de mi sueño: nunca llegué a decirle que después de recorrer toda la casa, llegaba a un jardín de invierno donde estaban velando a mi abuela. "Mañana viene el flete, asi que tengo que empezar a embalar mis cosas". Me levanté de la cama y fui al baño. Me senté en el borde de la bañera y pensé cómo iba a seguir ahora, sola, por primera vez en mucho tiempo. Sola, lejos de mi familia. Sola, lejos de mis amigos. Sola, en una casa que era nuestra. Sola.
Cuando volví a la habitación me abrazó. Y quise pensar que con ese abrazo nos estábamos, al mismo tiempo: agradeciendo, perdonando, pidiendo perdón. "¿Querés que te ayude?". En piyama, con un saco de lana encima, empezamos. Los libros, los discos, los cuadros, la ropa, la computadora, las películas. "Esto te lo dejo", decía de vez en cuando señalando algún libro que me interesaba, algún adorno compartido, alguna película que siempre me había recomendado y yo nunca había visto. Organizada, virginiana, metódica y práctica, en menos de dos horas habíamos guardado mas de la mitad de sus cosas: las cosas, cuando son de a dos, siempre se hacen mejor. Funcionan. Nosotros, a veces, o al menos esa vez, y para eso, seguíamos funcionando. No me cansé: me di cuenta lo que estaba pasando. No me senté en el sillón: me dejé caer. No lloré por lo que estaba pasando: lloré por lo que habíamos pasado. Lloré miedo, angustia, terror por lo que vendría. ¿Qué iba a hacer, ahí, en esa casa, con esas paredes naranjas que habíamos pintado entre los dos?
El 9 de julio de 2007 yo vestía jogging, rodete, remera vieja. Casi llegada la noche, sonaba un teléfono. Un "ring" antiguo, de teléfono con disco, ese "ring" inolvidable. Del otro lado del teléfono alguien, una voz que me tranquilizaba y enamoraba cada vez mas, decía: "Chuchú, ¿estás en el departamento? Salí al patio, fijate lo que pasa afuera". Hice caso. Salí al patio. Nevaba. Por primera vez no sé en cuántos años, nevaba en Buenos Aires. Me quedé parada, apoyada en el marco de la puerta, mirando nevar. En la mano, tenía un rodillo con pintura naranja, que goteaba el piso de la cocina. Pasé mas de media hora, mirando la nieve, el intento de nieve, unas pelusitas blancas que caían y convetían esa en una tarde memorable: una de las mejores tardes de mi vida. Cuando me cansé de mirar, o cuando me agarró tanto frío que ya no podía seguir mirando, le di la última mano de naranja a las paredes de nuestro futro living. El 10 de julio de 2007, a las once de la mañana, el flete llegó a su casa, cargamos todo, y nos instalamos en nuestra casa.
El 10 de julio de 2009 me levanté, como todos los días, preparé el desayuno y se lo llevé a la cama. Era la última vez que ibamos a amanecer juntos. Era la última vez que iba a escuchar "Chuchú, ¿hacés café?". Me despedí con un beso. Esquivé las cajas que habíamos dispuesto en el living. Salí del departamento, caminé por el pasillo hacia la salida, y cuando estaba por abrir la puerta, volví. Entré en la habitación, él estaba leyendo, lo miré, en silencio, me acosté a su lado y le dije "abrazame". Él me abrazó. Nos quedamos en silencio, abrazados, ahora sí, despidiéndonos. Diciéndonos, con ese silencio, todo lo que no habíamos dicho en cuatro años.
A las cinco de la tarde volví al departamento. Había estado todo el día preparándome para ese momento, para entrar y encontrar vacío, silencio, para hablar sola y escuchar como respuesta mi propio eco. Entré, tranquila, prendí la luz y respiré el polvo que había quedado en el ambiente, el polvo de sus cosas: su presencia todavía se respiraba. Esa fue la primera noche que dormí sola sabiendo que estaba sola. Que por primera vez en la vida estaba sola. Sola, en una casa que había sido nuestra y ahora era mia. Sola, lejos de mi familia. Sola, lejos de mis amigos. Sola, sin el señor que vivía conmigo. Sola.