jueves, 12 de junio de 2014

Llegar a Bucarest

Bucarest es como la resaca de un viejo al que durante la borrachera golpearon duramente: se ve fea pero es débil. Oscura e inofensiva, enquilombada y serena a la vez.
Llegamos a las dos de la tarde después de dieciséis horas de viaje y el primer panorama fueron vendedores ambulantes, gente con bolsones, putas tristes ofreciéndose en una vereda cualquiera. La ciudad, por lo que veo desde el auto del dueño del departamento que fue a buscarnos a la estación, es caótica, populosa y sucia. Me gusta pero no la entiendo y no voy a entenderla nunca.

Hay iglesias. Muchas. Y adentro de las iglesias hay gente. Demasiada.
Las iglesias, ortodoxas, son pequeños reductos sin bancos ni estatuas (sólo pinturas). Entramos a varias en los dos primeros días que estamos en la ciudad y con eso es suficiente: si entráramos a todas perderíamos demasiado tiempo. Están en todas partes: en el centro rodeadas de falsos bares irlandeses o bares con música electrónica o night clubs; en los barrios rodeadas de edificios (los edificios forman una U y en el medio está la iglesia); cerca de monumentos históricos y en medio de los parques. La gente es creyente. Pasa por la puerta de la iglesia y se persigna con dedicación. Los que entran, además de la persignación, hacen algunas reverencias y besan la pintura de un santo. Los que no entran están a los costados prendiendo velas en unos hornos. Cuando no hay iglesias ortodoxas hay negocios que venden trajes para obispos, copones y libros religiosos. Para entrar a la iglesia las mujeres se cubren y todos se quedan de pie o de rodillas participando de los rituales.
Presenciamos algo (una celebración, misa, ritual, recordatorio, no sé) después de varias cervezas en Caru Cu Bere, una cervecería de finales del S XIX donde las mozas visten típicos trajes rumanos y los mozos pantalón de vestir y tiradores y que queda a media cuadra de la iglesia Stravopoleos. Llegamos por el ruido de las campanadas y nos quedamos por el poder hipnótico del lugar: una perfecta coreografía entre varios obispos que recitan y cantan en latín alternado con unas monjas completamente cubiertas cantando algo monótono que por momentos me gustaría entender. Parece una puesta en escena: el obispo sale, se queda parado de espaldas a los fieles y recita. Vuelve a salir de escena por una puerta que podría ser la puerta al detrás del escenario y ahí cantan las monjas. Vuelve el obispo, prende una vela, recita otra cosa y sale y así, y es casi imposible moverse de ahí. Las voces profundas de los hombres retumban en todas las paredes del lugar y los cantos de las monjas son como mantras. Nos vamos para no quedarnos para siempre.
La ciudad no está preparada para turistas: no hay manera de conseguir un mapa, los carteles están en rumano y nadie habla inglés y eso es lo más encantador que tiene Bucarest: los turistas no les interesamos. Todo está sucio, hay olor a pis, las fachadas se caen a pedazos y a nadie le importa. Bucarest es pura contradicción: algunos murciélagos sobrevuelan los viejos y oscuros edificios cuando todavía es de día, las mansiones destruidas están convertidas en bares, hasta los edificios más nuevos tienen una improvisada maraña de cables que les da electricidad. Caminar por Bucarest significa perderse, las calles no tienen forma de cuadrícula y siempre se divisa algo a lo lejos que llama la atención y a lo que hay que llegar. Es interminable y laberíntica. Viva y muerta al mismo tiempo.
Los rumanos gritan. Están en la calle y se hablan a los gritos, son pasionales, lloran y se reclaman cosas frente a cualquiera, piden plata con bebé colgado en brazos pero no la piden ni con vergüenza ni con desparpajo: lo hacen con desinterés, tanto que, si uno no los mira, ni se ofenden ellos ni uno siente culpa. Los pobres y locos, que son muchos y están por todos lados, son inofensivos pero parecen de temer, y ahí otra contradicción de Bucarest: si uno quiere puede o tener miedo o sentirse completamente seguro. En todas las cuadras hay un par ranchando. Los chiquitos siempre están medio en bolas jugando con alguna cañería rota y las madres siempre tienen bolsas con contenidos indefinidos como tienen las señoras de conurbano como mi mamá o mi abuela. Los locos hablan solos y se ríen o están cerca de la universidad vistiendo un traje antiguo y mirando al piso o están bailando en un concierto callejero o queriendo vender unas marionetas en la esquina de una panadería. Están en un balcón con un gatito mirando qué pasa en la vereda cuando todo el cielo se tapa por unas nubes pesadas y se larga una tormenta con rayos que parecen caer acá a la vuelta. Están.
El día de la tormenta habíamos salido a caminar con un sol que rajaba la tierra. Era nuestro primer día en Bucarest y no sabíamos para dónde disparar porque todo nos parecía inmenso, las posibilidades infinitas, no había tiempo que perder. Fuimos al parque que queda cerca de nuestro departamento, el Parcul Cișmigiu, un lugar repleto de niños con padres y de preadolescentes medio de levante. En el lago, unas chicas muy maquilladas gritaban porque el chico con el que estaban en el botecito se movía para un lado y para otro haciendo como que las iba a tirar. Desde el puente algunos mirábamos el espectáculo como viejos voyeurs, las chicas se dieron cuenta, les gustó y lo reforzaron. Gritaron más, se rieron, se salpicaron, revolearon uno de los remos y cayeron torpemente al agua.
Unos días más tarde iremos de nuevo al parque, ésta vez de noche. Habrá algunos guardias dando vueltas con linternas y controlando que nada se salga de la norma, algunas parejas chapando en el corredor de enredaderas, algunos grupos de amigos sentados en alguno de los innumerables bancos de madera, otros paseando a sus perros, y del lago saldrá una sinfonía de ruiditos animales que nunca sabré si son los sapos, los patos o alguna criatura de tres ojos y tentáculos.
Esperamos que pase la tormenta que se desató cuando mirábamos al gordo y su gatito debajo del techo de una parada de colectivo. Con nosotros espera una gitana jovencita con un bebé en brazos que nos mira con unos ojos celestes que atraviesan todo. Otra gitana la viene a buscar y desaparecen corriendo por alguna diagonal. Volvemos corriendo y mojándonos y saltando los charcos que se forman en las veredas que están todas rotas. Sabemos que estamos cerca pero no sabemos dónde estamos y cuando llegamos a casa nos encerramos sintiendo algo parecido a entrar a una zona de confort: un edificio rodeado de markets non stop atendidos por turcos, kioscos y tacheros.

