miércoles, 4 de junio de 2014

Rudas Baths - Los baños turcos según Juan

Baños turcos experience
por Juan Maisonnave

En un momento ocurre esto –lo veo como la posible escena de una película en un lugar particularmente cinematográfico-: un delicado rayo de luz roja impacta de lleno en la cara de un húngaro cualquiera y él permite, cerrando los ojos ceremoniosamente, que ese resplandor cenital encienda sus rasgos en el medio de la piscina central, con aguas termales hasta la cintura y aspecto de haber sido tocado por el mismísimo Alá. Es una visión reconfortante, como si el líquido de más de 36° nos uniera en una sopa sagrada. El techo simula el domo de una mezquita y en él hay pequeñas estrellas hexagonales de distintos colores por las que atraviesa el sol; las vigas, las gruesas paredes, el artesonado de estos baños termales a orillas del Danubio son del siglo XVI, cuando los turcos pasaron una larga temporada ocupando Budapest: hoy, algunos descendientes de esos turcos se pasean de piscina en piscina con un cortísimo delantal tipo cocinero atado a la cintura que apenas cubre el desnudo frontal, incluso hay quienes cada tanto se lo quitan y lo retuercen, o quienes directamente no lo usan. Un argentino debería ir inmediatamente al tema de la desnudez (es día exclusivo para hombres), pero lo mejor es mencionarlo al pasar diciendo que percibí que en los húngaros, como sucede con buena parte de las economías latinoamericanas, no existe clase media: o están dotados de manera elefantiásica o andan por la vida con un esmirriado, paupérrimo ñoquicito. Así y todo saben llevarlo con dignidad, y sorprende que no sean pocos los que, de reojo, miran y comparan.

Uno puede ir de lo tibio a lo más caliente, intentar sumergirse en temperaturas extremas (un agua de 42°), usar como baño de inmersión cualquiera de las piscinas laterales con escalones de piedra, especies de jacuzzis gigantes que rodean a la principal, también con forma de hexágono y provista, al igual que las demás, de un surtidor por el que brota un chorro constante y bajo el cual uno puede sentarse a ser mojado en incómodos asientos de metal encastrados a la piedra. Me muevo con la discreción y el pudor del turista, voy ganando confianza, pruebo confundirme con los locales y los pocos extranjeros en el caldo que sea, me distraigo con las luces de colores flotando en el agua como un cubo Rubik (invento húngaro) desintegrado, líquido; me sobresalta un joven muy activo que se quita el delantal a cada rato, enrostrándonos su soberbia pertenencia a una virilidad de clase alta.




Mucho mármol, ladrillo y granito, el olor dulce de la madera caliente, efluvios de vestuario muy concurrido y, detrás, un dejo aromático indescriptible, perfumado: es como estar en una pileta climatizada de lujo, sin una gota de cloro ni ejercicio. Uno lee el diario (increíblemente seco) mientras camina en círculos, otro elonga, da unos saltos cortos y gira sobre sí; algunos, en decúbito dorsal sobre los escalones, ojos cerrados, éxtasis calmo, pareciera que rezaran; otro espía a ver qué hace el de al lado, más allá dos conversan o discuten, y uno puede imaginar fácilmente que acá se tomaron decisiones políticas importantes o se cerraron negocios de cualquier calibre bajo los efectos reparadores del sauna. En su mayoría son señores de edad avanzada, que peinan canas pero se mueven entre piletas con agilidad, ingresan a los extenuantes baños de vapor (no aguanté más que unos pocos minutos en uno, y segundos en el otro: la temperatura alcanza los 50°), o se echan una tinaja de agua fría en la cabeza: cada tanto resuena el eco de un splash rotundo, una manera de recomenzar la gira por las piscinas. Para los más osados, afuera, un extra: una hoya helada, como agua de deshielo.
En el extremo opuesto veo a un tipo de anteojos parecido a Murakami: pienso que no es tan inverosímil que el escritor haya elegido Budapest, y en especial los Baños Rudas, para estar de incógnito. Hay un tullido con un brazo de bebé que me detecta, le dice algo su amigo obeso y ríen sin maldad; hay varios húngaros de entre sesenta largos y setentas que se me confunden –bigotes tupidos, frente amplia, ojos claros-, porque están en rotación permanente de piscinas y se meten despacio al agua para mantenerse después por varios minutos en una especie de nirvana amniótico.
En un cruce a la duchas –“pasá vos, no vos”-, a las que iba a zamparme la tinaja para aguantar un poco más el calor, Murakami me permite pasar gentilmente y después me acaricia el brazo, una invitación a la que declino pero que hace sospechar: ¿será también lugar de levante? Es posible. Más tarde, un joven que nació en Jakarta pero pasó la mayor parte de su vida en Roma, me dice que es la segunda vez que viene a esta ciudad por los baños y la noche y que está acá desde las 10 de la mañana (me lo dice a las dos menos veinte de la tarde). Después, al saber que soy argentino, ensaya un mal español entre risas y me pregunta con quién vine.
En eso, ingresa al recinto un anciano –diría, venerable - con bastón, completamente desnudo, por debajo de la línea de la pobreza: de él ya no cuelga casi nada. Avanza con una dificultad pavorosa, pero nadie atina a ofrecerle ayuda, como si lo conocieran, como si fuera don Tito que viene todos los lunes al mediodía a curarse los huesos al vapor. Tras una caminata lastimosa a las duchas, reaparece y va a ser la única persona a la que veo zambullirse de cabeza, un estruendo que sacude a todos los hombres en su reposo de lagartos.
Pruebo una vez más el sauna: “señor cliente, usted entra aquí bajo su responsabilidad”, reza el cartel pegado a la puerta: primero se atraviesa una antesala y después, en las profundidades de un pasillo brumoso de azulejos, hay un sitio más amplio donde cuesta ver y el ambiente es un horno al que los hombres van a sentarse silenciosos en la gradas. Desisto de internarme allí y me quedo en el nivel de la antesala. Las maderas respiran un calor hirviente que me cocinan los muslos y los glúteos como una vaporera, siento las vías respiratorias limpiándose de todo, calcinándose el sarro de mis tubos, y descubro que estoy en compañía de un señor de abdomen combado y bigotes que se acomoda con desparpajo el bulto o se toca: sea lo que sea, lo hace sin sacarme la vista.
A esta altura, leve paranoia y presión por el piso. Murakami habla con alguien en la de refrescantes 28 grados, quizás tenga suerte. En la piscina principal, debajo de la cúpula estrellada en la que se entrecruzan débiles luces de colores, un viejo afásico flota boca arriba, y otro, más viejo aún, está apostado sobre el mármol de un surtidor, inmóvil y con cara sufriente, como componiendo una pietà imposible: da la impresión de ser un húngaro que conoce el secreto para tirar algunos añitos más pero no lo está disfrutando mucho. Con el bóxer infame y azul que me marca como turista poco avezado y principiante en estos ritos, encaro la salida.