jueves, 19 de junio de 2014

En Bucarest conocí la tumba de Ceausescu

Todavía no entiendo el papel que juega hoy entre los rumanos la figura de Ceausescu y voy hasta su tumba para encontrar alguna respuesta.

En el colectivo siento que empezamos a salir de la ciudad cuando los edificios se van espaciando y la luz es cada vez más clara. Todavía hay mugre pero es la mugre del despojo, la que está saliendo de cualquier ciudad. Veo a una vieja con un ramo de flores y le digo a Juan que seguramente ella va al cementerio: como no sabemos dónde bajarnos vamos a seguirla aunque finalmente no es necesario, el cementerio es tan grande como el de Chacarita (esto no es un dato empírico, solamente una sensación) así que lo vemos fácilmente. Queda al oeste de Bucarest y es lo único que vamos a conocer de esa zona.




Hay un regadero de cruces blancas. Casi no veo mausoleos. Todo es modesto y desprolijo. Hay plantas y flores en su punto máximo de floración pero ninguna tumba parece el arreglo floral de una mesa de fiesta de quince. Camino entre las tumbas extasiada sacando fotos y buscando epitafios aunque no los encuentro. Solamente los nombres y las fechas, a veces tantos nombres en una misma cruz que me pregunto cómo es que están todos enterrados juntos y por qué. Lo que estoy buscando es la tumba de Nicolae y Elena. Están acá desde que los fusilaron en la navidad de 1989, poniendo punto final a un período socialista de más de veinte años. Hace algunos días vi un video con algunos fragmentos del último discurso que dio Ceausescu el día que lo derrocaron, cuando lo enjuiciaron, cuando lo estaban llevando junto a su mujer para fusilarlos y cuando los fusilaron. No sé qué respuesta espero encontrar en esa tumba pero me intriga saber cómo está. ¿Abandonada? ¿Con flores? ¿Cuidada o descuidada? ¿Profanada?

Camino leyendo los nombres y muchos se me confunden y varias veces pienso que la encontré pero no. Me cruzo con dos pibes cavando un pozo. Están transpirados, hoy la temperatura es de más de treinta grados, y en cada gota de sudor hay tierra. Me miran mientras paso y yo les devuelvo una mirada tímida, no sé si sonreirles o salir corriendo. Hay un nenito en cueros entre las tumbas.

Uno de los cuidadores viene hablando por teléfono. Es un rumano morocho y enorme que solamente dice “Ceasescu” y hace una seña. Lo sigo. Que hable por teléfono elimina cualquier silencio incómodo. Después de caminar un largo minuto señala con la cabeza y la veo. Es un rectángulo de mármol rojo, a los costados tiene dos floreros con banderas rumanas y flores recién puestas, está impecable, no tiene cruz.



“No tiene cruz” le digo a Juan sorprendida, pensando que ahí está la respuesta a mi pregunta inicial: en un país con tantos creyentes y en un cementerio plagado de grandes cruces, la de Nicolae y Elena no tiene cruz. Unos minutos más tarde descubriré una pequeña crucecita en la parte trasera y retrocederé en el camino de entender qué es hoy Ceasescu para los rumanos. Miro un rato la tumba. No sé qué miro tanto pero la miro. Leo los nombres y las fechas una y otra vez tratando de encontrar alguna cosa nueva pero no: la tumba es prolija (mucho más de las que están alrededor), está cuidada, impecable, inmaculada.
 
***

Atravesamos la ciudad de oeste a este para ir al Carol Park. El recorrido sigue teniendo paisajes inhóspitos: corralones, terrenos abandonados, edificios hechos escombros, mansiones, monoblocks.

El mayor atractivo del parque es un mausoleo donde hasta 1991 estaban los líderes del movimiento comunista que fueron trasladados a otros cementerios y se reemplazaron por los restos de los soldados caídos en la primera guerra mundial. Alrededor hay un lago donde la gente se baña, árboles, juegos de plaza, chicos en bicicleta.



Mientras estábamos tirados en el pasto leyendo llegaron dos pibes con sus perros con correas. Me impresionó que uno de los perros tironeaba de su dueño, un chabón enorme que tenía que hacer mucho esfuerzo para no soltar al animal. El perro tironeaba para el lado del lago donde estaban los patos y Juan me dijo “Se quiere comer uno”.

