martes, 23 de julio de 2013

17 / Bélgica. Día 01

El avión Barcelona - Bruselas costó poco más de 100 euros, salió con diez minutos de atraso y hubo quejas. Cuando aterrizó hubo que esperar otros diez minutos porque no había nadie que pusiera la manga. Más quejas. Mi primera aproximación a estos nuevos europeos: no les gusta esperar, son impacientes.

Busqué con la mirada el cartel que tenía que decir mi nombre y aunque sólo había un cartel y decía mi nombre a mí no me convencía: supuestamente quien tenía que buscarme era Jürgen, el marido de mi tía Rosi, pero ese hombre con ese cartel no era Jürgen y yo lo sabía porque había visto muchas fotos suyas. A Juan le interesaba mucho fotografiar el momento de alguien esperándome con una especie de pancarta con mi nombre y yo abracé a un desconocido porque estaba contenta y porque sentirse así de diva no sucede muy seguido. Me preguntó varias cosas en francés y me confundió porque supuse que me hablaría en flamenco o alemán liso y llano, y como no le entendí un pomo le sonreí. Después resultó que el tipo era Denis, un amigo de Juergen suizo y resultó también que Juergen estaba ahí a unos metros chequeando a qué hora llegaba el vuelo. También abracé a Juergen y le correspondí los tres besos que me dio. Para ser fríos son bastante besuqueiros los belgas.

En el camino de Bruselas a De Klinge tratamos de comunicarnos con Juergen un poco en inglés y otro en español (mi tía es paraguaya así que Juergen está acostumbrado y se maneja bastante bien). Le preguntamos cómo se prounciaba el nombre del pueblo y cuando le dijimos que habíamos buscado info en internet contestó "¿Y, hay algo?". Y hay: De Klinge es un pequeño pueblo cerca de la frontera entre Bélgica y Holanda, tiene tres mil habitantes y un área total de 3 kilómetros.

Mi tía me abrazó, me preguntó cosas, me dio la bienvenida, me dijo que estaba contenta de que la visitáramos. Almorzamos unos fideos que estaban muy picantes pero que no resultaron tan graves porque los acompañamos con cerveza: en ese momento no lo supe pero a partir de ahí y hasta el día de la partida a Londres, lo que más haríamos en Bélgica sería comer alimentos ricos en grasas y tomar mucha cerveza.


El pueblo es tan chiquito que con un paseo lo recorrimos entero, incluso llegamos a esa parte donde de repente se termina  y empiezan hectáreas de campo sembrado con otras cosas que no son soja. Las casas son todas con ladrillos a la vista y en cada ventana se puede ver una orquídea. En la casa de mi tía las orquídeas son muchas y están todas al cuidado de Jürgen, que les dedica tiempo, cariño y un lugar de privilegio en un jardín techado. Jürgen también colecciona autos. Nos damos cuenta cuando nos hacen pasar a la que será nuestra habitación y hay estanterías (muchas) llenas de autitos de colección en sus cajas, impecables, impolutos, nuevos, sin estrenar.

A la hora de la siesta, De Klinge es como cualquier pueblo del interior de nuestro país pero con el cielo gris y la lluvia siempre a punto de caer. No hay gente en la calle y pareciera que tampoco hay gente en las casas. Pasan uno o dos colectivos por la avenida principal pero pasan cada veinte o treinta minutos, así que lo que se escucha por las calles es un silencio profundo. De vez en cuando pasa algún viejito en bicicleta. Hay: una iglesia, un negocio de ropa, un negocio de cervezas, el consultorio de una parapsicóloga. Los jardines de las casas son todos perfectos y más tarde mi tía nos va a contar que una vez al año hay una semana en la que compiten por el mejor jardín. No es una competencia así nomás: en esa semana la gente abre las puertas de su casa para que los demás entren, miren, juzguen.



Me despierto de la siesta escuchando unos ruidos que vienen de la planta de abajo: yo sé que hoy a la noche hay un asado festejando mi llegada así que no me queda otra que levantarme. Cuando bajo, me agarra Jazmín y me dice que le diga a Juan que también tiene que bajar porque esto está organizado para nosotros. Con los días, la presencia de Jazmín se me va a hacer cada vez más extraña: se abraza todo el tiempo con Denis, se dan besos en cualquier momento (en una comida, en el medio de una charla, piquitos, piquitos), se dan de comer el uno al otro, se dicen mon chérie, se dicen je t´aime, se bañan juntos, hacen chistes sobre la cantidad de sexo que tienen, ella habla como bebé y dice que él es fotógrafo y cocinero profesional y después nos sientan para ver las cuatrocientas cincuenta fotos que sacó Denis en tres días en Belgica.

En el asado estamos: mi tía Rosi y Jürgen, Denis y Jazmín, Rosana y Etienne, Noelia y su marido belga y su hijo medio belga que entiende perfecto castellano aunque no lo habla le da vergüenza. Somos mitad latinos, mitad belgas y un suizo, hablamos un poco en inglés un poco en castellano. Etienne habla en francés con Denis, que no puede hablar con casi nadie pero igual intenta participar. En la mesa hay sopa paraguaya y yo pienso: "Estoy en el final de Bélgica, en un pueblito de muy poquitos habitantes, comiendo sopa paraguaya y escuchando música ídem". El asado son en realidad unas brochettes de varias especies: pollo, chorizo, salchicha, bacon. Bajamos toda esa carne primero con champagne, después con vino y después con cerveza.



