jueves, 30 de mayo de 2013

02 / Barcelona. Día 02

Cuando nos estábamos volviendo a casa a dormir le pregunté a Juan cuál había sido, para él, el highlight del día y después de seis cuadras de dar vueltas pensando y diciendo que había habido demasiados dijo que no podía elegir. Yo le dije con mucha seguridad que el highlight habían sido los dulces del árabe ese donde entramos por casualidad pero a la media cuadra pensé que también había sido el senegalés que me quiso chamuyar en la vereda de un bar o haber encontrado el MACBA de casualidad después de haberlo buscado durante horas o el shawarma del final o la Sagrada Familia o etcétera.

La mañana
Apenas entramos a la estación de subte que nos queda cerca (se llama Mercat Nou, y el barrio donde estamos que el otro día no lo sabía se llama Sants y yo estoy un poco enamorada del català) nos recibieron unos músicos cantando Un viejo blues, de Pappo, en català.


Volvimos a ir a Plaza Espanya para subir a Monjüic (habíamos ido la noche que llegamos), subimos hasta el mismo museo que la otra vez pero ahora en vez de bajar y volver seguimos un poco y detrás del museo tomamos un colectivo que nos dejó arriba del monte, donde hay un castillo y una vista de toda la ciudad que casi casi te caés de culo. También se podía subir y bajar caminando pero confíen en lo siguiente: si no están preparados físicamente ni intenten subir porque van a llegar y la van a pasar bomba pero una vez que bajen van a querer ir a dormir una siesta de tres horas. Arriba nos sacamos fotos, hablamos pavadas, tomamos y tiramos unas latas de un agua feísima, como si tuviera bicarbonato (pedimos “agua con gas”), recorrimos un poco el castillo y bajamos con el mismo colectivo (el 150, por si a alguien le interesa).

Arriba del Montjüic
Fuimos caminando desde Plaza Espanya hasta Poble Sec, otra estación de subte, donde nos encontramos con Kris y su padre y otra amiga que nos llevaron a comer a una callecita que hay ahí cerca pero no recuerdo cómo se llamaba. Hay un lugar al lado de otro, todos tentadores y más o menos con la misma dinámica: pinchos (pintxos) y cerveza. En Barcelona, según lo que nos contaron, lo que más hay son bares y peluquerías y es exactamente eso. En todos los barrios hay bodeguetas y bares y siempre hay alguien (aunque sea dos personas) tomándose alguna cervecita.


En el lugar de pinchos era así: te daban un plato y en la barra había decenas de platos con diferentes pinchos (aka una tostada con "algo" arriba). Cada pincho costaba 1 euro, con cuatro o cinco estás más que bien pero un poco te cebás y llegás hasta ocho sin problemas. Yo comí unos tranquis con queso, tomate y albahaca, otro con sobrasada y huevo de codorniz, otro con baba ganoush (uno de los mejores), otro que no tengo idea qué era pero era como una mouse de salmón con crutones (este venía en un pocillo de vidrio y se comía con cucharita), Juan comió uno con un chorizo picantón, había otros con anchoas, con morcilla y manzana y cebolla caramelizada (que descubrimos cuando ya estábamos llenos), todo acompañado con cerveza (las chicas de la mesa como buenas chicas o chicas buenas pedimos unas rubias tranquilas y los hombres una con el doble de alcohol y malta que era una bomba espesa RIQUISIMA, todas marca Estrella). No comimos postre pero sí tomamos un carajillo: café con brandy (aquí se puede hace un "Elige tu propia aventura" y tomarlo caliente, como viene; o pedir un vaso con hielo y servirlo ahí y tomarlo helado. Yo elegí esta segunda y fue como tomar una golosina genial que ardía un poco en la garganta pero que no dejaba nunca de ser una golosina genial). Para pagar hay que llevarle al tipito de la barra (que era argentino, como la mitad de la gente que me cruzo acá) unos escarbadientes que vienen en cada pincho y según la cantidad es la plata que se paga.


