martes, 3 de junio de 2014

Llegar a Budapest

Mi consejo más importante para cualquiera que viaje o para cualquiera que desee convertirse en alguien práctico y resolutivo: no desesperes.

El host de Aibnb no me contesta el mail que le mandé hace dos días, en el departamento me dicen “equivocado”, mi teléfono se me ríe en la cara cada vez que intento hacer una llamada telefónica. Entonces me desespero. Y desesperada no puedo ni sé cómo resolver, me vuelvo torpe. Entonces recalculo. Me siento en un bar con conexión a Internet, le escribo de nuevo al host por todos los medios posibles. Y espero. Me como un sanguchito y espero. Entonces todo se resuelve. El host aparece, me lleva al cuarto, abre un mapa, lo señala con lapicera, lo escribe, recomienda lugares, veta otros y después me lo regala. Me cae bien. Apareció casi tres horas más tarde pero me cae bien. Soy fácil cuando estoy de vacaciones.

nuestra casita

Budapest me encanta (encanta de la acepción gustar y de la acepción más mágica del término) desde que me bajo a la estación y la estación está sucia. Esta conclusión la saco después de varios días de caminar por la ciudad y tratar de entender por qué me gusta tanto si es una ciudad como cualquier otra o, más profundamente, por qué algo nos gusta y por qué algo no.

Desde ese primer subte que me tomé sentí que la ciudad me era familiar, había algo que me hacía entenderla y aceptarla así, inmensa, desprolija, con todo amontonado y al mismo tiempo con tanto espacio. ¿Es la gente? Cuando estábamos con las mochilas en la puerta del edificio se acercaron dos tipos a ofrecer ayuda. Eran simpáticos. Cuando estábamos esperando en el bar el mozo era adorable y el host también etcétera. Toda la gente me cae bien. ¿Es el clima? Recorrimos Praga con lluvia y frío y acá salimos por primera vez una noche casi primaveral con lo que eso significa en Europa: están todos en la calle tomando y pasándola bien. Nadie está de mal humor, nadie sufre una caminata, todos quieren estar ahí, afuera, donde pasan las cosas. ¿Es la apertura? Budapest es una ventana abriéndose después de una noche de encierro en una habitación calurosa. Tiene un río ancho, costaneras por las que pasan varias bicicletas y varias personas, puentes eternos y con eterna separación entre uno y otro, edificios de una manzana, plazas de cuatro. Budapest es una inmensidad. ¿Es la mugre? Por todos lados hay manchas oscuras en las veredas y en las bocacalles que podrían ser de anoche pero también de hace dos años. ¿Qué es? ¿Por qué Budapest me parece tan bella como caótica y siento que podría haber nacido acá o que podría quedarme para siempre?

Después de instalarnos caminamos por la ciudad. Si Praga me había parecido hermosa con esa iluminación nocturna, Budapest es una locura. Dimos una vuelta enorme que arrancó por el Chain Bridge, desde donde vimos el castillo y todo lo que hay del lado de Buda para después caminar por la costanera hasta el puente del Parlamento, todo el tiempo mirando los millones de lucecitas del edificio. Nos sacamos unas fotos con unas cervezas artesanales que hace un amigo, mientras lo hacíamos un chico se ofreció a ayudarnos pero le dije que no era necesario. No fue de mala sino que realmente lo tenía todo planificado. Y seguimos caminando más, acomodándonos las bufandas, cruzamos al otro lado del puente y caminamos más para ir volviendo. De repente en la orilla de la costanera veo unos zapatos. Abro los ojos, abro la mirada, y veo muchos más. Es muy difícil entender pero al mismo tiempo es bastante claro que es un memorial. O son los tipos de calzado o es la Segunda Guerra que todavía sobrevuela Europa. Encontramos una placa que lo explica: es un homenaje a los judíos que fueron acribillados a la orilla del río Danubio. Sigo caminando pero quedo un poco conmovida con esos zapatos que representan tanta ausencia. Al día siguiente le preguntaré a Juan qué le parece el tema de la memoria convertida en turismo. Hablaremos del tema atravesando todo un barrio de Budapest y nunca llegaremos a ninguna conclusión.