lunes, 2 de junio de 2014

De Praga a Budapest

Estamos viajando de Praga a Budapest en un tren que tarda siete horas. Nos subimos en una estación en la que casi no había gente. En el tren nos tocó compartir camarote con un finlandés muy simpático que me aconsejó que no visitara Helsinki, un veinteañero de Phoenix, Arizona, que habla mucho y con un acento sureño bastante dulce. Es su primer viaje por Europa, dice que en USA comen muy mal y, mientras limpia una manzana opaca que compró en la estación, nos cuenta que allá a la comida la enceran y siempre parece perfecta y brillante. También hay un rubio de piernas eternas que pidió permiso para sentarse con nosotros y cuando le dijimos que sí entró con dos bolsos gigantes y toda su inmensidad corporal. Fue difícil acomodarnos pero lo logramos. No sé de qué país será pero fue al único al que el inspector le pidió el pasaporte. Yo anoté en mi celular un mensaje para mostrárselo a Juan. Decía “El de al lado parece un ex convicto”. Un rato más tarde reformulo mi teoría: es un tipo rudo que se está queriendo matar con los cuatro turistas boludos que le tocamos alrededor y que no paramos de hablar tonterías de nuestros viajes, de los lugares que conocemos y de los que queremos conocer, de las cervezas que tomamos en Praga. Paso el viaje elaborando teorías sobre el rubio gigante y callado.

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Ahora el exconvicto se comió una manzana verde que tenía perfectamente cortada en gajos en un táper haciendo juego con la fruta y escucha unos temas pops en su laptop.

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Ahora come rabanitos.

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Ahora escucha pop electrónico.


Ahora estamos en Bratislava y se baja. Antes de bajar intenta una sonrisa.
Quedamos el yanqui, Juan y yo.
Nos acomodamos para dormir y a medida que pasan las horas estamos más depatarrados, ya sin zapatillas ni botas, tapados con las camperas.
El yanqui habla mucho pero me cae bien. Se duerme profundo y mientras todavía está abriendo los ojos pregunta si en Argentina hablamos español o portugués y dice "Necesito más cerveza" en un castellano muy forzado.

***
Llegamos.
El yanqui se baja rápido del camarote, agarra su mochila, nos saluda en inglés y en español, dice que ojalá nos crucemos y desaparece.

Praga 4/4 - The real Praga

Siempre que haya una recomendación pedorra la habré hecho yo y siempre que haya un hallazgo será culpa de Juan. Funciona así por más que intente dar vueltas y lo que pasó en el último día de Praga es una prueba muy clara: yo recomendé Petrin Tower y Juan recomendó el barrio de Zizkov y la TV Tower.

Con una convicción nunca antes vista volví a caer en la trampa turística y pagué para subir a la torre Petrin, una torre que los checos construyeron para tener su propia Torre Eiffel aunque no tienen nada que ver. Nos tomamos un funicular. Siempre me resulta divertido porque es como el comienzo de una montaña rusa que al final nunca explota pero esa sola sensación de ir subiendo en un carrito me parece fascinante. Cosa de pobres.

Pagamos para subir en el ascensor, así que íbamos con los viejos y los discapacitados, nadie de nuestra edad paga extra por esta boludez, ni siquiera yo hace dos días atrás.




Arriba de nuevo una panorámica y a lo lejos la TV Tower a la que íbamos a ir un rato después. De arriba, como siempre, se podía ver el castillo, Strahov, Charles Bridge, etcétera, etcétera. Los turistas se agolpaban para sacar fotos que después nadie disfruta porque nunca miles de casitas miniaturas y algunas cúpulas se ven tan bien en foto como en vivo. Yo también saqué: ese entusiasmo del turista es contagioso y nadie puede escapar de él.

Cuando bajamos acepté la derrota, no valía la pena gastar para subirse ahí y ver de nuevo lo mismo. Después de esa derrota volví a equivocarme, esta vez con la dirección en la que teníamos que caminar. Ahí Juan se puso de mal humor y empezó a caminar más rápido y casi sin mirarme ni hablarme pero bueno, en los viajes pasan cosas peores. Al rato se le pasó.

Viajamos en tram hasta Zizkov (el primer día habíamos sacado un pase ilimitado por tres días) y cuando vimos la torre nos quedamos con la boca abierta: era más extraña y fascinante que todo lo que habíamos visto hasta ahora, tanto que si hubiera sabido, venía antes y hoy repetía la visita, así de mucho me gustó.

