domingo, 4 de noviembre de 2012

Con la excusa de la comida / Día 3

La nostalgia está muy de moda. La nostalgia en forma de música del pasado, películas del pasado, ropa vintage, decoración vintage, ahora todas queremos saber cocinar y también coser y algunas bordar y  estamos a un año de nostalgia de querer abrir la puerta para ir a jugar. Vuelven las golosinas de antes, los bigotes de antes, los estampados tropicales de antes, las comidas de antes. El sábado rendí honores a las milanesas de mi vieja y los ñoquis caseros de papa.

Voy a caer en el lugar común que reza mi vieja hace las mejores milanesas de universo. Mientras almuerzo las milanesas fritas me preguntan por qué agarro un trabajo que no necesito y encima tan lejos y cuando explico que es una semana y que Uruguay está acá nomás, más cerca de lo que creemos, me contestan por qué agarrás un trabajo que no necesitás y encima tan lejos. Pero la pregunta me queda ahí, rebotando, y todavía está ahí hoy, como si fuera una comida que me cayó mal.
En la casa de mi mamá las ensaladas son básicas: lechuga, tomate. En la casa de mi mamá las cosas son básicas: no viajes sola, no vivas sola, no comas sola. En la casa de mi mamá los helados vienen en caja y se sirven en plato y el pan siempre es de ayer. En la casa de mi mamá no hay nostalgia porque el pasado es algo que tratamos de no recordar cuando estamos todos almorzando.

¡Qué noble el ñoqui! Verano o invierno, con una salsita de tomates medio tranqui o un pesto de media cabeza de ajo, con aceite y queso, de papa, batata, remolacha, ricota, el ñoqui no falla. Los primeros ñoquis que armé con estas manitos que tengo yo fueron a partir de una premezcla de una harina y eran duros como una roca y como una roca caían al fondo del estómago y te dejaban de cama hasta pasado mañana. Después me arriesgué y amasé unos de batata a los que olvidé ponerles sal y a los que quise saltear en aceite de olvida y ajo sin tener en cuenta que cada vez que salpicaba una gotita de agua de cocción en el aceite caliente, el aceite saltaba y me salpicaba los brazos, me quemaba yo, se quemaba el ajo que quedaba oscuro y amargo e igualmente: mucho queso y adentro. Después me perfeccioné: soy la reina del ñoqui (soy la reina de la harina).

Cada vez que como alguna comida preferida de la infancia pienso qué hubiera pasado si mi infancia hubiera sido diferente. Qué hubiera pasado si mi mamá no hubiera sido tan controladora o qué hubiera pasado si me animaba a estudiar actuación o qué hubiera pasado si nunca me cambiaba de un colegio estatal a uno privado.

En Montevideo se respira nostalgia por todos lados. Hay una mezcla de abandono y melancolía, de tristezas, sonrisas amargas, gente mirando el horizonte. En Montevideo todos recuerdan qué hacían hace treinta años y lo recuerdan con lujo de detalles. En Montevideo hablan de cuentos para referirse a algunas anécdotas, toman whisky antes de la cena, comparten más de lo que tienen y son todos, profunda y serenamente, muy felices.