viernes, 21 de junio de 2013

13 / Barcelona de nuevo. Día 04

Lo bueno de viajar sin haber averiguado nada, o casi nada, es que te sorprenden las cosas más triviales que te cruces pero también se te aparecen las más monumentales casi sin darte cuenta. Algo así pasó con el Parc Guell. Sabía que lo había diseñado Gaudí (garantía de confianza) pero nada más. No sabía si era una plaza mediana o un parque inabarcable o si era una farsa o el mejor lugar del mundo. Muchos me habían dicho que iba a encantarme.

Llegamos al parque en subte, la estación era la misma a la que habíamos ido el día anterior para recorrer el barrio de Gracia: Lesseps. Caminamos hasta el parque y lo primero que sentí fue rechazo, la calle era tan empinada y yo tan dormida que se me hizo muy cuesta arriba (literalmente).

El parque es inmenso y me encantó si no fuera porque había una cantidad de gente mayor a la que hay en el microcentro cualquier día hábil. En toda la parte más baja están las cosas que hizo Gaudí: mosaicos de todo tipo, galerías perfectas, terrazas con venecitas de todos los colores, detallecitos en cada techo, en cada columna. Empezamos a subir como locos (en general nos pasa que llegamos a un lugar y no paramos de caminar hasta que nos sangran los pies y en el medio a veces nos perdemos varias cosas por la ansiedad de llegar a algún punto final aunque casi nunca tenemos claro cuál es) porque Juan había leído algo sobre un dragón y quería verlo. En cada mapa que nos cruzamos nos pareció que nos estábamos equivocando en el recorrido y dimos varias vueltas en redondo poniéndonos cada vez de peor humor.






Volvimos al principio pensando que habíamos errado en algo para darnos cuenta que sí: el dragón no era algo monumental y está en la entrada, solo que no lo habíamos visto porque estaba tapado de turistas intentando sacarse fotos con él, tocándolo, molestándolo, estorbando, todo junto. Un poco decepcionados pero ya más tranquilos volvimos a caminar el parque, había manteros por todos lados vendiendo souvenires de todo tipo y color. No terminé de chequearlo pero me pareció que no era legal que estuvieran ahí, siempre estaban en rinconcitos más o menos tapados, con un camarada que hacía guardia parado a unos metros y siempre con todo listo para salir corriendo. En otra parte hay tres cruces y la gente gusta mucho de escalarlas para sacarse unas fotos. Yo me subí porque parecía divertido pero me bajé rápido porque me dio vértigo y porque pensé que era una buena idea sacarle una foto a Juan (que se quedó arriba) para jugar después a “¿Dónde está Wally?”, pero quedó trunco porque ni siquiera pude encontrarlo con la vista para sacar la foto.

A cada paso pensaba cómo se habían construido esas galerías (parecían cavernas, como si fueran ruinas antiguas, había hasta una especie de trono tallado en la piedra donde se podía jugar a ser el rey), por dónde se habría empezado a construir, cuánta gente habría trabajado, si el proyecto se finalizó o quedó inconcluso, y en cada pregunta me prometí investigar un poco más y claro que no lo cumplí.

En todos los recovecos había un músico o una banda dando un espectáculo. Uno tocando la cítara, unos pibes tocando unas cumbias medio latinoamericanas, uno con guitarra, un hombre orquesta. Los turistas se enganchaban con cada uno de los músicos y aplaudían y la pasaban bien, Juan se quejaba porque quería un poco de silencio y yo me debatía entre las dos posiciones, un rato en cada una.

Ibamos caminando por uno de los corredores y empezamos a escuchar una señora cantar desafinado. Cantar un poco y gritar otro poco, algo entre confuso y desordenado. Perseguimos la voz hasta que encontramos la fuente: en una casa vecina, con banderas de varios lugares del mundo, estaba en su terraza sentada en una mesa y cantando algunas canciones medio patrióticas. Cuando le saqué una foto me gritó “Respeteume, respeteume, respeteume”. Tenía razón.

Una vez vistas todas las partes arquitectónicas, lo que queda -o lo que aconsejo- es caminar el parque y perderse un poco. hay caminos entre los bosquecitos y todos están bastante delimitados como para que ningún citadino sienta que ha perdido control total del recorrido que está haciendo. Hay unos cuantos miradores desde donde mirar toda la ciudad y son especialmente interesantes si no conocés Monjuic o el Tibidabo. Buscamos entre los bosquecitos un lugar donde acampar para comer un poco pero no encontramos: más que lugares para quedarse hay lugares para recorrer, para pasar caminando. Terminamos comiendo en uno de los miradores y seguimos caminando. Sin querer salimos del parque por un lateral y lo rodeamos por fuera viendo unas casas y un barrio en la montaña más que lindo.

Volvimos a entrar al parque justo cuando se largaba a llover y todos los manteros que hasta hace diez minutos tenían souvenires de repente ofrecían paraguas y pilotos descartables y la gente compraba: el turista debe ser uno de los públicos más fáciles de todos. Terminamos de comer sentados en una de las galerías donde había otro montón de gente haciendo lo mismo así que nos fuimos, suficientes turistas para un solo día.

