sábado, 26 de mayo de 2012

La vida cotidiana del sábado

Estamos todo el día juntos pero separados.
Juan está arriba. No sé qué hace. De a ratos escucho su música o sus videos.
Yo estoy abajo. En el sillón, con la compu, el mate, un libro y los cigarrillos. Tengo frío pero no se me ocurre cerrar las ventanas. "Cerrá las ventanas" me dice Juan en una de sus bajadas estratégicas a la cocina y yo le digo que no, que prefiero abrigarme o taparme con una frazada antes que cerrar las ventanas. "Prefiero que se ventile". Baja y viene hasta el sillón a ver qué estoy haciendo y eso siempre sucede en el exacto momento en que necesito algo: más agua para el mate, un pedazo de pan, un té, la frazada. Él me pone el agua, o me hace el té o me alcanza la frazada. Paso más de la mitad del día tirada en el sillón, siendo feliz, leyendo de a ratos, durmiendo un poco, pensando, maquinando, elaborando proyectos. Hoy no quiero escuchar música y el silencio me acompaña desde el mediodía. El silencio y el ruido del viento, algunos pajaritos, el chiflo del aflador, que me toca timbre y me saca de la introspección. "No, gracias" le respondo al mismo tiempo que otra vecina le grita "¿Quieeeeennnnnnn?".
Desayunamos casi al mediodía con un budín de mandarinas que hice ayer a la tarde (además del budín hice un pancito con semillas, aprovechando el calor del horno para que levara mejor).
En algún momento subo y nos abrazamos. Le doy opciones de paseo pero ninguna prende del todo: hace frío y el piyama y la frazadita son más tentadores que cualquier salida. Las opciones son: barrio chino, ping pong, local de antigüedades, todo en bicicleta. "Pensalo", le digo, y vuelvo a mi rinconcito de abajo. Al rato me dice que va a ir al super, que va a preparar huevos revueltos con panceta y tostadas francesas. Le digo que tostadas francesas para mi no, todo lo demás sí. Y al rato se me ocurre que puedo hacer un babaganush (una de mis palabras favoritas del mundo, ¿se escribirá así?) medio improvisado para comer con el pan que hice ayer. Todavía no se lo informé: me da fiaca subir. Todavía espero mis huevos revueltos.
Desde el sillón veo la máquina de coser que me llama tímidamente para que termine de una buena vez las cortinas. Pero el solo hecho de pensar que tengo que tirarme en el piso para poder tomar las medidas y poder manejar una tela tan grande me da frío. Tal vez más tarde, por ahora sigo cómoda en el sillón.

Armando el hogar dulce hogar I

En el cuartito de arriba habían quedado, de la familia anterior que vivía acá, unos estantes con la pintura saltada, un hueco en una de las maderas, etcétera. Dijimos que no íbamos a tirarlos (a mi me cuesta mucho tirar cosas que pueden o ser arregladas o ser reutilizadas de otro modo). Un tiempo después, cuando yo ya me había mudado, decidimos que podían ser los estantes que nos faltaban en la cocina, que es chiquita, y para mi gusto está mal pensada: a quién se le ocurre que el único enchufe (aparte del de la heladera) esté encima de la pileta (esto significa, por ejemplo, que cada mañana hay que sacar la cafetera de la alacena, enchufarla, usarla, desenchufarla y guardarla, es muy engorroso). Decía, la cocina es chiquita, las alacenas son pocas, etcétera. Pintamos de rojo (pintó Juan) los estantes y un fin de semana los colgamos. Habíamos decidido ponerlos bien arriba para no tener que agujerear los cerámicos (siempre pienso que si uno quiere agujerear cerámicos va a romperlos) y por suerte esa semana estaba de visita una amiga de Juan que nos salvó de la peor decisión que habíamos tomado: ¿Cómo los van a poner tan arriba si ustedes son petisos? No van a llegar a agarrar nada. Por supuesto que tenía tanta razón que todavía nos reímos cada vez que nos imaginamos los estantes arriba y nosotros trepándonos a varias sillas para agarrar un paquete de arroz.