martes, 2 de julio de 2013

26 / Londres. Día 04

(por Juan)

El hallazgo del día es Holland Park. Después de una larga caminata por uno de los mercados más concurridos de Londres (el de Notting Hill, nada grandioso pero sí interesante para una primera visita: el consejo es ir tempranísimo porque después la gente arruina todo), pasamos por la casa de Hugh Grant en la película y desembocamos desde una avenida comercial a una de las entradas del parque. Más tarde vamos a coincidir en que lo mejor de Notting Hill no fue el mercado ni la zona donde transcurre parte de la película sino una callecita de empedrado, apenas escondida, a la que se entra pasando una arcada y no tiene más de dos cuadras de puras casas, una al lado de la otra, casa demasiado bellas y cálidas, casi no parecen británicas. No hay kioscos, negocios, gente, ni árboles, es una escenografía perfectamente montada, un lugar algo irreal en ese barrio tan desgastado por la tradición turística y la estética igualadora de la clase media alta.

gente, gente, gente
callejón
Pero lo mejor, decíamos, fue Holland Park. Primero viene una parte oscura, un bosque espeso que se cierra sobre los caminos de piedritas, y esa oscuridad detrás de una reja de menos de medio metro es como un botánico salvaje, descontrolado. Se respira una humedad fresca. Hay bancos de madera que a veces no ocupa nadie y a veces un personal trainer con su alumna. En el centro hay un jardín de diseño japonés, acuático y silencioso. Los peces enormes de siempre, esos que en Buenos Aires nadan en aguas turbia y la gente alimenta con pan. Acá  está prohibido y se los puede ver sin problemas: son feos y gordos. La plaqueta dice que el jardín es en agradecimiento a la colaboración de UK en Fukushima. Más allá de este pequeño recinto oriental (están prohibidos los perros, los niños sueltos, los gritos, sentarse: dedíquese a la contemplación y disfrute el silencio, dice textualmente la cartelera), distinguimos una terraza, gente de traje celebrando algo con copas en la mano. Es la ex casa de Lord Holland, un fanático de lo español que fue el Marcos Sastre de acá: donde ahora brindan los que vemos allá arriba funcionaba un salón literario. Hay un laberinto de ligustrinas. Hay un rectángulo limpio y extenso para perros. Hay un ajedrez gigante. Hay naranjos sin fruto todavía. Maru me llama con el dedo desde un sector muy chico, encajonado, que a simple vista no es atractivo. Dos bancos, un círculo de plexiglás con los colores del arcoiris, tierra sembrada, arbolitos raquíticos. Y tres pavos reales sueltos. Nos sentamos a verlos hacer nada. Uno de ellos tiene los mil ojos tornasolados en la cola (¿el macho?). Nadie más que ellos y nosotros. A lo lejos, hay pájaros que graznan igual a monos enloquecidos. Alteran a los pavos, que se recuestan sobre la tierra, se picotean el lomo turquesa. Tres pavos reales ahí, sueltos, para nosotros. Comemos en el bosque del principio, al lado del personal trainer y la alumna. Maru dice que le gusta más que el St. James, un parque mucho más grande, cerca de Buckingham. Pienso que cualquiera tiene la oportunidad de desaparecer por un ratito de la ciudad, y que es uno de los pocos lugares sin cámaras ni vigilancia y, lo que es más raro, tampoco hay cuervos. 



Recorremos el barrio residencial de Kensington. La clase alta, los autos de alta gama, los parques privados, la multiplicación de edificios de departamento siguiendo el mismo diseño en ladrillos pintados, ventanales, balcones con macetas colgadas de flores rojas, escaleras de mármol en las entradas. Chimeneas en los techos. En lo que debe ser una de las avenidas principales, entramos a un local poco vistoso que ofrece ropa y objetos donados a precios más que baratos. Enseguida salta a la vista que vestidos, camisas, antigüedades y libros pertenecieron a los vecinos bienudos de Kensington. Debe ser una fundación con fines benéficos. Creo que era la Octavia Foundation. Pero eso no es lo importante. Una señora que en algún momento perteneció al grupo donante, de estabilidad precaria y mirada perdida, ordena que le den una silla para fumar un cigarrillo en la vereda. La que atiende el local, una negra gorda que no se sorprende, saca a la calle una silla de metal y ayuda a sentarse a la vieja. Ella ni la mira ni agradece: prende el cigarrillo que va a balancearse todo el tiempo en el Parkinson de su mano huesuda. Cuando termina de fumar, le dice a la que atiende que vaya trayéndole ropa a la vereda. La única condición es que sea large. Cruzamos miradas con la negra. “It´s a regular”, me dice, y le lleva una camisa larga, azul con dibujos de globos rojos y amarillos, a la que la vieja reacciona con un no inmediato.
En Kensington pasamos frente a casas de escritores, directores de cine, paisajistas. Decidimos hacer el Victoria Albert Hall, dar unas vueltas en Harrods y volver por Chelsea, otro barrio que queríamos conocer. Todo eso resulta tan largo y cansador como suena. Las cuadras de Londres son largas y por momentos los barrios un poco monótonos. Hacemos la parada en el jardín del Victoria, sobre el pasto, viendo a los niños de padres sensibles mojarse los pies en una fuente. El patio está muy bueno, da a las paredes rojas altas de una construcción a dos aguas, con galería y columnas, como un viejo convento. Para la exposición de Bowie están todas las entradas vendidas. El resto vale la pena, sobre todo lo indio, chino y coreano, no tanto la iconografía religiosa y renacentista.





