domingo, 2 de junio de 2013

05 / Mallorca. Día 02

por Juan

El sol en Baleares es, como en casi toda isla agreste, de una sola forma: vertical y salvaje. A poco del mediodía salimos caminando con la misión de llegar a una playa alejada de lo que podría llamarse el centro. Eran seis kilómetros, parte subida, parte bajada, siempre por una senda para ciclistas y peatones de cemento, siempre un sol furioso. A los dos, sin demasiado ímpetu, decidimos levantar  el pulgar y girar el cuerpo a ver qué pasaba. El tercer auto paró. Un español buena onda que vivía ahí cerca y nos salvó de una caminata interminable. La playa se llama de los pinos, porque acá la playa toca la montaña y la montaña es un monte apretado y verde que de todas formas no frena mucho al sol. El ojo argentino encuentra lo que busca: agua transparente y tetas. No importa que la zona sea familiera, no muy dada al reviente, el topless es una costumbre como el paro o el tapeo. En todas las playas de España se permite el nudismo y como suele suceder, los más desprejuiciados no son los que tienen los mejores cuerpos. Pero eso no le importa a nadie. A metros de nosotros se cambió una mujer de carnes blandas, arrasadas por la celulitis. También había chicas jóvenes que buscaban el sol con los pezones y un alemán en sunga buscando caracoles en la arena con los anteojos puestos y la gracia de un avestruz.


El agua es un plano celeste con manchones oscuros: posidonia, un alga muy invasiva que va a secarse y largar olor a podrido a la orilla. El agua está fría y, en zonas, es transparente. No habíamos llevado snorkel ni antiparras, pero en la primera incursión marina fue imposible no abrir los ojos. Se vio poco y nada: arena blanquísima, piedras y algas, muchas algas. El sol se corre pero todavía anda ahí, entre las nubes y los árboles, y baja muy tarde, como a las 9 y media de la noche.


Entonces nos vamos con José, que viene cansado de trabajar, de cargar las garrafas para la casa, de una resaca que lo persigue desde anoche. Hacemos una parada en la casa y salimos a comprar cosas al super, pero en el medio escuchamos voces. Gente cantando. Nos acercamos a una especie de academia de dos pisos donde el coro practica. El sonido llega mucho antes y se expande, una acústica de callecitas encerradas entre paredones antiguos y caminos circulares, donde a veces las inclinaciones y líneas de las casas parecen expresionismo cortado por iglesias (a lo mejor esa es una buena definición de la España profunda: iglesias, callejones torcidos y playas para negar eso por un ratito y ponerse en pelotas). Pero más allá había un coro de verdad que, a medida que avanzamos, se confundía y superaba al anterior. Un contingente de franceses vino a dar un espectáculo en la iglesia inacabada de Son Servera (se llama iglesia nueva pero me gusta más ese nombre, como la sinfonía de Schubert). En ese momento ensayaba un coro con orquesta. Como pasa cuando estás de turista en lugares remotos, cualquier pelotudez te parece un suceso mágico.  Nos quedamos ahí sentados en sillas de plástico mientras las orquesta tocaba It Was a Very Good Year y New York, New York, muy a lo world music, como esa versiones edulcoradas de los Beatles o música celta, toda la música celta del mundo. El suceso impregna todo el pueblo, por supuesto. Aparece por primera vez un oficial de policía. Los franceses copan los bares. Los organizadores se felicitan por el esfuerzo antes de que todo haya empezado. La iglesia no tiene techo ni terminaciones, pero suena bastante bien, aunque un poco bajo. Arranca a las 9.





Dejamos las cosas del super y volvemos a la hora señalada. Oscuridad. El cielo negro se recorta detrás de las murallas y aberturas de la iglesia sin cúpula. Los niños se aburren y se ríen del coro. Los padres los callan, porque entienden que hay que respetar cualquier forma de arte, incluso algo que roza el bossa n´beatles. Después un pelado conduce la orquesta y el coro con algo de la ópera clásica. Sospecho que viene una cosa populachera y en cualquier momento arremeten con el va pensiero de Nabucco, pero ni por asomo. El tipo es implacable. Capaz era algo de Monteverdi, puro y duro. Hasta el final. Yo reconocía que había arranques prometedores y cruces entre las voces y la orquesta muy buenos, pero me dormía. El cansancio me convertía en uno de esos niños a los que los padres callaban. Estábamos debajo de una palmera. Salimos con los aplausos por una calle lateral de adoquines blanqueados, noche y silencio.


