viernes, 19 de julio de 2013

29 / París. Día 02

Mi fórmula de la felicidad es bastante sencilla: desayunar harinas con tranquilidad y en piyama. Hoy hice eso después de varios días de levantarme corriendo y salir con apenas la cara lavada. La diferencia fue absoluta. Juan compró un pan con chocolate y unas mini bolitas de fraile (puaj) en la panadería y tomamos mates comiendo y con las compus, en nuestro departamento parisino que da a un patio inmenso donde una mujer le canta el arrorró en francés a un chiquito. Un lujazo.

Programamos un poco el día porque teníamos pocas horas y mucho por hacer. Armé el itinerario de acuerdo a las distancias y la lista definitiva quedó más o menos así:

-Biblioteca Nacional de Francia + pileta en el río + Parc de Bercy
-Instituto del mundo árabe
-Shakespeare & Co
-Les Halles + Pompidou
-Montparnasse

Terminamos cumpliendo a medias todos los ítems. En la biblioteca queríamos conocer una sala en especial y unos jardines pero había que pagar 8 euros, la pileta del río es una curiosidad en la que uno no emplea más de diez minutos: es un barco-pileta medio empotrado en el río, vas cruzando el puente Simone de Beauvoir y ves a la gente en traje de baño hacer unos largos. El Parc de Bercy es precioso y chiquito y muy arreglado, como todos los parquecitos de París. Tiene espacios diseñados por determinados paisajistas, algunos más minimalistas, otros llenos de flores, rosales inmensos, escaleras interminables, galerías con parras, un rincón llamado “El rincón romántico” o ago así. Lo caminamos todo y vimos muchos grupos de franceses haciendo diferentes tipos de picnics: chicos de colegio antes de la hora de gimnasia, oficinistas en traje o taco aguja, hippies tocando la guitarra, un grupo jugando al bádminton, otro grupo guitarreando, todos comiendo cosas que mi panza envidiaba profundamente. Estuvimos un rato viendo a unos pibes hacer skate y rollers de manera magistral, como si no les costara. Quisimos entrar a un museo de cine que había ahí cerca (ya ni me acuerdo cómo se llamaba) pero estaba cerrado.



  
Del instituto del mundo árabe no puedo decir nada porque ni lo vi. Me quedé sentadita en una escalinata mientras Juan recorría un poco porque se me cerraban los ojos y me dolían los pies y eso que recién habíamos arrancado con la travesía. Pasamos por un parque que supuestamente tenía muchas esculturas al aire libre pero al lado de lo que vimos en Mannheim (en Amberes) no era nada: era pequeño, tenía unas pocas esculturas rodeadas por rejas que ni siquiera permitían ver de quién era cada obra.

Los parisinos no hablan inglés y no se preocupan demasiado en hacerse entender. El cliché más importante que se cumplió en la ciudad es el del olor: los parisinos tienen olor a chivo, los subtes tienen olor. Seguramente no son todos pero los clichés y las generalizaciones no comprenden la excepción: lo primero que se siente al entrar a un vagón de subte es olor a chivo y nadie tiene expresión de asco. Las mujeres parisinas no tienen el glamour que yo esperaba (salvo en ciertas zonas comerciales) y muchas están vestidas de jean y zapatillas. Las calles están sucias, hay un tránsito pesado, pocas bicicletas, unos semáforos que no funcionan del todo bien. Es muy parecido a Buenos Aires, por momentos demasiado. Hasta ahora París no me ofreció nada inolvidable ni perfecto; o tal vez es que yo llegué pensando que no tendría que haber venido y lo único que busco son excusas y motivos que confirmen que tenía razón.

Comí un sanguchito de brie y lechuga sentada en una plaza (me salió 3 euros) y buscamos la famosa librería Shakespeare & Co. No nos costó mucho encontrarla. En la planta de abajo estaba lleno de gente pero en la de arriba había una biblioteca en la que uno podía  leer lo que quisiera con la única condición de devolver el libro al exacto lugar del que se lo sacó. Yo hojeé un par de pavadas, entre ellos un relato de James Franco, Killing animals, que empezaba como si fuera la voz en off de una película deprimente sobre la deprimente vida de un deprimente americano promedio.

Llegamos a Les Halles buscando un shopping que antes había sido un mercado gigante (yo esperaba algo como el Abasto)  pero lo estaban reformando y no se podía ver. Esto es algo que se viene repitiendo a lo largo de varias ciudades: están poniendo todo a punto para la llegada de la temporada alta y nos dejan a los pobres del final de la temporada baja con las cosas a medio ver. Vi un ratito ropa pero no me convenció nada. Juan se compró un saco azul marino  y apenas se lo puso un tipo pasó por al lado y le dijo  “Ohlalá”.