Unas horas antes mi tía me había abierto una heladera con todos los tipos de cerveza que hay en Bélgica y me había dicho: agarren la que quieran, cuando quieran. Y Jürgen me había llevado a la alacena y había abierto una puerta donde había todas las clases de vasos para todas las clases de cervezas de la heladera y había dicho: Cuando agarren una cerveza fíjense el nombre y vengan acá a buscar el vaso correspondiente para tomarla.

Yo le pregunto a cada una de las mujeres hace cuánto están viviendo ahí y si les gusta. Recibo respuestas bastante similares: a todas les gusta vivir en Europa pero no les gusta que los belgas sean tan fríos. Y todas agregan: pero mi marido está aprendiendo. Yo miro a los maridos y ninguno me parece demasiado frío; por el contrario, me parecen simpáticos, serviciales, divertidos. No sé qué concepto de frialdad tienen mis tías y primas paraguayas. Después de la comida, que fue a las siete de la tarde en punto, hay una picada con cerveza. Sí, después de la comida hay una picada con cerveza: palitos, papitas, queso, cerveza. Sí. Después de la comida, la picada.

Juan juega al pool con los hombres y yo charlo con las mujeres: me preguntan por mi mamá, por el accidente de mi hermana, por mi hermano y mis sobrinos, por mi papá. De vez en cuando Etienne (que es el marido de Rosana que es la sobrina de Rosi pero además es el padre de Jürgen que es el marido de Rosi) viene y se divierte en varios idiomas y ofrece algo más para tomar, me invita a su casa de la playa, recuerda cuando mi papá lo llevó a pasear en Buenos Aires a un lugar con agua, después se va a seguir jugando con el hijo de Noelia, que a esta altura ya no entiendo si es su nieto, sobrino o amiguito y nada más.

A las once de la noche estamos todos medio borrachos y la joda se termina porque al día siguiente todos tienen que trabajar. Nos despedimos elaborando planes para los próximos días. Con Juan nos acostamos rodeados de cochecitos de colección y charlamos de que al final esta visita a Bélgica va a ser mejor de lo que pensábamos.

Instantáneas del viaje en micro más largo de la historia


-->14 horas de París a Berlín

Una paloma caga en el medio de dos chicas que estaban haciendo la cola del colectivo. Una se mancha un poco el pelo. Se ríen.

Los choferes del micro están adentro sentados, fumando. Uno le muestra al otro una camisa que se compró. El otro le señala a una mina de la cola que tiene un sombrero gracioso. Se rién.

Cuando hay que despachar las valijas, uno de los choferes explica el procedimiento en alemán. Casi nadie entiende mucho pero hay uno que entiende menos: dice que va a Germany y no sabe a qué parada. El chofer le grita.

En el micro todos tenemos comidas de distintos tipos. Hay olor.

Hay una chica igual a mi amiga @fenomenoide y me da un poco de impresión y no puedo parar de mirarla.

Alguien del micro se saca las zapatillas y tiene olor a pata.

La chica que está atrás mio me pide que enderece el asiento porque no puedo estirar las piernas. Lo hago y quedo doblada como un acordeón el resto del viaje.

Un gordo enorme con bigote finito toma un vino chiquito del pico.

Son las diez y media de la noche y todavía hay claridad.

Tengo ganas de hacer pis pero alguien me advirtió que los baños de estos micros tienen todo lo que no puede haber en ningún baño del mundo.

Una chica dice que los belgas reinventaron la papa.

Son las once y media de la noche y siento que estoy en esto micro desde que nací. Llueve.

En Bruselas hubo un recambio de pasajeros. Hay uno que tiene mucho pero mucho olor a alcohol y una pareja que está armando un lío bárbaro porque el asiento de ella no se reclina.

Un rubio enorme grita PASPORT marcando mucho la s y la r. Lo repite varias veces para que todos los que estábamos dormidos nos despertemos y le demos, como amablemente pide, el pasaporte. Recorre el micro con un compañero y chequean uno por uno los documentos de todos los que estamos ahí, con ojos achinados, mal aliento y frío. Afuera llueve.

Otro rubio enorme grita lo mismo en plena madrugada. Revisan los pasaportes y se detienen con una negra a la que torturan de manera muy sutil y silenciosa, averiguando antecedentes por un handy, comparando la foto del documento con su cara, haciéndola esperar, llevándose su documento. Hasta último momento la miran detenidamente para ver si es o no es quien dice ser.

30 / París. Día 03

El último día en París es un bofe.
Yo estoy negativa con la ciudad porque me tiene cansada el olor y la cantidad de gente y que ayer quisimos hacer varias cosas y fallamos. Subimos a la terraza del Pompidou y vemos otra vista desde arriba de la ciudad, lo más interesante es encontrar allá, lejos, el Sagrado Corazón donde estuvimos la noche anterior.
París me tiene de mal humor pero se rescata casi a último momento porque pone ante mis ojos un vestido hermoso y barato que casi no dudo en comprar aunque tengo que hacer media hora de cola para pagarlo.
En un cafecito tomo un café y como un tostado y ese es el pico del día.

Visitamos a Florencia casi antes de irnos a tomar el micro hacia Berlín. Le cuento mis impresiones de París y le pregunto si París es eso que yo vi y mucho no me entusiasmó o si me faltó descubrir EL lugar de París. Me dice que no, que París es eso y por momentos la escucho hastiada de la ciudad a ella también. Debe zafar porque su barrio no tiene nada, pero nada que ver con lo poco que vi de la ciudad: no recuerdo cómo se llama pero es un barrio tipo Avenida Avellaneda, con locales de ropa uno al lado de otro y lleno de orientales.

Florencia nos acompaña hasta la estación de ómnibus. Nos esperan catorce horas de viaje.

Catorce.