domingo, 13 de mayo de 2012

Fue una grandísima noche

Anoche fuimos a Notorious y a mi me picó la concha.
Al lado nuestro se sentaron dos brasileñas muy operadas que volvieron loco al mozo porque no entendían el menú y el mozo, un morochón muy Cristian U, no sabía cómo explicarles que la promoción venía con una gaseosa y una copa de vino. La confusión era absolutamente lógica: ¿por qué habría una promoción con una gaseosa y una copa de vino? Finalmente se tomaron un vino chiquito entre las dos. Hablaron muy fuerte y su mesa estaba muy pegada a la nuestra. Por momentos me puso de pésimo humor, después del segundo gintonic pensé en conversar con ellas, promediando el tercero les quise patear la cabeza.
Pedimos una tabla de quesos y fiambres que era de una tristeza descomunal: en el centro del plato una hoja de lechuga y dos tomatitos cherry. Sobre la hoja de lechuga tres papitas al horno duras, crudas, arenosas, feas. Alrededor de todos esos vegetales: un pedacito de brie frío (parecía queso fresco), dos fetas de queso de máquina, unos salames y unos jamones crudos. Lo dicho: una tristeza descomunal.
El público estaba entre los setenta y setenta y cinco años con excepción de nuestra mesa, la mesa de la divorciada progre con sus dos hijos que prestaban más atención al celular que a la banda y la mesa de las familia feliz que sale un sábado por la noche a escuchar a Malosetti padre.
Me empezó a picar después de la primera tanda de la banda. Después de haber salido a fumar. Después de haber tenido frío en la calle. Después de haber comido la tablita tristecita de jamoncitos, quesitos y lechuguita.
El contrabajista, un cuarentón medio canoso exactamente igual a Pablo Massey, presentaba los temas con un desgano nunca visto. Pronunciaba mal el nombre de los temas en inglés y hacía chistes que o no entendíamos o no eran graciosos. Fumar en el intermedio me produjo un bajón bárbaro que palié comiéndole la panera a la pareja que se sentó con nosotros y que yo no conocía. Y ellos no conocían a Malosetti. Ni al padre ni al hijo. Habían caído ahí no sé por qué: ella era una modelito de las más lindas que haya visto y él era un jugador de rugby.
Malosetti no habló. No hubo nada espectacular: ni luces ni un sonido que te volara la peluca y aún así, toda la situación era medio vuela-peluca. Malosetti no habló y solamente dijo gracias, se señaló el corazón y después hizo una reverencia indicando que nos regalaba su corazón. O que todo eso era para nosotros. O por nosotros. O algo así. Fue cuando el contrabajista lo presentó como el líder del cuarteto.
Hubo una larga discusión en la mesa cuando el saxofonista dejó el saxo y agarró otro instrumento y no podíamos decir si era un clarinete o un saxo alto. Qué nivel de discusión, tan snobs nosotros, con nuestros gintonics y nuestra pose intelectualoide, debatiendo si existían o no los clarinetes de bronce. Yo votaba que era un saxo alto. Pero al final no era ni un alto ni un clarinete: era un saxo soprano. Eso es confuso de verdad.
Pensé que cuánta humildad Malosetti padre, que no hablaba y apenas sonreía, pero después me di cuenta que todos los demás (el contrabajista, el guitarrista y el saxofonista) tenían camisas blancas y él, camisa negra. Tocaban como si estuvieran en el living de tu casa, la diferencia era que no era el living de tu casa y vos no podías estar en patas y sin corpiño. Tocaban sin esfuerzo, tan natural todo. Tan dado. Ya estaba terminando cuando empezó a picarme la concha. Me moví sobre el asiento tratando de hacer fricción y pensé, en el siguiente orden: estoy sucia, tengo hongos, tengo cáncer, me voy a morir. Las fricciones no colaboraron y a mi me agarró un ataque de risa porque me picaba la concha mientras tocaba Malosetti y discutíamos lo del clarinete y las brasileñas hablaban con un tono carnavalesco y una pareja muy menemista, sentada en el fondo, se peleaba porque a él le sonaba el celular cada cinco minutos y ella se enojaba y le decía podés apagar eso de una vez, y yo no veía lo que él le contestaba pero ella bufaba y suspiraba fuerte y yo me dije a mi misma: ojalá nunca lleguemos a eso. La picazón pasó del mismo modo que había venido: sin que yo hiciera nada.
Mi ataque de risa pasó a ser la constante de la noche, todo me causaba gracia, incluso el señor que me miraba de lejos y me hacía un gesto despectivo con la manito porque oíme, chiquita, está tocando el señor, tené un poquito de respeto.
El tema de los aplausos me llamó mucho la atención: había que aplaudir todo el puto tiempo. Después de la presentación del tema, después de cada estrofa, después de cada solo, después de algo espectacular, después de un malogrado chiste y después de que terminara el tema. Era agotador. Había un señor sentado en diagonal a nuestra mesa que era el que generalmente empezaba con las palmas y todos teníamos que seguirlo. Después otro quiso ser el protagonista, el yo también puedo empezar un aplauso y fracasó y aplaudió solito.
El anteúltimo tema fue un swing de los años ´40 y sonaba como si lo estuviera tocando una super big band pero eran ellos nomás, tres monitos de camisa blanca y papá mono de camisa negra, todos con ese talento y esa pasión que alguna vez yo quisiera tener por algo. El último tema, un bis que todos pedimos con palmas fue presentado así: este tema no voy a presentarlo porque lo conocen todos. Y tocaron una versión de All of me y todos quisimos bailar pero nadie se movió.
Cuando terminó el tema fui al baño y cuando salí crucé una mirada con el contrabajista, quise decirle que me había encantado y que lo felicitaba pero la onda groupie no van conmigo y con mi timidez.
Malosetti padre se fue y nosotros volvimos a salir a fumar. En la puerta había un taxi que lo esperaba y él estaba sentado del lado de adentro, esperando que la mujer que lo acompañaba terminara de envolver su guitarra con unos pañuelos, una tela negra y unos nuditos; y después de envolver la guitarra tuvo que esperar que la misma mujer contara un fajo de billetes sentada en esa mesa. Nosotros veíamos todo eso de afuera y lo veíamos a Malosetti padre, sentado, con sus ochenta años encima, con la boca temblorosa y comentamos lo cruel que es la vejez con todos y recordamos lo que había dicho Juan en medio de un tema: Toda esta gente de acá, que tiene ochenta años, viene acá y disfruta pero no sabe si mañana se levanta. No fueron exactamente esas las palabras pero sí la idea. Odiamos la vejez.
Salió viejito y con frío y se subió al taxi y se fue.
Cuando entramos, otra banda se preparaba: Sinagra. Es como Sinatra, pero con una metra cambiada, nos explicó el mozo. En el momento entendí que la banda se llamaba así porque era un homenaje, pero acabo de buscar "sinagra jazz" y al parecer el tipo que canta y toca la trompeta se llama Miguel Sinagra. ¿Será un nombre artístico o desde el día que nació estuvo destinado a cantar jazz? De cualquier manera no importa tanto. El primer tema explotó. La bajista era una petisita a la que el bajo le quedaba inmenso y el guitarrista era un gordo gigante al que la guitarra le quedaba etcétera. Al pobre Miguel Sinagra se le rompió la trompeta en el primer tema, ese que estaba explotando, y desde ese momento su humor decayó al subsuelo de los malos humores y estaba insoportable. Talentoso, sí. Carismático, recontra. Apuesto, un poco. Insoportable, se me rompió el termómetro de tan alto que picó. Lo escuchamos cantar y cantaba hermoso, tenía un tic con la corbata, la acomodaba, la desacomodaba, la acomodaba y así. Las partes de trompeta las hacía con la boca como un Bobby McFerrin del subdesarrollo y yo le dije a Juan que lo único que le faltaba era ser negro. Hubo risas.
Cuando terminó y nos estábamos por ir, aposté que ahora, que empezaban las jam sessions, iban a subirse todos los que estaban sentados en la mesa de atrás nuestro y que iban a romperla. Se subieron pero no la rompieron tanto, aunque el baterista era un señor de sesenta con unos anteojos redondos de marco grueso, tan alto que para sentarse en la batería tenía que hacer contorsionismo. Ese señor sí que la rompe, pensé, y me dieron ganas de hacer un documental de la movida de jazz porteño. Otro de los proyectos que pienso y nunca concreto. Escuchamos uno o dos temas o uno solamente y nos fuimos a un bar dark que hay en Avenida de Mayo donde nos tomamos una cerveza que nos salió carísima y nos fuimos a casa.
Antes de dormir, vimos un capítulo de Will and Grace.
Fue una grandísima noche.

