viernes, 24 de mayo de 2013

24 de mayo. Faltan 3 días

Una cuenta regresiva de verdad.

El podio de una competencia tiene tres puestos: 3.
En los concursos de bellezas hay una reina y dos princesas: 3.
Cuando querés alentar a un niño a que salte un charco grande contás hasta tres: 3.
Las trillizas de oro son tres: 3.

3 días.
Y me voy.

3.

Por suerte salió el sol y yo pude madrugar. Ya metí el segundo lavado del día y estoy consumiendo todo lo que hay en la heladera como si tuviera que desenchufarla hasta mi regreso.
Todas las comidas con amigos que tuve esta semana sentí que fueron mini despedidas y querría que de aquí al domingo todas fueran mini despedidas.

Un problema que tenemos los ansiosos es que nunca terminamos de disfrutar el momento: ahora que se acerca tanto el viaje empiezo a pensar en el penoso día en que vuelva. No me pone triste ni me angustia, solamente pienso que la llegada del viaje coincide también con que la vuelta a Buenos Aires esté más cerca. ¿Es neurosis, doctor?

Ya reservé el taxi para ir a Ezeiza.
Ya estoy lavando ropa.
Ya tengo las valijas.
Ya compré todo lo de perfumería, los adaptadores, unas gomitas para el pelo.
Ya compré el cepillo de dientes del viaje (en cada viaje que hago me compro un cepillo de dientes especial. Un poco siento que sin cepillo de dientes nuevo el viaje no estuvo completo).

Una cosa que hay que pensar: qué llevar para leer. Uno no puede andar jugando a la lotería ni puede andar llevando diez libros en una valija. Los que tenemos kindle tenemos la mitad del problema resuelto pero a mi me da bastante mal humor empezar libros y que no me gusten. No me pasa con las películas, por ejemplo, a las que sin culpa apago y olvido. Con los libros siento que perdí más tiempo, más voluntad, si quiero abandonar y ya llegué a la mitad pienso que con un poco de esfuerzo podría terminar. Mi idea es en el kindle llevar algunas cosas que sé que me van a gustar: algunos de Nick Hornby, The casual vacancy de J.K. Rowling y alguno de cuentos que todavía no sé. En papel me gustaría llevar el de crónicas de Leila Guerriero (Plano americano) pero está muy caro y no puedo gastar esa plata hoy, voy a pedirle a una amiga que me preste Los Caserta, de Aurora Venturini y capaz llevo Ladrilleros de Selva Almada. Tengo que estar preparada porque no olvidemos que en el medio del mes y medio que me voy, una semanita me clavo en la playa y en la playa mucho más que tomar mate y leer no se puede hacer. 

El mate es un tema muy discutido en esta casa y en el mundo.
Si le preguntás a alguien que toma mate todos los días de su vida le parece perfectamente natural que vayas por el mundo con la matera pero si le preguntás a alguien que toma de vez en cuando o a alguien que no toma, verás que te ponen una car que significa "¡Eres muy ridículo, amigo!". Yo llevo el mate a cualquier viaje sin importar la duración que tenga el viaje, ni el tiempo que vaya a estar tomando mate. A Juan, por ejemplo, le da pavura pensar que yo voy a ir caminando por Berlín mientras tomo mate pero no entiende esto: si yo no ando por Palermo tomando mate, ¿por qué se me ocurriría hacerlo en Berlín?
Soy de la siguiente filosofía: todos los días de la vida de todo el mundo hay unos dos o tres minutos que son medio bajón y tomar unos mates no te digo que te salvan del bajón pero al menos te distraen. En vacaciones el momento bajón es más evidente: tu compañero de viaje se fue a bañar y no tenés un pingo que hacer, volvés de la playa y están los demás cambiándose, revisando mails, charlando pavadas. Después de desayunar y mientras cada uno prepara sus petates para enfrentar el día. Siempre están esos huecos medio extraños en los que no hay tiempo para mucho pero sí tiempo para mates.