miércoles, 8 de enero de 2014

Me despierto. Ya es de día y lo que me despierta es el silbido del viento más el viento cerrando y abriendo los postigos de mi cuarto, en el tercer piso de esta casona de Becar que cuidamos con Juan. Ya hicimos el chiste de que somos Jack Torrance más veces de las tolerables y aun así no han aparecido ni gemelas ni baños de sangre ni viejas muertas. Me levanto –la cama es cama de ricos: petisa, de madera, minimalista, con sábanas blancas 100% puro algodón, colchones finitos, almohadas blanditas- y camino hasta la ventana. Estoy medio dormida y no sé qué pienso encontrar más que árboles moviéndose. Me quedo parada frente a la ventana, estoy en bombacha y nada más, sé que Juan está dormido atrás mio y pienso que soy lo más fantasmal que hubo en esta casa desde que la estamos cuidando. También pienso que si se despierta y ve mi silueta inmóvil frente a una ventana puedo volverme poesía o terror. Pero no puedo moverme de ahí, creo ver el viento como algo que viene y arrasa y arrastra y lleva y trae. Las copas de los árboles se mueven, los postigos se abren, se cierran, se siente el chiflido, las gotas pesadas que caen, la enredadera de la casa es un murmullo, millones de voces susurrando algo. Me acuesto y al rato me vuelvo a despertar con el mismo silbido y no sé qué espero encontrar frente a la ventana pero repito el ritual y lo repito cuatro o cinco veces más. A la mañana siguiente Juan me pregunta qué me pasaba que me levanté tantas veces durante la noche. “La tormenta”, le digo. “¿Qué tormenta?”