sábado, 3 de noviembre de 2012

Con la excusa de la comida / Día 2

Colaciones.
Me había olvidado que las galletitas Lincoln eran tan adictivas. Como una, como mil. Las acompaño con mate, con té, con café. Puedo comerlas entre comidas y como postre. Hace algunos años trabajaba en una productora y los viernes, día en que entregaba todas las notas que editaba, pasaba por una estación de servicio y por nueve pesos me compraba un café y un paquete de Lincoln y me iba a la productora, sintiéndome canchera por estar en la calle con un vasito de café con tapita. Me bajaba las Lincoln en media hora y después, con la panza llena de ahrinas, trabajaba de lo más contenta. No sé si no engordaba o qué pero en esa época comer o no comer harinas era algo que ignoraba por completo.
 
El mercado de Belgrano.
Me hice la que había ido porque no daba decir que nunca había ido pero la verdad es que lo conocía de nombre y porque lo había leído en alguna de esas notas cancheras que hay ahora, esas del tipo "Los diez mercados para nostálgicos". Entré y me recibió una ola invisible de olor a carne cruda y me dio tanto asco que dije en voz alta qué asco la carne y casi salgo a tomar un poco de aire pero no salí. Después me expliqué: no es tanto qué asco la carne sino qué asco el olor a carne cruda y la cantidad de carne que había en ese lugar y los delantales blancos manchados de sangre, las tiras de chorizos, las ruedas de chinchulín y los pisos húmedos, los pedazos de grasa sobrantes, las tablas de madera con cuchillos clavados y el ruido de la picadora y qué asco. Terminé comprando un shawarma completo (con lechuga, tomate, cebolla con perejil y un huevo a la plancha) y el árabe que lo preparó hizo un chiste en un castellano deformísimo, chiste al que respondí sonriendo y nada más. Mientras volvía de comprar me dije ante la duda, una sonrisa. La señora del puesto era parecida a Amira Yoma (operaciones incluidas) y el señor de la caja quería explicarle a una chica que ellos tomaban pedidos por teléfono pero después ella tenía que ir a buscarlos (es decir que no había delivery) pero no le salía y le repetía hacemos delivery pero sin llevártelo a tu casa. Cuando salí del puesto/local me tropecé y casi me caigo porque no vi que había un escalón: nada me parece más humillante que caerse de una manera tan pero tan tonta. En la media hora que estuve ahí dije mucho qué rica la comida árabe, qué rico el humus, qué rico el tabule, qué rico el keppe crudo, qué rico ese yogurcito, la ensalada, esas beremnjenas, el falafel, todo.*****
 
El barrio chino
Una vez probé el chow fan y fue un camino de ida: estuve varios meses almorzando chow fan hasta que un día mi cuerpo me pidió que por favor parara. Lo hizo en forma de sensación nauseabunda generalizada. Después de eso pasé varios años sin probar comida china hasta que me mudé cerca del barrio chino y me amigué. Mejor dicho: me amigué con reservas. Ahora vuelvo al barrio chino sólo como turista y como buena turista me asombro por todo cada vez que voy, quiero comer todpo, todo me parece exótico. Igual no me la juego tanto: comí primero en la calle unos pinchos de buñuelos de verdura y después en un restorán un pollo con almendras (impresionante, tenía pedacitos de bambú, yo no me acuerdo si alguna vez había comida bambú pero me encantó: es como comer jazmín) y le robé a quien estaba conmigo un poco de arroz con langostinos. Todo muy rico. Un poco aceitoso, pero rico. Antes de entrar al restorán contpe que ya había ido una vez a ese y que estaba muy bueno, que me acordaba porque ahí había conocido a la mina más nmeurótica que vaya a cruzarme en toda la vida. Recuerdo esa noche como una noche de mucho sufrimiento. salvada por la comida de ese lugar. La mina no paraba de hablar, de hacer barullo, de contar anécdotas cruzadas unas con otras, parecía que se le amontonaban tanto las palabras en la cabeza que las escupía así nomás y uno tenía que ir armando los diferentes discursos que ella estaba dando. Un rompecabezas.