sábado, 7 de junio de 2014

Budapest. El parque de la ciudad

Caminamos por el Parque de la Ciudad pensando a qué parque mandaríamos a un turista en Buenos Aires. Nuestro Parque de la Ciudad es el más interesante pero queda un poco lejos, yo creo que no voy desde que tengo tres años y ni siquiera sabría qué colectivo hay que tomar. Está mal, ya lo sé. Además tengo la idea de que está medio bardeado y creo que ni lo recomendaría. ¿Los bosques de Palermo, tal vez?
El parque de la ciudad de Budapest está un poco más alejado del centro pero el concepto de “alejado” en algunas ciudades de Europa es bastante vago: 15 minutos de subte (la línea M1, que resultó ser la más linda, parecida a la ex línea A, de hecho es la primera línea de subte que se construyó en el continente). Si uno se baja en la estación Széchenyi fürdo sale directamente al medio del parque y de ahí se puede elegir para dónde recorrerlo: zoológico, botánico, juegos para chicos, mesas de ping pong o verde, verde, verde.
La primera gran sorpresa fue un torneo de ping pong de algo que yo bauticé “Ping Pong por la inclusión”, porque en todos los equipos había al menos un discapacitado, un ciruja o un adicto en recuperación. Los concursantes se movían como si jugaran perfectamente. Algunos gritaban un poco, unos viejos apenas festejaban con una mueca incomprensible en sus caras. Mi preferido: un señor de chaleco rojo chrochet y bermudas que casi no podía caminar pero le pegaba bastante bien. Mi segundo preferido: un chico vestido con ropas deportivas, incluso con una musculosa ceñida al cuerpo que le marcaba unos músculos que gritaban “Anabólicos” por donde se los mirara.
En el parque hay una réplica de un castillo de Transilvana. Lo rodeamos caminando, alrededor tiene un lago artificial bastante lastimoso, bajito y con mucho musgo y con patos porque siempre que haya un lago habrá patos. En la orilla del lago unos muelles con asientos de madera llenos de húngaros leyendo y tomando sol porque siempre que haya sol habrá un europeo asolándose.

Elegimos un lugar para comer unos saguchitos y nos sentamos y empezaron a llegar varios húngaros con sus perros sueltos. Comentábamos qué lindo este qué lindo aquel, qué lindo el árbol, el pasto, todo cuando un perro cachorro atacó a un cuervo. El cuervo quedó herido al lado de un árbol.
Se empezaron a sentir graznidos, primero uno y después varios encimados y tres o cuatro cuervos empezaron a bajar a la altura del perrito queriendo picotearlo. La dueña les hacía chuf chuf con la mano e intentaba agarrar al animal para salir corriendo pero el animal estaba entre asustado y avergonzado de que unos pajarracos le arruinaran el paseo de la siesta así que un poco los enfrentaba. Pero los cuervos eran más y más molestos y tenían la ventaja de poder salir volando así que terminaron ganando.
Miramos el espectáculo asombrados, ni sabíamos que los cuervos se metían con otros animales ni sabíamos que se metían con cualquier cosa del mundo. Un rato más tarde llegó un pibe con un perro enano que nos quiso robar un jamón y los graznidos empezaron de nuevo. Cada perro que aparecía era seguido y amenazado por unos cuervos. Los dueños de los perros se pusieron incómodos. El último pibe que llegó se puso unos guantes. Después se acercó al cuervo herido que todavía estaba al lado de un árbol pero el pájaro se movió medio convaleciente, y enseguida nuevos graznidos y nuevos cuervos. El pibe se acercó a nosotros y nos habló en húngaro y no le entendimos y no le importó. Creímos que nos estaba diciendo que nos corriéramos un poco porque era peligroso y nos corrimos.
Desde otro lado lo seguimos observando. Los cuervos aflojaron pero él- y los perros- siguen expectantes. Cada tanto les arrojaba a los cuervos la pelota de goma con la que se suponía iba jugar con su perro.
Encontramos los baños turcos Schénezy y nos preguntamos si llegaríamos a ir de nuevo a algún baño turco. Caminamos un poco más, es lunes y el zoológico está cerrado, el botánico está mal indicado y el circo completamente apagado. Terminamos de nuevo en las mesas de ping pong donde ahora se sumó un equipo jugando a las cartas. Me saco unas fotos contra unas columnas que todavía no sé qué son. Vamos hasta el monumento de los héroes y brindamos con gaseosa mientras miramos a un pibe que hace piruetas con una bicicleta pequeña y un alemanote enorme que está aprendiendo a andar en rollers.
Volvemos caminando los dos kilómetros que nos separan del centro por la avenida Andrassy, una avenida paqueta con boulevards, desde donde se ven unas mansiones impresionantes, la mayoría de ellas edificios estatales o embajadas.