lunes, 9 de junio de 2014

Budapest. Páprika

En Budapest decidimos no gastar en comida.

Nos la pasamos a papas fritas, sanguchitos en la plaza, pizza en la calle (una porción enorme y baratísima que nos salvó más de una vez y que es la pizza más rica que comí en mucho tiempo), falafel, döner, queso. Lo de siempre.

Pero reservamos para ir a comer la última noche en un lugar que nos recomendó el dueño del alojamiento porque nos dijo que si queríamos comida tradicional, Páprika era nuestro lugar.

Más tarde nos dimos cuenta que el mail que nos confirmó la reserva lleva el apellido del buzón de correo de nuestro departamento y dudamos que no sea el mismo Peter el que esté detrás de las hornallas de Páprika.

Comimos sopa de goulash, goulash con lomo y lomo de cerdo a la gitana con papas. La sopa y los dos platos eran enormes y riquísimos. Comidas de invierno nada pesadas y a la vez súper sabrosas. La sopa tenía la cantidad justa de grasa y mi lomo de cerdo tenía un poco de gustito a ajo y a ahumado que se te hacía agua la boca con cada bocado.

Esta última noche volvimos del restorán (que queda cerca del Parque de la Ciudad) caminando, pensando en el viaje que estamos haciendo, en todo lo que ya hicimos y lo que nos queda por delante, en lo mucho que nos gustó Budapest y en cuándo podremos volver.

¿Podremos volver?

Budapest. La capi

Como en cualquier otra ciudad, hay una parte que es “la ciudad” y otra que no. En “la ciudad” hay atracciones turísticas, lugares para comer y comprar souvenires.

Perdí la cuenta de la cantidad de veces que pasé por el centro de Budapest. Para ir a uno u otro lado hay que pasar por calles llenas de restoranes que le pagan a uno para que se pare en la puerta con el menú y ofrezca comer ahí dentro. En general contratan a los menos carismáticos, los que se esfuerzan en caer simpáticos y ser vendedores pero generan más tristeza que empatía. De estos hay varios en la calle Vici, que desde el puente Erzsébet híd hasta el Chain Bridge es un paseo comercial con ofertas de todo y para todos: ropa, perfumerías, calzado, bares de hielo, maquillaje y las marcas que a las argentinas nos desespera encontrar: H & M, Zara, Mango, C & A.

Alrededor del Chain Bridge está toda la movida de Budapest. Hay una placita que se llena de gente todos los días a cualquier hora, cada uno en un pedacito de verde tomando y comiendo con amigos. Hay una vuelta al mundo muy parecida a la de Londres. Lugares para comer baratos: pizza en porciones inmensas, döner, falafel, panchitos, helados.

En el centro también están algunos edificios históricos, la catedral San Esteban, la sinagoga más grande de Europa y la Opera. A la Opera fue al único lugar que entramos (aunque ahora me arrepiento un poco de no haber ido a la visita al Parlamento). La Opera se construyó a principios del S XX cuando todavía existía el imperio austro-húngaro y por eso la mayor financiación fue de parte del emperador, Francisco José.

El edificio por dentro es imponente, mucho dorado, terciopelo y madera traída de no sé dónde para que no tenga nudos y sea más agradable a la vista. Mármol de varias partes del mundo, pinturas representado el nacimiento de Baco, la vida de Baco, la glorificación de Baco.

Anécdotas con la emperatriz Sissi, la más tierna es la siguiente: Francisco José aceptó financiar la ópera con una sola condición: que sea más chica que la ópera de Viena. Cuenta la leyenda que cuando fue por primera vez a una función en el palco real se enojó un poco: era cierto que era más chica que la de Viena pero era mucho más linda. Y no volvió.

Como Sissi sólo podía ir al palco real si estaba Francisco José, la pobre ya no pudo volver. Pero como le gustaba mucho ir a la ópera eligió un palco lateral desde el cual el escenario casi no se veía pero todos los que asistían a la función podían verla a ella, que era lo que más interesaba.

La visita a la Opera me genera algunas contradicciones: por un lado es excelente y por otro es una chantada. Te muestran las butacas, algunos de los palcos, el bar, la terraza y un salón pero no es posible pasar ni al escenario ni a todo lo que hay debajo del escenario (escenografía, vestuario, salas de ensayo) que en un punto podría ser lo más interesante.

Del Old Town uno no puede escaparse salvo que esté parando en la otra punta de la ciudad y se maneje sólo alrededor de eso. Siempre que camines terminás yendo al Chain Bridge o a la vuelta al mundo. Siempre que necesites comer barato y rápido vas a terminar yendo ahí. No la pasás mal porque Budapest está lleno de gente contenta que parece estar medio al pedo, siempre tomando una birra y charlando con amigos.

Budapest. Memento Park

Subte. Otro subte. Colectivo.
La distancia más larga que hicimos desde que llegamos a la ciudad.
 
 
 
Cuarenta y cinco minutos para llegar a Memento Park, algo que no resultó como esperábamos pero que igual nos dejó maravillados.
 
