martes, 24 de enero de 2012

Permanente

Ocho treinta: suena el despertador.

Mi despertador es el teléfono, creo que ya casi nadie usa reloj despertador. Como todos los celulares modernos, la alarma del despertador es una musiquita amable. Justamente lo contrario a lo que debería ser un despertador: molesto, violento.

Lo dejo sonar un rato porque al ser tan amable se incorpora como parte de mis sueños. Lo apago apretando "Pausar". Eso significa que dentro de diez minutos va a volver a sonar.

Ocho cuarenta: suena el despertador.

Lo más rutinario de mi vida es esto de apagar el despertador y que vuelva a sonar en diez minutos, una versión sofisticada del "Cinco minutos más, má". Cuando duermo sola no es problema porque, justamente, estoy sola. Ahora, dormir con alguien y que ese alguien tenga que escuchar una música amable pero de llamada en espera cada diez minutos debe ser una tortura asquerosa. Lo reconozco, lo sé, y creo que no me importa mucho.

Aprieto "Pausar" de nuevo.

Ocho cincuenta: suena el despertador.

Unos segundos antes de que suene siento que me duermo más profundo de lo que me dormí en toda la noche. Como si de repente a las ocho y cuarenta y ocho me sumergiera en el estado más espectacular de sueño. Siento como si volara y nadara al mismo tiempo. Como si volara y nadara y no tuviera que hacer ningún esfuerzo.

Aprieto "Parar". Eso significa que tengo que levantarme sí o sí.

Estoy en la peluquería. Me miro el pelo y trato de explicarle al peluquero que quiero hacerme algo medio jugado pero no sé qué. Le digo que siempre quise tener rulos. Me sugiere una permanente. Yo repito "Permanente". Y abro los ojos y vuelvo a decir "Pemanente". Y ahí me doy cuenta de que había apagado el celular, que el "Parar" es permanente. Que me quedé dormida.

Son las once de la mañana.