Trepando a la torre hay unos bebés gigantes de David Černý, un artista checo de la generación de Damien Hirst que, como Damien, le gusta provocar, tanto que ganó popularidad en 1991 cuando pintó un tanque soviético de color rosa y como todavía se lo consideraba un monumento cultural, marchó preso una nadita y se hizo famoso, y ahora decora esta torre y otros puntos de la ciudad, por ejemplo una mini plazoleta en el que interrumpe la caminata la escultura espejada de una mujer embarazada, medio abierta de piernas, como si estuviera hecha de legos, un poco obscena.





Con respecto a los bebés de Černý manejo dos teorías:
-La Torre es la torre que atrae a los bebés índigo del mundo.
-La Torre es la torre de control de una sociedad alienígena y esos bebés gigantes están yendo a reportar que los seres humanos somos lo que sea que seamos.

La primera me enloquece.

Almorcé en una cervecería unas bombas de papa y unos aros de cebolla (parece que no pero después de varios días de salchicha esto fue un banquete). La cervecería se llama Pivnice U Sadu y vale la pena: el lugar es cómodo y divertido, tiene colgado del techo y de las paredes todo tipo de chucherías, sillas antiguas, una máquina de escribir, muñecas, herramientas, un mercado de Pulgas como los nuestros pero donde nada está a la venta. A la tarde Juan pegó un Levi´s usado a U$S 10 en un local de segunda mano donde la dueña escuchaba un punk latoso, era muy simpática y tenía una mesita con un juego de té con una nota que decía: “Teapot and teacups are nos for sale but have a cup of tea with me while shopping”.

Zizkov tiene edificios inmensos, uno al lado del otro, todos muy cuidaditos y con las fachadas de diferentes colores. Una calle es en subida absoluta, otra en bajada absoluta, en Praga no hay forma de zafar del ejercicio. Cada dos cuadras hay alguien hablando solo, explicándose cosas o preguntando a alguien invisible. El barrio es más desprolijo que todo lo que conocimos hasta ahora sobre Praga. Hay barcitos sucios y oscuros de donde sale mucho olor, a cigarrillo y a cualquier otra cosa.




Quisimos encontrar una estatua bastante famosa pero nos desviamos y terminamos en un parque que nada que ver, muy lindo, lleno de checos con perros porque al parecer todos los checos tienen perros.



Volvimos de Zizkov con una misión: Juan se tenía que cortar el pelo.
Sabíamos a qué peluquería había que ir pero no hubo forma: era viernes y estaban a full.
La chica que nos atendió nos recomendó otro lugar. 
Fuimos al otro lugar.
Estaban cerrando.

Nos despedimos de Praga tomando cerveza en U-Medviku Bar. Tienen una cerveza famosa así que se llena de gente, tanto que en la puerta hay un tipo diciendo que nadie puede entrar aunque si te quedás parado ahí te deja entrar. Rarísimo. El lugar es como uno de esos lugares porteños, un salón enorme lleno de gente y humo de cigarrillo, gritos y borrachos y alguien leyendo el diario.



Juan tiene que volver corriendo al bar, del que estamos a tres cuadras, porque se olvidó el jean. Yo lo espero en un chino mirando golosinas. Cuando salimos a tomar el tram el castillo está iluminado, todos los puentes también, Praga de noche es un espectáculo de lucecitas y alegría. Es viernes y la gente está arreglada para salir pero nosotros tenemos que volver a armar la mochila y salir a Budapest. Mientras esperamos el tram se escucha una explosión. Es un show de fuegos artificiales. Ahora sí, nos vamos de Praga.

Praga 3/4 - Sobre lo museístico

Nosotros no pagamos por nada salvo cuando pagamos por todo. En el viaje anterior casi no fuimos a museos, casi no pagamos por atracciones turísticas y acá llevamos tres días y ya somos un japonés más. En general no vale la pena y en general es lo que menos me interesa de las ciudades aunque cuando mi depiladora me preguntó si en Europa había ido “a los museos” le dije que sí. Porque yo también crecí con la convicción de que si ibas a Europa y no ibas al Louvre eras un boludo. Hoy lo dudo.

El Letná Park, un poco más allá de lo que ya habíamos visto, se pone mucho más interesante, en especial por el metrónomo gigante que reemplazó en 1962 a una estatua en homenaje a Stalin. Me pregunto cómo se les habrá ocurrido. Alrededor del metrónomo hay algo que debe haber sido unos jardines rodeando a la estatua de Stalin pero que ahora está abandonado, con pastos crecidos y árboles talados, columnas y pilares rotos, graffiteados, baldosas partidas. Alucinante.