Caminamos al Pompidou por una calle que se llama Rivoli y está llena de negocios, todas las liquidaciones empezaban al día siguiente de nuestro paseo así que un poco me lamenté y otro no tanto porque estaba con poquísima paciencia para las compras.

El Pompidou no era lo que yo esperaba. Como alguien me había dicho que podía ir ahí en lugar de ir al Louvre pensé que era un lugar similar y de repente se me apareció una mole gigante y modernosa, con unos tubos alrededor, un patio gigante sin una florcita y vidrios, muchos vidrios: impresionante y sorpresivamente hermoso. Lo único que queríamos era subir al piso seis para ver una panorámica de París pero cuando llegamos a la puerta vimos que estaba cerrado. Así que lo entendimos: los martes los museos cierran.

Pasamos sin querer por un lugar especializado en todo lo que necesita el chef de cualquier especie: desde una simple cucharita hasta una prensa pasando por todos los tipos de mangas y picos, moldes, ollas, sartenes de bronce, palos de amasar. Yo no sabía para qué servían la mitad de las cosas y sin embargo pensé que podría quedarme a vivir ahí charlando con los serios señores de guardapolvo que atendían el polvoriento local (parecían los empleados de una ferretería y de hecho todo el lugar parecía una gran ferretería, con olor a hierro, paredes forradas de cajones con utensilios y tierra, mucha tierra).

Para ir a los jardines de Luxemburgo fuimos a una patisserie (hay dos millones así que nos manejamos por instinto) y compramos unas exquisiteces que quisimos disfrutar sentados en el pasto y que lo logramos un poco hasta que un policía nos gritó algo y nos dimos cuenta que estaba prohibido sentarse en el paso. Me pareció una picardía inmensa. Terminamos comiendo sentados en unos bancos mirando unos partidos de petanque, que es algo muy parecido a las bochas pero cool.



Ya habíamos fallado en la biblioteca a la mañana, en el museo del cine al mediodía y en el Pompidou a la tarde, necesitábamos algo que levantara tantos fracasos y pensamos que recibir la noche parisina en Montparnasse era nuestro as en la manga. Pero no.

En Montparnasse hay muchos restoranes y cafés que apelan a la nostalgia más primitiva del turista adinerado: podés comer un entrecót bien crudo sentado en la mesa donde se sentaba Edith Piaf o podés pedir foie gras en el restorán donde iba Serge Gainsbourg con Jane Birkin a desayunar. La única condición es que tengas plata porque acá o pagás o te vas. La bohemia de hace cincuenta años o más hoy cotiza muchísimo y todos los lugares están llenos, repletos, desbordantes de comensales que después van a repetir las anécdotas que les contó el mozo que le contó su anterior jefe que una vez atendió a Sartre.

Salimos corriendo aunque si hubiéramos tenido dinero todavía estábamos ahí disfrutando de todos esos manjares.

En este punto nos pusimos un poco de mal humor: no sabíamos dónde podíamos ir y no queríamos irnos a dormir porque la idea del día había sido ver París de noche. Terminamos decidiendo por Montmartre. Pensamos que si el otro día nos había gustado tanto podríamos seguir aprovechando. Subimos hasta las escalinatas del Sagrado Corazón y nos dimos cuenta que ahí se pone la cosa: tipo nueve de la noche, cuando está empezando a anochecer, todos los jóvenes van con sus amigos a pavear, tomar cerveza, charlar, cantar, estar ahí, arriba de todo París. Cuando cae la noche desaparecen dejando mucho olor a meo en todas las esquinas de la iglesia y en todas las escaleras.

De a poco se fue iluminando toda la ciudad y nos quedamos ahí, aprovechando lo que nos ofrecía París, toda esa ciudad iluminada, una luna casi llena, gente feliz.

Dimos vueltas para encontrar un lugar donde comer y terminamos comprando unas papas fritas y un croque monsieur en un lugar que estaba muy vacío aunque todos eran tan copados y la comida tan rica que debería haber estado lleno. Comimos sentados en el escaloncito de una casa mientras envidiábamos profundamente al que vivía ahí, en ese lugar tan único.

Bajamos corriendo y corriendo pasamos por la pseudo zona roja del lugar y corriendo nos subimos al último subte.