Harrods es un shopping bien señalizado con Kardashians por todos lados. Las clases pudientes de los emiratos árabes dan bastante trabajo a los vendedores. Lo único interesante es el sector comidas, que por momentos busca apariencia de mercado de puerto, aunque es extremadamente pulcro. Vi una señora de hiyab (velo en la cabeza a cara descubierta) meterse una lima en el bolsillo.



Chelsea no tiene nada que envidiarle a Kensington. Probablemente sea unas de las partes más lindas y exclusivas de Londres. Hay que sentarse en algún pórtico de entrada a fumar mientras llueve. Y elegir los callejones y calles más angostas. Merendamos en una plaza pegada a una iglesia. La gente pasea allí sus perros. Un niño inquieto juega con su pelota de tenis. Lo vemos mientras devoramos unos quesos y una canastita de frutos rojos muy dulces. Se acerca a las palomas, las asusta con gruñidos y les apunta con su pelota. En eso, cuando está por tirarles (al parecer ya lo venía haciendo) oímos un grito al que no podemos ponerle cara porque está a la vuelta, casi a la salida de la plaza. "Don´t throw that ball to the bird!”. Es la voz de un homeless amante de los animales o de un viejo fanático del banco de plaza. La forma en la que hablaría el hombre de la bolsa. El chico no se anima a juntar su pelota. La tiene a menos de cinco metros pero no se mueve, hace pucheros, espera sentado y compungido. Son cinco minutos en los que conoce el miedo de verdad, es algo novedoso y tan denso que lo paraliza; una gran lección de la que algún día se acordará, y en el recuerdo habrá dos que comían frente a él y no movieron un dedo por defenderlo. Al rato camina lentamente, agarra la pelota y sale corriendo.


Para cerrar el día, después de una nueva parada, esta vez en el Starbucks (a determinadas horas del día es un centro para refugiados turísticos: baño desbordado pero gratis, wi fi, café blando), hacemos el camino del Támesis desde el puente Westminster (Big Ben) hacia el de Londres. Vemos por primera vez la ciudad iluminada. Foquitos colgantes, leds que dibujan los perfiles de los distintos puentes que atraviesan el río, sus vigas bañadas de luces violetas, o envueltas en rayos luminosos, aéreos y rectos, que dan una imagen un poco kitsch, como de inmensas duchas de luz.


Pero eso no es lo importante. Nos damos cuenta que estamos del lado equivocado. Oficinas, un centro nocturno hostil. Adelante vemos un tipo tambalearse mientras adivina el camino. Lo seguimos a cierta distancia, no tanto por miedo sino porque no damos más. El London Eye está a nuestras espaldas y del lado con vida nocturna. De los barcos llegan voces de fiesta y música mala. Se nos confunde el Millenium, el London Bridge, el Blackfriars, otro que es sólo para trenes (quizás sea este último, no sé). De repente hay un desvío. El tipo que zigzagueaba delante de nosotros desapareció. Estamos solos desde hace un buen rato. Hay un recodo, nos separamos un poco del río, y pasamos debajo de la estructura de concreto del puente que se mete en la ciudad. En el piso hay unas luces azules que en ese punto parecen guiar los pasos. A la derecha hay puertas pesadas de maderas, como las salidas de emergencia de una discoteca que funciona en los viejos depósitos portuarios; a la izquierda, containers de basura. Escuchamos ruidos que no sabemos de dónde provienen. Sonidos de engranajes y fierros, de calderas susurrantes, también voces apagadas y confusas que rebotan en el arco que atravesamos sin entender demasiado. ¿Lo sentimos los dos? ¿Está pasando adentro de qué lugar? ¿Hay un boliche justo acá, en medio de la nada? No podemos saber casi nada de la instalación perturbadora que dejamos atrás, pero estamos de acuerdo en que funciona. Arriba del puente nos recibe la lluvia, como para que no nos olvidemos dónde estamos.