Un tono casi solemne y muy serio para cosas que son demasiado comunes

El 166 que me tomé en Vélez estaba semivacío así que me senté rápido, todavía con un pico de adrenalina feroz: mientras esperaba el colectivo en la primera parada del Metrobús, la gente se agolpaba en los alrededores de Vélez y se apuraba para entrar al club para salir después de cinco minutos en los micros que iban a La Boca. Estaban emocionados, borrachos y gritones. Excitados. Un poco me habían contagiado.

Me senté, decía, todavía con un poco de excitación. Agarré el libro que estoy leyendo y casi terminando: Diario de una princesa montonera. Ya me había pasado a la ida: me conmueve profundamente, un poco me duele, otro poco me da miedo, lo disfruto muchísimo. No quiero que termine y al mismo tiempo no puedo parar de leerlo y sé que pronto (hoy, en realidad) se va a terminar. Eso, un detalle.

Me daba el solcito en la cara y me calentaba y me apoyé todo lo que pude en la ventanilla. Había olor a vómito pero al ratito ya no había más y me despreocupé. Seguí leyendo y miré el vidrio en una pausa entre un título y otro o entre un párrafo y otro y vi que la ventanilla estaba vomitada. Y vi que mi campera tenía vómito ajeno. Y sin escandalizarme mucho me levanté y me cambié de lugar.

Me acordé de la vez que en el Parque de la Costa (o en otro parque), en ese juego que es como un trompo humano (base circular y humanos alrededor, parados, con unos cinturones, no sé si se entiende. En este punto me pareció apropiado googlear Rotor porque no sé de dónde saqué que se llamaba así y bueno, tenía razón) un chico que estaba dos o tres espacios después que yo, vomitó en el juego y el vómito hizo un movimiento singular y terminó sobre una zapatilla mia celeste hermosa que después apestó toda la tarde: lo mismo o algo parecido pasaba en los Simpsons pero creo que ahí eran Lisa y Bart que se escupían y por los movimientos rápidos del Rotor las escupidas terminaban todas sobre Milhouse.