Repetimos San Felipe Neri, habíamos ido una sóla vez y nos había agarrado un evento que había contaminado de muchedumbre y ruido esa pequeña plaza tan bonita. Nos sentamos un rato en silencio y después caminamos hacia un bar que nos había recomendado el amigo que nos recomendó casi todo lo que conocimos en Barcelona: en la plaza George Orwell está Oviso, ideal para comer alguna cosita a la tarde/noche. Cuando le dijimos a nuestra amiga de Buenos Aires que estábamos yendo para allá dijo con mucha naturalidad “¡Ah! ¡La plaza del tripi!”. En el momento no entendimos pero después googleamos: la plaza al principio no tenía un nombre oficial y se la conocía como “la del tripi” por el monumento que tiene, y porque ahí se juntaban a trapichear. Más tarde “la del tripi” terminó haciendo referencia a la época en la que muchos, muchísimos, iban a drogarse a la plaza. De hecho, esta plaza fue la primera en la que se instalaron cámaras de video para controlar la ciudad.




Nos comimos un sanguchito en Oviso y tomamos unos cafés con leche. Después fuimos a hacer un poco de shopping. Los negocios de ropa cierran el domingo. Un fiasco.

Se nos hizo de noche mientras decidíamos si íbamos a dormir o a comer o a bailar o a tomar cerveza o a seguir caminando o etcétera. Para terminar de completar todo lo que nuestro amigo nos había recomendado para Barcelona elegimos ir a Andú, un pequeño lugar para comer y tomar algo (en Palermo seguramente le llamarían “bistró”). Tardamos en encontrarlo porque estaba en el Gótico pero el Gótico es imposible salvo que hayas pasado mucho tiempo ahí o seas oriundo de Parque Chas y sepas de cortadas y calles que desaparecen y vuelven a aparecer. Llegamos a Andú preguntando al mozo de un bodegón al que prometimos volver pero al que ya no llegamos. En Andú abandonamos la cerveza y nos tomamos unos tragos, comimos quesos, guacamole, humus, todo perfecto, recién preparado, fresco, los quesos divinos. Un poco caro (fue la comida más cara que pagamos hasta el momento, salió 25 euros).

Volvimos caminando y hablando de lo lindo que era todo y de lo inagotable pero a la vez apabullante de Barcelona. Porque siempre se puede seguir hablando de Barcelona.

12 / Barcelona de nuevo. Día 03

Fuimos a pasar la resaca de la noche anterior al Mercado de la Boquería que queda en el Raval (habíamos prometido volver con hambre). Juan se comió unas vieiras y yo un huevo relleno con atún. Tranqui. En la barra del lugar donde comimos había una parejita madrileña que se había venido a pasar el fin de semana acá para ver a Muse. Eran muy simpáticos, estaban viviendo en Toulouse pero su idea es mudarse a Buenos Aires el año que viene. Sí, a Buenos Aires.



Paseamos por todo todo el mercado y compramos una sal de naranja, unos jugos naturales, unas fruta que nunca habíamos probado (y que no tenía sabor a nada), y una cajita con moras que fue lo mejor que me pasó en la mañana.



El día que conté que había ido a Gracia y había estado en la Manzana de la Discordia, una comentarista me corrigió diciendo que estaba confundiendo el Paseo de Gracia (donde está la manzana de la discordia) y el barrio de Gracia. Primero, como corresponde, lo negué, insistí que había conocido Gracia y que era muy bonito pero demasiado cheto. Pero después, buscando, me di cuenta que era cierto: no había conocido el barrio de Gracia. Hicimos, entonces, como hacemos la mayoría de las cosas del viaje: nos fijamos más o menos y partimos.

Nos bajamos en Vallcarca porque nos pareció que a partir de ahí empezaba el barrio pero resultó que era mejor bajarse en Lesseps y después caminar. Equivocándose uno aprende. Caminamos sin saber muy bien a dónde íbamos, llegamos a una placita en la que había un señor que le tiraba una pelota a sus dos perros gemelos, uno de ellos corría a buscarla  el otro solamente levantaba un poco la cabeza y le parecía un sinsentido hacer el esfuerzo de correr. Fue una de las pocas placitas pequeñas con pasto que vi en Barcelona y si tuviera que ir de nuevo no sé para dónde arrancar.



Después sí llegamos a la parte más canchera de Gracia. Había muchos negocitos de diseño y ropas, muchos modernos dando vueltas, muy pocos turistas comparando con el Gótico o el Raval. Me metí en todos los negocitos de ropa que pude pero todo me pareció o repetido o lindo y caro y nada me convenció. Lo que sí me pasaba era que habiendo comido solamente el huevito con atún del mediodía sentía un hambre que todo lo que veía lo quería devorar, pero somos tan indecisos que para comprar comida en un lugar damos vueltas y vueltas hasta casi desmayarnos del cansancio y del hambre.


Cuando llegábamos a la Plaza del Sol vimos una parejita comiendo una especie de pita muy finita con algo adentro y como los escuchamos hablando en catalán pensamos que había que seguir los pasos de los locales. Juan les preguntó dónde lo habían comprado y resultaron ser unas piadinas, algo típicamente italiano. Cada una nos salió 4 euros, una caprese y la otra con panceta, cebolla y queso, las dos exquisitas. Nos sentamos a comer en una escalinata de la plaza mirando a la gente hasta que en un momento lo miré a Juan y estaba pálido. Le pregunté si se sentía bien y me dijo que no: se había intoxicado con las vieiras del mediodía.

Volvimos al departamento.