Intermedio. El tren Budapest - Bucarest

Estoy en un tren eterno que va de Budapest a Bucarest.
 
Los boletos salieron carísimos pero arriba del tren no hay ningún servicio salvo un enchufe que se activa y se desactiva vaya a saber uno de acuerdo a qué.
 
Las butacas no se reclinan.

Las luces no se apagan.
 
Pero no me molesta: estoy tan cansada que en una hora voy a caer rendida y voy a tratar de acomodarme de alguna manera. Al menos pude sacarme las botas.
 
Estoy rodeada de rumanos.
Son ruidosos y beben mucho.
Beben de una petaca, de una botella de plástico con un contenido marrón, de una lata de cerveza.
Se pasean de uno a otro asiento con la bebida que tengan en la mano y algunos vasitos y ofrecen a los otros rumanos un vasito y la bebida. Brindan. Fondo blanco.
 
Hay un viejito de noventa años al que el pantalón marrón le queda grande y la camisa amarilla también. Camina de su asiento a todos los demás, está medio borracho y se ríe de todo. Mira y se ríe: de sus amigos, de los que lo entienden y le contestan pero también de nosotros, los blanquitos inexpertos que sólo trajeron algo de pan y queso para un viaje de dieciséis horas.
 
En diagonal a mi hay un señor con una cara muy colorada que no para de transpirar. Ni él ni su cara. Usa un mismo papel higiénico desde que nos subimos para secarse el sudor, para dejar de chorrear.
 
Hay otros viejos, uno con una camisa con motivos falsos Versace, short de fútbol, medias de vestir y mocasines. Otro pelado, con bigote canoso. Otro que renguea. También están sus mujeres, unas señoras que no hacen mucho más que reírse de lo que dicen sus hombres mientras los miran beber y les ofrecen alguna otra cosa para comer.
 
El viejito del pantalón marrón le muestra a otros su documento. Enfoco con fuerza –cada vez me cuesta más ver de lejos- y descubro que en la foto está vestido de uniforme. Se lo digo a Juan y me dice: “Este tipo vio todo. Desde que terminó el imperio hasta que derrocaron a Cecescu”. El viejito vuelve a su asiento y empieza a comer: con una mano agarra un pedazo de cerdo y con la otra un cuchillo, corta y come del cuchillo, se chupa los dedos y termina pasándose las manos por el pantalón.