La expectativa: un parque enorme en el que están dispersas las estatuas del comunismo en Hungría.
La realidad: un museo al aire libre que se ve por completo dando una vuelta sobre uno mismo. Las estatuas, espectaculares.
 
Me recibe una estatua de Lenin y una cubista de Marx y Engels y una réplica de la plaza donde se hicieron las revueltas en Hungría con una réplica, también, de las botas de la estatua de Stalin que quedaron en el lugar después de que el pueblo tirara la estatua.
 

 
 
Adentro: todos los monumentos del comunismo que Hungría muy hábilmente decidió no destruir (como sí lo hizo por ejemplo Praga con la estatua de Stalin que reemplazó con el metrónomo gigante) y trasladó a un parque alejado para que el lugar se convirtiera en fuente de memoria para las generaciones por venir.
 
 

 
Hay estatuas de todo tipo pero la mayoría tiene la fuerza épica del comunismo: mártires, luchadores, trabajadores, héroes. Todos los personajes miran al cielo y los que saludan al público lo hacen como un dios o como un padre en el que se puede confiar ciegamente. Los que no miran al cielo miran al frente. Nadie, ni siquiera la imponente estatua del mártir cayendo, tiene la mirada hacia abajo. La dignidad es lo último que se pierde.
 
 


 
Todos los cuerpos de todas las estatuas son musculosos a excepción de las mujeres. Todos los cuerpos tienen una fuerza sobrenatural que los impulsa hacia delante y de la que no pueden –ni quieren- escaparse. Sus cuerpos se ofrecen para nosotros. 
 


 

Budapest. Schénézy Fürdo

Nos queda tiempo y entusiasmo por la cuestión termal de la ciudad así que aunque ya no deberíamos seguir gastando, terminamos pagando casi veinte dólares para entrar a los baños termales del Parque de la Ciudad.
 
El Szchénézy Fürdo se fundaron en 1913 y desde entonces se llena de húngaros y turistas ávidos de convertirse en amebas que rotan de una pileta de una temperatura a otra pileta de otra temperatura al sauna o al sol.
 
Hay tres piletas afuera, una de natación (a la que no puede ingresarse sin gorra, así que no entré), una de 33 grados con un remolino en el medio muy divertido (te dejás llevar) y unos asientos en los que te sentás y salen burbujas que te recorren desde la cola hasta la superficie del agua; y una última de 36 grados y chorros masajeadores donde uno va a sentir ese calor y aflojar el cuerpo.
 
Adentro perdí la cuenta pero hay más de diez piscinas medicinales de diferentes temperaturas además de varios saunas, piletas con corrientes para hacer ejercicio y reposeras y asientos donde sentarse a descansar de tanto descanso. Me meto en todas las piletas salvo en las más frías. Me meto en todos los saunas aunque en el de 80 a 100 grados no aguanto más de treinta segundos.
 
A diferencia de Rudas Baths, estos baños están cubiertos con azulejos y por eso los españoles con los que compartimos departamento nos habían dicho “parece un hospital”. Yo no lo vi nada parecido a un hospital salvo por lo de los azulejos y por una clase de rehabilitación en el agua que estaba dando una chica sin nada de ganas a unos tipos que no podían coordinar dos pasos debajo del agua.
 
Hay familias enteras rotando entre piletas, hay un viejo que rezonga interiormente porque quiere relajarse y unos nenes no paran de gritar y salpicarse entre ellos. Hay un gordo grandísimo con una sunga muy chiquita y dos piercing argollas en los pezones que está solo en una pileta de treinta grados mirando todo de reojo y que cuando viene la pileta donde estamos nosotros lo demás lo miramos sin disimulo y yo estoy convencida de que al gordo le gusta mucho ser mirado.
 
En todos los saunas hay un experto: corre el cubículo con carbón más o menos para su lado, sabe en qué posición ponerse, sabe cuánto tiempo aguanta y siempre que sale del calor extremo se mete en el agua helada sin dudarlo.
 
La tarde se pasa entre saunas y piletas y entre saber si acá ya nos metimos o todavía no entonces por las dudas entremos. El lugar es muy luminoso y aunque a los españoles les haya parecido un hospital, a mi me da la sensación de estar en un lugar seguro donde no puede pasarme nada.
 
Cuando estamos por salir encontramos la pileta de 40 grados, a la que no habíamos entrado. Tenemos los dedos arrugados de tanta agua caliente, la piel nos pica un poco, pero no podemos dejarla pasar. Así que entramos, el cuerpo está tan caliente por dentro que el impacto casi no se siente. Al lado hay otra pileta, de 20 grados, Juan me dice que debería salir de la caliente y meterme en la fría. Le digo que no me animo pero después de treinta segundos le digo “¿Lo hago?” y él me mira y no me dice nada pero sé que está pensando que no lo voy a hacer y yo salgo del agua caliente y camino al agua fría pensando lo mismo, que no lo voy a hacer. Meto un pie y siento una fuerza que me empuja desde el interior, tal vez sea el calor al que sometí a mi cuerpo toda la tarde y que me pide por favor que pare o tal vez es el orgullo que me pide que una vez gane un desafío. Bajo los escalones sin pensarlo y me zambullo por completo en el agua helada. Salgo dando una bocanada de aire, un poco mareada por el frío y con el cuerpo anestesiado.

