martes, 4 de junio de 2013

06 / Mallorca. Día 03

Algunos días hay que parar.

La idea era levantarnos temprano e ir a pasar la mañana con José a una playa un poco más alejada, Cala Mesquida pero nos quedamos dormidos así que fuimos a una playita de por acá nomás, muy chiquita y privada, donde no caben más de veinte personas al mismo tiempo.


Llevamos el mate, la mantita, el protector: un clásico día de playa. José enseguida se desnudó. Se desnudó. Supongo que para alguien acostumbrado a estas playa es un detalle menor pero a mi me sigue retumbando: se desnudó. Después de las obligadas bromas sobre su desnudo (se desnudó) no hicimos mucho más de lo que se hace en un clásico día de playa: tomamos mate, nos tiramos en la mantita, nos pusimos protector. Los chicos se metieron al mar tirándose desde una roca, yo me subí a la roca, miré para abajo y me volví a la seguridad del mate, la mantita, el protector.


Juan salió del agua enloquecido: con el snorkel había visto pececitos, un erizo de mar, la profundidad del mundo desconocido que es el fondo del mar. Me dijo que las algas no eran asquerosas, que tenía que meterme, que no podía ser que haya viajado hasta acá para no meterme al mar así que me cargué de coraje y entré. Adentro del agua miré una primera vez con las antiparras y salí agitadísima del miedo que me dio. No son los pececitos sino lo desconocido: no saber qué hay ahí abajo y mirarlo como dentro de una cápsula (las antiparras) y escuchar como si estuviera dentro de la cámara de un documental. Había piedras y de las piedras se desprendían algas que bailaban al compás del agua pero no era ni romántico ni encantador: eran unas cosas verde oscuro moviéndose y era saber que de ahí podía salir cualquier cosa o que detrás de eso podía haber cualquier otra: un bicho, un mundo paralelo. Las partes donde el fondo era una arena blanca me tranquilizaba, la arena es algo que conocemos, es algo que podemos ver, algo que está ahí y ya sabemos cómo actúa: si pisamos fuerte se forma una nubecita de arena pero no más.

Salí asustada y muerta de frío.

Almorzamos en otra playa llena de alemanes (de nuevo, alemanes; de nuevo, nos rompieron el orto, un sanguchito vegetariano y dos cervezas 14 euros) y volvimos hasta nuestro huequito a dormir la siesta a la sombra. A la tarde José nos vino a buscar entre sus dos turnos de trabajo.

Volvimos temprano a la casa y quisimos ir a una procesión que había en el pueblo pero llegamos tarde. Compramos latitas de cerveza en un kiosco (1 euro cada una) y nos encerramos a descansar.

La procesión que nunca fue.