Cenamos unos penne rigati con albahaca, tomate y ajo, para estar a tono con la cocina española, tomamos unas cervezas mientras de fondo alguien muy fumado o con una nostalgia retorcida y peligrosa tocaba Sui Generis, y nos fuimos a dormir. De la calle venían muchos ruidos, algunos algo insólitos, como dos gallos llamándose a las tres de la mañana o unas cabras que capaz tenían sexo en algún baldío, o dos alemanes de clase media all inclusive, borrachos y perdidos, que abrazaron al sol vertical desde el primer día y tienen señales en cuello y brazos de haberse dado una ducha de agua hirviendo, hablando a los gritos sobre las posibilidades de una isla.

04 / Mallorca. Día 01

Las seis de la mañana es tempranísimo en cualquier parte del mundo, en especial si dormiste dos horas. Me levanté, cambié, lavé los dientes y dejé armada la cama en tiempo récord y en tiempo récord encontramos la parada de colectivo para ir al aeropuerto.

En el colectivo nos sentamos al fondo y frente a nosotros había una parejita que no entendí de dónde eran pero hablaban en español. Estaban con valijas. El le pidió algo a ella y ella le dio una Moleskine donde él empezó a escribir mientras ella miró un largo rato por la ventana y después se largó a llorar. No era con congoja sino con nostalgia, con melancolía, las lágrimas le rodaban por los cachetes redondos lentamente. Enseguida me puse a pensar por qué lloraría y mi primera suposición fue que se estaban separando. Que viven en ciudades o países diferentes, pasaron una temporada inolvidable en Barcelona y vuelven cada uno a sus pagos a seguir con esa difícil relación a distancia. Cuando nos bajamos del colectivo Juan me dijo que ella lloraba porque se habían terminado las vacaciones y que seguramente el día que nos volviéramos a Buenos Aires yo iba a hacer lo mismo. Es posible.

Ryanair es la aerolínea -barata, a veces baratísima- que teníamos que tomar para llegar a Mallorca, donde nos esperaban José (el hermano de Juan) y los monos (una pareja que vive con José). Al ser una aerolínea barata -a veces baratísima- tienen mil millones de recursos para hacerte pagar alguna cosa de más. Por ejemplo, la tarjeta de embarque tenés que llevarla impresa sí o sí o te cobran (nosotros la gestionamos el día anterior y la imprimimos en un locutorio, nos salieron cuatro hojas sesenta centavos, nos ayudó Kris porque pensamos que había que elegir asientos pero NO HAY QUE ELEGIR NADA PORQUE TODO TE LO COBRAN SI PUEDEN HASTA EL AIRE QUE RESPIRAS ARRIBA DEL AVION). En fin, con la tarjeta de embarque en la mano fuimos hasta la ventanilla de la aerolínea y ahí mismo nos explicaron que como no somos de la Unión Europea primero tenemos que ir a otra ventanilla así que allí fuimos y todo perfecto. Tema valijita: podés llevar un bulto y sólo un bulto por persona y nos debe superar un tamaño equis porque si lo supera tenés que despachar equipaje y ahí de nuevo te empoman con los precios. En fin: para que la aerolínea sea barata tenés que decir a todo que no y llevar dos o tres bombachas encima y nada más.

En el aeropuerto casi pierdo el pasaporte. Se me cayó después de ver si mi bolso entraba en un cosito que tiene el tamaño permitido de valijas y como me lo hicieron meter dos veces me puse nerviosa, me atolondré y me fui dejando el pasaporte y cuando me lo pidieron no lo tenía y casi me largo a llorar. Juan ya estaba del otro lado y yo no lo encontraba  hasta que lo encontré.