Sí, lo de que venden falopa lo pensamos todos





Pagamos lo que hay que pagar porque yo estaba completamente encaprichada por conocer el viejo cementerio judío. Perfecto. Una que salió bien. El cementerio, aun con una lluvia molesta y permanente, es atractivo: las lápidas encimadas, rotas, con moho, húmedas, las piedritas que deja la gente después de rezar. El cementerio tiene 12000 tumbas visibles pero se calcula que hay enterrados ahí más de 100.000 personas: están encimados. La primera tumba es del siglo XV así que no es necesario aclarar mucho más: es extremadamente viejo. Con la entrada al cementerio estábamos habilitados para conocer otros edificios judíos, el más interesante fue la sinagoga española, un recinto oscuro, con mucha madera, techos pintados y esa atmósfera sagrada que se respira en cualquier lugar religioso, seas o no una persona espiritual.







Todos los que atienden en esos edificios a los que podemos entrar son parcos y antipáticos, incluso uno reniega un poco la segunda vez que entramos al cementerio: no les gustan los turistas repetidores.

Caminamos de nuevo por Old Town Square, nos volvemos a perder, se repite lo que se repite en cualquier ciudad a la que vamos: queremos ser organizados y metódicos y siempre terminamos con ampollas en los pies y cosas pendientes.

Klementinumm es un complejo jesuita, un conjunto de edificios donde se estudiaba cuando se estudiaba de verdad, cuando había que construir un instrumento medidor de una precisión que ni siquiera puedo imaginar. Conocemos la antesala de los espejos –una capilla con espejos, nada especial- el salón de astronomía y la biblioteca, que era el plato principal por el que pagamos lo que pagamos por la vista guiada. Lamentablemente la biblioteca se puede ver desde un cuadradito del fondo, todos amontonados, con la guía tratando de explicar algo que a nadie le interesaba porque lo único que todos queríamos era sacar LA foto aunque estuviera prohibido sacar fotos.

Cruzamos para ver dos cosas: la John Lennon Wall (vale la pena solamente porque hay muy poca gente pero fuera de eso es una pared llena de graffitis amontonados) y para ir a una taberna medieval. De nuevo los objetivos eran claros pero llevarlos a cabo una tarea imposible: fuimos a St. Nicks, recorrimos el barrio que rodea al castillo, pasamos por un parquecito cerrado muy parecido a los que hay en Londres y recién ahí encontramos la pared de John. Cuando quisimos desandar el camino para encontrar la taberna nos perdimos y terminamos entrando al predio del castillo que ya estaba cerrado y silencioso y desierto. Caminamos por todos los recovecos que pudimos, miramos y admiramos la catedral St. Vitus, el panteón de Theresya. Mientras caminábamos decíamos que bueno, llegamos, pero que mañana mejor volvemos y pagamos la entrada para ver todo por dentro, algo que finalmente no terminamos haciendo porque lo que más me interesaba ver, la Golden Lane, estaba abierta y pudimos entrar. La Golden Lane es la calle donde vivían todos los sirvientes del castillo, unas casas petisas con mini puertas que ahora están pintadas de colores y cuidaditas.






Saliendo del castillo terminamos en un viñedo que también estaba cerrado aunque era hermoso. Esto es lo lindo de Praga: vayas donde vayas estás siempre arriba de alguna parte de la ciudad y todas las panorámicas, que terminan siendo muchas, son perfectas.



Llegamos a la taberna medieval ayudados por una chica que al mismo tiempo estaba ayudando a un viejito que nos quiso ayudar y no pudo. El viejito se había acercado a preguntar si necesitábamos ayuda porque nos vio con el mapa y cuando le señalamos adónde queríamos ir resulta que no veía un pomo y no tenía los anteojos puestos. Ahí llegó la chica que nos dijo que nos tomáramos el tram y llegamos lo más bien a la taberna, un lugar muy cerrado, tipo sótano, con techos bajos y en arcadas, iluminado por velas, con calaveritas en las paredes. Y shows de tragafuegos y un tipo tocando la gaita, en el espíritu celta metalero que reina allí abajo. Además, lo avisan en la carta, los muchachos que atienden, vestidos a la usanza de la época, son algo rudos en el trato: el chopp de medio litro te sobresalta como un martillazo cuando lo dejan sobre la mesa, la horma de pan viene con un cuchillo clavado en el centro, si pedís cubiertos te responden usá las manos.

Compartimos la mesa con una pareja de algún lugar del mundo y con otra pareja de Francia. Todos estábamos un poco tímidos pero igual nos hablamos e hicimos algunos chistes, en especial el tipo de al lado mio, el de nacionalidad indefinida, que se hacía entender con gestos, tenía una sonrisa clavada y parecía esos tipos que son tan buenos y tan copados que parecen niños grandes.