La tarde 
Después de almorzar nos quedamos solos y la idea era ir al Raval y dar alguna que otra vueltita. Llegamos al Raval y empezó un circuito de ir y venir que terminó tardísimo a la noche. Aprovechando que estábamos con ganas de caminar quisimos ir al Gótico y cuando le preguntamos a una cómo ir nos respondió "Ya estáis caminando en el Gótico" así que, al menos yo, nunca terminé de entender cuál es la división entre uno y otro barrio, la cosa más importante es que es precioso: son miles de callecitas angostas que se cortan y se juntan y se retuerce en pasajes y plazoletas, y desaparecen y vuelven a aparecer. Por supuesto que, como pasa con las mejores cosas en vacaciones, en estos barrios la única y mejor forma de conocerlos es perderse en ellos y de última preguntar porque total acá nadie sabe explicarte bien ni dónde estás ni cómo ir al lugar donde quieras ir.




















Así, sin querer, nos encontramos con el que para mí fue el highlight del día: los dulces de un localcito árabe que de afuera no decía demasiado. Entramos y hubiéramos comprado uno de cada uno pero elegimos dos al azar (salieron 90 centavos cada uno): uno de coco y otro colorinche medio peligroso. Cuando mordimos el colorinche medio peligroso pensamos que habíamos llegado al cielo y sentimos que había un coro de angelitos alrededor nuestro. ¿Qué tenía? Mazapán, almíbar (abundante) y crema.
 
  
También así, sin querer, llegamos al Mercado de la Boquería y lo primero que dije cuando entramos fue "No puedo creer que haya venido a este lugar sin hambre" porque hay de todo y para todos: puestos de fiambres y quesos, pescaderías -muchas-, carnicerías -muchas-, chocolaterías, lugares de frutos secos, miles de fruterías y verdulerías con todo todo todo lo que puedan imaginarse y más, lugares de dulces, de conservas, de especias, hueverías. Todo barato (salvo los azafranes premium que costaban más de 100 euros) y colorinche. Es, por supuesto, muy pintoresco y autóctono, hay muchas mujeres pescaderas (acá mandé fruta y dije que capaz los hombres son pescadores y las mujeres vendían y Juan me miró con cara de que mejor no me contestaba)  y carniceras, chinos vendiendo frutas, nórdicos vendiendo nueces.





De ahí seguimos caminando y caminando y caminando y caminando y de repente La Catedral de Santa Eulalia. En este punto haré una confesión: entré y me conmoví. Listo, lo dije, ya me siento más boluda que de costumbre. Pero tenía que decirlo porque cuando planeaba el viaje pensaba que ni iba a entrar porque no me interesaba y ahora digo que todos los que vengan a Barcelona tienen que entrar. Adentro había dos o tres personas rezando y doscientos japoneses (incluida la falsa japonesa que escribe) sacando fotos.

El teléfono para llamar a Dios. No funcionaba.
Cuando salimos había un autóctono latinoamericano tocando el arpa y unos ingleses encantados tirándole monedas, una estatua viviente que era un gordo espantoso en crocs (parecía salido de una película de Alex de la Iglesia), que asustaba un poco a los chicos y un español cantándose unos temas.

Lo que pasa con las callecitas del Raval y del Gótico es que todas son parecidas pero muy diferentes. Nunca terminábamos de entender si ya habíamos pasado por tal calle o habíamos visto tal negocio porque todos eran parecidos pero aún así todo nos maravillaba como si fuera la primera vez.

Ya casi cuando era de noche empezamos a preguntar cómo llegar al Manchester, un bar medio escondido que nos había recomendado un amigo nuestro. Preguntamos a uno y nos indicó y fuimos pero no llegamos. Preguntamos a otro y lo mismo. Y a otro y lo mismo. Unos nos hacían cruzar la rambla y otros no. Unos nos decían que no les sonaba, otros que les sonaba pero no sabían dónde estaban y otros que sí, por supuesto, lo conocían, pero cuando nos explicaban hacían agua y cuando queríamos seguir las instrucciones hacíamos mucha agua más. Cuando ya estábamos por rendirnos le preguntamos a un tipo que dijo que sabía. Nos acompañó hasta una esquina porque dijo que de ahí íbamos a entender mejor. Dijo que siguiéramos derecho hasta que terminara la calle y que ahí dobláramos cuarenta y cinco grados a nuestra derecha y diéramos tres pasos y cerráramos los ojos y dijéramos tres veces "Manchester" y que iba a aparecer. Y apareció.