Arriba del avión hay unos pibes muy lindos y nórdicos que se la pasan el vuelo intentando venderte todo tipo de porquerías: hamburguesas, joyas, perfumes, raspe y gane (cuando lo dicen suena bastante gracioso porque sus españoles son medio desordenados) pero el viaje fue extremadamente corto (una hora en total) así que no llegaron a resultar molestos.

En el aeropuerto de Mallorca hay alemanes. No uno ni cien sino miles de alemanes, muchos de ellos borrachos, gritando (había uno que gritaba algo, lo mismo, cada quince o veinte pasos: imaginen un “Viva Perón” cada treinta segundos, a viva voz, con un par de alemanes que se reían cada vez que lo escuchaban, como si fueran los reidores de una sitcom medio trucha).
José nos buscó y nos trajo hasta Son Servera, el lugar desde donde escribo esto. Es un pueblito que no sé de qué año es pero parece medieval, como esos pueblos del interior que se ven en algunas películas españolas, por ejemplo en alguna de Almodóvar, se me ocurre “Volver”. Conocimos a los monos y tomamos mate con José, hacía varios meses que no lo veíamos. Dimos una vueltita por el pueblo, fuimos al mercado/ feria pero ya estaba cerrando. Volvimos a la casa y yo caí rendida en la cama en una siesta casi eterna, soñé una película buenísima en la que un señor tenía una amante y la cagaba a palos y después pasaban otras cosas y yo decía “No puedo creer lo buena e increíble que es esta película”.


Fuimos a Cala Millor y a Cala Bona, el lugar donde trabaja José. Había que caminar más de media hora, en el camino me saqué foto con todas las flores que me crucé, no sé qué me pasa con las flores que todas me maravillan, les saco fotos y las huelo, las miro, admiro, quiero un mundo lleno de flores.



Cuando llegamos a Cala Bona lo que más repetimos fue: “Qué es esto”. Ni dónde estamos ni qué hacemos acá sino qué es esto, qué es este lugar tan parecido a cualquier balneario de nuestra Costa Atlántica pero con ese mar azul y con una bandera española y dos millones de alemanes. Qué es esto, tan poblado y tan lleno de negocios de chucherías, como los caracoles que dicen San Clemente, como las piedras de mar. Qué es esto lleno de niños rubios, de hoteles medio pelo pero all inclusive, qué es ese mini golf, esas parejas de sesentones tomando cerveza, qué es ese argentino haciendo un show de clavas prendidas fuego y diciéndole a una parva de chiquitos “You want more?” y qué son esos chiquitos diciendo “Yes!”. Qué son esos tres tipos cantando una balada romántica y haciendo el mismo paso, uno de ellos tan chiquitos y los tres con trajes tan grandes. Qué es ese germano cantando UB40, qué son esas dos mujeres solas bailando en un restorán donde nadie está bailando. Qué son esas viseras, esas piernas blancas, esas chancletas con medias. Qué es este espectáculo de los setenta metido en medio de las Baleares en el año 2013. Qué son estas familias, qué hacen, de qué viven. Qué.
Acá poniendo cara de turista sofisticada.
Acá poniendo cara de turista japonés.
Nos sentamos en Alma Mia, un restorán de dos argentinos de Balcarce donde trabaja José (y el mono) y por supuesto muy cancheros dijimos que José nos mande lo que el quiera y nos mandó unas cosas buenísimas, un alioli increíble, olivas, pan con tomate rallado, jamón serrano y láminas de parmesano, una ensalada caprese con una mozzarella de las más ricas que haya probado jamás, unas gambas al ajillo  y cerveza, mucha cerveza. Cuando terminó el turno de trabajo de los chicos, Gaby, el que regentea el lugar, se copó con mil cervezas y nos quedamos hasta la madrugada hablando giladas en el restorán, un grupo de argentinos en el medio de un pueblito lleno de alemanes en Mallorca. Qué.



Armada para el Mediterráneo