Cuando llegaron a la orilla el pibe soltó al perro y el perro salió corriendo y no lo vimos más. Después de unos segundos escuchamos gritos. Una señora melodrámatica le decía cosas al dueño del perro, que volvía con el perro atado hacia donde estábamos nosotros, y se adivinaba por el tono de la mujer que ella lo estaba persiguiendo y que a él no le importaba. Ese desinterés del pibe hizo que los gritos mermaran y cuando se callaron del todo el pibe se arrodilló al lado de su perro, y mientras le mordía la oreja y el perro lloraba, le decía algo entre dientes y cuando terminaba una oración le daba una piña en la cabeza y el animal seguía llorando. Juan miraba fijamente y yo de reojo porque me parecía que si el pibe nos veía tan atentos podía venir a mordernos a nosotros. Después de algunas piñas más y llantos del perro, se fueron. Nosotros también.

***

Terminamos la tarde en Gradina Verona, un bar que queda en el otro extremo (de la ciudad y de la mentalidad) del parque. Atrás de una librería, cerca del Ateneo Rumano, está el barcito con telas blancas en los techos, enredaderas, jazmines del aire y mucha gente cool. Fue la primera vez que vi hipsters y cancheros en cantidad en esta ciudad. Tomamos lo que suele servirse en ese tipo de lugares y a esa clase de público que demasiado fácilmente comparamos con palermitanos: limonadas con mango y con jengibre. Leímos un rato ahí, tranquilos, mientras caía la noche.


El tenis de Bucarest

Es sábado y Simona Halep juega contra Sharapova.
El partido se ve en cada bar de Bucarest sea cual sea su estilo.
La gente lo mira expectante.
Fuman, toman cerveza, están en grupos.
Gritan de alegría cuando algo sale bien.
Se hunden en profundos silencios cuando se está por definir un punto, un set, el partido.

Camino a través de esos bares envidiando una vez más la pasión que tiene la gente por el deporte. Busco un bar que me recomendaron. Está cerrado (y para siempre). Sigo y salgo un poco del centro. Me encuentro con un edificio circular con un nombre que me hace un poco de gracia: Tehnoimport. A unas cuadras del edificio, entre gitanos que se gritan y rumanos coquetos que están por entrar a un casamiento en alguna iglesia ortodoxa, una feria. Es un edificio antiquísimo, las arañas están reformadas y ahora tienen tubos fluorescentes y venden desde dulces hasta cuadros pintados ahí mismo, por unas grises estudiantes de arte que se sienten bohemias y se mueven como tales. Hay cositas viejas y comerciantes que parecieran no estar interesados en vender, están sentados en el fondo de su puesto, se miran las uñas sucias, charlan entre ellos, se ríen, entrecierran los ojos. Pero nunca preguntan si uno necesita algo. Está bueno.





Termino fumando narghile –nunca lo había hecho- en una galería techada en la que se ofrece eso y algunas tortas y nada más. Me siento y dejo que pase el tiempo mientras tomo una coca y siento cómo se mezcla con el sabor del coco (que más que coco es un simpático gusto que no puede identificarse con “algo” en particular).




Vuelvo caminando a casa metiéndome en todas las cuadras que puedo. Encuentro bares escondidos, rumanos durmiendo en la calle, la casa de Mircea Elliade, un concierto de ese jazz edulcorado que hace versiones de temas populares, canto y bailo “Será porque te amo”, perros callejeros que lejos de reforzar la teoría de los locos y asesinos perros rumanos son simplemente unos bichos lastimosos y mayormente enfermos, que se paran al lado de uno para recibir un cariño aunque con la piel casi podrida son muy pocos los que se atreven. También me cruzo con otro recital que está terminando. Canta una chica y lo que hace me recuerda al final de Only lovers left alive de Jarmusch y me emociono un poco: Bucarest se me hace cuesta arriba pero tiene estos momentos.

Me cruzo con la plaza de la revolución y su “papa”, un obelisco que tiene clavado en la punta un algo que se parece a una papa y de ahí el sobrenombre. Ahí Ceasescu dio su último discurso minutos antes de ser derrocado cerca de la navidad de 1989. Me cruzo también con la estatua de un emperador con un lobo con una quinta pata o una segunda cola y pienso que los rumanos están de la cabeza y me caen bárbaro. Me cruzo, por último, con un monolito de Bucarest Km 0 y con un memorial a un cantante que más tarde buscaré en Internet y veré que cantaba espantoso: Cristian Paturca.





Llegando a casa pasamos por un bar. Los rumanos están en silencio. Tragan grandes bocanadas de humo y toman largos tragos de cerveza. Simona Halep perdió.