viernes, 2 de noviembre de 2012

Con la excusa de la comida / Día 01

Consumo pastillas de menta o de mentol.
Si no fuera yo la que las consumo diría mirá esa, qué pelotuda, consumiendo con ganas pastillas que no son golosinas, pastillas de jubilada, de empleada municipal. O diría mirá esa, que aburrida, al borde de los media hora, no me convides tus pastillas de menta de viejo, dame sabores artificiales, dame frutilla, tutti fruti, bananita dolca. A ese otro yo le digo: peor es fumar.

Desayuno café con leche por inercia. La cafetera de casa no es buena ni es mala, es de esas comunes con un filtro común, de una marca común, nada de cápsulas de latte ni trituradora de granos de café. Filtro de papel, una cucharada de café molido por taza de agua y esperar. Y aún así el café me sale mal. Todos los días me sirvo una taza mitad café y mitad leche y siempre dejo la mitad. Antes le sumaba una tostada de pan lactal con queso crema y casi todos los días un vaso de jugo.
Hace un tiempo decidí bajar la cantidad de harina aunque nunca suprimirla del todo: amantes del pan, los desafío a no comerlo durante una semana, verán que se sienten miserables, malhumorados, infelices y amargados. La vida sin harinas es una vida que no merece ser vivida. Decía: intento bajar las harinas pero lo único que he logrado es suprimir la tostada mañanera.

Cruzamos la calle con mi compañero de trabajo dispuestos a comprar el almuerzo en el mismo lugar donde compramos todos los días: todos los días repito que mañana voy a traerme algo de casa y todos los días mantengo la promesa intacta. No sé cumplir.
Sánguche de jamón crudo, rúcula, tomate y queso. Cuando era chica no comía jamón crudo porque me parecía comida de adultos. Habiendo paleta, jamón y salame a quién podía ocurrírsele comer jamón crudo. Solamente a un viejo. Empecé a comer crudo cuando me mudé con mi ex. Enfrente de casa teníamos una fiambrería impresionante y ahí, además de pasar al glorioso mundo del jamón crudo, también pasé al glorioso mundo del queso: recuerdo con perfección el día que compré mi primer pedacito de queso camembert y busqué en internet: "recetas para hacer con camembert". Cosas de la gente de provincia.
La rúcula, en cambio, ni me gustaba ni me dejaba de gustar y no creía que perteneciera necesariamente a un grupo etáreo en particular: no la conocía. En casa las verduras que se consumían eran: lechuga, tomate, repollo, papa, zanahoria, remolacha, batata, choclo, a veces zapallitos (rellenos con carne) y a veces acelga (en forma de pascualina o croqueta frita). Todo el otro abanico de verduras era una dimensión desconocida. No sé cuándo fue la primera vez que comí rúcula (seguramente fue en Palermo en el 2004) pero sí sé que durante mucho tiempo me pareció algo bastante lujoso: un gusto verduril que uno se podía dar muy de vez en cuando.

Cerveza en jarra y maní transpirado. En el amplio universo del snack feo, el podio lo compiten los palitos salados con sabor a humedad y las papas fritas blandas. Pero el maní transpirado, ese en el que la sal se empezó a convertir en unas gotitas líquidas, no se queda atrás. Yo igual le entro. Es al único al que le perdono todo y más si viene con cerveza. En Ramos (y seguramente en muchos otros lados también) se usaba mucho combinar el maní con la cerveza todo en el mismo vaso. A eso ya no le entro. Yo tengo mis límites. Son difusos, pero están. Cada vez me emborracho más fácil y cada vez digo más barbaridades: ayer me enteré que si decís en voz alta delante de gente que no conocés demasiado que "a mi me gusta un poco la plata" no te miran del mejor modo. Anhelar tener dinero todavía no está muy bien visto. ¡Y eso que lo había suavizado con el "un poco"!

Tenía que cocinar una tarta de zapallitos partiendo desde la masa y terminando en lavar los platos pero la fácil borrachera y el cansancio y todo lo demás: pizza comprada. Y después un chocolate con maní que estaba en la mesa del living desde el sábado a la noche. ¡Qué conducta extraña pasar tantos días viendo un chocolate y no comerlo!