La noche
Cuando entramos al bar afuera era de día pero adentro era todo oscurísimo y con unas bolas rojas. La cerveza salía 1 euro así que nos tomamos varias mientras descansábamos los pies y hablábamos pavadas. Lo que más hablamos fue lo mucho que nos costó encontrar ese bar. Cuando fui al baño tuve que esperar que alguno se desocupara y mientras esperaba vi un cartelito con una foto y me acerqué a leer: hay dos sucursales del Manchester y por eso nos costaba tanto que nos dieran indicaciones precisas, cada uno nos explicaba cómo ir a un bar diferente.

Muy rojo todo.
De afuera ni dice mucho ni se escucha tanto. Queda en Carrer de Milans y Carrer D´Avinyo




























Cuando salí a tomar un poco de aire se me acercó un negro enorme que me preguntó en un español muy improvisado de dónde era y después le pregunté yo de dónde era y dijo "Senegal". Me preguntó si estaba de vacaciones y después de contestarle le pregunté si hacía mucho que estaba acá. Me contó que estaba en Barcelona hace un año y siete meses y que antes vivía en Francia. El senegalés estaba muy borracho y estaba por caerse, le pregunté si le gustaba Barcelona y dijo que sí, mucho, que se había venido a vivir acá buscando... y se colgó. Y yo, que le vi pinta de esos hombres que creen en la escuela de la vida, le completé la oración diciendo "Algo" y el negro me dio la mano y me dijo "Me gusta lo que dices". Le dije que me iba, que chau, y me dijo que nos veíamos adentro del bar pero adentro del bar se dio cuenta que yo estaba con Juan y se fue a charlar con otras chicas.

Mientras buscábamos el Manchester nos recomendaron unos bares que están por ahí y que parece que también están buenos, cuando salimos nos encontramos con uno, Mariatchi, y entramos. El clima era bastante diferente al anterior: había luz, un poster de Manu Chao, mucho rojo verde y amarillo, algunas alcancías donde uno colaboraba con diferentes proyectos (un proyecto ecológico, otro para unos sin tierra, otro para no sé quiénes sin fronteras). Yo ya no estaba para seguir tomando pero igual me tomé una cerveza y Juan se pidió la bebida de la casa, el Mariatchi, un vermouth con miel (y para mí también tenía canela) que era una de las cosas más fuertes que haya probado en la vida. Quedó la mitad del vaso. También pedimos un chupito de otro coso que tenía algo con miel, muy parecido a un almíbar con alcohol, suficientemente rico para un chupito pero no para mucho más.
 
Salimos con hambre. Habíamos comido los dulces árabes a la tarde y ya eran casi las doce de la noche. Caminamos y caminamos y nos dimos cuenta que habíamos desembocado en una zona medio cheta en la que no estábamos dispuestos a comer. Además ya estábamos cansados y cuando uno está cansado o todo le viene bien o todo le viene mal y nosotros estábamos en el segundo camino. En cada esquina un pakistaní nos quería vender cervezas (no compramos pero sabemos que están 1 euro la lata) y a las media hora de caminar y no saber dónde comer Juan le preguntó a uno de los vendedores dónde podíamos comer un shawarma y fue el shawarma más cargador de pilas del universo. Salió 5 euros un shawarma completo, un falafel y una latita de coca.

Toda la tarde habíamos querido ver a los skaters en la entrada del MACBA pero nunca lo habíamos encontrado y ahí, de nuevo sin querer, apareció, él y todos sus skaters. Yo estaba demasiado cansada y ya no los pude apreciar. Pregunté cómo volvíamos a casa y me indicaron y seguimos caminando y seguimos caminando, en todos los bares todavía había gente, muchos recién estaban arrancando, otros estaban de gira total. Los pies me latían y los músculos estaban resentidos, tenía en las manos la calle todo el día y en el pelo el olor de un día demasiado ocupado. Cuando llegamos a Plaza Espanya me planté y dije "Basta para mí". Estiré la mano y paré un taxi. Nos cobró 5 euros por diez minutos de recorrido, después de discutirnos un rato que las calles que nosotros decíamos que se cruzaban –Badal y Constitució- no se cruzaban. Se metió por un pasaje en el que no cabía más de un auto y puso una radio catalana a todo volumen, con la guía T en la mano, porque era un caballero de bigotes muy pre-GPS.