Budapest. Distrito II y III

En el noroeste de la ciudad están los Distritos II y III. Vamos sin saber con qué nos iremos a encontrar, solamente porque tenemos tiempo y algo de energía después de haber pasado la tarde echados como lagartos en La isla Margarita.




Son dos distritos que quedan en altura y primero pensamos que son el conurbano (monoblocks, un sillón en la puerta de un edificio, avenidas anchas con locales que podrían ser una fábrica de pulóveres o un taller mecánico, chicos con tiradores andando en bicicleta).



La calle peatonal del Distrito III Queda mejor con el nombre me parece) es diferente a cualquier cosa que haya visto en la ciudad: construcciones muy prolijas y bien mantenidas, galerías con barcitos con terrazas, heladerías, gente tomando café, un panorama que podría ser Bariloche o la costa atlántica. Y más allá de la peatonal las ruinas de un anfiteatro donde nos sentamos a tomar una cerveza como todos los que estaban ahí. El sol del último atardecer y la alegría de haber llegado a un lugar tan inesperado. Después una zona de tremendas casas y después un barrio que todavía no entiendo: sólo se accede a través de escaleras que atraviesan un pequeño bosque y en algunos descansos de la escalera están las entradas a las casas que están ocultas entre arbustos y árboles.


Budapest. Isla Margarita

La Isla Margarita es una isla de dos kilómetros de extensión que sale del medio del puente del mismo nombre y llega hasta el siguiente puente, el Árpád Híd. Llegar no es nada complicado y estar ahí mucho menos.

Nos recibe una fuente de aguas danzantes y decenas de personas alrededor, mirando cómo las aguas suben y bajan, se menean y giran en círculos y dan golpecitos, escupen más agua o se quedan quietas. Pronto descubrimos que el patrón que siguen es siempre el mismo aunque la música vaya cambiando pero aun así yo no puedo moverme de mi lugar. Además de las aguas que bailan, la atención se la lleva un borracho que está casi metido en la fuente y mueve las manos como si fuera un director de orquesta y el agua sus músicos. Está muy concentrado en la tarea y muy entretenido, ojalá nadie lo eche.



Caminamos, huelo las rosas del rosedal, comemos en el pasto, descalzos. Acariciamos unos perros. Pasa el tiempo como pasa el tiempo de la inactividad, cuando uno hace cosas porque no tiene nada que hacer.




Vamos decididos a Palatinum, unas piletas en el medio de la isla. Están cerradas lo agradezco (para mis adentros) porque hoy estoy bien así, quieta y callada, tirada en el pasto, mirando cómo se mueven las hojas de los árboles y como corren los perros.

Budapest. Dos mercados

El primer mercado al que fuimos, Ecseri, es un mercado clásico de antigüedades, quedaba en la otra punta de la ciudad. El colectivo nos dejó en el medio de la ruta y de ahí caminamos, por suerte no demasiado.

Adentro del mercado lo que hay en cualquier mercado de antigüedades: postales, apliques de luz, ropa, adornos, muebles. No compramos nada. Un poco porque estamos viajando con mochilas y la idea es seguir viajando livianos y otro poco porque no hay nada genial y todo se repite demasiado: demasiadas postales malas, demasiados cuadros malos, demasiados vestidos malos. Hay un símil amish que vende cosas de cuero tan feas como caras, una gitana que vende baratijas, una japonesa que te persigue con la calculadora para que le anotes lo que querés pagar por lo que sea que quieras comprar y un italiano que tiene el mejor puesto de todos: cámaras de fotos de todas las épocas, todas en perfecto funcionamiento. Hermosas.

Hice lo que hago en cualquier feria: amenazo con comprar un vestido, un sombrero, unos anteojos, un adornito, unos vasitos y termino sin comprar nada.


El segundo mercado, Central Market, está en el medio de la ciudad y es el otro tipo de mercado que conocemos: comida. Puestos de frutas y verduras, carnicerías, pollerias, pescaderías y carnes de caza. Conservas de pickles (You can pickle that!: frascos con zanahorias sonrientes), cereales, golosinas, bebidas. Un sector de puestos de comida, hamburguesas gigantes, algo llamado LEGNÁ que es una especie de tortilla con cosas arriba (las que vimos preparar tenían queso crema, queso feta, lechuga, cebolla, tomate, pepino, morrón, jamón y longaniza), una guisos del mes pasado, algo parecido a sánguches de milanesa y, como siempre, cerveza para todos.

En el medio del mercado un puesto croata que promocionaba el turismo del país con unos libritos y una banda de croatas tocando un tema típico que me dieron ganas de estar en la playa y tener mucha plata.